Construyendo la apoteosis
La consolidación de la ceremonia de poder en Costa Rica (1940-1949)

José Andrés Díaz González

Magister en Historia y licenciado en Ciencias Políticas. Docente de la Escuela de Ciencias Políticas de la Universidad de Costa Rica e investigador en el Instituto de Estudios Sociales en Población de la Universidad Nacional. Correo electrónico: joseandred.diaz@ucr.ac.cr

La política está cargada de simbología, de esta manera, los rituales en los que el poder se regodea suelen tener significados profundos que deben ser investigados como método para poder explicar la realidad política en que se desarrollan las sociedades a lo largo de su historia (Le Goff, 1991). Es por ello que el presente texto busca exponer cuáles eran los símbolos, rituales y tradiciones utilizados por las élites políticas costarricenses, plasmados en las ceremonias de toma de poder, para legitimar ante la sociedad el proceso de obtención y toma del poder político; así como la forma en que estos símbolos y rituales fueron variando en el tiempo e incidieron en la generación de una estabilidad política en Costa Rica. De esta manera, se pasa a estudiar las ceremonias relacionadas con los procesos de toma del poder político en Costa Rica, debido a que son un ceremonial político utilizado por las élites políticas para inculcar a la población costarricense una determinada cultura e ideario políticos, los cuales permitiera legitimar y consolidar el ascenso de un determinado grupo al control del poder político formal.

Para realizar este análisis, es importante partir de lo dispuesto por el antropólogo político Georges Balandier (1994) sobre las representaciones que adquiere el poder en la sociedad. Este autor propone que tanto el poder como lo social responden a una escenología, la cual depende entonces del desarrollo de técnicas de progresión continua de la intensidad dramática (ceremonias), las cuales permitan a los grupos dominantes mantener el control sobre el resto de la población, por medio de la configuración de escenarios que posibiliten develar su superioridad sobre estos. Así, Balandier propone la existencia de una teatrocracia que regula la vida de los humanos viviendo en colectividad, es el régimen permanente que se impone a la diversidad de los regímenes políticos revocables y sucesivos (Balandier, 1994, p. 15).

De esta manera, todo poder político acaba obteniendo la subordinación por medio de la teatralidad. Esta teatralidad representa, en todas las acepciones del término, la sociedad gobernada; se muestra como emanación del poder político, la cual le garantiza tanto una presencia ante el exterior, como el reflejo a la sociedad de una imagen de sí idealizada y aceptable. Pero esta representación implica separación, distancia y el establecimiento de jerarquías; ayuda por lo tanto a configurar la estructuración de la sociedad, dándole una posición privilegiada a los grupos que se encuentran a cargo de montar y coordinar esta “teatralidad”. Así, el lenguaje del poder contribuye necesariamente a hacer manifiestas las diferencias sociales, empezando por aquellas que separan a los gobernantes de los gobernados (Balandier, 1994, p. 23). Además, Balandier establece que las manifestaciones del poder se adaptan mal a la simplicidad y son la grandeza o la ostentación, la etiqueta o el fato, el ceremonial o el protocolo, lo que suele caracterizarlas:

Un poder establecido únicamente a partir de la fuerza, o sobre la violencia no domesticada, padecería una existencia constantemente amenazada; a su vez, un poder expuesto a la única luz de la razón no merecería demasiada credibilidad. El objetivo de todo poder es el de no mantenerse ni gracias a la dominación brutal ni basándose en la sola justificación racional. Para ello, no existe ni se conserva sino por la transposición por la producción de imágenes, por la producción de símbolos y su ordenamiento en el cuadro ceremonial. (Balandier, 1994, p. 18).

De esta manera, las ceremonias de toma de poder deben entenderse bajo este marco o necesidad que tiene el poder político de crear y desplegar toda una escenología que le permita mostrarse a la población, con lo cual contribuye a su identificación y legitimación por parte del resto de la sociedad, al mismo tiempo que crea un vínculo entre gobernantes y gobernados, así como también facilita la diferenciación y la aceptación de la subordinación de los segundos respecto de los primeros. Así, las ceremonias de toma de poder se convierten en un evento donde la sociedad identifica y celebra el tener nuevas autoridades políticas que obedecer. Además, esta ceremonia puede funcionar como un mecanismo para disminuir las tensiones generadas por los enfrentamientos ocurridos entre distintos grupos para hacerse del control del poder político en el país.

Así, si bien durante el siglo XIX e inicios del siglo XX, se crea y desarrolla la ceremonia de toma de poder como un ritual político que sigue los parámetros de la teatrocracia identificados por Balandier (Díaz, 2014), es a partir de 1940 que este ritual político adquiere su mayor despliegue simbólico y utilidad como mecanismo para legitimar a las nuevas autoridades de Gobierno, así como ritual de conciliación. Esto debido a que la década de 1940 se caracterizó por ser el momento histórico en el que se materializaron diversos conflictos y luchas políticas y sociales, las cuales fueron el resultado de procesos que venían ocurriendo en el país desde las décadas anteriores. Desde finales de la década de 1930, Costa Rica enfrentaba una crisis económica producida por el cierre de los mercados europeos, como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), esta coyuntura propició que las propuestas para la solución de problemas sociales permitieran a partidos políticos con proyectos reformistas y progresistas consolidarse en la arena electoral (Molina, 2009). No obstante, al final de la década el conflicto político llegó a tal magnitud que, tras las elecciones de 1948, estalla un conflicto armado que produce un punto de inflexión en la historia de Costa Rica y da inicio a la formación de la Segunda República.

Es por ello que, durante esta década, la ceremonia de toma de poderes busca funcionar como un mecanismo para disminuir la polarización política y asegurar la estabilidad del Gobierno en una coyuntura conflictiva y, en especial en 1949, servir como una ceremonia de reconciliación, que marque la vuelta a la estabilidad y vida cotidiana del país, después de las actividades conflictivas ocurridas para asegurar el control del poder político.

Las ceremonias en un ambiente de polarización, 1940-1944

Según apunta el historiador costarricense, Jorge Mario Salazar (1995), en el proceso electoral de 1939-1940 no existió una oposición real, esto debido a que el Partido Republicano Nacional era la agrupación política dominante y las restantes fuerzas políticas no tenían la capacidad suficiente para ser una competencia efectiva a este (pp. 198-199). En este proceso electoral participaron tres agrupaciones: el Republicano Nacional, cuyo candidato a la Presidencia era Rafael Ángel Calderón Guardia, el Bloque de Obreros y Campesinos (nombre usado por el Partido Comunista Costarricense), que postuló a Manuel Mora, y Confraternidad Guanacasteca, que impulsaba a Virgilio Salazar Leiva; sin embargo, como ya se apuntó, estas dos últimas agrupaciones podían considerarse como minoritarias, por lo que no es de extrañar que Calderón Guardia fuera electo con más del 90% de los votos emitidos (Obregón, 2008, p. 313).

Si bien las elecciones de 1940 pueden considerarse como tranquilas, ya que se desarrollaron sin ningún tipo de sobresalto o incidente violento mayor ni hubo acusaciones de fraude fuertes como ocurrió en otras ocasiones, es necesario considerar dos acontecimientos que sucedieron dos años antes de dicho proceso electoral. El primero, en las elecciones de medio periodo, en 1938, sí hubo irregularidades importantes durante la realización del proceso, especialmente en las zonas rurales (Molina, 2005, p. 319); incluso, el Gobierno de León Cortés utilizó a la policía para reprimir y fustigar a sus opositores (Obregón, 2008, p. 313). Como segundo acontecimiento, en ese mismo año, fue asesinado el Dr. Ricardo Moreno Cañas, cuando estaba en la cúspide de su popularidad y se perfilaba como uno de los candidatos favoritos para las elecciones presidenciales de 1940 (Obregón, 2008, p. 313). Estos acontecimientos posiblemente afectaron el ánimo político de la ciudadanía, incidiendo así en las elecciones de 1940, ya que pudieron dificultar la formación de una oposición fuerte ante el Republicano Nacional, así como provocar que un sector importante de la población perdiera interés en dichos comicios.

A lo anterior debe sumarse que Calderón Guardia llega a la Presidencia de la República en un ambiente político nacional e internacional lleno de tensiones. En el ámbito nacional, desde la década de 1930 se llevaron a cabo distintas luchas sociales, lideradas por diferentes grupos organizados de obreros, las cuales pretendían lograr mejores condiciones de vida para este segmento de la población. Asimismo, esta situación provocó que la llamada “cuestión social” tuviera una posición preponderante en la agenda político-electoral, tanto como estrategia para captar un mayor caudal de votos, como para contrarrestar el avance que el Partido Comunista Costarricense estaba teniendo hasta ese momento (Salazar, 1995, pp. 183-203; Molina, 2009, 71-83). En lo concerniente al ámbito internacional, Calderón Guardia llega a la silla presidencial en medio de la Segunda Guerra Mundial, la cual había provocado una fuerte crisis económica en el país, ya que los mercados europeos se habían cerrado o disminuían la compra de productos costarricenses (especialmente del café); asimismo, este conflicto internacional había tenido sus repercusiones en el plano interno costarricense, generando tensiones entre grupos simpatizantes con el Eje (Italia, Alemania y Japón) y los que apoyaban a los Países Aliados.

Acto de juramentación de Rafael Ángel Calderón Guardia

Figura 1. Acto de juramentación de Rafael Ángel Calderón Guardia. 8 de mayo de 1940. Fuente: Colección Rafael Ángel Calderón Guardia. Centro de Investigaciones Históricas de América Central.

De esta forma, la ceremonia de toma de poder de Calderón Guardia no puede librarse de esta tensión política y se ve afectada directamente por ella; especialmente, por la Segunda Guerra Mundial. Así, en primera instancia, la crisis económica por la que atravesaba Costa Rica era una limitante para el desarrollo de una ceremonia majestuosa o pomposa; el propio Calderón Guardia expresa que sería totalmente inadecuado gastar dinero en la ceremonia dada la crisis económica que pasaba el país (“Sería injusto”, 1940). Sin embargo, se hizo todo lo posible para que la ceremonia fuera un evento vistoso y llamativo, reflejo de la dignidad de la ocasión. Para ello, se adoptaron medidas para facilitar la mayor asistencia de personas a los actos de celebración a llevarse a cabo en la ciudad capital, entre ellos destaca el dar asueto a los empleados públicos y la disposición de un servicio especial de ferrocarril entre Puntarenas y San José, exclusivamente para “partidarios y amigos” de Rafael Ángel Calderón (“Para la toma de posesión”, 1940).

La toma de poder de Rafael Ángel Calderón Guardia, el 8 de mayo de 1940, se llevó a cabo en el Congreso. Si bien el recinto legislativo estuvo completamente abarrotado de personas, se debe anotar que, de la misma manera que en ocasiones anteriores, son principalmente miembros del Gobierno, militares, representantes del alto clero, delegaciones extranjeras y la prensa los que pueden acudir al recinto legislativo para presenciar el acto de juramentación (ver figura 1). Por lo tanto, esta actividad continuaba siendo dirigida hacia la clase política y dominante del país, sirviendo entonces como un espacio de diferenciación entre estos y el resto del pueblo costarricense. No obstante, igual que en ceremonias de toma de poder anteriores, también era importante para las autoridades incluir a la población en la participación de actividades masivas, con las cuales podían afianzar su legitimidad, a la vez que ser utilizadas como un espacio para desplegar una serie de símbolos y ritos que le permitieran a la población identificar dónde se encuentra el poder.

