Anecdotario

Anecdotario

Como personaje don Pepe es muy interesante. Tres veces presidente de la República, personaje del siglo XX, así declarado por sus propios archienemigos del periódico La Nación. Admirado por muchos, aunque también odiado por otros; esto se puede resumir en la frase que se usa para definir a un caudillo “hay gente dispuesta a dar la vida por él, y también que lo quieren matar”. Don Pepe era un Caudillo.

Sumado a lo anterior, hay una característica de don Pepe especial: tenía muy buenos amigos, y no como ahora, que se hace la distinción con la política, para él, la amistad lo era en cualquier ámbito. Esto le trajo más de un problema, porque entonces don Pepe, de ser necesario, defendía a sus amigos hasta la muerte, casi literalmente se hundía con ellos si había algún problema. Dicen que esa es una característica muy de los Figueres. Además que don Pepe era un hombre sencillo de pueblo, algo que la gente apreciaba, y con la particularidad de ser genuino. No era algo que utilizaba para sacar ventajas políticas, sencillamente él era así.

Sus “salidas”, sus “ocurrencias”, son magistrales por su capacidad de síntesis, su chispa, su humor…

Por ejemplo cuando pedía votos para sus diputados, se limitaba a decir “si me dan el hacha, que me den el cabo”. Era una magistral manera de darse a entender entre el costarricense de entonces. También cuando se le atravesaban alevosamente, decía “me piden que barra la casa y se me paran en la escoba”.

Habiendo sido tan popular, con muy buenos amigos, y dedicado a la política por tanto tiempo; no es de extrañar entonces, que tenga anécdotas. Es más, junto con don Ricardo Jiménez, es uno de los personajes costarricenses con la mayor cantidad de historias y cuentos.

Una frase de don Pepe fulminaba a cualquiera, y la risa desatada por sus palabras dejaba a sus detractores desarmados.

Su capacidad de comunicación, sus armas verbales, fueron temibles. En especial la prensa fue víctima de su sarcasmo y su verbo feroz.

Hicimos una recopilación de algunas de sus anécdotas, debe haber cientos, principalmente contadas por sus amigos, pero también algunas de sus enemigos. Casi todas son amenas, y algunas incluso nos harán reír. Lo valioso, es que nos muestran a un don Pepe, que no es el personaje frío y acartonado que nos enseñaron en la escuela y colegio, o el de la leyenda; tampoco el que inventaron sus enemigos, más bien nos muestran a un don Pepe tal como era. Y esto es lo que queremos hacer con este anecdotario, que la gente conozca al verdadero don Pepe.

La mayoría de los dibujos de don Pepe son de los caricaturista Hugo Díaz y Kokín

Anecdotario

Don Pepe

En Boston y Nueva York

En 1922, José María Figueres Ferrer le dijo a sus padres que quería irse a estudiar y a trabajar a Estados Unidos. La reacción familiar fue negativa, pero a pesar de eso lo hizo.

Como era menor de edad, se dejó el bigote, se trajeó debidamente y mintió sobre su edad con tal de obtener el pasaporte.

Así llegó a Boston, ciudad en la que tomó cursos libres de ingeniería en el Instituto Tecnológico de Massachussets, fue lector asiduo de la Biblioteca Pública y se ganó el pan como supervisor de romanas eléctricas en la Salad Tea Company.

En Nueva York, durante el día, hacía traducciones al inglés y viceversa. Durante la noche, cursó dicción inglesa, fonética y, en su cuartito de hotel, continuaba sus lecturas de clásicos europeos.

Al año de haber salido de Costa Rica, le escribió a su padre Mariano que no le enviara más el cheque en dólares, porque ya ganaba lo suficiente para comer. Sin embargo, el médico no le hizo caso, así que don Pepe empezó a devolverle los giros con la leyenda: “Ya había dicho que no necesitaba nada”.

Don Pepe y Casals

Alberto Cañas recuerda que “lo más lindo” que vivió a la par de don Pepe fue acompañarlo a él y a Francisco Amighetti a visitar al célebre chelista Pablo Casals, en Puerto Rico.

“Fue muy hermoso ver a Casals acompañando al chelo a don Pepe, quien cantaba canciones populares y de cuna oriundas de Cataluña. Durante toda una tarde fui testigo de ese encuentro entre dos bravos. Fue algo único”.

Amante del teatro

En la campaña electoral de 1969, el director teatral español Estebal Polis se encontraba montando Romeo y Julieta de Shakespeare. Don Pepe, amante del dramaturgo inglés, ordenó que compraran cuatro funciones de la obra y que repartieran las entradas entre el pueblo, porque pensaba que sería una lástima que la gente común y corriente no pudiera disfrutar del espectáculo.

Después hubo problemas administrativos, porque la Contraloría General de la República se negó a reconocer ese gasto.

Gustos literarios

Don Pepe fue muy exigente en sus gustos literarios. Siempre dijo que él no perdía el tiempo leyendo un libro que no tuviese al menos 50 años de haber sido escrito.

“Costó muchísimo ponerlo a leer a García Márquez. Decía que podía haber obras que, al cabo de diez años, nadie leería más y que había que esperar a que pasara el tiempo y que otros dictaminarán qué servía y qué no…”, recordó Alberto Cañas.

“Yo le regalé El coronel no tiene quién le escriba, pensando en que era lo más adecuado para él, pero nunca supe si lo leyó”.

Indudablemente, don Pepe era un devoto de los clásicos y se sabía de memoria interminables poemas de Rubén Darío, Bécquer y Gaspar Núñez de Arce, pero también admiró a “clásicos” locales, como Carmen Lyra, Carlos Luis Fallas y Joaquín Gutiérrez.

Don Pepe y la historia

Durante varias décadas de intensa relación intelectual, Guillermo Villegas Hoffmeister le preparó a don Pepe no menos de diez cuestionarios sobre la guerra civil, con la esperanza de que Figueres iniciara la redacción de sus memorias sobre el 48.

“No quería hacerlo por no referirse a esos acontecimientos, porque pensaba que se abrirían viejas heridas y que iba a maltratar a mucha gente”, recordó Villegas.

Por fin, en 1985, el presbítero Benjamín Núñez lo llamó y le comunicó que don Pepe se había decidido a emprender “su última lucha” y lo que llegaría a ser su último libro; pero más por presión de sus allegados y excitativas internacionales.

El volumen, que terminó llamándose El espíritu del 48, se inició con el título Fusiles y luceros, que siempre prefirió Villegas.

A pesar de su enorme cultura, don Pepe nunca tuvo un afán historicista ni se preocupó por documentar sus administraciones o sus vivencias de la guerra civil.

De hecho, sus pocos archivos personales, así como gran parte de la documentación oficial de las administraciones Calderón Guardia y Picado -archivada por el Ejército de Liberación Nacional en “La Lucha”, tras la victoria de 1948- se ha perdido irremediablemente.

En México

En el exilio de México, don Pepe empezó a conspirar contra el gobierno de Calderón Guardia. Hizo envíos frecuentes de armamento, pero generalmente fueron requisados en Costa Rica.

Luego, a costa de su comodidad económica, empezó a hacer contrabandos de una cerámica mexicana extraordinariamente frágil. En medio de los platos y de las tazas, se ocultaban los fusiles. En Costa Rica, los inspectores temían el quebradero y dejaban pasar las cajas sin examen.

Pero fue descubierto en México. Un general azteca lo llamó y sin mayor preámbulo le anunció que, a cambio de $20.000, se olvidaría del asunto.

Don Pepe volvió a su humildísimo apartamento del Distrito Federal, cubierto de pesadumbre, y le contó todo a su esposa, Henrietta Boggs. “Todo lo perdimos. Mañana volvemos a empezar”, le dijo, mientras se estrujaba la cabeza, en un gesto que le era característico.

Trujillo lo mandó a matar

Don Pepe fue el más odiado adversario de “la Internacional de las Espadas”, que en los cincuentas formaron temibles dictadores como Trujillo, Somoza, Batista y Pérez Jiménez.

Este último tirano venezolano cayó en 1958 y la principal radio clandestina del movimiento insurreccional funcionó en “La Lucha”.

“Toda su vida, don Pepe fue un guerrillero. Su profesión fundamental fue la de conspirador”, expresa Guillermo Villegas.

De hecho, Trujillo “lo odiaba a muerte” y varias veces envió a sus sicarios a matarlo.

Corridos y sinfonías

Las versiones sobre los gustos musicales de don Pepe son contradictorias. Algunos, como don Guido Sáenz, aseguran que la música clásica era su preferida. Otros más bien se inclinan por las canciones populares y hasta por la música ranchera.

En ocasiones, Figueres recordaba una tonada ranchera que había aprendido en 1920 y que aún lo hacía vibrar “Un tímido pajarillo una noche, llegose a refugiar en mi ventana…”.

Otra vez, don Pepe confesó que había visto incontables veces la película “Allá en el Rancho Grande” y que se sabía completa la pieza “Tu ya no soplas como mujer”.

“Yo estoy seguro que entre un buen corrido de la Revolución mexicana y las Cuatro Estaciones de Vivaldi, don Pepe se quedaría con el corrido”, insiste Guillermo Villegas.

Hombre sencillo

Don Pepe se confesó siempre como un hombre de campo. Sus manos “se sentían como las de un hombre, forjadas a punta de trabajo”. Nunca fue persona de fiestas ni de recepciones; ignoraba las mínimas normas de protocolo y etiqueta.

Fue un caudillo del estoicismo, frugal en la comida y en la bebida. No fue un abstemio, pero bebía muy poco: “Un eremita, de cuando en cuando, vino o brandy”, como recuerdan sus amigos.

“Para él, un banquete era un muslito de pollo o el pescado. La montaña lo había hecho así. Comía lo que come cualquier costarricense. Era muy avenido: arroz, frijoles, una ensaladita. El plátano frito con leche era su adoración”.

A pesar de ser un mal bebedor, Alberto Cañas recuerda que, en 1963, se encontró en Estados Unidos a un inglés de origen costarricense que aseguraba que en 1921 don Pepe era dueño de “la mejor saca de guaro del país”.

“Don Pepe siempre me negó esto, pero Cornelio Orlich, su socio en el negocio, me lo confirmó”.

Como el mismo Figueres decía con frecuencia: “A uno le inventan cada verdad”.

Gonzalo Facio, quien fue canciller de don Pepe en su última administración, relató que durante ese período la mejor casa vitivinícola de Francia le dio una recepción a Figueres.

El anfitrión era el “rey de la champaña” y le ofreció a don Pepe lo mejor de su cava centenaria. El costarricense desdeñó la espumante copa y con voz agria dijo: “No quiero. A mí que me traigan una Coca Cola”.

Se cuenta que don Pepe se burlaba de su fama de abstemio y que acotaba: “¿Quién dice que yo no tomo? Esa es una calumnia que me levantó Otilio Ulate”.

El político

Todos los íntimos de Figueres aseguran que “Don Pepe nunca fue un político, sino un estadista”.

“Don Chico Orlich fue realmente el político y el hombre que estuvo detrás de Figueres”, aseguró uno de sus amigos.

“Don Chico, como dicen, lavaba y le sobraba jabón y espuma. Don Pepe decidió que Orlich tenia que ser presidente y don Chico resultó mejor que él”.

Para un amigo de ambos, don Chico “cumplió un papel muy importante a la par de don Pepe, porque lo refrenaba mucho y, mientras vivió, impidió que gente rara se acercara a don Pepe. Por eso es que, en su última administración, Figueres se desbocó”.

Odios y querencias

Don Pepe odiaba a la gente que “hablaba en difícil” y le tenía tirria a expresiones como “problemática” y “parámetro”.

En 1948, en plena guerra civil, el famoso General Ramírez -de quien se asegura que jamás disparó un tiro- se dirigió a don Pepe:

– General Figueres…

– ¿Sí, General Ramírez?

– El enemigo se acerca por el flanco derecho en una operación tenaza.

– ¡Qué chanchada!, no le entiendo nada a este viejo -le dijo don Pepe a uno de sus colaboradores. En eso, apareció un campesino y a grito pelado le dijo a Figueres:

– Don Pepe, los mariachis están en la tranquera de Olegario.

– Ahora sí…

Alberto Cañas, quien relató esta anécdota, explica que don Pepe hablaba “como se habla en Los cuentos de mi Tía Panchita, porque era un lenguaje muy campesino, pero de los años veinte. A la vez, era muy culto, porque se crió en San Ramón”.

