Protector de las artes

Alberto Cañas

Alberto Cañas

Repaso con nostalgia mi larga -y en ocasiones, no lo oculto- accidentada relación con José Figueres y comprendo que desde los primeros tiempos de 1944 lo percibí como un hombre profundamente preocupado por la literatura y por las artes (señaladamente la música).

La literatura era su compañera. Cuando contaba de sus andan/as de juventud abriendo montaña en el sur. siempre aludía al hecho de que. alumbrado por una carbura, leía por las noches a Shakespeare. La literatura era para él -como para los hombres del siglo XVIII- un consuelo. Pero solo le interesaba la gran literatura. Para que José Figueres dedicara unas cuantas horas de su vida a leer un libro de literatura, se necesitaba que ese libro hubiese sido publicado más de cincuenta años antes. “En cincuenta años se puede saber si tenia valor o fue sólo una moda”, decía. Cada ve/ que le escuche decirlo -y se lo escuche muchas veces- me obligo a recapitular cantidades de títulos que leí alguna vez porque en su momento fue como obligatorio leerlos, y que luego no interesan a nadie. En esas trampas, en que todos seguimos cayendo por el prurito que dicen de estar al día, no caía nunca José Figueres.

Shakespeare y Cervantes. Desde atrás, Homero. Y como una especie de consejero de cabecera, Tolstoi. Releía ávidamente a su poeta, Edgar Allan Poe, cuya musicalidad parecía hipnotizarle con la misma fuerza persuasiva que una gran sinfonía.

A la música se acercaba con ese temor con que nos le acercamos todos cuantos, amándola, no le conocemos su técnica ni su idioma. “La sinfonía -dijo una vez- es la manifestación más alta del genio del hombre.”

Cuando fundamos la Compañía Nacional de Teatro me hizo una petición: “Quiero que representen algo de Ibsen”. Era un autor del que poco le había oído hablar -como hablaba de Tolstoi o de Poe por ejemplo-, y esa noche justificó la petición haciendo un análisis veloz de unas cuantas obras de Ibsen. Curiosamente, no citó “Juan Gabriel Borkman”; decidí que posiblemente no la conocía, pues de conocerla la habría mencionado, y que el mejor homenaje que podía hacerte a él como Presidente de la República, era que la compañía representara “Juan Gabriel Borkman”. El día del estreno le conté lo que acabo de decir. “Lo que pasa es que yo me enamoro de ese drama y después me peleo con él; y me puse a pensar que si ése era el escogido, no faltaría un tontito de esos que abundan, que dijera que habíamos vendido el Ministerio de Cultura al capitalismo: la verdad, agregó, es que capitalismo o no capitalismo, esa es la tragedia del hombre de acción, que termina siempre por quedarse solo. ¡Qué bueno que se haya representado!”

En ese mismo juego de ideas, alguna vez una amiga común le reprochó el que la Compañía Nacional de Teatro no representara obras de protesta y con mensaje o carga ideológica. La respuesta de Figueres me dejó atónito: “El valor de la literatura, y el teatro para mí es literatura, es que nos permite hacer contado con grandes cerebros, y eso es suficiente. El encuentro con una gran mente es educativo por sí mismo. Importan menos las ideas que esa gran mente desarrolle.” En suma, que es más importante la inteligencia que la ideología. Eso explica su amistad con gentes de pensamiento tan distinto al suyo.

Otra vez, en son de broma, le señalé que si todos seguíamos su consejo de no leer libros que no estén acreditados por el paso del tiempo, podíamos quedarnos atrás en todo. “Mi consejo -replico- se circunscribe a la literatura; en el campo de las ideas hay que estar rabiosamente al día y enterarse de lo último que se piensa, se escribe y se publica. Sólo los fanáticos se siguen alimentando toda la vida de escrituras centenarias.”

Su afición por la gran literatura fue. creo, la que durante mucho tiempo le reprimió su sueño de escribir. La sorpresa que me llevé el día que me mostró su primer cuento, fue la modernidad de la estructura, porque cuando me contó que lo había escrito, supuse que lo habría hecho con la técnica de Cervantes. No sé. nunca logré que me lo confesara, si había quebrantado su juramento y se había puesto en relación con los escritores famosos del día. Pero quien haya leído sus cuentos supondrá que el contado existió. ¿Los habrá leído este viejo diablo clandestinamente, metido debajo de las sábanas como los adolescentes que leen pornografías?

Toda la vida le preocupó el arte de escribir. En sus primeros años de vida pública, no sólo trataba de escribir una prosa de resonancias románticas, victorhuguescas, o bien modernistas, rubendarianas, sino que incurría en frecuentes errores gramaticales.

Se propuso corregirse. Se aplicó al empeño de considerar la prosa como una tarea, y llegó a manejar una prosa escueta y moderna, castiza, galana y clara, mejor que la de muchos profesionales. Castigó su estilo, lo despojó de la adjetivación excesiva y de la retórica diecinuevesca de sus primeros textos, y armado así de punta en blanco, escribió sus mejores libros, sus mejores documentos políticos, y las notables piezas literarias de su libro de cuentos.

Junto con su pasión por la libertad, vivió su pasión por la creación literaria y artística. He pensado que la vida de José Figueres podría resumirse, corno en un epitafio, en estas palabras: Defendió la libertad y protegió las artes.

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Exministro de cultura

Publicado en La Nación el 9 de junio de 1990

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