A pesar de lo anotado anteriormente, existía en las autoridades de Gobierno el reconocimiento de acercar o integrar, en la medida de lo posible, a la población en general al acto de juramentación. Esto puede observarse en el hecho de que el acto de juramentación es transmitido por radio, con lo cual los radioescuchas no solamente tenían una descripción de los acontecimientos, sino también podían escuchar los discursos pronunciados por el nuevo Presidente y las otras autoridades políticas (“En medio de gran júbilo”, 1940). Por lo tanto, si bien la participación directa en el acto de juramentación podía considerarse un espacio de diferenciación, los avances tecnológicos permiten integrar al resto de la población —de una forma indirecta— a este.

Según reporta el periódico La Época, las actividades relacionadas con el acto de juramentación de Calderón Guardia fueron realizadas sin mayor incidente y en un ambiente festivo. Incluso, este diario alaba la forma en que esta ceremonia es llevada a cabo y respetada por la población costarricense, haciendo énfasis en que este es uno de los aspectos que la ayuda a diferenciarse de otras sociedades:

Así, la capital de la República y la República misma, vió otra vez el confortante espectáculo del traspaso del Poder Público, entre los urras de la ciudadanía y bajo la pacífica claridad de nuestro meridiano político.

Otros años, cuando en la lucha política, el personalismo dió la tónica, el vencedor llegó al poder con el resentimiento de los “menos”; pero muy luego se impuso la cordura, la razón, y es así, como en Costa Rica, se da el caso, raro, en América de que puesto el presidente en su lugar todos le rinden acatamiento y luego, cada uno para su casa y Dios en la de todos. (“Aurora de la administración”, 1940).

El texto anterior expresa dos elementos interesantes. El primero es la supuesta aceptación pacífica de la designación del nuevo Presidente, lo cual implica —según el redactor de la nota— que una vez acabada la lucha electoral, la ciudadanía se debe retirar del espacio público y reconocer la autoridad del nuevo mandatario, aunque no estuviera de acuerdo con su elección. En este caso, se puede inferir que los actos de celebración en torno a la toma de poder pueden entenderse como una especie de rito de reconciliación nacional; igualmente, marcarían el punto final del periodo de lucha por el poder político, dando una señal a la población costarricense para que regrese a su vida cotidiana. El segundo elemento se relaciona con la excepcionalidad de la identidad costarricense; como señala Iván Molina (2008a), desde finales del siglo XIX la elite costarricense se propuso construir la identidad nacional basada en la idea de que los y las costarricenses tienen un carácter excepcional al resto de sociedades de América Latina, tanto en lo étnico como en su comportamiento social, cultural y político (pp. 15-25). De esta manera, la nota de El Heraldo recurre a esta idea de excepcionalidad para explicar este comportamiento de la población costarricense.

Lo anterior puede observarse en el hecho de que, durante el periodo estudiado, los actos de juramentación y las celebraciones por la llegada de un nuevo Presidente al poder son realizados sin mayor sobresalto. Si bien en algunas ocasiones estas coyunturas son utilizadas por algunas personas para expresar su descontento por la designación de una persona en particular a la Presidencia, no se realiza ningún tipo de protesta fuerte o violenta ni se toman acciones con el objetivo de desconocer al nuevo mandatario. Por lo tanto, si bien no toda la población podría estar de acuerdo y celebrar el resultado de una elección, los opositores —en la mayoría de los casos— se resignaban a aceptar el resultado.

 Recepción oficial llevada a cabo en la Casa Amarilla

Figura 2. Recepción oficial llevada a cabo en la Casa Amarilla. 8 de mayo, 1940. Fuente: Colección Rafael Ángel Calderón Guardia. Centro de Investigaciones Históricas de América Central

Por su parte, La Tribuna compara la toma de poder de Calderón Guardia con una fiesta e indica que generaba una gran expectativa entre la población del país:

Desde las primeras horas de la mañana la ciudad presentaba un aspecto alegre y como de fiesta. No en vano la ciudadanía sentía que había llegado el momento de una saludable renovación de los poderes públicos y que, en sustitución de un régimen que en ese momento llegaba a su ocaso, iba a tomar las riendas del gobierno de Costa Rica una joven personalidad aureolada por el prestigio de una vida llena de constantes pruebas de bondad y rodeado del afecto caluroso de la mayoría de los costarricenses. (“En medio de gran júbilo”, 1940).

Las declaraciones de este diario contrastan con lo sucedido durante el proceso electoral, ya que a pesar de ser un cambio de las autoridades políticas, como se anota, hay una continuidad en el partido de Gobierno. De hecho, Rafael Ángel Calderón gana las elecciones tras enfrentarse a una oposición política débil y que no tuvo facilidad para articularse precisamente por las injerencias y acciones del partido de Gobierno. Por lo tanto, no puede interpretarse de forma alguna que la llegada de Calderón Guardia a la silla presidencial fuera un cambio de régimen, tal y como apunta el redactor de la nota. Posiblemente por esta situación, el redactor recurre también a ensalzar la figura del nuevo Presidente, destacando tanto su juventud como sus características personales que le han permitido ganar la simpatía de un sector de la población; en otras palabras, subraya la popularidad de Calderón Guardia como uno de los factores que legitima y explica su llegada al poder.

Al finalizar el acto de juramentación, Rafael Ángel Calderón Guardia, junto a las autoridades de Gobierno y delegaciones extranjeras, desfilaron hasta la Catedral Metropolitana para la celebración del Te Deum. Según La Tribuna: “Miles de personas llenaban el atrio del templo, la calle al frente y el Parque Central. Entusiasmo desbordante se notaba por todas partes y al paso del nuevo Presidente se lanzaban vivas” (“En medio de gran júbilo”, 1940). Se observa aquí a la prensa jugando su papel de mostrar el apoyo popular del recién juramentado Presidente, como una forma de consolidar su legitimidad y posición política ante su nuevo Gobierno.

Anuncio del baile popular

Figura 3. Anuncio del baile popular en celebración de la toma de poder de Rafael A. Calderón. 8 de mayo, 1940. Fuente: Diario de Costa Rica, 8 de mayo de 1940. p .10

Una vez concluido el Te Deum, Calderón Guardia ofreció —como ya era una costumbre para este momento— una recepción en la Casa Amarilla, donde recibió las felicitaciones y saludos de las autoridades del cuerpo eclesiástico, de las delegaciones extranjeras y de miembros de los Supremos Poderes de la República y otras autoridades de Gobierno (ver figura 2). Nuevamente La Tribuna aprovecha este acontecimiento para reforzar la imagen de apoyo popular que tenía el nuevo mandatario, el cual provenía desde los sectores más adinerados hasta los más humildes de la sociedad costarricense:

En ninguna oportunidad se ha visto una recepción como la de ayer en la Casa Amarilla. Miles de ciudadanos, desde el encopetado capitalista y hombre de la ciudad, hasta el humilde patillo, acudieron confundidos en un mismo anhelo patriótico, a testimoniar al doctor Calderón Guardia su simpatía y profundo afecto. Fue una demostración palpable de que el nuevo mandatario llega al poder rodeado del sincero cariño de la inmensa mayoría de los costarricenses. (“En medio de gran júbilo”, 1940).

Un elemento a destacar es la activa participación que tuvo Yvonne Clays Spoelders, esposa de Calderón Guardia. Así, mientras el nuevo Presidente recibía a las autoridades políticas, Spoelders hacía lo mismo pero con las esposas de dichos dignatarios (“La señora de Calderón Guardia”, 1940). Este evento permite visualizar que la élite política costarricense reconocía cierta participación de las mujeres en el ámbito político. No obstante, no era un papel activo sino más bien simbólico, que permitía representar cuál era el rol que debían tener las mujeres respecto a la política. De esta forma, si bien se les incluye en toda la escena del ceremonial, se les confina a un espacio diferente de los hombres, quienes se encuentran en el centro de la escena; a ellas se les coloca en un espacio simbólico secundario y su actuación indica que es de apoyo y ayuda para ensalzar la participación masculina en la política.

Como parte de los esfuerzos de las autoridades de Gobierno por integrar a la población a la celebración de la llegada del nuevo Presidente de la República, está la organización de un “Gran baile popular” que se realiza en el Parque Central de San José, cuyo atractivo buscaba aumentarse con el hecho de que contaba con “cantina abierta” (ver figura 3). El hecho de organizar un baile abierto a todo público, y en el que se estaría regalando licor, al principio parece contrario a la precaria situación económica por la que atravesaba el país y el espíritu de austeridad con el que Calderón Guardia había anunciado que se iban a realizar las actividades relacionadas con su toma de poder; sin embargo, esto tiene sentido si se piensa que es una forma de hacer a la población olvidar, al menos momentáneamente, el difícil momento que atravesaban sumándose a la celebración por el inicio de un nuevo periodo de Gobierno. Asimismo, esta actividad ayudaba a afianzar en el imaginario de la población este momento de felicidad y celebración con la llegada de Calderón Guardia a la Presidencia, ayudando a construir legitimidad y aceptación popular para su Gobierno; al mismo tiempo, podría funcionar como un mecanismo o estrategia para disminuir la tensión política y social que atravesaba el país en ese momento.

Pero este baile popular no fue la única actividad que se organizó en procura de una mayor participación popular en las celebraciones, este más bien fue el cierre de todo un programa de actividades, las cuales incluían desde desfile de bandas y recreos musicales, hasta la realización de un “gran match de fútbol infantil” en la Plazoleta de Artillería (“Festejos populares”, 1940). Por lo tanto, se puede constatar el deseo de las autoridades de Gobierno de promover la integración de la mayor cantidad de personas a la celebración, por medio del ofrecimiento de variadas actividades de recreación.

Sin embargo, la crisis económica que se vivía sí llevó a las autoridades políticas a realizar recortes en los gastos relacionados con la celebración de la toma de poder. El principal ajuste que se ven obligados a adoptar es la no realización de un baile de gala en honor de las delegaciones extranjeras, como se había llevado a cabo en ocasiones anteriores:

Las excelentísimas misiones extranjeras que la benevolencia de los gobiernos amigos ha querido acreditar para ese acto de nuestra democracia, serán atendidas como corresponde al decoro mismo de la nación y al placer y al honor que su visita procura. Pero se ha prescindido de un baile oficial, porque ello contrastaría con las angustiosas perspectivas que confronta el pueblo costarricense. Y sería injusto, por lo demás, que si van a hacerse economías en todas las ramas de la Administración Pública y si el país vivirá un régimen de restricciones económicas, se pensara en dar una fiesta de gran lucimiento. (“Sería injusto”, 1940).