El último gran odio de don Pepe fue Ronald Reagan, el ex presidente de Estados Unidos.

Sin embargo, cuando Reagan visitó el país y un diputado socialista interrumpió su discurso en el Teatro Nacional, don Pepe expresó: “Nunca falta un borracho en una vela”.

Caricatura don Pepe

Don Pepe

Una vez, después de una reunión con periodistas, uno de ellos le interrogó:

—¿Qué fue lo mejor del encuentro?

—El almuerzo, respondió Figueres.

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Alguna vez comentó a los periodistas que lo entrevistaban sobre si había escrito o no un discurso al financista norteamericano Robert Vesco: “es preferible que yo redacte las proclamas a ese hombre, antes que éste se las escriba al Presidente”.

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En una oportunidad, Figueres invitó a un almuerzo navideño a los periodistas. En ese entonces estaba promoviendo la olla de carne y la incaparina para la alimentación de las familias de escasos recursos. La comida fue precisamente eso: olla de carne enlatada y un refresco de incaparina.

Quizá molesto, un diarista en tono mordaz le expresó que el refresco estaba muy bueno, que si le podía dar la receta para así alimentar a su perro.

—”Si se lo da al perro podría morirse”, contestó el entonces presidente.

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En el curso de una polémica con el columnista de La Nación Enrique Benavides -ya fallecido- sobre los criterios económicos y administrativos de Figueres, éste le envió una carta al primero donde se refiere “al ilustrado autor del Crimen de Colima (del libro, no del crimen)”.

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Don Pepe visitó la zona de San Ignacio de Acosta, acompañado por miembros de diferentes cámaras patronales. De un momento a otro quiso señalar algo importante, y entonces exclamó: ¡cámaras vengan! Los representantes patronales de inmediato se le acercaron; pero, muerto de risa, Figueres les dijo que a quienes había llamado era a las cámaras de televisión para que hicieran unas tomas.

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¡Cómo nos vacilaba!

Eduardo Amador

Siempre fue noticia. Donde se le viera, cualquier periodista prefería correr el riesgo de recibir una “patochada” por respuesta, si estaba de mal humor, que dejarlo ir sin preguntarle.

En los últimos años de su vida, los comunicadores jóvenes se molestaban con el tono socarrón e irónico con que respondía a sus requerimientos: “¿Cómo me dijo?, “la política, ¿con qué se come eso?” Eran las formas tradicionales con que los “vacilaba” y eludía responder a alguna pregunta a la que no quería referirse.

Sin embargo, quienes tuvieron oportunidad de compartir con él, por lo menos durante su último período de Gobierno (1970-1974), lo consideran una fuente inagotable de noticias y un verdadero maestro a la hora de dar las conferencias de prensa, pues él pretendía que todos aprendieran sin presionar absolutamente a nadie.

Los “viejos” informadores se vanaglorian del acceso que solían tener con don Pepe. Si él no podía hablar porque estaba muy ocupado, ponía a su vocero, al periodista Orlando Núñez Pérez, a dar declaraciones que en un todo expresaban los puntos de vista del entonces Jefe de Estado.

Wilfredo Chacón, corresponsal de la Agencia Centroamericana de Noticias (ACAN-EFE), quien laboraba en aquel tiempo con La República, recordó que Figueres no se guardaba absolutamente nada, y que eso le valió muchos problemas, pues a la prensa le contaba todo, sin pedir, como hoy hacen la mayoría de los políticos, que se guarde la fuente.

Bosco Valverde trabajaba en ese entonces para el Diario de Costa Rica y manifestó que don Pepe era un hombre muy inteligente del cual aprendió mucho.

William Céspedes, empleado en ese entonces de Canal 11, declaró que lo más importante de don Pepe fue que siempre mantenía un canal abierto para los periodistas, que se allegaban sin problemas y sin que se hiciera rogar, como ocurre hoy día.

Caricatura don Pepe

Don Pepe

Compilador Camilo Rodríguez Chaverri.

Don Pepe me llamaba a la una o dos de la mañana y me decía, “Rodolfo, ¿qué está haciendo?”

-Diay, don Pepe, ¿qué voy a estar haciendo? Durmiendo.

-Es que vamos a estar en la casa de Luis (Burstin). Vamos a abrir un vino.

Mi esposa, Marjorie, y yo nos poníamos la ropa y nos íbamos.

Era muy interesante. Hablaba de los libros que estaba leyendo.

Uno le preguntaba, don Pepe, ¿usted ha leído a García Márquez?

Se volvía y decía, “yo no pierdo el tiempo con los escritores nuevos. Sólo leo clásicos. Hay que leer quince escritores nuevos para encontrarse con uno bueno. En cambio, con los clásicos uno no pierde el tiempo”.

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En una de esas reuniones que teníamos con don Pepe, le comenté que me acababa de enterar de la candidatura presidencial de don Óscar Barahona Streber. Don Pepe estaba aspirando a la presidencia, de nuevo.

Se volvió y me dijo,

-No importa. Don Óscar se monta en una yegua recién parida, y se devuelve la cría.

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Una vez, mi papá, fundador del Partido Vanguardia Popular, estaba conversando con don Pepe, en La Lucha y le reclamó las muertes del Codo del Diablo. Mi papá considera que esas muertes fueron asesinatos, y que no eran necesarias en el contexto de las circunstancias de aquel momento. Él le reclamaba a don Pepe que no hubiera condenado aquellos hechos.

Don Pepe se puso de pie, se fue a ver por la amplia ventana de su casa, y le dijo, sin mirarlo,

-Es mi maldita manera de entender la amistad.

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Estaba en una reunión, con estudiantes, dirigentes y representantes de lo que se llama “fuerzas vivas”. Todos hablaban de la importancia del diálogo, y de ponerse de acuerdo.

Don Pepe estaba callado, y en un momento dado, se vuelve y les dice,

-Está muy bien que dialoguemos muchachos. Dialoguemos, dialoguemos. Pero al final, ¿la opinión de quién es la que manda?

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Un día, estaban discutiendo con don Pepe un grupo de sindicalistas. Él les explicaba por qué no se podía subir los salarios al punto que ellos querían, y ellos le contestaban que “las bases” por aquí, y “las bases” por allá. Parecía que no iban a decidir por “las bases”. Entonces, don Pepe se encanfinó y les dijo,

-¿No es cierto que ustedes son los dirigentes? Pues si son los dirigentes, ¡dirijan!

Caricatura don Pepe

Don Pepe

Cuando la lucha de tendencias entre Miguel Barzuna y Rodrigo Carazo, yo estaba con Miguel, por lo que un día me pidió que lo acompañara a una reunión con don Pepe Figueres, Yo le aclaró a Miguel que no era santo de la devoción de don Pepe, pero él insistió, motivo por el que lo acompañé.

La reunión era en el centro colón, en un saloncito destinado a esos fines.

Cuando Miguel y yo llegamos, ya don Pepe se encontraba sentado en la cabecera de la mesa, lo saludamos y él me preguntó quién era yo (como yo sabía que una manera que tenía don Pepe de bajarle el piso a alguien era esa) le contesté, me preocupa don Pepe veo que los años lo están golpeando y ya no conoce a la gente. Muy bravo me contestó “Usted siempre con sus malacrianzas”, pasado ese momento Miguel y don Pepe conversaron de política una media hora, al irnos don Pepe nos despidió sonriente y cariñosamente.

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Cuando fuimos atacados en diciembre del 48 en Puerto Soley, el comandante de los dos pelotones que componía la tropa, señor Eladio Álvarez Urbina ordenó la rendición, fuimos hechos prisioneros y trasladados al Campo Mate de Managua, donde permanecimos unos pocos días.

A nuestro regreso en el aeropuerto de la Sabana me entero de que mi cuñado Bernal Vargas Facio había perecido en el combate, lo que me impactó grandemente, del aeropuerto nos trasladaron a casa presidencial a una entrevista con don Pepe Figueres, entre los que nos había ido a recibir y nos acompaño a casa presidencial estaba mi hermano Manuel Enrique. Don Pepe preguntó porque estaba tan nervioso, a lo que contestaron que me acababa de enterar de la muerte de mi cuñado, don Pepe dijo, lleven a ese muchacho a la casa que es lo que él necesita, fue así como mi hermano me llevo a casa.

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Cuando lo de Llorona (en Corcovado) fuimos Frank (Marshall) y yo a hablar con don Pepe y don Chico Orlich, para explicarles que traeríamos armas de Cuba, (armas que nos enviaba Fidel en respuesta a las que nosotros le habíamos enviado cuando estaba en la Sierra Maestra) para invadir Nicaragua al cumplirse el mes de los fallidos desembarcos de Olama y Mollejones. Don Pepe nos dijo que contáramos con él en lo que pudiéramos necesitarlo.

Fue Marcial Aguiluz el que coordinó con Fidel el envío y Manuel Enrique (pillique) Guerra se fue a traerlas. El problema que se presentó fue que, mientras se desembarcaban las armas, la arena de la playa de Llorona se secó, por lo que hubo que esperar a que fuera nuevamente mojada con la marea. En el interín un avión comercial de Lacsa informó de que había aterrizado, seguramente de emergencia un avión en Llorona.

Eso puso en alerta al Gobierno de don Mario Echandi, nosotros nos enteramos de los preparativos para enviar una lancha a Llorona, pues teníamos pinchada la línea de teléfonos que tenía el Gobierno con el Resguardo Fiscal y con la Comandancias de Provincia.

Se dispuso salvar las armas, pero no tener ningún enfrentamiento bélico con el Gobierno. Así las cosas movimos la gente de San Isidro del General para que recibiera las armas, para en avioneta sacar las armas a ese lugar, ya que la cantidad no nos permitía traerlas todas a Lindora donde Muñeco Araya trasladó una cantidad importante.

Frank definió irse a Llorona en avioneta, para personalmente hacerse cargo del operativo, yo le dije “Frank no te vallás si no llevás a alguien importante de Liberación, pues nos pueden dejar botados”, pero Frank siempre se fue.

Como al irse Frank me había dejado a cargo, yo mandé a llamar a Carlos Gamboa, quién era el segundo del grupo de ex combatientes, separados de Figueres y que lideraba Frank.

Carlos informado del ofrecimiento de don Pepe, definió que le pidiéramos a don Pepe, que la Reserva del PLN actuara creando disturbios, para entretener a la gente del gobierno mientras nosotros sacábamos las armas, por lo que definimos ir a hablar con don Pepe, que en ese momento se encontraba en casa de su hermana con su cuñado Cornelio Orlich.

En la casa de don Cornelio nos recibió don Pepe a Carlos y a mí, yo le expuse la situación y le pedí la colaboración de la reserva, a lo que me contestó que no podía acceder, yo le recriminé diciéndole que estaba ahí por que él nos había ofrecido ayuda, a lo que me contestó que lo que yo pedía era un cheque en blanco y que la ayuda la había ofrecido en lo personal y que lo que yo le pedía no era personal, era como jefe de partido, lo que era diferente. Yo indignado le grité: Lo que pasa es que usted es un viejo cabrón, que tiene dos caras una para ofrecer y otra para quitarse, don Pepe se volvió donde Carlos y le preguntó que pensaba él a lo que Carlos le contestó que mejor no decía nada, inmediatamente partimos, los sucesos de Llorona son ampliamente conocidos y no me voy a referir a ellos.

Yo en ese tiempo trabajaba como vendedor en FACO y sin que hubiera pasado más de dos meses de lo anteriormente narrado, don Franz Amrhein, el dueño y un hombre muy especial, me dijo que había estado don Pepe en busca de una planta eléctrica grande, y que había convenido con él, el que yo lo visitaría en La Lucha al día siguiente. Yo le conté a don Franz lo que había pasado y que yo no podría ir, que iba a ser una bronca, don Franz me dijo, vaya tranquilo don Pepe lo va a recibir bien, de eso no se preocupe.

Como donde manda capitán no manda marinero, me fui a cumplir la orden de don Franz, estaba seguro de que don Pepe me iba a recriminar.

Me recibió amablemente, pocos días después le vendería una planta grande, que tenía la Deutz nueva en Perú, ya que la empresa pesquera que la había comprado, había quebrado, por lo que el precio fue muy favorable.

También le vendí ocho equipos de riego para Santa Elena, cuando los equipos llegaron unos pocos meses después, don Pepe me dijo, ya ve, tengo tres años de tratar de que STICA, me diseñe los equipos de riego y no logré nada, con usted, ya lo ve, ya estamos regando.

