Dr. Carlos Luis Valvede Vega

Duelo de la patria y de la ciencia

Hay un solemne tañir de campanas… Hay en los corazones el dejo amargo de un llanto conmovedor… Toda el alma costarricense está estremecida de dolor ante el crimen pavoroso que ha llevado a la tumba a un ciudadano ejemplar, que fué valor sustancial de la patria, la cual miró en él a uno de sus más preclaros hijos: el Dr. don Carlos Luis Valverde Vega.

Ha caído el eminente médico al rudo tabletear de las armas. Ha caído en momentos supremos de la patria, cuando ésta se encuentra demandando, clamando, el apoyo de sus hijos todos, para salvarse de los terribles males que minan su existencia, agotan su fortaleza y agotan su vida. Ha caído un costarricense mes, ofrendando su preciosa vida en el sacrificio humano, en la máxima dación de sí mismo que pueda dar un ciudadano, por la rehabilitación cívica en que se encuentra férreamente afanada la nación.

Entró el Dr. Valverde en los campos de la política, con un pensamiento encendido en los más puros ideales de civismo. No penetró en esos campos por la puerta fácil del favor de cualesquiera especies, sino que los franqueó por la puerta angosta de la selección y los principios. Entró a luchar. La hora suya para militar activamente en la política, la marcó el desnivel a miento moral que comenzó a vivir Costa Rica, en un momento fatídico y aciago. Y era necesariamente ineludible salvarle. Aquella hora no fue la de la ambición ni la del orgullo. Sino la del razonamiento alto, la de las miradas en pos de una quimera posible, y de la reconquista de las instituciones perdidas, la restauración de los derechos atropellados. Iluminado por una fe formidable —esa fe robusta y alentadora de los cruzados de las grandes causas— campeó en las azarosas faenas de la política con una verticalidad indomable. Pudo, por ser un varón de ideales, hacer política magistral. No fue el político del contubernio y la traición, de la palabra grosera y el cálculo frío de la promesa vana y el cumplimiento hipócrita. Fue el político limpio, enfilado en una causa noble en la que cumplió los deberes de la misma con fidelidad enaltecedora y con patriotismo heroico. Porque era de condiciones tan hermosas, pudo acusar airadamente y reclamar justicieramente. Estaba enhiesto en la plataforma de su vida inmaculada, y con la misma ira de Moisés en el Sinai, podía imprecar contra quienes habían vuelto la espalda a la patria, y como los israelitas que se habían ido tras un ídolo de oro, abandonando la ley de Jehová, aquí hubo quienes también dejaron los caminos vivificadores de la ley cívica.

Pudo haber llevado el doctor Valverde su vida plácidamente en su acreditado consultorio. Porque fue maestro en la cirugía y el médico eminente, acertado en el diagnóstico y maravilloso en el bisturí, a cuya vera llegaban los pacientes encontrando en su sabiduría la panacea feliz para sus males. Mas no fue egoísta de su inteligencia que la donó a Costa Rica en el político honrado como lo acabamos de apreciar.

Hermanadas la patria y la ciencia, lloran en una fraternidad de dolor inconmensurable, porque ha muerto un hombre en la lucha más incruenta y más gloriosa: la salvación de la República.

Tomado de “La Prensa Libre” del 4 de marzo de 1948

Al Doctor Carlos Luis Valverde
en su heroica muerte

 
Envidiable destino, morir en la pelea
defendiendo el sagrado recinto del hogar,
fulminando al intruso con un ¡MALDITO SEAS!
inmenso como el Cielo, profundo como el mar.

Levantar la cabeza tal como una presa,
abrir el pecho en donde se consagra un altar
a lo Grande, a lo Noble, al Afecto, a la Idea,
y ofrecerlo al verdugo, y caer sin temblar.

Esta preciosa vida que ha segado la suerte
y que traspone erguida el umbral de la muere,
es lección perdurable del civismo y valor;

es el enorme precio de una enorme victoria
que guardará la Patria redimida en su Historia
que es historia de lucha, de trabajo y de honor.

José María Zeledón
3 de marzo de 1948

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