A partir de la década de 1920, las delegaciones extranjeras habían empezado a jugar un importante papel en estas ceremonias, ya que permitían expresar el reconocimiento y apoyo que tenía el nuevo Gobierno frente a sus similares extranjeros; por este motivo no es de extrañar que se busque la realización de una actividad alterna que permita agasajar y honrar a las delegaciones extranjeras, al mismo tiempo que facilite la proyección de este apoyo externo con que contaba Calderón Guardia hacia la población en general (Díaz, 2014, p. 232). De esta manera, el baile de gala es reemplazado por un desfile de estudiantes.

El desfile de estudiantes se lleva a cabo el 10 de mayo de 1949. Se puede considerar que esta actividad festiva tenía doble propósito; por un lado, rendir homenaje a las delegaciones extranjeras que habían asistido a la ceremonia de toma de poder y, por otro lado, servir de escenario para que el recién juramentado Presidente de la República apareciera como centro de un gran despliegue público, lo cual facilitaría su posicionamiento en el imaginario de la población como nueva cabeza del Estado. Esta actividad buscaba ser algo no visto hasta el momento en Costa Rica, contando con la participación, según la prensa de la época, de más de 7 mil estudiantes (“Mas de 7.000 estudiantes”, 1940).

Si bien las autoridades de Gobierno realizaron el esmero necesario para que el desfile de estudiantes fuera una actividad lucida y distinguida, la cual sirviera como un despliegue para mostrar tanto a las delegaciones extranjeras como a la población costarricense la capacidad y autoridad de la nueva administración (“Se ocupó el Secretario de Educación”, 1940), un evento ocurrido en el marco de la Segunda Guerra Mundial tuvo repercusiones directas en la organización del desfile: la invasión de Alemania a Bélgica, Luxemburgo y Holanda. Así, estaba previsto en el desfile que los estudiantes portaran la bandera de los diferentes países cuyas delegaciones habían asistido a la ceremonia de toma de poder de Calderón Guardia; no obstante, hubo disconformidad entre los asistente al desfile, y entre los propios estudiantes que participaban en este, por el hecho de que estudiantes del Liceo de Costa Rica portaran la bandera nazi (“Incidentes y manifestaciones”, 1940). A pesar de ese inconveniente, el Diario de Costa Rica resaltó lo vistoso y llamativo del acto, dando énfasis en cómo este sirvió de homenaje a las delegaciones extranjeras, en el orden con el que se llevó a cabo e, incluso, en la puntualidad del presidente Calderón Guardia (“El señor Presidente Calderón”, 1940).

El periódico Trabajo, el cual pertenecía al Partido Comunista Costarricense, también informó sobre el desfile de estudiantes y aprovechó para expresar que este era muestra de la excepcionalidad del ser costarricense, indicando que posiblemente muchas de las delegaciones extranjeras debían estar sorprendidas por que una actividad de dicha naturaleza pueda llevarse a cabo sin la necesidad de que escoltas armados acompañen al Presidente o por el hecho de que sean estudiantes y no soldados los que participen en el desfile. Asimismo, este periódico aprovechó la ocasión para hacer un llamado a Calderón Guardia para evitar que Costa Rica se involucrara en la guerra debido a las presiones de Estados Unidos y defendiera al país de las amenazas extranjeras representadas por “los modernos filibusteros”:

El Presidente Calderón Guardia tiene que haber sentido honda emoción ante este desfile. Seguramente que al verlo se hizo el propósito de defender al país contra la barbarie de la guerra, cuando el imperialismo yanqui quiera echarnos a ella y el estandarte de la Escuela Juan Rafael Mora con la efige de don Juanito se inclinó ante él quizá pensó que también su deber era salvar a Costa Rica y a su pueblo de los modernos filibusteros representados entre nosotros por la United Fruit, la Bond and Share, la Good Year, la Panamerican, etc. (“¿Qué pensarían los diplomáticos…?”, 1940).

En cuanto al aprovechamiento de la ceremonia de toma de poder para explotarla de forma comercial, es necesario indicar que el comercio no la utilizó para este momento como excusa para promover la venta de distintos objetos, como ocurrió en otras ceremonias a finales del siglo XIX (Díaz, 2014, pp. 165-167), pero sí desarrollaron otro tipo de estrategias y actividades para sacar provecho de esta. De modo que la incapacidad del Gobierno para organizar un baile de gala en honor de las delegaciones extranjeras fue aprovechada por el Club Unión, el cual se encargó de organizar un baile con dicho propósito, con una cuota de 50 pesos para aquellas personas que no fueran socias y desearan asistir a la actividad (“Club Unión”, 1940). Así las autoridades de Gobierno y los organizadores se congraciaban con los invitados extranjeros con dicho baile, el cual era una actividad exclusiva en la que solo podía participar un selecto grupo de la población y, al mismo tiempo, la organización se proveía de una fuente extraordinaria de fondos.

Acciones similares son realizadas por el restaurante El Sesteo y el Gran Hotel Costa Rica. El primero realiza un té de gala en la tarde del 8 de mayo, al que invita a los expresidentes de la República, delegaciones extranjeras y autoridades políticas del país (“Gran Te de Gala”, 1940); por su parte, el Gran Hotel Costa Rica lleva a cabo el 12 de mayo de 1940 un alegre té danzante de gala en honor de las delegaciones extranjeras (“Alegre Te danzante de Gala”, 1940). Si bien no hay indicios de si alguna autoridad política o representante extranjero acudió a alguna de estas actividades, y muy posiblemente estos comercios conocían lo difícil que era que dichas personas asistieran, la invitación pública a estas figuras, de manera probable, aumentaba el atractivo de estas actividades para el público en general, pudiendo provocar una mayor asistencia a estas.

Esta misma estrategia parece ser seguida por diversos programas de radio, los cuales anuncian en la prensa la realización de transmisiones especiales en honor ya sea del presidente entrante, Calderón Guardia, o del presidente saliente, Cortés Castro; así como de las delegaciones nacionales que acudieron a las actividades de toma de poder, como una forma de aumentar su audiencia. Otro ejemplo sería lo realizado por la Republic Tobaco Co., la cual dedica el programa de radio que patrocinaba —y que salió al aire el 11 de mayo de 1940— a Calderón Guardia y a su esposa (“Dedicatoria de Radio”, 1940). De esta manera, la compañía utilizaba la toma de poder para convertir su programa radial en algo especial y aumentar su atractivo hacia el público, con el propósito de captar una mayor cantidad de oyentes y así posicionar de mejor manera su marca. A esto debe agregarse que, para este momento, la radio ya se encontraba muy difundida en la población costarricense y había contribuido al desarrollo de una cultura de masas (Fumero, 2005, p. 11); por lo tanto, la realización de programas de radio en honor del nuevo presidente no solo beneficiaba a la empresa privada al buscar con esta estrategia una mayor audiencia, también facilitaba el posicionamiento de la imagen de Calderón Guardia ante la población, al igual que el carácter especial y extraordinario del programa de radio podría contribuir a fortalecer la asociación del inicio de un nuevo periodo de Gobierno con la idea de ser una actividad festiva.

Asimismo, el Teatro Nacional ofreció el 8 de mayo una función de gala en honor tanto de Rafael Ángel Calderón como de las delegaciones extranjeras, en la que presentó la obra, para “gobernantes y gobernados”, titulada No hay flores en Palacio (“Teatro Nacional”, 1940). De esta manera, a pesar de la crisis económica que vivía Costa Rica, parece ser que los comerciantes visualizaban la ceremonia de toma de poder como una buena oportunidad para elevar sus ingresos y aprovechaban esta coyuntura para volver más atractiva su oferta de servicios. La participación del comercio en este tipo de actividades es importante ya que, como señala el historiador británico David Cannadine (2002), esto permite observar el impacto que tenía este tipo de actividades en la vida de la sociedad (p. 113); al mismo tiempo funciona como una estrategia para promover y consolidar la ceremonia política.

Las elecciones de 1944 se realizan en un clima de alta polarización y conflictividad política. Los antecedentes de dicha polarización se pueden rastrear en la administración de Calderón Guardia (1940-1944), pues durante esta se impulsa una serie de medidas que tenían como objetivo contrarrestar los efectos negativos que la II Guerra Mundial había tenido sobre la población costarricense, en especial en las clases menos favorecidas. Para llevar a cabo estas medidas, el Gobierno de Calderón Guardia buscó el apoyo de la Iglesia católica, para lo cual derogó algunas de las llamadas leyes anticlericales aprobadas por los liberales a finales del siglo XIX, tales como las restricciones de la educación religiosa, y permitió el restablecimiento de las órdenes monásticas en el país.

Esta situación produjo descontento entre el grupo de los cortesistas (partidarios del expresidente León Cortés Castro) que se encontraban a lo interno del partido de gobierno —el Partido Republicano Nacional (PRN)— provocando que se separaran de este e iniciaran una serie de ataques a la administración Calderón Guardia, a la cual acusaban de desorden administrativo y corrupción (Molina, 2008b, pp. 23-24). Asimismo, la crisis política se profundiza debido al accionar de Calderón Guardia al impedir que sus adversarios políticos ocuparan importantes cargos públicos, perturbando el balance del poder en Costa Rica (Lehoucq, 1998, p. 81).

Además, es necesario indicar que León Cortés y Rafael Ángel Calderón tenían un pacto político; el primero apoyaría al segundo en las elecciones de 1940 y, tras resultar ganador del proceso electoral, Calderón estaría en la obligación de apoyar a Cortés Castro para las elecciones de 1944. Pero cuando en mayo de 1941 Calderón Guardia se niega a apoyar al candidato cortesista a la Presidencia del Congreso, Cortés Castro considera poco probable que se respete el pacto existente entre ellos, por lo que decide separarse del Partido Republicano Nacional y formar su propia agrupación política: el Partido Demócrata (PD) (Molina y Lehoucq, 1999, pp. 155-156).

Este acontecimiento llevó al Republicano Nacional a la necesidad de buscar un nuevo aliado político que le permitiera seguir adelante con su proyecto de reforma política; este aliado fue el Bloque de Obreros y Trabajadores (el Partido Comunista Costarricense). Esta alianza fue posible debido a que, desde 1936, el PCCR había abandonado sus posturas más radicales y se había concentrado en conseguir las mejoras en las condiciones de vida de la clase trabajadora por medio de las reformas institucionales (Molina, 2008b, p. 25). Además, otro factor que pudo facilitar esta alianza era el propio contexto de la Segunda Guerra Mundial, en el cual países de tradición liberal, como Estados Unidos e Inglaterra, se alían con la Unión Soviética (URSS) para combatir a la Alemania nazi (Salazar, 1995, p. 194).

Fotografías de la recepción oficial llevada a cabo en la Casa Amarilla

Figura 4. Fotografías de la recepción oficial llevada a cabo en la Casa Amarilla, publicadas por La Tribuna. Mayo, 1944. Fuente: La Tribuna, 9 de mayo de 1944

De esta manera, para las elecciones de 1944 el PRN y el Partido Vanguardia Popular (nombre que había adoptado el PCCR en 1943) se unen para conformar el llamado Bloque de la Victoria (Bloque), el cual consigue ganar las elecciones, llevando a Teodoro Picado Michalsky a la Presidencia de la República. Además, hay que anotar que el interés del PCCR en participar en esta alianza residía en una estrategia electoral, ya que las reformas sociales impulsadas por Calderón Guardia podían reducir el caudal electoral que les era favorable; en consecuencia, participar en el Bloque les permitía ser partícipes de la promoción de esta política social y obtener réditos políticos (Molina, 2005, pp. 370-372).