Como corolario a lo anterior, la planta llegó acompañada de unos planos de los cimientos, pero don Pepe dijo que los alemanes eran unos botaratas, por lo que redujo el hierro y el concreto con un diseño que él hizo, a los pocos días los cimientos cedieron, por lo que la planta tuvo una torcedura que obligó a una importante reparación y esta vez, don Pepe si dejo que usaran los planos de los cimientos de los alemanes.

Carlos Manuel Vicente

Dr. Carlos Ml. Vicente C.

Ex ministro Gobernación
Ex diputado Asamblea Legislativa

Lo que más le costo aprender a don Pepe

Cada vez que tenía oportunidad, pasaba por don Pepe, para dar una vuelta en automóvil, me gustaba conversar con él y constatar lo consistente de su pensamiento a pesar de la edad.

Un día le comenté que el paso por el Ministerio de Gobernación fue una verdadera universidad, a lo que me respondió: “Eso es cierto”. Yo le agregué, y a usted don Pepe que tres veces se graduó de Presidente, que fue lo que más le costó aprender.

Meditó un poco y luego me dijo; “Hacerme el chancho”.

Don Pepe lloró

Faltaban pocos días para que se cumplieran los seis meses, en que se debe dejar la función pública, si uno desea optar por un puesto de elección popular.

En la mañana, cuando leí el periódico La Nación, me encontré con unas declaraciones mías, que yo no había dado, en el sentido que tal día dejaría el Ministerio de Gobernación para optar por una diputación.

Don Pepe me llamó muy extrañado al pensar que yo había dado esas declaraciones sin haber consultado con él antes.

Le aclaré que el más extrañado era yo, porque nunca las había manifestado.

Entonces acató: “Esas son cosas de Daniel” y lo llamó inmediatamente.

Dichosamente todo se aclaró, Daniel aceptó: “Si, yo di esas declaraciones a nombre de Carlos Manuel, porque si no lo hago así, él no renuncia y yo lo necesito en mi Fracción Legislativa”.

Aclaradas las cosas, acepté la renuncia que no había solicitado, seis meses antes de que concluyera el mandando de don Pepe.

“No se me vaya en blanco, yo convoqué un Consejo de Gobierno especial para despedirlo”, me dijo don Pepe.

Llegaron todos los compañeros ministros, don Pepe con el nudo en la garganta explicó el motivo de esa convocatoria especial.

Nota aparte, merece recordar un lindo y emotivo discurso de Chalo Facio, que me llegó tan hondo que casi podría repetirlo de memoria. Narró una por una mis obras en el viejo y abandonado ministerio, que terminó con estas palabras: “Don Pepe, usted le entregó a Carlos Manuel, un ministerio modelo del siglo pasado y hoy él le entrega un ministerio de último modelo.

Todos los ministros se levantaron para despedirme, el último fue don Pepe, que con los ojos llorosos me dio un abrazo de padre, de hermano o de gran amigo, que me hizo llorar a la par de él.

El hombre que no llora al ver llorar
un amigo, no es hombre y yo soy hombre

¿Por qué se me escondió?

Unas semanas antes de las elecciones de 1970, yo tenía muy claro que don Pepe ganaría las elecciones por más del 50%.

Nosotros habíamos hecho una campaña muy austera, no gastando más del 80% de lo que nos correspondería de la Deuda Política.

Estaba muy preocupado porque a Transportes se le había adjudicado una suma insuficiente de dinero.

En vista de ello, le expuse al Comité Político de Campaña, la conveniencia de ampliar la emisión de los bonos de la Deuda Política, para llevarlos al 100% de lo que según yo, nos correspondería de esa deuda.

La reacción del Comité fue muy negativa. No aceptaron aumentar esa emisión.

Yo me calenté y al final de la reunión le dije a don Pepe: “Ya yo hice mi trabajo, usted va a ganar por un buen porcentaje, pero por torpeza de su Comité Político, va a obtener de tres a cinco diputados menos, de esos que salen por subcociente o sobrante mayor”

Le dije que me iba a Golfito porque allá era más útil salvando votos.

Al día siguiente de mi llegada, don Pepe me llamó, para decirme que ya habían aceptado el aumento de la deuda, -de seguro lo decidió él solo- y que ya había descontado esos bonos con Bruce Masís y que alquilara cuanto “chunche” hubiera disponible para aumentar la votación.

Así lo hice, mis cálculos fueron correctos, don Pepe obtuvo el 53% y sacó 32 diputados.

Terminado el trabajo electoral, me fui a Palmar Sur, a Finca 8, de la Compañía Bananera, no sé si a esconderme para no presionar a don Pepe o a descansar.

El mandador de la finca me traía muy temprano los periódicos para que estuviera al día. Pero, un día llegó despavorido a decirme que don Pepe me buscaba. Salí a encontrarlo y señalándome con el dedo me dijo: ¿Por qué se me esconde? Quiero que sea mi Ministro de Gobernación, de Hacienda o de Planificación, y venga conmigo para que atendamos la cola de gente que me visita.

Pero, antes me sentenció: “Si usted no hace nada y se limita a cobrar el giro, me tendrá de enemigo, pero usted se muere y a los ocho días nadie se va a acordar de usted; pero, si usted quiere renovar ese Ministerio, va a tener mucha oposición de gente que no produce nada, a todo se oponen y nada se les ocurre, pero su labor si se recordará por mucho tiempo. Lo que usted decida tiene mi apoyo”.

En esa oportunidad don Pepe llegó acompañado del Dr. Burstin, del Dr. Inocente Alvarez y de su chofer el Coronel Bravo; con ellos, un poco apretado, me regresé a San José. Comencé a atender gente, filas interminables de liberacionistas que llegaban a felicitar a don Pepe o a pulsear un “hueso”.

Tamal con Contreau

Un 31 de diciembre, a primeras horas de la tarde, fui a buscar a don Pepe para saber como se preparaba para el Año Nuevo. No estaba en la casa.

Pensé de inmediato que se había ido a esconder en “La Lucha” para pensar como decía él.

En esas circunstancias, le ponía doble candado al portón y daba estrictas órdenes al guarda, para que no dejara pasar a nadie.

Sin embargo, me fui para La Lucha, me brinque la cerca por un sitio que yo conocía, y entré a la casa. Allí estaba don Pepe, leyendo un voluminoso libro, sentado en la silla de su escritorio.

Don Pepe, le llamé. Me volvió a ver, un poco extrañado, y me dijo: “Cómo hizo para entrar”, le contesté: “Tenga seguridad que no fue por el portón”. Se sonrió y agregué: “Si esta muy ocupado me voy para que siga devorándose ese libro titulado “El sitio de Stanlingrado”

No, quédese y se dirigió a la sala de su casa, tomos unos leños y encendió la chimenea y conversamos por horas. Cuando noté que estaba oscureciendo le dije: “Don Pepe, me voy, no me gusta manejar de noche y quiero ver como le está yendo a Olguita con la tamaleada”

Un momentito, no se vaya, quiero que pruebe un tamal de La Lucha. Se dirigió al refrigerador, sacó el tamal, lo calentó y me lo sirvió.

Antes de comenzar a saborearlo, me preguntó: “¿Y con qué comen el tamal en su casa? Le contesté, cuando no hay plata, con agua dulce y cuando hay, con vino tinto. Espere un momentito, no se lo coma, le voy a traer vino, de uno que seguro debe ser muy fino, porque me lo regaló Mario Echandi.

Se fue a su habitación, donde tenía escondido entre sus camisas, la botella de ‘vino’ que le había regalado Mario.

Tomó un vaso de casco y me lo sirvió hasta la mitad del vaso.

Yo no encontraba la forma de quitarle la idea de verme comer el tamal de La Lucha y saborearlo con el vino tinto, que no era tinto sino contreau.

Me lo comí todo, nunca me había comido un tamal tan feo, era masa con un poquillo de cerdo y simultáneamente bebiendo contreau de Mario, que venía en una botella de porcelana blanca con dibujos muy bonitos en azul.

Cuando terminé de comerme aquello, que solo por ser calentado y servido por don Pepe, esperé un momento, para levantarme de la mesa.

“¿Un momentito, adonde va?”

“Voy a mi casa a comerme otro tamal con la vicentada”

Espéreme un momentito, yo me voy con usted a pasar el Año Nuevo con la Vicentada, quienes querían y veían a don Pepe como un abuelito.

Así escuchamos las doce bombetas del Año Nuevo, pero algo le dictó su corazón porque dijo: “Ya pasé el Año Nuevo con ustedes, ahora me voy a ver como la pasó Mariano”.

Me queda en el tintero el cuento que me contó Mario Echandi, de la caja de Contreau, que le regaló a don Pepe, el día de su cumpleaños.

El Contreau, don Pepe y Mario Echandi

Un buen día, entré al Club Unión, y allí estaba Mario Echando rodeado de un buen grupo de leales echandistas.

Me atreví a irrumpir en aquel grupo -tan echandista-, para decirle a Mario: “Yo me bebí una botella de Contreau que vos le regalaste a don Pepe”

El se sonrió, -qué se yo cuantas cosas le pasarían por su mente- pero, acto seguido me dijo: “Te voy a contar el cuento del Contreau”

“Don Pepe, llamó unas cuantas veces a mi casa, yo no estaba, pero la empleada me daba el recado, pero yo no le di importancia porque pensé que era una broma de Chalo Segares o de Oscar Collado. Pero un día, me pescó y me dijo: ‘Mario te habla Pepe Figueres, te he llamado varias veces, pero vos nunca estas en la casa’.

“Bueno don Pepe, aquí estoy, que se le ofrece”

“Hablar con vos, porque vos y yo somos responsables de la Costa Rica que hoy vivimos, en paz, con honorabilidad electoral y me siguió relatando el cambio habido en nuestro país.

Don Pepe y don Mario trabajaron juntos en la campaña de Otilio Ulate.

Y nos hemos distanciado por cosas de la política. Yo creo que debemos hacer las pases para darle un ejemplo a la juventud.

Mario contestó muy emocionado.

“Sí don Pepe, ¿qué quiere que haga?”

“Mira Mario, yo cumplo años el 25 de setiembre, venite a mi casa a comerte una tajada de pastel, que todos los años me regala Teresa Merayo”

“Don Pepe, no me parece oportuno, usted va a estar con todos sus amigos y quién sabe que cara van a poner”

“No, te venís a las doce en punto y disfrutaremos viendo esas caras”

Don Pepe, ese día estaba viendo el reloj y cuando faltaban unos minutos, salió a esperar a Mario, -quien fue muy puntual-

Don Mario y don Pepe subieron juntos y amigables ante la cara de susto de los presentes, que hay que destacar que se mostraron muy contentos con la llegada de Mario.

Luego, Mario siguió con el relato.

“Pensé, don Pepe me invitó a su cumpleaños, ¿qué le voy a regalar?”

En eso se acordó, que cuando fue presidente, inmediatamente después de don Pepe, había ordenado hacer una minuciosa investigación en la Casa Presidencial, para hacerle un escándalo a don Pepe. No encontraron nada, todo estaba en orden, si se extrañó que en la bodega hubiera una caja con botellas de Contreau vacías.

Don Mario dice que pensó: “Don Pepe dice que no toma, seguro se lo mete con Contreau en las noches y eso es lo que le voy a regalar en su cumpleaños, en esa feliz reconciliación.

Don Pepe no se la tomó, me la tomé yo, con un tamal en su finca La Lucha.

El guayabo

Faltaban pocos días para las elecciones cuando don Pepe me llamó para decirme que la dirigencia mariachi de Grecia, se estaba organizando.

Muy de mañana me fui para Grecia y el tiempo me dio para visitar a los dirigentes liberacionistas y de la Unidad, así como a personalidades, a algunos amigos personales.

Como a las cuatro de la tarde ya había formado criterio, no había “tal culebra de pelos”. Eso sí mis amigos quedaron resentidos al considerar que yo había dudado de la honorabilidad de ellos, lo que no era cierto, pero si necesario para formar criterio.

Regresé a San José a eso de las 7 de la noche, en los precisos momentos en que don Pepe estaba pronunciando su discurso en la Plaza Pública de Goicoechea, exactamente en el costado norte de la Iglesia.

No me explico como me divisó entre tanta gente, por estar yo en la parte de atrás de la manifestación, por haber llegado tarde.

