Dr. Antonio Facio Castro

Biografía del Dr. Antonio Facio Castro

Por el Prof. Fausto Coto Montero

Entre los meses de octubre de 1918 y de diciembre do 1948, discurre una vida ejemplar por lo sana y por lo bella, noble en el desarrollo de todas sus aspiraciones y grande hasta el heroísmo que adornó su último paso en la hora suprema de recogerse en los brazos de Dios.

Se llamó Antonio Maximiliano de la Paz simbólicamente, porque nació cuando el mundo, recobrando el sentido claro de sus destinos eternos, firmaba un armisticio que ponía fin a la guerra del 14, en la hora misma en que todos los hombres de la tierra oraban a coro con esa sola petición a Dios: Paz.

Los brazos de este niño se abren pues, en cruz de rosa y tersura para derramar a lo largo de toda una vida ese bálsamo exquisito, oxígeno insustituible de todos los pueblos.

Hijo de médico eminente por su ciencia y por su conciencia, empieza a sentir en su corazón los impulsos de servicio que le perfilan esa profesión desde su más tierna edad. Y sus juegos de niño por allí se orientan risueños: valija en mano, con frascos y objetos que su fantasía llama instrumentos de aquella profesión sagrada, ausculta a los compañeritos de la vecindad y en diagnóstico serio indica fricciones, lavados o gargarismos en el ejercicio de lo que él considera servicio profesional. El medico nacía espontáneo, como nacen las corolas magníficas de los rosales en tierras de promisión.

Pasa así una infancia feliz, juega a servir: estudia sus primeras letras en las escuelas públicas, corona su cabeza con los laureles del Bachillerato en el Liceo de Costa Rica, en los lumbrales de su adolescencia; y vuela, certero el ojo a Harvard en Boston, cuyos paraninfos han de haber sentido aquilino aletear cuando sus pórticos cruzara con el mismo paso firme con que otras glorias del mundo por allí empezaron. Harvard lo arma de su primer escudo; y con voz ya otra, va este joven a Tulane de New Orleans: quiere coronar su carrera sin vacilaciones. Tulane sabe entenderlo y le abre todos sus alectos de madre sabia. Pocos años después y tras afanes siempre firmes, ha triunfado: Médico y Cirujano en 1944. ingresa por oposición distinguida en pelea llena de luz, como médico interno del Charity Hospital of New Orleans, La gloria lo lleva de la mano y lo llena de mimos sin regateos.

Hecha su práctica primera y seguro de sus fuerzas, ardiendo en ansias de servicio que nunca decrecen y que quiere consagrar a su Patria, regresa a Costa Rica, a su Hospital San Juan de Dios.

Allí ve claro su destino: el corazón se le llena de amor por los que sufren más porque tienen menos, y en rosas de caridad le florece la vida. Quiere darse a los débiles y concibe entonces el sueño grandioso que lo apasiona totalmente: ser un gran médico, superar a su padre, superarlos a todos, saber hondo y en la cumbre de sus aciertos, ser para los enfermos pobres sin pedirles a cambio otra cosa que una sonrisa de gratitud y una oración de paz, de la paz que a él lo recibió en la cuna.

Se incorpora al Colegio de Médicos y Cirujanos de su Patria, hechas las pruebas de rigor con brillantes y en la sesión solemne que lo recibe para legalizar su posición, ante su padre el Dr. Antonio A. Facio, entonces Presidente del Colegio, presta el juramento reglamentario, doblemente severo para él porque sabe que promete a su Patria bajo la mirada justa de quien lo conoce a fondo, el cumplimiento leal de todos sus deberes. Fue esa la primera vez y hasta ahora la única, en que un joven profesional se juramenta en esas condiciones y suscribe así un compromiso doble.

Todo iba de su gusto. La vida le abría anchos los caminos de la victoria. Vino el amor y le dio una compañera linda y buena, como tenia que ser su compañera; y le dio luego una hija, linda también que le lleñaría de fuerzas nuevas en el desarrollo de sus empeños y que aprendería en el fuego de sus ojos y en la ponderación de su voz, las palabras más limpias que centran el mundo: papá, mamá, amar, servir.