Los adversarios al Bloque cuestionaron los resultados de los comicios y acusaron al Gobierno de participar en la realización de fraude en beneficio de Picado Michalski. Este discurso fue adoptado y enfatizado a lo largo de la década de 1940, e incluso sirvió como un factor que propició la Guerra Civil de 1948. Sin embargo, todas las solicitudes de nulidad planteadas en las elecciones presidenciales de 1944 fueron rechazadas debido a falta de pruebas o porque, de darse la anulación de los votos impugnados, el resultado final del proceso electoral no variaba (Molina y Lehoucq, 1999, p. 178). No obstante, hay que anotar que existen trabajos historiográficos que sostienen que dicho fraude electoral sí ocurrió; tal es el caso de la historiadora Clotilde Obregón Quesada, quien se apoya en testimonios de personas que oyeron el recuento de votos por la radio, para poner en duda la legalidad del proceso electoral de 1944 (Obregón, 2008, p. 319). Esta situación llevó a los opositores a referirse al gobierno de Teodoro Picado como una dictadura desde el momento en que fue declarado ganador de la contienda electoral, así como también manifestaban que León Cortés era el legítimo presidente (Solís, 2008, pp. 201-203). Tales condiciones posiblemente incidieron en el ánimo de un segmento importante de la población y afectaron el desarrollo de un ambiente festivo alrededor de la ceremonia de toma de poder. Al respecto, el sociólogo costarricense Manuel Solís (2008) indica que:

Ni en las elecciones de 1944 ni en la de 1946 el fraude había sido lo suficientemente significativo como para inclinar de manera decisiva el resultado final de los comicios. Sin embargo, fue denunciado un fraude que no era unilateral, que Ulate empezó a atacar en 1944 a una “dictadura”, y a llamar a Picado el ocupante de la Casa Presidencial. (p. 271).

Haya o no ocurrido un fraude significativo que variara los resultados del proceso electoral, lo cierto es que las críticas y el descontento que algunos sectores de la población tenían, tanto por el hecho de que Picado Michalsky fuera declarado presidente de la República, como por que el PRN se hubiera aliado al PVP, posiblemente afectaron las expectativas de la población ante la ceremonia de toma de poder, así como el seguimiento y actitud que adoptan los medios de comunicación ante este evento.

Desde finales del siglo XIX, la prensa se da cuenta de su papel en la construcción de la imagen —positiva o negativa— de la ceremonia de toma de poder ante la opinión pública; siendo la actitud que adoptara el medio respecto a la ceremonia dependiente de si este era favorable o no hacia el nuevo Gobierno (Díaz, 2014, pp. 167-174). A partir de lo anterior se comprende por qué el periódico Diario de Costa Rica, el cual abiertamente se oponía al gobierno de Picado Michalsky, da énfasis en su cobertura noticiosa del evento a los aspectos conflictivos o problemáticos surgidos alrededor de la ceremonia de toma de poder de este.

Uno de estos acontecimientos se relacionaba con la venida a Costa Rica de un grupo de cadetes de la Academia Militar de Nicaragua para participar en los actos en honor del nuevo presidente. Así, Diario de Costa Rica informa que se trata de una visita que genera controversia y es mal vista por la población debido a la poca inclinación militarista que tiene el país (“Hoy sale de Corinto”, 1944). No obstante, debe indicarse que el rechazo de la participación de los cadetes nicaragüenses por parte de la población no solo era una apreciación de este periódico; las autoridades de Gobierno parece que se encontraban conscientes de que un sector de la población podría manifestar su rechazo e incluso llevar a cabo acciones de violencia contra los cadetes nicaragüenses, razón por la cual se preocuparon de adoptar medidas especiales para garantizar su seguridad (“El Gobierno toma medidas”, 1944). A pesar de lo anterior, el propio Diario de Costa Rica anota que el elemento más vistoso de la ceremonia de toma de poder de Teodoro Picado resultó ser el desfile de los cadetes nicaragüenses; no obstante, también indica que al paso de dicho desfile algunas personas de la multitud se dedicaron a gritar: “¡Viva Costa Rica libre!” (“¡Viva Costa Rica libre!”, 1944), una consigna que buscaba manifestar el repudio hacia la presencia de una delegación militar extranjera en territorio costarricense.

En cuanto al acto de juramentación de Teodoro Picado, La Tribuna manifiesta una posición más positiva. Así, este diario indica que desde horas tempranas de la mañana una gran asistencia de público se dirigió a los alrededores del Congreso para presenciar este acto, el cual inició con la llegada de los cadetes nicaragüenses, seguidos por el cuerpo de diplomáticos, autoridades políticas, representantes del clero, el presidente entrante, Teodoro Picado y, por último, el presidente saliente, Rafael Ángel Calderón Guardia. Sobre la participación de Picado y Calderón, si bien el periódico manifiesta que ambos fueron ampliamente ovacionados, al parecer Calderón Guardia provocaba mayores muestras de simpatía:

Pocas veces se ha presenciado un acto tan emocionante como fue el del recibimiento que el público y los señores diputados tributaron al doctor Calderón Guardia, cuando llegó a hacer entrega del poder a su sucesor, el licenciado don Teodoro Picado. Estruendoso aplausos y vivas entusiastas, se prolongaron varios minutos, poniéndose de manifiesto que el mandatario que abandona el poder goza del intenso cariño y de la admiración de muchos millares de sus conciudadanos. (“Es mi propósito”, 1944).

Al finalizar el acto de juramentación, Teodoro Picado y el resto de las autoridades políticas asistieron a la Catedral Metropolitana para la celebración del Te Deum. Al concluir el acto religioso, el nuevo presidente ofreció una recepción en la Casa Amarilla, a la cual aparte de las delegaciones extranjeras y autoridades de Gobierno, acudió una concurrida multitud para presenciar cómo estas daban sus saludos al nuevo mandatario (ver figura 4).

Con este acto se dieron por concluidas las actividades de celebración oficiales en torno a la toma de poder de Picado Michalsky; a pesar de la tensa situación política generada durante el proceso electoral, La Tribuna destaca que estas se llevaron a cabo de forma pacífica y entre júbilo: “Y así terminaron, en plena paz y armonía, y en medio de la satisfacción y alegría de la inmensa mayoría de los ciudadanos costarricenses, estos actos de la transmisión de poderes” (“Es mi propósito”, 1944).

Por su parte, el semanario Trabajo, vocero de Vanguardia Popular, indica que la marcha de los trabajadores realizada el 1º de mayo toma tintes de celebración por el nuevo presidente. Asimismo, resaltaron la participación en la marcha de Teodoro Picado y Rafael Ángel Calderón, así como los intentos de los cortesistas para tratar de desmovilizar a los trabajadores, por medio de campos pagados publicados en el Diario de Costa Rica en los que les decían que si asistían a la marcha sería igual que dar su apoyo al Gobierno (“50 mil personas se congregaron”, 1944). La nota de este semanario deja ver dos aspectos: el primero, cómo la polarización política provoca que la oposición realice acciones con el propósito de afectar la celebración de actividades públicas que pudieran ser interpretadas como de apoyo al Gobierno de Picado Michalsky; el segundo, la intención de Vanguardia Popular de ligar al Gobierno saliente y al entrante con las luchas e intereses de la clase trabajadora, con lo cual justificar y legitimar la alianza realizada con el PRN. La anterior apreciación se fortalece cuando se observa cómo este mismo semanario, al reseñar lo acontecido en la ceremonia de toma de poder del 8 de mayo de 1944, resalta “la voz de tres grandes costarricenses”: Teodoro Picado, Rafael Ángel Calderón y Ricardo Jiménez, todos miembros del PRN (“La voz de 3 grandes”, 1944). Asimismo, en su editorial destacan que el discurso dado por el nuevo presidente durante su acto de juramentación, no buscaba otra cosa que reiterar su compromiso de cumplir el programa político del Bloque (“El mensaje del Presidente Picado”, 1944).

A pesar del esfuerzo, antes señalado, de la oposición por tratar de afectar la celebración de la toma de poder de Picado Michalsky, esta no lleva a cabo algún tipo de manifestación o acto de repudio en contra de su ceremonia de toma de poder. Puede pensarse que esto se debe al hecho de que los opositores eran conscientes de que este ritual político se encontraba muy enraizado ya en el imaginario de la población costarricense y, por ende, realizar acciones que podrían ser consideradas como un irrespeto hacia este, podrían resultar más bien contraproducentes para sus intereses políticos.

A diferencia de lo ocurrido en 1940, el comercio no trata de sacar ningún tipo de provecho de la ceremonia de toma de poder. Asimismo, tampoco se encuentra registro de actividades populares de celebración, ya sea llevadas a cabo en la capital o en otras ciudades. Lo anterior puede explicarse por el tenso ambiente político que vivía Costa Rica, el cual disipaba o dificultaba el desarrollo de un ambiente festivo en la población costarricense para la celebración de la toma de poder de Picado Michalsky. Cuatro años después, esta tensión y conflictos políticos existentes en el país fueron en aumento, detonando finalmente en que tras las controversias generadas por la elección presidencial de 1948, se recurriera a las armas para dirimir el conflicto por el control del poder político.

Del conflicto armando a la apoteosis: 1948-1949

La polarización política vivida en Costa Rica durante la década de 1940 tuvo como desenlace el conflicto armado de 1948, en el cual se enfrentaron las fuerzas del Gobierno y el llamado Ejército de Liberación Nacional, siendo vencedor este último. El evento que sirvió como detonante de dicho enfrentamiento fue la anulación de las elecciones de febrero de 1948, las cuales —en un inicio— le habían dado la victoria a Otilio Ulate Blanco sobre Rafael Ángel Calderón Guardia, quien ya había sido presidente entre 1940 y 1944. Lo anterior se sumaba a la polarización política que vivía el país y a una creciente campaña contra la “amenaza comunista” que era representada por el PVP, el cual junto al Partido Republicano Nacional habían conformado el Bloque y promovieron la candidatura de Calderón Guardia (Molina, 2009, pp. 137-155).

Para tratar de contrarrestar la tensión política que fue en aumento en Costa Rica, después de las elecciones de 1944, el Gobierno de Picado Michalsky impulsa en 1946 una reforma al Código Electoral, la cual pretendía ceder importantes cuotas de poder a la oposición y que incluía la independencia de la organización y supervisión del proceso electoral, las cuales hasta entonces estaban en manos del Poder Ejecutivo. Esto pretendía evitar que se aumentara la incertidumbre y el conflicto político, así como la probabilidad de una guerra civil (Molina y Lehoucq, 1999, pp. 82-94; Molina, 2005, pp. 375-376). Sin embargo, estos intentos resultan infructuosos y la polarización política del país aumenta, amparada en el inicio de la Guerra Fría, en 1945, la muerte de León Cortés Castro, en 1946, y la radicalización y diferenciación de los grupos (Lehoucq, 1992, pp. 211-336).