Cuando me divisó interrumpió la armonía de su discurso, para decirle a la multitud: “Miren quien está ahí, Carlos Manuel. Carlos Manuel venga aquí a la tarima para que salude a este gran grupo de liberacionistas”

Me abrí campo ante la multitud, subí a la tarima y acompañado por don Pepe saludé a los asistentes. Don Pepe siguió con su discurso interrumpido y en el momento que creyó pertinente me preguntó: “Averiguó algo de ese fraude que me dicen están preparando” “No don Pepe, no hay intento de fraude, los dos partidos se están preparando para el día de las elecciones”.

La multitud comenzó a inquietarse por la interrupción del discurso y tal vez con mi presencia, que francamente no venía al caso.

Don Pepe reinició su discurso con las siguientes palabras y una voz muy pausada y seria.

“Me acaba de comunicar Carlos Manuel, que se está preparando un pavoroso fraude electoral, pero desde aquí les digo que no nos vamos a dejar, que vamos a pelear. “Ustedes todos deben armarse de un palo de guayabo y rajarle la cabeza al primero que intente un fraude”

La tónica de la campaña cambió, se dio una mística sin igual, los muchachos siguieron asistiendo a las plazas públicas con su “palo de guayabo” y con ganas de rajarle la cabeza al primero que intentara un fraude.

El grito de guerra se simplificó en una palabra: “guayabo”.

Yo me quedé paralizado, al observar aquel líder aplicando el conocimiento de la psicología a sus partidarios, les hablaba en su idioma, con sus matices y dándoles aliento para que lo acompañaran sin vacilar.

Un error

Para Las elecciones venideras, el Presidente de Venezuela, Rómulo Betancourt, amigo de don Pepe y de Otilio Ulate consideró conveniente para favorecer a don Pepe, provocar un acercamiento entre ellos.

Los invitó a pasar una semana con él, en Venezuela, en su Casa Rosada, -Casa Presidencial-, en Caracas, cada uno con un amigo, de su confianza.

Ciertamente lo logró, el ambiente fue de mucha camaradería, abundaron las bromas y las anécdotas. El éxito de esta iniciativa del Presidente Betancourt tuvo raíces profundas. A su manera don Otilio le ayudó a don Pepe, y don Pepe triunfó.

Siendo don Pepe Presidente de la República y yo Ministro de Gobernación, asistimos a una fiesta en la Embajada China.

También, según don Pepe estaba el Dr. Vega, con quien tanto había fraternizado en Venezuela.

Don Pepe se indignó de notar al “Dr. Vega”, entre comillas, tan serio con él, como si no lo hubiera visto, y se fue contrariando en frases que mostraba su indignación.

No se contuvo y con paso apresurado se acercó al “Dr. Vega” para reclamarle su indiferencia.

La cara de asombro y de congoja del “Dr. Vega” era indescriptible.

Noté algo extraño y me acerqué discretamente para saber lo que estaba pasando y al llegar saludé al “Dr. Vega”, de la siguiente manera: “¿Cómo está Señor Embajador?”

Don Pepe, al oír estas palabras me volvió a ver, como para preguntarme con los ojos: “¿Por qué señor Embajador y no Doctor?”

De inmediato le aclaré, el señor Fulano de Tal es el Embajador de México, en Costa Rica, y tiene un gran parecido con el “Dr. Vega”.

Vinieron las risas, las disculpas y la amistad. El señor Embajador de México pidió tres copas de champagne, para celebrar ese divertido error de don Pepe y continuar con un interesante diálogo, entre el Presidente de Costa Rica y el Embajador de México, en Costa Rica.

Este no fue el único error de don Pepe, en su carrera política, porque era un pésimo fisonomista.

Don Pepe y los “brassiers”

Un buen día, conversando con don Pepe me lamentaba del descalabro de CODESA.

Don Pepe también se lamentó y razonó el descalabro diciendo que el fue consecuencia de no haber hecho conciencia del propósito que inspiró su creación.

Carlos Manuel -comenzó con vos pausada y como meditando cada palabra- el deber de un gobierno es crear riqueza y repartirla, incluyendo a los que menos tienen en ese reparto.

Para repartir riqueza hay que crearla, crear empresas que ocupen mano de obra, paguen buenos salarios y exporten sus productos, ayuda a la economía del país. Si no la crea la iniciativa privada debe crearla el gobierno.

La idea de crear CODESA fue para crear empresas para lograr trabajo y riqueza en áreas en las que no intervenía la iniciativa privada. Si posteriormente, alguna empresa se interesa en el negocio, se le vende y el gobierno se sale.
No importa el Santo lo que interesa es el milagro y el milagro es crear empleo y riqueza, Hay casos que constituyen la excepción, por conveniencia social, como el caso del ICE, que debe pertenecer al Estado.

Tal vez un ejemplo absurdo me explique mejor: Si en Costa Rica no hubiera una buena industria de “brassiers” y en el mundo hay mucha demanda de esos chunches, se puede pensar que el Gobierno, por medio de CODESA, la instale.

En vista de ello, el Gobierno -CODESA- pone una gran fábrica, da empleo a mucha gente y les paga bien. Además, aumenta la exportación, de tal manera logramos el objetivo, crear empleo y el ingreso de dólares.

Si los inversionistas al ver el éxito del negocio, ofrecen comprarlo y si el precio es justo, lo vende porque al Gobierno no le interesa la venta de “brassiers” lo que le interesa es crear empleo y atraer dólares.

Si este principio tan fácil y comprensible no se le explica a quien va a dirigir la empresa y éste para hacer algo, ejecuta sus ocurrencias y desconoce los propósitos para lo que fue creada esta Institución, la lleva al fracaso.

Son defectos de la democracia que permiten elegir gobernantes que lo único que persiguen es ostentar el título de Presidente y el país camina al revés.

Un buen funcionario

Al entrar una tarde a la Casa Presidencial, iba saliendo de la oficina de Don Pepe un buen grupo de ciudadanos.

Don Pepe me recibió, con un visible malestar porque esos señores pretendían que don Pepe intercediera para que botaran al empleado del Consejo Nacional de la Producción, en Nicoya, porque ese año, había comprado muy poco frijol.

Don Pepe les explicó que el Consejo Nacional de la Producción no se creó para competir con la empresa privada, que se creó como un organismo regulador de precios.

Si ese funcionario no compró bastantes quintales de frijoles, fue porque los comerciantes de Nicoya pagaron un mejor precio que el del Consejo. Ojalá hubieran comprado toda la cosecha a ese mejor precio porque más plata recibirían los agricultores.

Yo le dije, “Si yo fuera Gerente del Consejo, le hubiera aumentado el sueldo a ese funcionario por el favor que le hizo a los agricultores de Nicoya”.

A mí no me hizo caso el Congreso cuando mandé un proyecto para modificar la Ley Orgánica del Consejo Nacional de la Producción, para convertirlo en una Institución Reguladora de Precios, que era su verdadera función.

El resultado fue el de siempre, nombrar un Gerente, que desconoce la filosofía de la institución que va a dirigir y comienza el Consejo a dar tumbos, hasta que deja solo el cascarón y la burocracia, sin norte, sin saber para que existe.

La tragedia que hoy viven los arroceros, es el producto de la falta de una política agrícola congruente.

A mis años, veo con satisfacción el impacto en la economía que produjo la Nacionalización Bancaria, la Creación del ICE, la política de Salarios Crecientes y la Regulación de Precios, por competencia y no por Decreto.

Veo también como se está empobreciendo el costarricense con la desaparición de esas medidas socialdemócratas, que nos permitió crear una formidable clase media y agro próspero.

Estoy viendo con dolor el abandono del agro campesino y el debilitamiento de la clase media.

“Viva don Pepe, vivan sus hombres…

Caricatura don Pepe

¡Ah cosas las de don Pepe!

Veinte anécdotas contadas por el exdiputado y exministro José Rafael Cordero Croceri, editadas a partir de su libro “¡Ah cosas las de don Pepe!” por Camilo Rodriguez Chaverri.

Una aspirina

Durante los primeros días del inicio de la Revolución de 1948, se libró en San Cristóbal Sur de Desamparados, uno de los más fieros combates. El pequeño contingente que comandaba don Pepe fue prácticamente barrido por las fuerzas que el gobierno de don Teodoro Picado había enviado para sofocar la rebelión. Don Pepe, en medio del desastre que se produjo, mantuvo la calma y buscó refugio en uno de esos grandes tubos de concreto que se emplean en la construcción de desagües principalmente, y que de casualidad se encontraban a la orilla de una calle en espera de ser usados. Junto a él se sentó un bravo muchacho desamparadeño, del famoso grupo de don Domingo García y don Carlos Gamboa. El muchacho, preso de lógico nerviosismo, fue afectado por un fuerte hipo.

Don Pepe era consciente de que si era capturado se terminaría ahí el movimiento revolucionario. Preocupado por el ruido que pudiera provocar su compañero de armas, recurrió a una de sus inteligentes argucias y al nivel más bajo de voz que pudo, le dijo cerca del oído:

-Mire compañero, siempre ando con una pequeña pastilla y estoy decidido a tragármela en el momento en que seamos descubiertos. Pero como la Revolución me necesita, como su indiscutible jefe no me queda más camino que pedirle a usted que se sacrifique por la patria.

Acto seguido le entregó la pastilla. El valeroso muchacho, sin pensarlo mucho, se la tragó de un solo golpe, y de inmediato, como por arte de magia, el hipo desapareció.

De esta manera, no fue capturado el gran caudillo y la Revolución se salvó.

¡En realidad lo que le había dado era una simple aspirina!

El héroe desamparadeño, fallecido hace algunos años, se llamó Jorge Romero.

Blanquear

Rolando Fernández fue su secretario privado por mucho tiempo. Cuenta la siguiente anécdota: antes de ocupar el puesto de manera oficial, en Casa Presidencial, había trabajado con don Pepe en su casa de Barrio La California, cerca de la antigua Cantina La Luz. Le cedió una pequeña oficina que daba a un patio exterior. Cierta tarde llegó a visitarle Don Pepe, quien lo buscaba personalmente cuando necesitaba que le atendiera algún asunto de urgencia. Al llegar, se quedó mirando la ventana, abrió las persianas y dijo, “Rolando, es mejor que busque otro lugar, porque aquí fácilmente lo pueden blanquear”.

Olla de carne

Se acostumbraba que el Presidente asistiera a las celebraciones del día patrio de las diferentes misiones diplomáticas acreditadas en el país. Como no gustaba de platos extraños, acostumbraba ingerir un poco de “olla de carne”, que era su comida favorita, antes de asistir a algún acto de esa naturaleza.

En cierta ocasión le fue ofrecida una recepción en la Embajada de la República de Argentina, cuya representación estaba a cargo de una distinguida dama, quien se mostró muy solícita con su connotado visitante. Le acompañó a la mesa principal, donde había suculentas viandas, entre ellas un delicioso plato de canelones. Don Pepe, con la mayor cordialidad, rechazó el ofrecimiento. Al percibir la congoja de la anfitriona, le dijo que no se preocupara porque él con cualquier galletita de soda quedaba satisfecho.

Pelota

Muchos muchachos que participaron en el 48, pasaron a ocupar altos cargos. Uno de esos muchachos fue Rodolfo Solano Orfila, a quien le decían “Pelota”, lo que le molestaba muchísimo.

Siendo ministro de Obras Públicas, don Chico Orlich, Rodolfo Solano ocupa un alto cargo en ese ministerio.

Una vez, los trabajadores del MOPT que laboraban bajo el régimen de planillas, realizaron un paro en demanda de mejoras en sus salarios. El muchacho del cuento se puso al frente del movimiento, y le dijo a los dirigentes que le aseguraran a sus compañeros que todo se iba a resolver dada su amistad con don Pepe.

Con tan buenos augurios, se organizó una marcha hacia la Casa Presidencial. Don Pepe salió a recibirlos, y después de escuchar sus quejas, les dijo,

-Miren, muchachos, no se preocupen por los problemas que me vienen a plantear. Dichosamente, en el ministerio donde ustedes trabajan ocupa un alto cargo un joven a quien apodan “Pelota”. Es una persona muy inteligente, por lo que estoy seguro que les encontrará una solución oportuna.

La muchacha del ministro

Don Pepe era un pésimo fisonomista. Durante su primer gobierno, formó parte de su gabinete un joven ministro que había contraído recientes nupcias con una bella joven. Como se acostumbraba entonces, don Pepe realizaba frecuentes reuniones informales con los ministros a las que asistían las esposas.

