Francisco Morales

Francisco Morales

Don Pepe llegó a la conclusión de que el Gobierno de los Ocho Años (Calderón/Picado) en Alianza con el partido comunista Vanguardia Popular (Manuel Mora) no respetaban las elecciones y que la única manera de sacarlos del poder era con las armas.

Entonces, después de seis años de meticulosa preparación -desde el exilio en Guatemala y México-, a su regreso en 1944 llamó a un grupo de valerosos jóvenes a la Finca La Lucha.

Llegaron seis: Edgar Cardona, Fernando Figuls, Alberto Quirós, Alberto Lorenzo, Max Cortés y Pepino Delcore y con don Pepe; siete. Siguieron preparativos militares, manejos de armas y reclutamiento de voluntarios.

Un día llegó Frank Marshall, otro Alberto Martén, otro Bruce Masís, líder de la resistencia en Cartago. De Desamparados, Domingo García y Carlos y Tista Gamboa, y otro día el padre Núñez, líder de la Confederación Sindical Rerum Novarum.

Don Pepe, que era dado a los actos simbólicos, emocionado, levantando el brazo del padre, les dijo: “¡Muchachos, ya tenemos Capellán del Ejército de Liberación Nacional!”.

Siguieron con viejos radios llenos de estática los acontecimientos políticos en San José, como el asesinato del Dr. Carlos Luis Valverde, la anulación por el Congreso del triunfo de Ulate hasta que hoy -hace 70 años- el 12 de marzo de 1948, se inició la Revolución con la toma de Pérez Zeledón.

Hay que advertir que, sin esas armas de Guatemala, la Revolución no hubiera triunfado. También, entre los hombres que llegaron con experiencia militar estaban el general Miguel Ángel Ramírez y Horacio Ornes, dominicanos.

En el Gobierno no se le daba importancia a Figueres y su “locura militar”.

Para explorar la zona y traer “amarrado” a Figueres, se ofreció el coronel Rigoberto Pacheco Tinoco, hombre de gran prestigio militar y de distinguidas familias.

Al llegar a la entrada de La Lucha, en la vuelta con cerro a la izquierda conocida como La Tolvanera, se enfrentó a los rebeldes jefeados por Frank Marshall, muriendo el coronel Pacheco y su chofer mayor Carlos Brenes (“Perro Negro”).

Eso fue un fortísimo golpe para el Gobierno y un aviso al país de que la cosa iba en serio.

El Gobierno envió otro grupo al mando del coronel Diego López Roig, que entraba por Tarbaca hacia Santa Elena, Frailes, hasta La Lucha, siendo también rechazado.

Un sacerdote alemán había empezado a construir una zanja frente a la vieja Iglesia de San Isidro. Ya en poder la ciudad de los revolucionarios, fueron atacados por fuerzas gobiernistas al mando del general nicaragüense Tijerino -que había peleado con Sandino- para recapturar la plaza, llave de la Revolución, con el estratégico aeropuerto.

Fueron treinta los hombres de la trinchera al mando de Fernando Valverde Vega y en su mayoría glostoras, medallistas, campesinos y vecinos de San Isidro, como Aníbal Barboza, Romilio Durán y un muchachillo, Miguel Salguero.

Entre los glostoras y medallistas, estaban Roberto Fernández Durán, “Tuta” Cortés y “Tuto” Quirós.

Derrotado el coronel Tijerino, ordenó a su clarín tocar retirada y los rebeldes lograban así una importante victoria para la Revolución. A poco caminar en su caballo blanco de un matorral, salió un tiro que le atravesó el cuello.

Por su rango militar, don Pepe ordenó funeral con honores de militar y el padre Núñez, con su homilía, conmovió hasta las lágrimas a los presentes. También vino la temible columna de los linieros (trabajadores bananeros de Cortés y Golfito, con rifles y machetes) al mando de Carlos Luis Fallas, que igualmente fueron rechazados. Pero “Calufa” capturó a dos medallistas, Fernando Ortuño y Carlos Mendieta.

Fallas, al revisar los efectos personales de Ortuño, descubrió en una bolsa del pantalón una cartita cariñosamente cuidada que era remitida desde Francia para Fernando Ortuño de Michelle Cleran.

Desde entonces Fallas —con grandeza de hombre valiente— para salvarlo de la ejecución solo le decía “Francisco aquí” y “Francisco allá”, y hasta les sugirió que en la primera oportunidad huyeran.

Y así, con esta estratagema, les salvó la vida a dos oligarcas medallistas.

Pasaron décadas y, en los funerales de Fallas, rodeado de la plana mayor del comunismo, sorpresivamente se presentó Fernando Ortuño Sobrado. ¡Hermoso gesto de hombre agradecido!

Los militares del Gobierno y los revolucionarios miden fuerzas. Don Pepe establece el Cuartel General en la escuela de Santa María de Dota.

El Gobierno y los comunistas presionan al presidente de Guatemala Juan José Arévalo y a Jacobo Arbens para que corten la salida de armas para Figueres.

Afortunadamente, casi a hurtadillas, se logra mantener la asistencia de armas gracias al espíritu democrático del jefe del Ejército guatemalteco coronel Francisco Arana.

Así las cosas, mientras en El Empalme, San Isidro, Santa María y San Carlos nacían los héroes, en los salones de San José los cafetaleros, banqueros y viejos políticos buscaban fórmulas para resolver la crisis.

Hasta convencieron a Calderón y Ulate de un tercer nombre para presidente: el doctor Ovares. Patrióticamente, Monseñor Sanabria llevó hasta Santa María la fórmula salvadora, pero obtuvo una respuesta de los revolucionarios sencilla, apenas de dos palabras: “Rendición incondicional.”

Don Pepe, dueño del aeropuerto de San Isidro, prepara meticulosamente la toma del puerto Caribe de Limón (Plan Clavel) en una asombrosa operación militar aerotransportada de vuelos con soldados (incluidos miembros de la Legión Caribe) de San Isidro a la Finca Altamira en San Carlos, donde están los hombres del Frente Norte de don “Chico” Orlich, y de ahí sobrevolando el territorio nacional hasta Limón.

Simultáneamente, con admirable coordinación -sobre todo si se tiene en cuenta la precariedad de las comunicaciones- el Plan Magnolia para la toma -evadiendo las tropas del Gobierno- por sorpresa de la ciudad de Cartago y dar el golpe final al Gobierno.

Setenta años después: ¡Honor a los caídos de ambos bandos!

Originalmente publicado en Diario Extra

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