Esta radicalización y diferenciación de los grupos de oposición es fundamental para comprender lo sucedido en 1948. Así, por un lado se encontraba la tendencia de oposición mayoritaria, liderada por León Cortés y, tras su muerte, por Otilio Ulate Blanco, esta buscaba alcanzar el control de la Presidencia de la República mediante la participación en los procesos electorales o, al menos, por medio de una ventajosa transacción política; por otro lado, estaba un grupo minoritario de oposición encabezado por José Figueres Ferrer, quien desde muy temprano en la década de 1940 había insistido en que la lucha armada era el único medio para lograr un cambio en el control del poder político en Costa Rica, incluso este grupo recurrió a la realización de una serie de actos terroristas que se agudizaron en 1947 (Molina, 2005, p. 375). Al respecto, la historiadora Mercedes Muñoz (1990) destaca que en 1947 se contabilizan 72 ataques terroristas en Costa Rica, entre ellos: dos ataques dirigidos hacia Calderón Guardia; una bomba que hizo explotar el automóvil de Manuel Mora, líder del PVP, así como otra que destruyera parte de su vivienda, y un explosivo que detonó en la casa de Manuel Formoso, director del periódico pro oficialista La Tribuna (p. 45). El hecho de que el grupo liderado por Figueres Ferrer prefiriera acudir a la vía armada antes que a las urnas para obtener el poder político se puede explicar por el bajo apoyo electoral y, en general, de la ciudadanía que mantenía en esa época (Lehoucq, 1992, pp. 256-260).

A lo anterior también se debe sumar la realización de la llamada Huelga de los brazos caídos —la cual en esencia fue un paro patronal—, ocurrida entre el 23 de julio y el 3 de agosto de 1947, y que tenía como propósito solicitar garantías electorales de cara a las elecciones de 1948. Tras esta huelga, Molina y Lehoucq (1999, p. 184) indican que el Gobierno de Picado Michalski y los grupos de oposición, llegaron a un acuerdo que fue más beneficioso para la oposición que para el propio Gobierno, ya que los primeros ganaban gran influencia en la realización de los comicios electorales de 1948; incluso, se nombró como director del Registro Electoral a Benjamín Odio, quien era partidario de Figueres Ferrer.

Así, en un clima cargado de tensión se efectuaron las elecciones de 1948, en las que el Bloque presentó como candidato a la Presidencia de la República a Rafael Ángel Calderón Guardia, mientras que el principal grupo de la oposición, el Partido Unión Nacional (PUN), presentó como candidato a Otilio Ulate Blanco. Las elecciones realizadas el 8 de febrero de 1948 transcurrieron sin incidentes de gravedad; no obstante, el día siguiente Calderón Guardia se negó a reconocer los resultados preliminares que favorecían a Ulate Blanco. El 28 de febrero, el Tribunal Electoral declara a Ulate Blanco, de manera provisional, presidente electo; esto lleva a Calderón Guardia a plantear una demanda al Congreso con el propósito de solicitar la anulación de la elección presidencial, bajo el argumento de una exclusión de partidarios del PRN y del PVP del padrón electoral por parte del Registro Electoral, impidiendo así que estos emitieran su voto, beneficiando al PUN. La petición fue acogida para su estudio el 1º de marzo por el Congreso, el cual estaba dominado por diputados del PRN y del PVP, e inmediatamente se inicia un proceso de negociación entre Ulate Blanco y Calderón Guardia, con el propósito de encontrar una salida al conflicto (Molina, 2005, p. 377).

Sin embargo, las hostilidades armadas inician el 12 de marzo, cuando un grupo del ejército costarricense fue atacado por el grupo armado comandado por Figueres Ferrer, en el momento en que aquel acudía a verificar si eran ciertos los rumores de que un ejército se estaba congregando en una finca propiedad Figueres (Molina y Lehoucq, 1999, p. 118). Pero el comienzo del conflicto armado no provocó que se detuviera la negociación entre Calderón y Ulate, lo cual para Molina (2005, p. 377) fue un indicador de que las principales fuerzas políticas no le daban importancia a los figueristas. Asimismo, a finales de marzo Calderón y Ulate llegaron a un acuerdo, con el propósito de evitar que siguiera escalando el conflicto político que vivía el país. En este acuerdo se indicaba que el Dr. Julio César Ovares asumiría la Presidencia de la República por dos años y transcurridos estos se convocaría nuevamente a elecciones; este acuerdo fue rechazado por Figueres Ferrer y el grupo armado que lo apoyaba, el llamado Ejército de Liberación Nacional, por lo que continuaron con las hostilidades (Lehoucq, 1992, pp. 321-333; Molina, 2005, p. 376).

Después de la toma de las ciudades de Cartago y Limón por el Ejército de Liberación Nacional, entre el 11 y 12 de abril, y la batalla del Tejar, ocurrida el 13 de abril, se produjo un nuevo proceso de negociación en el que participó activamente Figueres Ferrer, y el 19 de ese mes se firma el llamado Pacto de la Embajada de México, que puso fin a la guerra. A pesar de que, supuestamente, una de las razones esgrimidas por Figueres Ferrer y sus colaboradores para tomar las armas era la defensa del resultado de las elecciones de febrero de 1948, el Pacto de la Embajada de México establece que el control del poder del país pasaría a manos de una Junta de Gobierno, presidida por Figueres Ferrer, que gobernaría por 18 meses sin Congreso ni ningún otro contrapeso político. Al finalizar dicho periodo la Presidencia de la República sería entregada a Ulate Blanco; además, se convoca una Asamblea Constituyente que daría lugar a la Constitución de 1949, la cual sienta las bases para una serie de reformas y transformaciones institucionales que sufriría Costa Rica en la segunda mitad del siglo XX. Al respecto, Molina y Lehoucq (1999) realizan un balance de las motivaciones detrás del conflicto armado de 1948 y los resultados de este:

La lucha emprendida por los líderes del Ejército de Liberación Nacional, como se desprende de lo admitido por [Rodrigo] Facio, no tenía por fin defender el sufragio o la supuesta victoria del Unión Nacional en la votación presidencial de 1948; sus intereses eran otros. La Junta Fundadora, que gobernó al país durante dieciocho meses, emprendió una serie de profundas transformaciones institucionales (nacionalización bancaria, abolición del ejército y otras) que sentaron las bases para el impresionante desarrollo que Costa Rica experimentó después de 1950. A la vez, desconoció la elección de diputados de 1948 e inició una persecución sistemática de calderonistas y comunistas, un proceso que tenía sentido en términos de despejar la arena electoral para que un nuevo partido pudiera crecer. (p. 190).

Así, el conflicto armado de 1948 es importante no solo porque es el último golpe de Estado que se realiza en el país, sino también porque marca el nacimiento de la Segunda República e inicia un proceso de reconfiguración del escenario político del país, en el cual el Partido Liberación Nacional se instituye como el grupo político dominante durante el resto del siglo XX (Lehoucq, 1997, pp. 17-21). Dada la tensión social y política que vivía el país, y la forma en que el grupo liderado por José Figueres Ferrer se hace del control del poder político, las actividades realizadas en el marco de la ceremonia de toma de poder pretendían ayudar a proyectar a la población la imagen de este grupo como legítimo poseedor del poder político. Si bien los aspectos coyunturales en los cuales esta ceremonia se lleva a cabo obligan a variar algunos aspectos, como se verá a continuación, se nota el esfuerzo por parte de las nuevas autoridades políticas de realizar este ritual político lo más apegado posible a la tradición que se había ido consolidando a lo largo del tiempo. Esto posiblemente con la intención de mostrar a la sociedad una cierta idea de estabilidad y continuismo que contrarrestara la ruptura política que acababa de ocurrir.

Como se ha mencionado con anterioridad, las ceremonias de toma de poder funcionan como mecanismos de transición con el propósito de mantener (o desarrollar) la estabilidad sociopolítica ante un cambio de Gobierno; en este caso, dada la naturaleza de la forma de tomar el poder y el impacto que tuvo ante la sociedad costarricense, se puede encontrar que estas trascendieron el acto de juramentación del nuevo Gobierno e incluyeron una serie de actividades que consolidaran la imagen del Ejército de Liberación Nacional ante la población. Posiblemente una de las más significativas fue el Desfile de la Victoria, realizado el 28 de abril de 1948; incluso el Gobierno provisional declaró asueto a los funcionarios públicos con el propósito de celebrar el Día de la Victoria del Ejército de Liberación Nacional (Acuerdo de Gobernación Nº 2, 1948). Dicho desfile se realizó en la ciudad de San José, inició en plaza Víquez, continuando por el Paseo de los Estudiantes, la avenida central y finalizando en la plaza de la Artillería (“Hoy será efectuado”, 1948). El periódico La Nación, el cual tomó posición a favor de las acciones realizadas por el Ejército de Liberación Nacional, calificó como de “extraordinaria brillantez” dicho desfile, y según la narración de este diario, la población costarricense acudió a vitorear al grupo al que debían la reconquista de sus derechos ciudadanos (“Hoy será efectuado”, 1948).

La realización de este desfile respondía a una estrategia de apropiación del espacio citadino con dos objetivos: el primero, fortalecer su imagen como el grupo ganador de la contienda armada y, segundo, mostrar cuánto apoyo recibían de la población. Esto con el propósito de fortalecer su legitimidad por medio del despliegue de la manifestación de apoyo popular, como en ocasiones anteriores había hecho el grupo ganador de las contiendas políticas electorales.

Así, una de las estrategias utilizadas para fortalecer la idea de la estabilidad durante el proceso de transición, fue que el Ejército de Liberación Nacional no tomara directamente el poder una vez hubiera resultado vencedor sino que, tras la renuncia de Teodoro Picado a la Presidencia de la República, el 20 de abril de 1948, se nombrara a Santos León Herrera como presidente provisional hasta hacerle entrega del poder a la llamada Junta de Gobierno (también conocida como Junta Fundadora de la Segunda República), presidida por José Figueres Ferrer, el 8 de mayo de 1948. De esta manera se utiliza esta fecha, desde finales del siglo XIX, como tradicional para realizar este acto. Por lo tanto, al tomar formalmente el poder el 8 de mayo, la Junta de Gobierno buscaba indicar de manera simbólica que era la autoridad política legítima, la cual sucedía al Gobierno anterior. En otras palabras, mostraban que no había ningún tipo de ruptura; al contrario, había una continuidad con la forma en que se venían reemplazando las autoridades de Gobierno del país. Esta idea de transmitir una imagen de continuidad y no de ruptura, también queda expresada en un discurso de José Figueres Ferrer, transmitido por radio el 26 de abril de 1948, en el cual expresa la necesidad de dejar a un lado los acontecimientos bélicos que acababan de ocurrir para continuar con la vida normal del país (“Asumirá el poder el 8 de mayo”, 1948).