Aunque este tipo de reuniones nunca fueron de su agrado, don Pepe asistía y se aprendió los nombres de las compañeras de todos sus ministros.

Para el acostumbrado saludo de Año Nuevo que se ofrece al Cuerpo Diplomático, la joven pareja llegó y lo primero que hicieron fue saludar al presidente.

Al rato, don Pepe se encontró en uno de los pasillos al joven ministro, y con mirada maliciosa, le dijo,

-Dígame, ministro, ¿de dónde sacó esa muchacha tan bonita que anda con usted?

El apellido

Había en Cartago un eterno aspirante a diputado que se metía en cualquier actividad a hacer méritos político electorales.

En una ocasión se presentó un problema con los productores de papa, quienes reclamaban mejores precios para su producto, y pedían la presencia del presidente Figueres.

De inmediato se apersonó el candidato del que hablamos, y se comprometió a conseguirles una cita con el mandatario. Así lo hizo, a través de un viejo dirigente del partido.

El candidato vino a la reunión con el presidente y se puso en primera fila. El hombre no se cambiaba por nadie.

Posó junto al mandatario para las fotos de la prensa y se esforzó por robarse el show.

Don Pepe se enteró de sus intenciones, por lo que al despedirse le dio la mano, y hablando fuerte, para que todos lo escucharan, le dijo, “hasta luego, Monterito”.

El asunto es que ese no era su apellido, por lo que don Pepe no dejó muy mal ante sus acompañantes.

Pepe Tacones

Aunque una buena cantidad de grandes figuras de la historia han sido de baja estatura, para don Pepe resultó un complejo difícil de disimular. Usaba botas con tacones más altos, por lo que sus adversarios aprovecharon para colgarle el mote de “Pepe Tacones”.

Pocas veces asistía a las recepciones, porque decía que en esas actividades lo único que se hace es beber guaro. Cuando iba, era porque lo obligaban a atender rígidas reglas protocolarias. En una de esas ocasiones, después de un corto lapso, pidió a su anfitrión la venia para retirarse. Por esa época acostumbrada usar sombrero, como lo hizo siempre de joven. Al buscarlo, lo encontró colgando de una de las perchas más altas de la paragüera que se encontraba a la salida de la residencia. Al darse cuenta que el sombrero estaba fuera del alcance del presidente, el embajador corrió a recogerlo y se lo entregó cortésmente. Al despedirse, don Pepe le dijo,

-Sírvase recibir mi agradecimiento por las finas atenciones de que he sido objeto y además por molestarse al alcanzarme el sombrero. Pero le ruego tenerme presente para cuando se le caiga algún objeto al suelo, para venir a recogérselo.

Cuba libre

Meses antes de la caída del dictador cubano Fulgencio Batista, Don Pepe fue invitado a la inauguración del edificio del Palacio Municipal de la ciudad de Cartago. Al acto asistió el Cuerpo Diplomático. Al embajador cubano le correspondió sentarse al lado del mandatario.

Por ese tiempo, se había popularizado en el país un cóctel conocido como “Cuba libre”, mezcla de gaseosa con ron.

A la hora del brindis, alzó don Pepe la copa vacía, como acostumbraba hacerlo, por lo que el embajador cubano se apresuró a preguntarle por qué no brindaba con algún licor en su copa, a lo que don Pepe le contestó,

-Yo sólo brindaría con Cuba Libre.

Sobre un polvorín

La finca “La Lucha sin fin” fue siempre sitio de reunión de luchadores por la libertad que deambulaban por estas naciones en busca de ayuda para derrocar a los regímenes espurios que tiranizaban a sus pueblos. Durante la primera etapa de la Revolución Cubana, durante la dictadura de Batista, llegó a Costa Rica un grupo de exiliados, encabezados por el Comandante Hubert Mathos.

Lo primero que hicieron fue dirigirse a la histórica finca para entrevistarse con don Pepe, quien les recibió con el interés que merecían aquellos valientes luchadores. Al poco rato de iniciada la reunión, los hizo pasar a uno de los galerones aledaños a la casa, para conversar con mayor privacidad.

Al llegar, se sentaron sobre unos sacos de yute y unos cajones muy deteriorados. En nombre del grupo, Mathos le pidió a don Pepe un lote de armas que se decía que estaban escondidos en algún lugar de la finca.

Don Pepe, que ya había escuchado las lamentaciones por la dictadura de Batista, y los ruegos por ayuda, con la mayor tranquilidad le dijo,

-No se preocupe por las armas. Ustedes están sentados sobre ellas y pueden llevárselas.

Procedieron a abrir cada una de las cajas y con sorpresa comprobaron que habían permanecido sentados sobre un verdadero polvorín.

En calzoncillos

Don Pepe casi siempre tuvo a su lado a su fiel amigo, el licenciado Gonzalo Solórzano, quien fue su Secretario de la Presidencia, lo que ahora se llama Ministro de la Presidencia.

Un día que iba a llegar un diplomático a presentar sus cartas credenciales, Don Gonzalo estaba muy preocupado por la tardanza de don Pepe para vestirse tal como lo exigía la ocasión. Por esta razón, le llamaba a cada momento por el intercomunicador. Cansado del asunto, don Pepe decidió presentársele tal y como se encontraba en ese preciso momento: en puros y simples calzoncillos.

Don Gonzalo se quedó estupefacto al verlo, y don Pepe le dijo,

-Me vine así porque usted me dijo que no había tiempo de esperar.

Catrín

Los esfuerzos que sus asistentes tenían que realizar para que don Pepe estuviera listo para cualquier acto protocolario resultaban sofocantes, y más cuando su estado anímico no era el más conveniente.

Contaba el periodista Jorge Arguedas Truque, quien en una de sus administraciones sirvió el cargo de Secretario de la Presidencia, que después de que vencieran todas esas dificultades, don Pepe debió esperar en su oficina a un distinguido visitante, lo que le puso aún de peor talante. El circunspecto diplomático se presentó luciendo sus mejores galas y en la solapa de su traje tenía una serie de condecoraciones.

A don Pepe le cansaban esos actos. Los consideraba insulsos, y sin algún fin práctico. No encontraba la manera de iniciar la conversación, por lo que sólo se le ocurrió preguntarle,

-Idiay, embajador, ¿adonde va tan catrín?

Declaratoria de guerra

Durante su segunda administración, Don Pepe decidió poner en cintura a la United Fruit Company, con el objeto de que dejara más beneficios al país, pues ya tenía más de medio siglo de explotar nuestras tierras. Se les exigió pagar un 50 por ciento de impuesto de renta en lugar del 30 por ciento que pagaban hasta entonces.

Los personeros de la compañía opusieron fiera resistencia, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos. Amenazaron con abandonar los cultivos y con dejar el país. No faltaron los serviles que pusieron el grito al cielo por el peligro que significaba para la economía.

Un periodista, que apoyaba la posición de la compañía bananera, en son de burla le dijo al presidente que, conocida su posición tan radical, por qué no le declaraba la guerra a Estados Unidos.

Don Pepe le contestó,

-Me parece muy interesante lo que usted sugiere. Pero lo grave no es eso. Lo que me preocupa es pensar que haríamos si les ganamos la guerra.

La pluma

Cuando don Pepe tenía que recorrer el país en una de sus campañas, prefería alojarse en la casa de uno de sus partidarios de confianza.

Durante la campaña de 1953, en la que se enfrentó al acaudalado empresario Fernando Castro Cervantes, en una gira que realizó por Guanacaste, don Pepe se alojó en la casa de habitación del exdiputado José Ángel Jara, en Las Juntas de Abangares.

Al día siguiente, cuando iba por el cruce conocido como La Irma, don Pepe le pidió a su amigo Jara que se devolvieran porque había dejado olvidada su pluma. Al llegar a la casa, se dirigió a la habitación que había ocupado la noche anterior. Después de correr el colchón, dijo “aquí está”, y les mostró su reluciente arma calibre 45.

EL curandero

Siendo embajador en Colombia, recibí la visita de don Pepe. Una noche, después de una recepción oficial, me atacó un profundo dolor de estómago. Don Pepe diagnosticó una aguda gastritis y ordenó que se me diera un vaso con leche. Su remedio casi me manda al hospital puesto que el dolor se agravó muchísimo. Al día siguiente acudí al médico y resultó que era un ataque de amebas. Cuando se lo reclamé, como en broma, ante su versión de la venta de anteojos que hacía a los campesinos de La Lucha, se limitó a decirme,

-En La Lucha, yo lo que hacía era ayudar a que la gente viera mejor. Pero en su caso, el tonto fue usted al hacerme caso. Yo nunca le he dicho que sea curandero.

Administración Figueres

A los pocos meses de iniciada su tercera administración, Don Pepe asistió a un acto en la Universidad de Costa Rica. Los muchachos estaban divididos en dos bandos, unos a favor y otros en contra. Al llegar al predio, los muchachos que lo adversaban lo recibieron con una fuerte silbatina. Algunos le lanzaron fuertes improperios. Don Pepe perdió el control y le lanzó un fuerte golpe a un muchacho de la Facultad de Medicina. La noticia conmovió al país y le dio la vuelta al mundo. ¡Un presidente agredió a un estudiante!

A los años, siendo aquel estudiante ya un profesional, se encuentran de nuevo. Le dice,

-Don Pepe, seguro usted no se acuerda de mí, Yo soy aquel estudiante del incidente en la universidad. Como consecuencia de aquel golpe, tuve que ponerme un puente en mi dentadura.

Don Pepe se quedó viéndolo, y le contestó,

-Dígame, ¿y no le puso al puente “Administración Figueres”?

El General Volio

Un día quedaron de encontrarse don Pepe y doña Marina Volio, hija del legendario General Jorge Volio en La Lucha, debido a que ella requería algunos datos de él para una investigación que realizaba. Doña Marina se trasladó en su vehículo a la Zona de los Santos. Al llegar, preguntó por don Pepe y un trabajador le dijo que posiblemente se encontraba en alguna de las plantas procesadoras de la fibra de la cabuya, que se hallaban en el bajo.

Al acercarse a una de las fábricas, pudo ver al propio Presidente Figueres todo cubierto de aceite, mientras trataba de arreglar algún desperfecto. Ella siempre había creído que lo que se decía de esas aficiones de don Pepe era pura demagogia.

Al notar su presencia, don Pepe salió a recibirla, la paso adelante y la llevó a su casa, donde les habían preparado un almuercito.

Don Pepe habló con largueza y entusiasmo del General Volio, y confesó que fue uno de sus más grandes inspiradores para llevar adelante la reforma social y económica en que estaba empeñado.

Después de escucharlo, doña Marina le reclamó porque, a pesar de que decía que admiraba a su padre, durante sus gobiernos y a partir de 1948 se le había perseguido muchísimo.

-Usted perdone, Marinita, por lo que voy a decirle, pero eso que usted me reclama es cierto, y se debió a que su padre era el único mariachi que tenía los güevos bien puestos.

Los pantys

Un día, un grupo de periodistas interrogó a don Pepe y le cuestionó sus aventuras revolucionarias en contra de dictaduras latinoamericanas y el costo de la vida.

Uno de los periodistas le increpó diciendo,

-Si quiere un ejemplo, le puedo dar uno. Los pantys que usan las mujeres han subido una barbaridad.

Don Pepe guardó silenció unos segundos, y chispeando los ojos, le contestó,

-¿Y qué quiere que haga yo, que le baje los pantys a todas las mujeres?

El boxeador

El ex Presidente de Venezuela, Doctor Luis Herrera Campins, en el ejercicio del poder, realizó una visita a Costa Rica con el fin de atender una invitación oficial que le extendiera el Presidente de la República Rodrigo Carazo. Al llegar a San José, expresó su deseo de visitar a don Pepe pues se enteró de que estaba hospitalizado.

Llegó a la Clínica Bíblica, donde estaba esperándolo don Pepe. Al verlo en la puerta, se irguió como pudo sobre su almohada. Don Pepe convalecía de una operación de cirugía facial. Estaba cubierto de vendas. Al mirar la cara de susto del mandatario venezolano, sin darle tiempo a que lo saludara, le dijo,

-No se preocupe, Presidente, que el “otro” quedó peor.

La pitonisa

El Año Nuevo de 1988 se recibió con malos augurios de una conocida pitonisa que predijo muchas calamidades, pestes, terremotos y la muerte de uno de los expresidentes de la república.