Tordo iba bien, como los rosales en tierras de promisión: cada mañana había una ilusión más y cada noche encerraba una esperanza nueva: mañana serviría mejor, consolaría más, estudiaría mas hondo, triunfaría siempre…

Sin embargo… Dios lo necesitaba en sus dominios infinitos, y escogiéndolo a él que era un escogido, lo llamó a dar una lección suprema a los homhres de su Patria, en una hora en que las pasiones inferiores sembraban de dolor el suelo nacional. En el cumplimiento de su deber Fue al campo lejano que las pisadas sucias del traidor manchaban de desolación, a dar consuelo a los que lo necesitaban, o arrebatarle vidas a la muerte, a servirle a su Patria con los recursos de su ciencia y de su amor.

En aquellos instantes, los que lo amaban quisieron detenerlo impidiéndole ese viaje; su respuesta fue breve: “Me llaman a cuidar a compatriotas que sufren y debo ir a donde ellos me necesitan”. Y fue con paso firme, limpio de pasiones el corazón, con el arma única de su culto al deber. La traición le salió al paso. El era paz, era lo que debe ser la vida cuando los dementes del poder y del crimen no se interponen y tenía que pelear allí profesionalmente, por la reivindicación nacional.

La campiña lejana lo vio morir sonriente. En el espejo de las estrellas que asistían al funeral, quedó incrustada su última sonrisa cuando cumplía con su deber.

Segaron aquel corazón bueno. Necesitaba la Patria un sacrificio de esa magnitud para una reacción poderosa. Entonces todos los lloraron, pero la sangre del justo unió a los costarricenses para una victoria definitiva; el traidor sombrío perdió la batalla, y la paz volvió a imperar fortalecida con A sacrificio de jóvenes, que como éste, alzaron la frente en reto viril contra e! crimen hecho hombre en hombros sin Dios y sin Ley. Lo lloraron los suyos, que de llorarlo no se cansarán jamás. Lo lloran los pacientes que el consolaba. Pero la Patria, apretándolo contra su pecho maternal, lo muestra a las generaciones del porvenir como una lección de honor y corno un símbolo de amor.

Los médicos jóvenes que el país vaya recibiendo han de caminar sobre las huellas de Facio Castro, humildes para aprender, incansables para servir, devotos sinceros de su ministerio universal, y firmes, en todas las horas, y en todas las circunstancias, ante el deber que los reclame. Ellos han de vivir esa lección hecha historia patria dictada por Antonio Maximiliano de la Paz Facio Castro, nacido en Limón el 29 de octubre de 1918, hijo del Dr. don Antonio A. Facio Ulloa, y de doña Cristina Castro Carazo de Facio; estudiante de las escuelas primarias de San José durante su infancia: Bachiller del Liceo de Costa Rica en 1931, Bachiller de Ciencias y Arte de la Universidad de Harvard; Médico y Cirujano de la Universidad de Tulane en 1944; Médico y Cirujano del Colegio de Médicos de Costa Rica en 1945; Médico interno del Hospital San Juan de Dios, Cirujano asistente en el servicio de cirugía del mismo Hospital; héroe epónimo de Costa Rica en la reconquista de sus libertades y de sus prestigios señoriales.

Flora Hernández Carranza su esposa; y Alexandra Facio Hernández, su hija, recogerán la admiración que Tony sembró para ellas enterrando su corazón en el suelo patrio como una simiente para lloraciones eternas.

Dr. Antonio Facio Castro

Placa conmemorativa en la sección de Pediatría del Hospital “San Juan de Dios” en honor al Dr. Antonio Facio Castro.

Dr. Antonio Facio Castro

Mausoleo de la familia Facio Castro en el día del homenaje del Colegio de Médicos y Cirujanos al Dr. Antonio Facio Castro. Junio 1949.

Revista Medica de Costa Rica – Edición Conmemorativa del Dr. Tony Facio.

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