Además, en el discurso mencionado, Figueres Ferrer expresa que todas las acciones realizadas por él y el Ejército de Liberación Nacional, así como su ascenso al poder, se legitiman en la voluntad divina y en la fe y deseos de los y las costarricenses que “rezaron” para solicitar y guiar su intervención:

La guerra que acaba de pasar es casi inexplicable en el reino de los acontecimientos humanos ordinarios. Había una fuerza divina que lo guiaba todo como si estuvieran siendo escuchadas las plegarias de ochocientos mil costarricenses. Hombres modestos y desconocedores de las artes bélicas planteábamos las operaciones. Soldados que llevaban en las manos las huellas frescas de la macana o de la pluma fuente, tras una preparación rapidísima se convertían en guerreros acertados y valientes. Los planes se ejecutaban con precisión aritmética. Las victorias se alcanzaban casi sin bajas. Y cada vez que necesitábamos ocultarnos de la observación enemiga las nubes nos encubrían. (“Asumirá el poder el 8 de mayo”, 1948).1

La anterior declaración de Figueres Ferrer muestra no solamente el uso de la fe religiosa de la población como fundamento de sus acciones y de su toma del poder, lo cual era característico en este tipo de actos, sino además que apelaba a la imagen que se venía formando desde finales del siglo XIX en la identidad nacional del costarricense como una persona de naturaleza pacífica y que solo recurre a las acciones violentas de manera extraordinaria cuando necesidades imperiosas lo demandan, lo cual contribuye a construir su legitimidad.

De esta manera, la ceremonia de toma de poder por parte de la Junta de Gobierno se realizó el 8 de mayo, la cual, según el decreto Nº 1 del 8 de mayo de 1948:

Erá [sic] Presidente de esta Junta don José Figueres Ferrer, y la integrarán además los sres. Benjamín Odio Odio, Ministro de Relaciones Exteriores y Culto; Gonzalo Facio Segreda, Ministro de Gobernación y Policía; Alberto Martén Chavarría, Ministro de Economía, Hacienda y Comercio; Uladislao Gámez Solano, Ministro de Educación Pública; Francisco Orlich Bolmarcich, Ministro de Obras Públicas; Bruce Masís Diviasi, Ministro de Agricultura e Industrias; Raúl Blanco Cervantes, Ministro de Salubridad Pública; Presbítero Benjamín Núñez, Ministro de Trabajo y Previsión Social; Edgar Cardona Quirós, Ministro de Seguridad Pública, quedando por consiguiente organizado en tal forma el Gabinete de Gobierno. (Decreto de Ley Nº 1, 1948).

El acto de juramentación de la Junta de Gobierno difiere en dos aspectos de los realizados anteriormente. El primero fue que este acto se llevó a cabo frente a la Casa Amarilla y no en el recinto del Congreso, como había sido la costumbre hasta el momento. El uso de un espacio diferente para la realización de la ceremonia de toma de poder podría pretender mostrar a la población el carácter extraordinario de las nuevas autoridades de Gobierno, marcando así su diferencia con los Gobiernos precedentes. De la misma manera, el uso de un espacio abierto para llevar a cabo la juramentación propició por primera vez la participación directa de una gran cantidad de población en una actividad que era restringida y a la que tenía acceso principalmente la clase gobernante, buscando posiblemente de esta manera generar una mayor identificación y reconocimiento del pueblo hacia la nueva autoridad de Gobierno.

El segundo aspecto que la diferenció de ceremonias anteriores, es que el acto de juramentación de las nuevas autoridades de Gobierno fue llevado a cabo por Santos León Herrera, presidente provisorio, en lugar de ser llevado a cabo por el presidente del Poder Legislativo, como se acostumbraba. Lo anterior se debe a que, tras la victoria del Ejército de Liberación Nacional, este clausuró el Congreso, bajo el argumento de que fue este poder de la República el que declaró nulas las elecciones de febrero de 1948. Por lo tanto, en este momento no existía un Poder Legislativo como representante de la voluntad popular, el cual pudiera llevar a cabo el acto de juramentación.

A dicho acto de juramentación asistieron representantes de los cuerpos diplomáticos acreditados en el país, así como el Arzobispo de San José, en su calidad de jefe de la Iglesia católica de Costa Rica (“En un acto solemne”, 1948). Esto es importante, ya que como estrategia para aumentar su legitimidad como nuevo Gobierno se recurre a la búsqueda del reconocimiento de entes externos o internacionales; una estrategia que ya había sido utilizada en otros momentos, cuando existieron cuestionamientos sobre la legalidad del nuevo Gobierno. Asimismo, funciona como una medida de seguridad para garantizar que ningún país se preste como base o dé su apoyo al grupo perdedor de la guerra, para que trate de recuperar el poder por medio de acciones bélicas.

De esta manera, a la ceremonia de toma de poder de la Junta de Gobierno asistieron las representaciones diplomáticas de: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, España, China, México, Ecuador, Paraguay, Brasil, Chile, Perú, Colombia, Venezuela, República Dominicana, El Salvador, Nicaragua y el Nuncio Apostólico. Como se consignó en el periódico La Nación, el cual se había posicionado de manera favorable hacia el nuevo Gobierno: “La asistencia de dichas delegaciones a estos actos oficiales es un presagio favorable al reconocimiento del nuevo Gobierno de Costa Rica por los países allí representados” (“Misiones diplomáticas”, 1948).

Las actividades de celebración por la toma de poder de la Junta de Gobierno inició con un desfile del Presidente provisional desde la Casa Presidencial hasta la Casa Amarilla donde, primero, leyó un breve mensaje presidencial; posteriormente, hizo entrega del poder a José Figueres Ferrer, en su calidad de Jefe del Gabinete, quien respondió el mensaje dado por León Herrera. Por último, se procedió a la juramentación de las nuevas autoridades de Gobierno, de manera conjunta con los nuevos integrantes de la Corte Suprema de Justicia. Al finalizar la actividad, León Herrera fue escoltado a su casa de habitación acompañado por dos miembros de la Junta de Gobierno. Además, como parte de los actos de la ceremonia, un batallón del Ejército de Liberación Nacional desfiló desde Casa Presidencial hasta la Casa Amarilla portando el Pabellón Nacional (“En un acto solemne”, 1948).

Nuevamente se observa el uso de los desfiles como medio de apropiación del espacio y transmisión de mensajes simbólicos. En el caso del desfile de Santos León desde la Casa Presidencial hasta la Casa Amarilla para encontrarse con las personas que asumirían el Gobierno, puede interpretarse como un reconocimiento de que el poder debía ser entregado legítimamente a la Junta de Gobierno por parte de la autoridad provisional de Gobierno. Incluso el propio León Herrera manifiesta que entregar el poder a la “revolución triunfante” y no a Ulate Blanco, quien supuestamente había salido vencedor en las elecciones de febrero de 1948 y en la defensa de dicho triunfo fue que se levantó en armas el Ejército de Liberación nacional, es lo más “natural” (“Natural que sea la revolución”, 1948). Asimismo, el desfile de Santos León de regreso a su casa de habitación escoltado por dos miembros de la Junta de Gobierno, puede interpretarse como el reconocimiento de un honor, debido a la forma en que este llevara a cabo sus acciones como Presidente provisional; especialmente, por haberle hecho entrega del poder a la Junta de Gobierno. También puede comprenderse como un llamado de atención, León Herrera como ciudadano común es sacado del espacio público donde se ejerce el poder y llevado a su casa de habitación, el espacio privado, en un simbolismo que puede interpretarse como que aquellas personas que no son parte del grupo de Gobierno actual (aunque se hayan desempeñado en la vida política en algún momento) deben permanecer en el espacio privado y no deben tratar de intervenir en el espacio público que estará ahora en manos de la Junta de Gobierno.

En cuanto el desfile de las fuerzas armadas junto al pabellón nacional, este también está cargado de simbolismos. Como apunta David Díaz Arias sobre el pabellón nacional: “Es muy probable haya pasado a representar la nacionalidad costarricense (y ya no solo la identidad del país ante el mundo) al finalizar la primera década del siglo XX, entre los distintos grupos sociales, en el área urbana y rural del Valle Central” (Díaz-Arias, 2007, p. 156); por lo tanto, el hecho de portar el pabellón nacional podía hacer referencia a que el Ejército de Liberación Nacional era portador y defensor de las características y valores que formaban el ser costarricense, lo cual legitimaba las acciones tomadas durante el conflicto armado recién pasado, ya que estas iban dirigidas a defender esta identidad.

Un último punto destacable de este acto de juramentación es que la Junta de Gobierno modificó el juramento constitucional prestado por ellos; así, el juramento establecido en la constitución de 1870 finalizaba con la expresión: “Si así lo hiciereis Dios os ayude y si no, él y la patria os lo demanden”, y fue cambiado para dicho acto de juramentación de la siguiente manera: “Si así lo hiciereis Dios os ayude ¡Y ASÍ SERÁ!” (“La segunda República”, 1948).

Anuncio de cierre de comercios

Figura 5. Anuncio de cierre de comercios por motivo de la toma de poder de Otilio Ulate. Noviembre, 1949. Fuente: Diario de Costa Rica, 6 de noviembre de 1949.

El cambio en el juramento constitucional mencionado puede entenderse de dos formas: la primera, una intención por parte de la Junta de Gobierno de manifestar un fuerte compromiso de cumplir sus obligaciones con el pueblo de Costa Rica, por lo que no dejaban espacio a la duda de que pudieran fallar o faltar a este. La segunda, al eliminar la parte de la fórmula constitucional referida al control y rendición de cuentas podría entenderse como una visión por parte de la Junta de Gobierno de que nadie tenía la potestad de juzgar sus actos y pedirles cuentas.

Por último, a diferencia de ocasiones anteriores, el Diario de Costa Rica describe este acto como sencillo y sobrio, no hace ninguna mención de alguna gran multitud de personas que fuera a saludar y vitorear al nuevo Gobierno (“En ceremonia sencilla”, 1948). Muy posiblemente el ambiente que aún reinaba en el país, tras la reciente finalización del conflicto armado, afectó que se desarrollara un espíritu festivo alrededor de esta ceremonia. Hay que tomar en consideración que esta ceremonia de toma de poder se realiza en el marco de un largo proceso de violencia política que aconteció en Costa Rica durante la década de 1940, cuya punto álgido, la guerra de 1948, dejó miles de muertos y heridos, al mismo tiempo que tampoco significó el fin de dicha violencia (Solís, 2008, pp. 281-325). Dado esto es entendible que no se desarrollara un ambiente festivo alrededor de esta ceremonia de toma de poder.

Lo anterior también permite comprender el por qué no se organiza ningún tipo de fiesta popular, retreta, función de gala u otras actividades de esparcimiento que comúnmente se habían llevado a cabo como forma de celebrar y homenajear al nuevo presidente. Y en el caso de celebrarse actividades de este tipo, no iban dirigidas a servir de homenaje al nuevo Gobierno, sino al Ejército de Liberación Nacional (“Retreta de Gala”, 1948).