Por esos días, don Pepe había experimentado serios quebrantos en su salud, por lo que tuvo que ser hospitalizado en dos ocasiones.

Alguien le preguntó que si se había enterado de la predicción hecha por la pitonisa, a lo que, ni lerdo ni perezoso, se apresuró a responderle,

-Sabe amigo, no estaba enterado de ese cuento de la adivinadora, pero ahora sí que usted me ha llenado de preocupación, ya que en los últimos días he visto muy pálido a don Mario Echandi.

La pensión

Ya en el ocaso de su vida, se enteró don Pepe que el Presidente en ejercicio, Oscar Arias Sánchez, Premio Nobel de la Paz, había propuesto que se le declarara Benemérito de la Patria.

Cuando le preguntaron los periodistas, se limitó a decir,

-La vaina es que, como a los beneméritos les dan una pensión, tendrían que buscarme ahora una muchachona bien guapa, para tener a quien dejarle la mía.

Anecdotario don Pepe

Don Pepe

Que parecido a Figueres

En una oportunidad allá por los años 60, el Centro de Estudios Democráticos de América Latina (CEDAL), celebraba en las instalaciones de La Catalina un curso para dirigentes de las Juventudes Democrático Revolucionarias de América Latina (JUDRAL) en donde se había programado una conferencia al final de la tarde por parte de don Pepe. Como presidente de la Juventud Liberacionista que en ese momento era, fui invitado a la conferencia. Don Pepe y algunos de nosotros llegamos cuando los latinoamericanos se encontraban recibiendo lecciones y los esperamos en el salón principal, a la par del cual existía el antiguo bar de La Catalina. Don Pepe, que posiblemente tenía sed, se puso detrás del mostrador a buscar algunos refrescos y nos ofreció a los que ahí estábamos. El mismo sacó los vasos y nos estaba sirviendo cuando terminó la clase en que se encontraban los compañeros de Latinoamérica que entraron al salón.

Uno de ellos que había conocido antes, pero que era primera vez que venía a Costa Rica, se me acercó y me dijo: “que parecido el señor que está sirviendo al expresidente Figueres” yo le dije “es más que parecido, es el expresidente Figueres”.

Esa actitud de don Pepe resultaba absolutamente incompresible para los jóvenes latinoamericanos.

Entonces están jodidos

Recuerdo muy especialmente otra ocasión allá por los años 80 en que vino a Costa Rica el ciudadano haitiano Jaén Bernard Sansaric, que en ese entonces con su Partido Popular Nacionalista Haitiano andaba buscando apoyo para un movimiento armado en contra de “Baby Doc” y contactó con políticos importantes de la Izquierda Democrática Latinoamericana. Me solicitó que le consiguiera una cita con don Pepe, que cuando le expliqué de qué se trataba, accedió gustoso.

Nos fuimos a la casa de don Pepe situada en San Ramón de Tres Ríos donde nos atendió con su característica informalidad y él mismo chorreó café para darle a sus visitantes.

Sansaric trató de explicarle a don Pepe sus planes para organizar una invasión a Haití que contaba con el respaldo y la ayuda del Gobierno Francés. Después de muchas explicaciones don Pepe, abruptamente, le interrumpió y le preguntó con quién estaban aliados ¿si con la KGB o con la CIA?. Se le contestó por parte de los haitianos que con ninguna de las dos. Que ellos eran un partido nacionalista independiente y socialdemócrata y que no tenían compromisos ni vínculos con ninguna de las dos centrales de inteligencia ni con las fuerzas políticas que representaban. Don Pepe se sonrió y les dijo poco más o menos lo siguiente: “entonces están jodidos, yo he vivido conspirando para derrocar dictadores toda mi vida y en esa labor he tenido que relacionarme tanto con la CIA como con la KGB. Les digo que la KGB es más leal y la prueba de ello está en que por fin logramos botar a Somoza”.

Huelga decir la sorpresa que esta espontánea manifestación de don Pepe causo en los haitianos, que posiblemente no siguieron su consejo, pues su intento de revolución fracasó.

Enrique Obregón

Anécdotas del escritor, periodista, abogado, ex ministro, ex diputado y ex embajador Enrique Obregón, originalmente publicadas en una edición especial de la revista Ventanario sobre el centenario de don Pepe.

Cuando yo estaba de embajador en Madrid, llegó a visitarme don Pepe y le pregunté si quería café o una copa de vino, y me respondió:

-Desde luego que una copa de vino. Eso de que yo no tomo es un invento de Otilio Ulate para desprestigiarme.

Le serví, además, en un pequeño platito, unas almendras. De pronto noté que se estaba asfixiando. No podía respirar. Una cascarita de las almendras se le había quedado pegada y no la podía expulsar ni tragar. De inmediato salté, lo levanté de la silla, y haciéndole presión fuerte desde atrás, sobre el estómago, logré que la tirara. Se quedó un rato sin hablar, pálido, como con un ligero desmayo. Yo estaba sentado al frente, mirándolo con preocupación. De pronto me preguntó: ¿cuántos pares de zapatos tiene usted?

-¿Cómo dice?, le respondí sorprendido.

-¿Qué cuántos pares de zapatos tiene usted?

-Tres, le dije casi sin creer lo que me estaba preguntando.

Entonces me comentó: “pues le sobran a usted dos pares de zapatos. Nunca he entendido para qué una persona quiere mas de un par de zapatos”.

—o—

Para una campaña política, recorríamos con don Pepe el cantón de Pérez Zeledón y, por el camino, se nos unía más gente. Al atardecer, ya muy cansados, llegamos a un conocido restaurante de San Isidro de El General. Eramos como setenta personas. Llegó un salonero y comenzó a anotar lo que cada uno deseaba del menú que se nos presentó. Don Pepe, al darse cuenta de lo que sucedía, manifestó,

-Miren muchachos, este salonero durará mas de una hora anotando el pedido de cada uno de ustedes y luego las cocineras tardarán dos horas preparando la comida.

Después se volvió a el salonero, y le despachó lo siguiente:

-No. Borre usted los pedidos y anote arroz con pollo para todo el mundo.

—o—

Don Pepe tenía una obsesión por la siembra de arboles. “Hay que reforestar este país, devolverle a la naturaleza lo que le hemos robado”, decía a cada rato. Y, entonces, ideó una forma de sembrar: todos los árboles en fila, de este a oeste, para que el sol penetre entre las filas y los árboles crezcan más fuertes y saludables. Estaba hablándonos de este tema en una charla ocasional, en la sede del partido, y yo le comenté…

-Don Pepe, yo creo que usted está equivocado. ¿Cuándo ha visto usted a la naturaleza sembrar los árboles en fila?

-Pues mire usted, si alguien aquí está equivocada es la naturaleza. Lo que yo estoy diciendo es lo lógico. Algún día se demostrará que yo tengo la razón. Alguien me dijo que los ríos no se devuelven, y yo demostré que si pueden hacerlo.

Anecdotario don Pepe

Anecdotario don Pepe

Compilador CRM

Aporte de don Francisco Morales

Llegamos a Israel en 1970 en visita de presidente electo.

Vino la conferencia de prensa y un periodista pregunta: “Señor presidente por qué Costa Rica no tiene ejército?”

Contesta don Pepe: “Porque no tenemos Árabes en las fronteras”.

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En esa misma gira pasamos a Alemania y nos recibe el Canciller Willy Brandt líder del Partido Socialdemócrata SPD.

Don Pepe —pregunta Brandt— “Por qué el PLN siendo Socialdemocrata tiene en su Carta Ideológica el concepto de “Bien Común” que es Socialcristiano?”.

Contesta don Pepe: “Willy, fue un gol del Padre Núñez”.

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En 1970 don Pepe nombro ministro de Trabajo a Danilo Jiménez Veiga que venía de larga y brillante carrera de funcionario de la OIT en Ginebra.

¡El hombre para el puesto y el puesto para el hombre!

Pero apareció como siempre -sin buscarlo- el amor; y todo cambió.

Y un día le dice Danilo a don Pepe: “Aquí está mi renuncia porque Muni (hija de don Pepe) y yo nos vamos a casar y yo no quiero ser ministro yerno del Presidente”.

Entonces (sigue la cadena de historias) me llama don Pepe me cuenta la situación y me dice que el quiere que yo asuma el ministerio de Trabajo.

Y yo que tenia dos años de diputado -abrumado- le digo “don Pepe pero yo no tengo título de Abogado apenas soy estudiante de tercer año de Derecho”.

Y don Pepe me responde: “Diay Francisco yo no tengo título y soy tres veces Presidente”.

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Aporte de Cesar Valverde

Al principio de los años sesenta, cuando formaba con otros artistas parte del “Grupo Ocho”, hicimos una exposición en Las Arcadas. A la misma llegó don Pepe y doña Karen, a quien le gustó mucho una obra mía llamada “Mujer y gato”; la adquirieron y a la hora de pagarme don Pepe me preguntó: ¿Cuánto es que vale ese cuadro del gato? Yo le dije el precio y entonces él me extendió el cheque y exclamó riendo socarronamente: ¡Pucha, me salió como a peso el pelo!…

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Dos ejércitos

Aporte de Juan Manuel Villasuso

Don Pepe fue una personalidad de fama casi mundial, conocido más que todo por el acto de abolición del ejército, algo que asombra a casi todos los que conocen el hecho.

Un amigo de un país de Europa, vino a Costa Rica, y una de sus primeros deseos, ya estando en el país, fue el de conocer a don Pepe. Concerté una cita, a la que gustosamente él accedió.

En ese entonces don Pepe, ya mayor, vivía en lo que el bautizó Entebbe, una casa diseñada por él en las faldas de los cerros de La Carpintera, en Ochomogo, un lugar realmente hermoso.

Don Pepe nos recibió, como era su costumbre muy amablemente, y le presenté a mi amigo, que parece que le cayó bien, pues comenzaron a conversar animadamente.

En un momento dado, mi amigo le preguntó a don Pepe si él había abolido el ejército. A lo que don Pepe le contestó que no.

Ante su respuesta, nos quedamos en una pieza, ¿cómo don Pepe decía eso?, pensé.

Pero casi inmediatamente agregó “Yo no abolí un ejército, abolí dos ejércitos, el mío (ejército de Liberación Nacional) y el del Gobierno”.

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El Generalísimo y don Pepe

Aunque don Pepe era antifranquista, hizo una visita oficial a España, siendo embajador su gran amigo Francisco “Paco” Urbina. Para no encontrarse con Franco, incluso cambio de vuelo de llegada, pero ni así logró despistar a la gente de Franco, que quería aprovechar su visita para darle legitimidad a su régimen.

Figueres había ignorado la política de castellanización de Francisco Franco al dar un discurso en catalán. Franco había prohibido el uso de esta lengua regional pues se pregonaba la visión de que la diversidad lingüística contravenía la “unidad española” que siempre buscó la dictadura. El discurso de Figueres, siendo él de origen catalán, fue un claro desafío a esta política de Franco.

Ya casi al final de su periplo, se vio en la obligación de visitar al dueño de España, quien le ofreció un brindis en Madrid. Como Franco tenía muy claro que Figueres no apoyaba su régimen y que su don de palabra podría traerle incomodidades a las que no estaba acostumbrado, el dictador dio un discurso justamente antes del brindis, de manera que no permitió a don Pepe pronunciar palabra en público durante la recepción.

Don Pepe y Francisco Franco.

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Ir a la guerra

Don Pepe no era muy afecto a los militares, esto a pesar que como sabemos, por motivos de fuerza mayor tuvo que ir a la guerra y comandar un ejército en la Guerra de Liberación Nacional (guerra civil), donde incluso llegó a obtener el rango de General.

En su tercera administración (1970-1974), le toçó ir a una reunión de presidentes centroamericanos en Honduras. En esa época las dictaduras militares estaban a la orden día, salvo, por supuesto Costa Rica, el resto de países padecía de una.

En una comida de gala, estaba don Pepe sentado en una mesa, junto con los otros cuatro presidentes centroamericanos, todos ellos generales de sus respectivos ejércitos, y vestidos con sus mejores galas militares, muy bien acicalados y llenos de bruñidas medallas. El único de saco y corbata era don Pepe.

Por supuesto, Costa Rica y don Pepe, siempre causaron algún recelo entre los militares, por la condición del país de no tener ejército, y especialmente su figura, que era el causante de esa “barbaridad”.

En un momento dado, antes que empezara formalmente la comida, don Pepe los volvió a ver a todos, y le dijo a sus colegas presidentes, vestidos con sus flamantes trajes militares: “saben una cosa… de todos ustedes el único que ha peleado en una guerra, soy yo”.

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Salir del “Cajón”

Aporte de Enrique Carreras

En su tercera administración, don Pepe andaba siempre preocupado por el tema eléctrico, y la necesidad que el ICE construyera nuevas nuevas represas, para satisfacer la creciente demanda eléctrica del país. Esto era especialmente cierto para la Zona Sur del país.

Don Pepe ubicó el lugar para la represa en el sitio llamado “Cajón”, en el margen inmediato del río Térraba, donde fluye por unos cinco kilómetros paralelo con la Interamericana, bajando a Palmar Norte. Don Pepe señaló el lugar en 1969, durante la campaña política.

El problema social y cultural indígena, dijo don Pepe, se arregla sin hacer fiestas bajo toldos gringos, y el ambiental tiene remedio si se regionaliza la solución y se le pide permiso y opinión a los residentes del área, dejándolos presidir las reuniones, sin intervención de “sindicaleros” ni gentes que lleguen con aires de Ejecutivos. Que los técnicos oigan y opinen. Nada más. Lo importante también es que en esas soluciones no intervengan directamente, ingenieros del Banco Mundial que trabajan en oficinas viendo muy bonito el río Potomac o el laguito de la Sabana.

Tengo de testigo a “Pillique” Guerra, que, junto con Otto Escalante, eran los únicos que metían un avión en cualquier tempestad o cualquier estrecho que les pidiera don Pepe.

Tres veces nos metimos en Cajón a mas de 200 kilómetros por hora: Don Pepe explicaba a gritos a Mario Quirós Sasso (Q.d.D.G.) en que forma se construiría la represa, —el Capitán Guerra tenso, agarrado de los controles y con un ojo en el paredón y el otro en los indicadores, y yo, bajando todos los Santos y sudando frío—. Al proponer la tercera vuelta, Pillique le explicó a don Pepe que para pasar cerca del paredón de la carretera, había que enrumbarse muy al Noreste, río arriba y que era posible que nos agarrara una corriente descendente, y no saldríamos del Cajón.

Don Pepe, le dijo a Pillique: “no te preocupes, si no salimos del Cajón, salimos mañana en la Nación”. Faltaban como seis o siete meses para que don Oscar Arias y don Mario Quirós fueran nombrados ministros, y Pillique viceministro de seguridad.

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En el tercer Gobierno de don Pepe (1970-1974), se establecieron relaciones diplomáticas con la Unión Soviética. El embajador ruso fue Vladimir Kazimírov, que llegó a ser gran amigo de Figueres.

En una oportunidad Kazimírov invitó a don Pepe para que realizara un vuelo en un avión de Aeroflot, aerolínea soviética, que había enviado un sofisticado aparato a América como promoción de su tecnología.

Todos los países aceptaron la visita, excepto Estados Unidos. Personalmente el embajador invitó a don Pepe para que dar un paseo en el avión, pero el día antes de la fecha indicada tuvo que cancelar, diciendo que no podía cumplir con el compromiso, porque tenía que inaugurar un ferrocarril en Puntarenas. Entonces Kazimírov le ofreció hacer el viaje al puerto en el avión y la sorpresa fue que llegó con toda la familia.

Durante esa gira, aunque no tenía nada que ver con el asunto de la inauguración, don Pepe tomó al embajador del brazo y lo llevó junto con la comitiva. Primero inauguró la estación, y luego se dirigieron hacia una bodega que también iba a ser estrenada. En aquel tiempo hablar de “embajador” casi siempre era interpretado por la gente del pueblo como el representante estadounidense.

Estaban en medio acto cuando un señor pasado de tragos se acercó a don Pepe y lo tomó del hombro de su guayabera, más para sostenerse de su ebriedad que para saludarlo. Alguien se le acercó y le susurró al oído que era una barbaridad, que viera que ahí estaba hasta el señor embajador y que eso que él hacía era una vergüenza. Entonces el borrachito se acercó a Kazimírov, y lo tomó de la misma forma que lo había hecho con Figueres y exclamó a viva voz: “¡Qué alegría conocerlo! ¡Usted sabe que nosotros los ticos somos el aliado más fiel de Estados Unidos!”.

La misma persona que lo había regañado antes le volvió a llamar la atención al señor sobre la “torta” que se había jalado, diciéndole que más bien era el embajador ruso.

Entonces el señor se volvió hacia el embajador y mientras lo abrazaba, decía: “¡Mejor todavía, ¿no ve que que yo soy muy amigo de Manuel Mora?!”…

Esa era una de las anécdotas favoritas de don Pepe, pues le parecía una muestra de la astucia del tico para arreglar las “tortas”.

El presidente Jose Figueres Ferrer con el embajador sovietico Vladimir Kazimirov.

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Leche para todos los escolares

Aporte de Camilo Rodríguez Chaverri

Cuenta don Roberto Solórzano, ex ministro de Agricultura de la administración Figueres Olsen, que una vez fueron los directivos de la Cámara Nacional de Productores de Leche a una audiencia con el presidente José Figueres. Don Roberto era en ese entonces un jovencito, el menor de los productores de leche en aquella cita.

Estaban esperando a don Pepe en una salita, cuando asomó la cabeza el presidente y les dijo,

-¿Ustedes son los lecheros?

Cuando le dijeron que sí, los pasó adelante.

-Yo también fui lechero. ¡Qué mal negocio! Pobrecitos ustedes. ¿Y a qué vienen? ¿Qué es lo que necesitan?

Los lecheros empezaron a meterle una larga y una corta, y al final le explicaron que hacía mucho tiempo que no les subían el precio para la leche, y que ellos estaban bien jodidos.

-Estoy de acuerdo, con ustedes, muchachos. ¿Cuánto quieren?

Los lecheros le pidieron un aumento de veinticinco céntimos por botella.

-¿Una peseta de aumento? No, no. Les voy a aumentar seis reales (cincuenta céntimos), porque de por sí toda la leche de ustedes se queda entre Los Yoses y Rohrmoser porque sólo los ricos pueden darse el lujo de tomar leche, porque la economía del país está muy mal.

Las palabras de don Pepe extrañaron muchísimo a los productores. Ellos se imaginaban que les iba a “llorar” un poquito y saldrían de la Casa Presidencial con un aumento un poco más pequeño de lo que pretendían.

Se vino un largo silencio, y después terminó la reunión. Don Pepe se puso de pie y los acompañó hasta la puerta. En la puerta les dijo,

-Les aumento la leche seis reales, pero con una pequeña condición. Ustedes me van a dar la leche para regalarle a todos los escolares pobres de Costa Rica. Les voy a meter un buen aumento para que los ricos nos financien un proyecto que tengo, se llama Asignaciones Familiares. Es que lo más importante es llevarle proteína a los chiquillos a la escuela.

Si no comen proteína, no se les desarrolla el cerebro. Y eso no lo voy a conseguir aumentándole el salario a la gente, porque si les llega más plata, se la beben en guaro. La escuela es la única salida, el único lugar donde podemos alimentar a los chiquitos pobres, y hay que darle a todos, porque si escogemos a los más pobres, les va a dar vergüenza ir al comedor. Tienen que ir todos, porque si no no van, ni conviven. Si no me ayudan, se me va a olvidar lo que les acabo de prometer.

Al final, los lecheros tuvieron aumento del doble de lo que ellos pretendían, y don Pepe dispuso de la leche para su proyecto para todas las escuelas públicas y todos los niños de Costa Rica.

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Mucha galleta

Allá por lo años 70s del siglo pasado, la oposición a liberación tuvo un precandidato, Andrés Pozuelo, que era de los dueños de la que —en ese entonces— era la fábrica más reconocida de galletas, y que llevaba su apellido como su marca distintiva (aún se mantiene el nombre, a pesar que la vendieron).

Su campaña tenía un eslogan que se popularizó, que decía “Costa Rica primero”, y con el cual hacían pintas en las calles y muros de la capital y otras ciudades importantes del país. Para abreviar solo pintaban “Costa Rica 1”. Esto llevó a que a Pozuelo lo pasaran a llamar Atila, por aquello de que era el rey de los Unos (en realidad es con hache), aquel bárbaro y su pueblo (los Hunos), que desafiaron a Roma en la antigüedad.

El señor Pozuelo empezó a criticar a don Pepe por televisión, cuando ese medio empezaba a popularizarse. Salió varios días hablando mal de él. Era tanto la jodarria, que en una oportunidad los periodistas, le preguntaron a don Pepe qué pensaba de sus críticas.

Y don Pepe contestó: “Ah, a mí me parece que el señor Pozuelo es mucha galleta”

Todos los periodistas soltaron las carcajadas, porque ese era precisamente el lema comercial de las galletas.

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El vicio

En una oportunidad, don Pepe inicia una campaña para “calzar” a todos en La Lucha. Cuenta su hijo Mariano que al final sólo quedaba una persona sin zapatos, y nadie lo hacía ponerse unos. Mariano le pidió al propio don Pepe que le fuera a hablar, a ver si él lograba convencerlo.

Don Pepe fue a hablarle a aquel campesino.

-Mire, yo quiero que en La Lucha todos andemos “calzados”. Sólo falta usted. Hagamos un trato. Le regalo el primer par de zapatos y el primer par de botas de hule.

-No don Pepe. Mejor no.

Y don Pepe le volvía a insistir, pero el campesino seguía negándose.

Hasta que don Pepe le preguntó:

-¿Por que no compañero?

Y le contesta el campesino:

-Porque después, ¿quién me mantiene el vicio?

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Una frase que tranquilizó a toda Costa Rica

Cuando los dictadores Anastasio Somoza, de Nicaragua; Pérez Jiménez, de Venezuela, y Rafael Leónidas Trujillo, de República Dominicana, enviaron unos aviones para bombardear algunas ciudades de nuestro país, pues tenían el objetivo de llevar al Dr. Calderón Guardia de nuevo al poder, en lo que se conoce como la invasión del 55, una frase de don Pepe tranquilizó a Costa Rica entera.

Como rercordarán Costa Rica ya no tenía ejército, y no contaba con armamento militar adecuado, en cuenta lo que se conoce como baterías antiaéreas, o incluso aviones militares para repeler los ataques.

En una conferencia de prensa improvisada, después de los ataques de los aviones a la ciudad de San José, un periodista le preguntó a don Pepe, qué se iba a hacer al respecto.

Y don Pepe respodió de inmediato:

-A mí con avioncitos…

Y eso fue suficiente para devolver la tranquilad a los costarricense.

Pocos días después, con la ayuda de naciones amigas, Costa Rica se armó adecuadamente, y logró rechazar a los invasores.

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Arrepentido

Los enfrentamientos y antagonismo del periódico La Nación con don Pepe fueron legendarios.

En 1948 —en plena Revolución— don Pepe recibió en su oficina, en el San Luis Gonzaga, a los representantes de la oligarquía nacional, junto al director de La Nación Ricardo Castro Beeche, que venían desde San José, a ofrecerle todo su apoyo y el del periódico, a cambio de que derogara las garantías sociales y el código de trabajo. La reacción de don Pepe fue echarlos de su oficina, y enviarlos de vuelta a San José, sin acceder a ninguna de su peticiones. Este incidente marcó para siempre la enemistad del periódico hacia don Pepe, y el Partido Liberación Nacional.

Muchos años después, en una oportunidad el periódico “La Nación”, que lo seguía atacando un día si y otro también, lo entrevistó, y en una de tantas el periodista le preguntó a don Pepe si se arrepentía de algo en la vida, entonces él contestó:

-Sí, claro, me arrepiento de no haber quemado el edificio de “La Nación”.

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Indulgencias

Un día don Jorge Rossi se puso a hablarle a don Pepe de las indulgencias. Estaba preocupado por el futuro del caudillo en el cielo.

-¿Y como es eso Jorge? ¿Las indulgencias son como “vales” que uno paga aquí y luego cobra en el cielo? le preguntaba don Pepe, y luego se hacía el despistado.

Otro día, don Jorge, que no quería descansar en su lucha por salvar a don Pepe del fuego eterno del infierno, le dijo al caudillo que un sacerdote quería hablar con él. Ese sacerdote había simpatizado con Calderón Guardia, pero don Jorge no quiso recordárselo a don Pepe. No le convenía. Convino en reunirse con él.