Otro acto simbólico que se realiza también ese 8 de mayo, y que es importante señalar, fue la colocación de una ofrenda floral en la tumba de León Cortés por parte de oficiales del Ejército de Liberación Nacional, como reconocimiento a su labor como “caudillo” y por todo lo que “sufrió” en su lucha por “liberar a Costa Rica”, acompañado de un “conmovedor” discurso pronunciado por Otilio Ulate (“Se depositó ayer una ofrenda”, 1948). Como se indicó anteriormente, León Cortés Castro fue presidente de la República (1936-1940) por el PRN, pero abandonó dicha agrupación cuando asumió el control Rafael Ángel Calderón Guardia y este empezó a promover una serie de legislación y políticas enfocadas a resolver distintas problemáticas sociales que afectaban al país, lo que incluso lo llevó —como se ha mencionado— a aliarse con el PVP. Así, Cortés Castro se volvió uno de los líderes de la oposición al Gobierno (Molina, 2009, pp. 117-155).

De esta manera, el reconocimiento a la labor de Cortés Castro como opositor al grupo político recién derrocado buscaba promover la idea de que dicho levantamiento armado fue el punto final de una lucha que llevaba gestándose desde años atrás (Solís, 2008, pp. 201-211). Al mismo tiempo parece responder a lo que Balandier (1994, p. 19) llama la teatralización del poder por medio del reconocimiento de los héroes; en este caso particular, al presentar a Cortés Castro como una especie de mártir de la patria que había sufrido en su lucha por liberarla. Por lo tanto, llevar una ofrenda floral ese día reafirmaba la idea de que la toma del poder por parte del Ejército de Liberación Nacional, era parte de la lucha por la cual se había sacrificado Cortés Castro. Esta idea queda clara en la forma en que el Diario de Costa Rica titula la noticia sobre el homenaje ya señalado a León Cortés: “Sin la severa figura patricia de León Cortés —vivo él o ya muerto— no habría tenido cabal realización la empresa redentora” (“Sin la severa figura patricia”, 1948).

El pináculo de las ceremonias de traspaso de poder llevadas a cabo en el periodo estudiado es, sin duda, la toma de poder de Otilio Ulate Blanco, realizada el 8 de noviembre de 1949, la cual fue una de las más vistosas y representativas en la historia de Costa Rica, y fue considerada por las personas que la presenciaron como una verdadera apoteosis.

Como ya se indicó, Otilio Ulate Blanco había sido originalmente el declarado ganador de las elecciones de febrero de 1948, las cuales fueron anuladas por el Congreso alegando la existencia de fraude, lo cual sirvió como excusa para que el Ejército de Liberación Nacional tomara el poder por la fuerza (Molina, 2005, pp. 367-420). Por tal razón, el ascenso al poder por parte de Ulate Blanco significaba el “retorno” a la normalidad tanto de la institucionalidad como de la vida política del país.

De esta manera, la ceremonia de toma de poder genera una gran expectativa entre la población, a lo cual las autoridades políticas responden tratando de organizar una ceremonia lo más vistosa y festiva posible, al mismo tiempo que trata de incorporar a distintos sectores de la sociedad en los preparativos y actividades festivas que buscaba realizar. Por ejemplo, las autoridades de Gobierno decoran el Paseo Colón con banderas de Costa Rica, ya que esta vía funcionaría como “la principal arteria de los festejos cívicos del 8 de noviembre”; para ello recurren tanto a la cooperación de empresas y personas que estaban dispuestas a donar las banderas requeridas para adornar esta vía capitalina, así como de personas jóvenes que estuvieran dispuestas a montar dicha ornamentación (“Cuarta lista de personas”, 1949).

Además, la ceremonia de toma de poder de Ulate Blanco pretendió servir explícitamente como un rito de reconciliación del pueblo de Costa Rica, ya que la sociedad aún se encontraba polarizada debido a los acontecimientos ocurridos en 1948. Esto queda claramente expresado en la carta abierta que dirige Jesús Jiménez Murillo a Otilio Ulate Blanco por motivo de su juramentación como presidente de la República:

Después de constantes luchas y grandes sacrificios ha nacido la aurora que todos los costarricenses anhelábamos. Ahora nuestra Patria significa ya no una Segunda República sino una Nueva República en la que todos los corazones, aún menos susceptibles, palpitarán llenos de alegría al ver en Usted la salvación de nuestro querido terruño.

En este día tan solemne y trascendental, todos los costarricenses debemos dar gracias infinitas al Creador de ver realizada nuestra sublime esperanza, ahora sí seremos verdaderos hermanos, ya no habrá rencores ni vanidades, será una tierra de hombres de trabajo. (“Carta abierta al Presidente”, 1949).

El acto de juramentación de Otilio Ulate Blanco fue realizado en el Estadio Nacional, ubicado en el parque metropolitano La Sabana, el cual funcionó como escenario ideal para una ceremonia que fue calificada como una verdadera apoteosis (“La transmisión del poder”, 1949). El hecho de que la ceremonia fuera llevada a cabo en el Estadio Nacional tenía el objetivo de congregar al mayor número de personas que asistieran a observar la realización del acto; según el Diario de Costa Rica más de 100 mil personas presenciaron este acontecimiento (“Más de 100 mil costarricense”, 1949). No obstante, esta estimación parece poco realista ante las dimensiones que poseía este inmueble y muy posiblemente la sobreestimación se debiera a la clara posición de apoyo que este medio tenía hacia Ulate Blanco, quien había sido director y dueño de este periódico.

La notoria cantidad de personas acudió a la actividad posiblemente motivada tanto por la trascendencia que tenía esta ceremonia en la coyuntura política que atravesaba el país, como por la novedad de ser la primera vez que en un espacio acondicionado en procura de la mayor asistencia popular, se realizara un acto que históricamente estaba destinado de manera exclusiva a la participación de miembros de la élite política. De esta manera, el Estadio Nacional fue acondicionado para servir de escenario para mostrar majestuosidad por medio de una teatralización del poder, tal y como se muestra en la publicación realizada en el periódico La Nación, describiendo el acto de juramentación de Ulate Blanco como presidente de la República:

A las 12:15 en punto, don Otilio Ulate prestó en el altar de la Patria, frente a la bandera nacional, el juramento constitucional frente a Dios y la Patria. En ese momento asumió la Presidencia de la República, y el país entero en la senda legal que se había obligado a abandonar a los enibades de la videncia [sic]. (“Más de 100 mil costarricense”, 1949).

El simbolismo para describir el acto de juramentación es muy llamativo; la evocación al altar de la patria es sin duda un reconocimiento del país como algo sagrado y de la ceremonia que se estaba realizando como parte de la “religión cívica” que venía construyéndose y ejecutándose en Costa Rica desde el siglo XIX, como medio para generar cohesión e identificación en la población alrededor de la idea de Nación. En cuanto a la bandera, esta significaba el “ser costarricense”, por lo que la realización del juramento ante ella puede interpretarse como un compromiso por parte de Ulate Blanco de actuar bajo las normas que definían ese ser. Además, el último punto de la descripción de la juramentación de Ulate Blanco muestra cómo la ceremonia era vista como un medio para “normalizar” la situación que había vivido el país tras el enfrentamiento armado de 1948, lo que refuerza su utilidad como rito de transición al permitir generar un nuevo estatus sin que esto implique el desarrollo de un nuevo conflicto.

La ceremonia no solo estuvo acompañada de actos tradicionales, como el desfile de las autoridades de Gobierno, el discurso, así como honores militares realizados por los cadetes “León Cortés”, sino que incluso se realizaron actos como el sobrevuelo de una flotilla de aviones de la compañía TACA durante el momento de la juramentación. Este acto tuvo un gran simbolismo, no solo por tratarse de una acción extraordinaria y nunca antes ejecutada durante una ceremonia de toma del poder en Costa Rica, sino que, como recalcó la prensa, eran los mismos aviones utilizados por el Ejército de Liberación Nacional para llevar a cabo sus maniobras militares durante el conflicto armado de 1948; además, eran piloteados por los mismos pilotos que participaron en el conflicto, lo que ayudaba a ligar al ascenso al poder de Otilio Ulate Blanco con las acciones del Ejército de Liberación Nacional (“Flotilla de aviones”, 1949).

Otro aspecto destacable de esta ceremonia de toma de poder es que fue transmitida por cadena de radio a todo el país, con esto se buscó que las personas que no pudieran asistir a la ceremonia, o que se encontraran lejos del lugar donde se realizaba, pudieran sentirse incluidas y participes de esta. La importancia que le dio el Gobierno a la transmisión de la ceremonia por medio de la radio puede observarse en el hecho de que se le encomendara a la Dirección de Protocolo del Ministerio de Relaciones Exteriores la organización de la transmisión, además de que se determinó que todos los comentarios de este acontecimiento estarían exclusivamente a cargo de Joaquín García Soto, “con el objeto de unificar la información radial que se suministre de ese histórico acontecimiento” (“A la cadena nacional de radio”, 1949). Queda entonces claro el interés de las autoridades de Gobierno de transmitir un mensaje unificado, una sola versión de los hechos que correspondiera con la imagen que se deseaba hacer llegar a la población por medio de la ceremonia de toma de poder de Ulate Blanco. Así parece formarse en esta ceremonia de toma de poder lo que Balandier (1994) llama el “Estado-Espectáculo”:

Las nuevas técnicas han puesto a disposición de la dramaturgia política los instrumentos más poderosos: los medios de comunicación… A través de ellos se refuerza la producción de las apariencias, se lega el destino de los poderosos a la calidad de su imagen pública tanto como a sus obras. Es entonces cuando se denuncia la transformación del Estado en “Estado-Espectáculo”, en teatro de ilusiones. (p. 20).

El interés de proyectar un mensaje controlado sobre la ceremonia de toma de poder, así como del contexto político que ocurre en Costa Rica en ese momento por parte de las autoridades de Gobierno, no se suscribió únicamente a la población costarricense; sino que fue dirigido también hacia los medios internacionales que habían enviado corresponsales al país. Para ello se recurre no solamente a la realización de conferencias de prensa para atender sus dudas, sino que el propio Ulate Blanco les organiza a los periodistas extranjeros un festejo en su finca, muy posiblemente con la intención de congraciarse con ellos (“El Presidente Ulate festejó”, 1949). En este punto se debe señalar que Otilio Ulate había sido periodista y dueño de medios de comunicación, por lo que debió ser consciente de la importancia de establecer vínculos positivos con los medios para fortalecer la imagen de su recién iniciado Gobierno. De esta manera, no es de extrañar que el periodista panameño, Armando Moreno, sobre la toma de poder de Ulate Blanco, señalara que: “Yo nunca había visto una mayor demostración de simpatía para un hombre que esa apoteosis en el Estadio Nacional de Costa Rica” (“Yo nunca había visto”, 1949).

Igual que en la ceremonia de febrero de 1948 y en ocasiones anteriores, un aspecto importante en la ceremonia de noviembre de 1949 fue la participación de las misiones y cuerpos diplomáticos representados en el país, los cuales asistieron al acto de juramentación así como a una recepción en la Casa Amarilla, en donde los diplomáticos acreditados en Costa Rica felicitaron al nuevo presidente de la República (“La transmisión del poder”, 1949). Esta diferencia es llamativa, ya que mientras para la toma de poder de la Junta de Gobierno en 1948 esta acudía a las misiones diplomáticas en busca de obtener reconocimiento internacional; en el caso de del ascenso de Ulate Blanco, este recibía el reconocimiento de las delegaciones extranjeras debido a que su toma del poder representaba la normalización de la situación del país ante los otros Estados.