Cuando el padre llegó, don Pepe salio a saludarlo y le dijo,

-Idiay, padrecito, cómo está, ¿siempre tan mariachi?

Hasta ahí llegó la aspiración del sacerdote de confesarlo. Lo desarmó.

Al final Jorge Rossi ganó su batalla, porque se encontró con el Padre Casals, un cura catalán, a quien don Pepe recibió muy bien, porque le encantaba hablar en el idioma de sus padres.

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Baile

En el libro “El Cardonazo” de Guillermo Villegas Hoffmeister, cuenta que cuando se dio la intentona de golpe de Estado, don Pepe llamó a Vico Starke, a quien le pidió que se fuera a la estación del tren del Pacífico, que era donde estaba reunida la Junta de Gobierno, y que era -por el momento- el cuartel general.

Vico le dijo que venía llegando de la finca, que se iba a bañar y luego llegaría.

A lo que don Pepe le contestó:

– No, no, venite así, que no te estoy llamando para invitarte a un baile.

Casada con una leyenda

Extractos del libro “Casada con una leyenda” de doña Henrietta Boggs, primera esposa de don Pepe. (La anécdota del smoking también aparece reproducida en el libro “¡Ah cosas las de don Pepe!“, de José Rafael Cordero Croceri).

Selección de Camilo Rodríguez.

La chimenea y las tortillas

Una noche, mientras tiritaba de frío, dije,

-¡Sería maravilloso tener una chimenea! Hay tanta leña por aquí que eso no sería un problema.

-Yo puedo diseñar una chimenea -dijo Pepe, sin vacilaciones y sin ninguna duda acerca de su propia competencia.

-No sé-opiné con mucho tacto-, habría que calcular las proporciones entre la abertura de la chimenea propiamente y la del conducto por el que sale el humo. De lo contrario se vendría hacia adentro.

Me volvió a ver por un momento, impresionado por mi vasto conocimiento en pirotecnia.

-¿Cómo sabes eso?

-Ya te dije que mi padre es ingeniero. Recuerdo que habló de eso una vez que visitamos a alguien cuya chimenea trabajaba mal.

-¿Dónde querés que la ponga?

-¿Qué tal ahí, entre esas dos ventanas? Podemos poner algunos libreras y dos bancas empotradas debajo de las ventanas.

Pepe sacó el volumen de la Enciclopedia Británica en el que se trata de chimeneas y se sumergió en la lectura del capítulo correspondiente. Por mi parte, consideraba que el proyecto no sería más que una simple fantasía, pues tratar de diseñar una chimenea cuando uno no ha tenido experiencia con una, ni ha vivido en una casa en la que se use una, parecía tan remota como posibilidad que no se podía tomar en serio.

Sin embargo, al día siguiente Pepe se levantó temprano y desapareció. Estaba todavía desayunando cuando escuché un fuerte golpe en el corredor, los ruidos de varios trabajadores que arrastraban y amontonaban pesados objetos en los escalones, y luego se abrió de golpe la puerta. Pepe, cubierto de barro, ayudaba a cuatro hombres a levantar y meter dentro de la sala una colección de grandes piedras. Los seguían otros hombres que acarreaban trozos de madera, herramientas, clavos, sierras y láminas de hierro, junto con una impresionante cantidad de barro en sus pesados zapatos. El agua de lluvia goteaba desde sus ropas y sus sombreros y convertían el barro de los zapatos en charcos que se agrandaban sobre el piso.

Al ver mi cara de sorpresa, Pepe adoptó su sonrisa de gnomo y anunció,

-Vamos a comenzar esto ahora mismo y lo terminaremos en tres días. Después, de acuerdo con lo que dice la enciclopedia, hay que dejarlo secar por dos días, de modo que dentro de una semana tendrás tu chimenea.

Los golpes de mazo y de martillo, y el chirrido de las sierras, comenzaron un minuto después y a mí me pareció que se prolongaban durante los cien años siguientes. Todo el mundo daba opiniones y hacía sugerencias sobre la manera de hacer cada cosa, pese al hecho de que ninguno de ellos había visto jamás una chimenea o siquiera las había oído mencionar antes de que comenzara aquel trabajo. El proyecto había capturado la imaginación de los peones, que comenzaban a hablar honestamente de lo que don Pepe estaba construyendo en la sala de su casa.

-¿Te fijaste? -se decían entre ellos-, está haciendo un horno en la sala.

-Fue la “macha” la que lo metió en eso.

-Pero está bien, porque idiay, ¿qué se podía esperar? Los extranjeros, vos sabes, están todos locos, y si lo que quieren es andar desnudos en la calle nadie se da cuenta. Así que un horno en la sala no es nada, por lo menos para ellos.

De pronto, cesó la lluvia y tuvimos una tregua de varios días. El trabajo continuaba, los carpinteros serruchaban y martilleaban, los picapedreros cortaban piedra y, poco a poco, la chimenea comenzó a tomar forma. Después de unos días comencé a creer que todo aquel que vivía en la finca había venido a observar el trabajo y a dar su consejo, cuando en realidad lo que ellos querían era venir a ver a la nueva señora. Aparecían en la puerta, con los ojos redondos de maravillados, y preguntaban a una días empleados.

-¿Dónde está ella?

Y cuando yo entraba, me miraban en silencio, sorprendidos porque para la mayoría de ellos yo era el primer extranjero que veían. Lo más sorprendente para ellos era que ni siquiera pudiera hablar español. Perplejos, se agrupan en la puerta, con sus rostros llenos de confusión como si estuvieran frente a una jirafa.

Y entonces comenzaban a discutir sobre mí con una franqueza casi infantil. Pepe encontraba eso divertido y me traducía algunas observaciones escogidas.

-No es muy gorda -Decía alguno-, tal vez su familia era muy pobre y no tenían mucho que comer.

-Herminia, la cocinera, dice que ella no come mucho. Debe ser por eso que no sabe hacer nada, ni siquiera tortillas.

-¡Virgen Santísima! No hace tortillas. Pobre don Pepe. Se va a morir de hambre.

El smoking de don Pepe

Una actividad social que Pepe disfrutó fue nuestra primera recepción en la Embajada Americana. La invitación oficial llegó en medio de un confuso flujo de correo, dentro de una de las primeras sacas, después de que asumió la Presidencia de la Junta Fundadora de la Segunda República. La tarjeta, con el gran sello de los Estados

cama. Las mancuernillas eran demasiado grandes y pesadas, y lo tiraban los puños de la camisa demasiado fuera de las mangas del saco. Entonces tomó las zapatillas de charol, las observó por un momento y luego las colocó despreciativamente sobre el piso del guardarropa.

-Yo no me pongo esos zapatos.

-¿Por qué no?-pregunté sin que realmente me preocupara, ya que todo el lío me tema tan agotada que había comenzado a odiarlo.

Dado que yo me sentía cada vez más asustada ante la perspectiva de enfrentarme a los demás invitados, lo que él estaba haciendo parecía no importarme más.

-Son de mujer. Son afeminados, dijo, y tras hurgar en el guardarropa sacó algo, se sentó a la orilla de la cama y comenzó a ponérselo.

-Pero esos son tus zapatos de montar.

-Nadie se dará cuenta.

-¡Todos se darán cuenta! Esta es una recepción formal.

Sin embargo, había dejado de escuchar y se concentraba ahora en su corbata de lazo, que nunca antes había usado.

-Pasar por todo esto es idiota. ¿Por qué no puedo usar un vestido común y corriente?

-Traje, lo corregí, pues hablábamos en inglés, y él había empleado la palabra “dress” -en inglés, es lo que usa la mujer, y lo que usa el hombre es “suit“.

-Bueno, lo que sea, éste me hace parecer un mesero. En la embajada, todo el mundo me pedirá que le sirva un whisky con soda.

A esas alturas teníamos veinte minutos de retraso. Pero cuanto estuvo listo, lo hice volverse hacia el espejo.

-Vamos, mírate. Eso es todo.

Se miró en el espejo y cesó de quejarse. Me di cuenta de que estaba embelesado. Como un estudiante de secundaria dentro de su smoking alquilado en día de graduación, el Presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República se examinaba frente al espejo, giraba lentamente hacia un lado, luego hacia el otro, se estiraba el saco un poco aquí y se arreglaba un poco el cuello allá. Aún la corbata de lazo se había vuelto cooperadora y se mantenía recta en su lugar.

El efecto total era impresionante y el Presidente comenzó a sonreír.

-Bueno -salía con renuencia en su ensimismamiento-, si ellos creen que soy un mesero, espero que me den buenas propinas.

Anecdotario

Marina de Guerra

Mis relaciones con el Caudillo, fueron excelentes después de la Revolución, y puedo decir que era un hombre muy preocupado por sus amigos; inclusive tuve una operación cuando era Viceministro de Seguridad Pública y me fui a operar a Estados Unidos. Tres o cuatro veces por semana me llamaba personalmente para averiguar cómo estaba. En el hospital se asustaban: “Lo llama el Presidente de Costa Rica”. En una ocasión me dijo: “Manuel Enrique, cuando salgas de esa vaina te vamos a casar con Marina Volio”. “¿Y eso, para qué?”. “Idiay para tener una Marina de Guerra”. Recordemos que mi apellido es Guerra.

Cambio de clima

En una oportunidad, en un viaje Puntarenas en mi flamante Cadilac, yo llevaba a don Pepe, y como acostumbro siempre pongo el aire acondicionado al máximo. Al llegar al Puerto se despertó el viejo Líder y comentó: “¡A la gran flauta! ¡Cómo ha cambiado el clima de Puntarenas! Antes era caliente y ahora está como en El Empalme…”. ¿Ese comentario era una broma o en serio? Probablemente en broma, pero con el Caudillo, nunca se estaba seguro.

Sobre un submarino

Nos llegaba mucha información cuando estaba de Viceministro de la Presidencia y tenía el recargo de la Oficina de Seguridad. Llegaban rumores o bolas, y teníamos que protegerlo. Especialmente porque los más encarnizados enemigos eran Trujillo de República Dominicana, Batista de Cuba y especialmente Somoza de Nicaragua. En una ocasión se dijo que Somoza lo invitó a encontrarse los dos en la frontera, la contestación fue: “Díganle a Somoza que con qué calibre quiere que sea el encuentro, si con tiro grueso o delgado”. Otra vez lo retó directamente Somoza y le contestó: Como está más loco que una cabra suelta en un repollar, el duelo puede ser sobre un submarino…”.

Debajo del colchón

Una noche de visita en su casa, en los cerros de La Carpintera, que la bautizó con el nombre de Entebbe; ya cerca de las 9 de la noche, entró su fiel empleada Dorelia a la biblioteca y dijo: “aquí le traigo estos chayoticos en leche. Perdone que tardara tanto”. Figueres sonrió, y le dijo: “Me olvidé que no había comido. De veras que tardaste bastante. ¿Por qué?”. Dorelia se encogió de hombros y no respondió; pero Sacristán que era su ayudante, le dijo a don Pepe: “Dorelia no quiere decirle, pero es que no había nada de víveres en la cocina y tuve que salir a traer unos chayotes afuera”. Mientras degustaba la delicia de guiso que le preparó Dorelia, el Patriarca comentó: “¿Nada en la cocina? Eso es raro. ¿Por qué, Dorelia?”. Titubeó la amable señora, y Sacristán le habló a su jefe: “Bueno, porque se terminaron y en el almacén tenemos el crédito cerrado…”. Pero, ¿por qué no me pidieron dinero?” dijo don Pepe. Dorelia y Sacristán se miraron entre sí sorprendidos. Entoncers habló Dorelia: “Idiay porque usted nunca tiene dinero en sus bolsillos…”. Sonrió el Patriarca, puso el plato de comida en una mesita, levantó un cojín y señaló varios miles de colones y dólares en billetes. “Mira, aquí hay suficiente para comprar los víveres de un año…”. En verdad siempre los sorprendía. Dorelia no supo qué decir al ver los billetes que el Patriarca guardaba en su sofá predilecto, debajo del almohadón. En cambio Sacristán, más perspicaz -por algo decía que los años a la par del Patriarca habían sido como la universidad para él- se atrevió a cuestionarle. “Pero… usted que nacionalizó la banca en Costa Rica, ¿guarda plata como quien dice debajo del colchón? ¿Por qué?”. “Porque -y de nuevo tomó el plato del guiso de chayote- ¿no te has dado cuenta de que a como anda hoy el país, debajo del colchón está más segura?”

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