Es necesario indicar que hubo un esmero especial, por parte de las autoridades de Gobierno, por atender a las delegaciones extrajeras y recibirlas con todos los honores posibles. Por ejemplo, se dispone una flotilla de automóviles para transportar a los miembros de las delegaciones extranjeras, cuyos vehículos se encontraban equipados con placas especiales, las cuales tenían tanto la bandera de Costa Rica, como la del país a la que la delegación pertenecía (“Hoy llegará”, 1949).

Asimismo, al igual que en 1940, se agasaja a las delegaciones extranjeras con un desfile de estudiantes, al cual acudieron alumnos de centros educativos ubicados en el Valle Central, así como de Limón, Guanacaste y San Isidro de El General (“Cuatro horas duró”, 1949). De esta manera, se observa que hay un especial interés por mostrar a la opinión pública el reconocimiento internacional con que cuenta la llegada al poder de Ulate Blanco. Esta visualización sin duda era una estrategia para generar legitimidad del nuevo Gobierno ante la población, asimismo, posiblemente también funcionara como un disuasorio para aquellos grupos de opositores que pudieran estar pensando en realizar acciones que amenazaran al Gobierno, ya que deberían enfrentar también el apoyo internacional con que este contaba.

Las actividades realizadas por personas y empresas privadas para celebrar la toma de poder de Ulate Blanco también hicieron su aparición; una de ellas fue la publicación en la prensa por parte de empresas, asociaciones, personas e identidades públicas de mensajes de felicitación a Ulate Blanco por su toma de posesión, así como la manifestación de deseos acerca de que su ascenso al poder trajera estabilidad y paz social a Costa Rica; incluso, los comercios anuncian que cerrarían sus puertas el 8 de noviembre para unirse a las celebraciones de ese momento histórico (ver figura 5). Entre las organizaciones que publicaron mensajes de apoyo por la toma de poder de Ulate Blanco se encontraban: el Banco de Costa Rica, la Cervecería Traube, la Cámara de Comercio de Costa Rica, Almacén Rodríguez Hnos., la Compañía Nacional de Fuerza y Luz, la compañía Bananera de Costa Rica, la compañía Taca de Costa Rica, Mendiola y Compañía, el Centro Israel Sionista, entre otros.

Otra actividad realizada por iniciativa privada para celebrar la toma de poder de Ulate Blanco fueron los bailes. El 6 de noviembre la embajada de Israel realiza un baile para celebrar la toma de posesión de Ulate Blanco; asimismo, el propio 8 de noviembre el Club Unión realiza un baile en honor del nuevo presidente:

El Club Unión, el centro social más importante del país dió a las diez de la noche una esplendida recepción en honor del Señor Presidente y de las Misiones Especiales. Con selecta y numerosa concurrencia, la recepción estuvo esplendida en todos los sentidos. El baile se prolongo hasta horas de la mañana, distinguiéndose la fiesta por la gran cordialidad que reino en medio del orden más exquisito. Es de felicitar al Club Unión por el ruidoso éxito de este acontecimiento social. (“La transmisión del poder”, 1949).

Como se aprecia en el texto anterior, este tipo de actividades no eran abiertas al público, sino que solo podía concurrir a ellas un público selecto; es decir, a pesar de realizar acciones que permitían una amplia participación popular, como el acto de juramentación en el Estadio Nacional, nuevamente se recurría a actividades que permitieran diferenciar al pueblo frente a la elite política. En este caso, se trataba de espacios de socialización exclusivos y que eran presentados ante la sociedad como ámbitos de celebración idílica.

Bajo una línea similar, el comercio vuelve a aprovechar la ocasión para tratar de vender artículos alusivos a la ceremonia de toma de poder. Ese es el caso de la Librería Atenea, la cual ofrece desde retratos de Figures y Ulate hasta banderas de Costa Rica y del Partido Unión Nacional, entre otros productos (“Anuncio de la Librería Atenea”, 1949). Asimismo, el comercio aprovechó la ocasión para vender vestidos y distintos accesorios a la población, para que pudiera asistir a los distintos eventos de celebración relacionados con la toma de posesión de Ulate Blanco (“Para los festejos”, 1949).

Además, a diferencia de lo ocurrido en 1948, en el marco de la toma de poder de Otilio Ulate se realizaron celebraciones en distintas comunidades del país. Ese es el caso de la ciudad de Alajuela, la cual inició las actividades desde el día 7 de noviembre, con un desfile de la filarmónica de la comunidad a medio día y, en horas de la noche, con la realización de un baile popular. El día siguiente se continuó con las actividades festivas en esta ciudad, iniciando a las 5 a.m. con una “alegre” diana con 21 cañonazos: “anunciando la llegada del día de gloria para Costa Rica”. No obstante, el comité organizador de estas festividades le solicitaba a la población alajuelense que se trasladara a la ciudad capital, para asistir al acto de juramentación de Ulate Blanco, reconociendo así la importancia de tener una concurrencia masiva en esta actividad para ayudar a legitimar la toma de poder del nuevo presidente. Por último, para cerrar las actividades de celebración, a las 8 p.m. se llevó a cabo una retreta de gala y juego de pólvora en el parque central de Alajuela (“Desde el día 7”, 1949).

También en el cantón de Siquirres se organiza una serie de actividades para celebrar la toma de poder de Ulate Blanco. El corresponsal de Diario de Costa Rica informa que la celebración es aprovechada por las personas de la comunidad para olvidar los conflictos que acaban de suceder, regresando a la “política de la buena vecindad”; es decir, la ceremonia trata entonces de convertirse en un espacio de conciliación. Entre las actividades que se llevarán a cabo se mencionan juegos deportivos, tómbolas, así como la iluminación y decoración de espacios públicos y casas particulares con las banderas de Costa Rica y del Partido Unión Nacional (“La ascensión al poder”, 1949). Asimismo, actividades similares fueron llevadas a cabo en las comunidades de Liberia, Moravia y Jiménez de Pococí (“Liberia celebra”, 1949; “Celebrando la transmisión del poder”, 1949). Lo llamativo en estos casos no es solamente que se llevaran a cabo las actividades, sino también que aun una semana después de ocurridas, los medios de comunicación continuaban reportándolas. Lo anterior demuestra, por lo tanto, el interés de hacer llegar a la opinión pública que la celebración de la toma de poder de Ulate fue algo generalizado y llevado a cabo en todo el país. Con ello buscaban mostrar el apoyo popular con que contaba el nuevo gobernante, así como el deseo de la población costarricense de superar el conflicto bélico de 1948 y retomar su vida cotidiana.

Por lo tanto, la ceremonia de 1949 puede observarse como el punto más alto de un proceso de construcción de un ritual político moderno, el cual le permite a la élite política legitimar su poder y posición social frente al resto de la población costarricense e, incluso, utilizar, recrear y desarrollar la memoria histórica de la sociedad, con el propósito de consolidar y afianzar un sistema de control social, dando de esta manera un aspecto de estabilidad a los procesos de cambio de las máximas autoridades políticas del país.

Consideraciones finales

Al inicio de la década de 1940 las ceremonias de toma de poder ya eran un ritual sólidamente establecido en el ceremonial político costarricense. Si bien durante este periodo hay algunas variaciones en las actividades y extensión de las celebraciones que se realizan, estas se deben más a las coyunturas políticas en las que se llevan a cabo, que a procesos de transformación de la ceremonia. Así, entre 1940 y 1949, la consolidación de esta ceremonia más bien permite a las autoridades políticas utilizarla para enfrentar las conflictivas coyunturas que afrontan.

De esta manera, por ejemplo, el uso de transmisiones por radio del acto de juramentación facilitaba la integración de la sociedad costarricense a la celebración y ayudaban a acercarla a las nuevas autoridades políticas. De la misma manera, el realce a las delegaciones internacionales es una herramienta útil para que el nuevo presidente proyecte el apoyo y reconocimiento que su mandato tiene ante gobiernos extranjeros. Por otra parte, el comercio vuelve a tener una participación activa en las celebraciones, tanto de manera simbólica al felicitar al nuevo mandatario, como aprovechando la celebración para colocar sus productos.

Pero el elemento más importante durante este periodo es la consolidación de la participación popular como base de la ceremonia de toma de poder. Esto es entendible en el hecho de que, por la conflictividad política vivida durante esta década, los grupos políticos se ven necesitados de recurrir a los sectores populares para generar el apoyo requerido para alcanzar y mantener el control del poder político. Además, sobre todo al final del periodo, hay un esfuerzo significativo por parte de los grupos que controlan el poder político de unificar y vigilar el mensaje que se transmite por medio de la ceremonia de toma de poder, lo cual puede interpretarse como un signo de su deseo de utilizar esta actividad para consolidar su posición ante la población.

De tal forma, la ceremonia de 1949 es la consolidación de la teatrocracia en Costa Rica. Los grupos de poder despliegan toda una simbología, control del espacio, realización de actividades, etc., con el propósito de mostrar al resto de la población que son ellos los que tiene el control del poder político y, al mismo tiempo, asegurar la subordinación del resto de la sociedad hacia su mandato. Así, al consolidar la celebración del ritual ante la sociedad, se aseguran de que esta participe y sienta gozo de celebrar el tener una nueva figura de control del poder político; en otras palabras, no solamente la aceptan, sino que llegan a considerar como un evento de celebración el que haya un nuevo presidente de la República (sin importar en muchas ocasiones las circunstancias en que este se hizo del control del poder). Pero al mismo tiempo este cambio de mandato se visualiza como algo normal, como parte de un ciclo continuo de la sociedad, el cual no genera ningún tipo de perturbación en el funcionamiento del país.

Por lo tanto, la ceremonia de toma de poder viene a significar la celebración de un cambio en las figuras que ostentan el control del poder político, sin que esto implique realmente para la población un cambio en las estructuras de poder de la sociedad, es un cambio en la continuidad y una continuidad en el cambio. Así, sin importar las circunstancias particulares en que surge una nueva autoridad política en 1940, 1944, 1948 y 1949, la población costarricense celebra la ceremonia de toma de poder; considera que está festejando el mismo ritual y este puede, por lo tanto, comprenderse como un mecanismo simbólico de estabilidad y aceptación del nuevo poder político, sin importar el proceso con que este llegara al control del gobierno de la República.

Notas

* Este artículo presenta algunos hallazgos y conclusiones expuestas en: Díaz, J. A. (2014). El Teatro del Poder: las ceremonias de toma de poder en Costa Rica (1821-1949). (Tesis de Maestría en Historia). Costa Rica: Universidad de Costa Rica.

2 Un aspecto interesante de esta narrativa elaborada por Figueres Ferrer para explicar la victoria sobre las tropas de Gobierno, es que la presenta como un acontecimiento fortuito y, al parecer, deliberadamente ignora los años de preparación y planeación que tuvo en conjunto con otros colaboradores para recurrir a las armas en procura de controlar el poder en Costa Rica, así como la ayuda que tuvo por parte de legionarios y gobiernos extranjeros. Véase: (Schifter, 1985, pp. 129-134).

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Fuente: Diálogos Revista Electrónica de Historia UCR

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