Carta abierta a don Otilio Ulate

Rosendo Argüello hijo

Rosendo Argüello hijo y José Figueres Ferrer, en los años en que compartieron el proyecto antidictatorial centroamericano. La relación política entre ambos se fracturaría tras el desenlace del proceso revolucionario costarricense.

Carta Abierta a don Otilio Ulate
Sobre el caso Figueres

Por el Dr. Rosendo Argüello hijo

Señor Don Otilio Ulate,
Diario de Costa Rica.
San José de Costa Rica.

Estimado don Otilio:

He leído con mucho interés la forma contundente en que usted muestra la farsa de los muy propalados principios democráticos del set Figueres, quien con su hábil auto-propaganda ha logrado engañar 1 parte del mundo latinoamericano.

Entre otras cosas el señor Figueres afirma que la carta que Ud. cita, dirigida por él hace algunos años al señor Profesor Edelberto Torres, cuya copia fotostática publico en mi libro: Quiénes y cómo nos traicionaron ha sido adulterada. Luego agrega el citado apóstol de la democracia: «que la adulteración fue realizada por un pobre nicaragüense, espiritualmente deshecho, cuando en 1956 decidió pedirle dinero, a los Somoza».

Aunque ya el teatro del señor Figueres está perdiendo mucha clien­tela, tengo conciencia de que hacemos obra de beneficio social cuando contribuimos a desenmascarar la gran patraña que ha vivido, vive y dirige el citado comediante. Por lo tanto, analicemos un poco sus declaraciones:

Lo que soy «un pobre»

Si interpretáramos literalmente el calificativo de «pobre» que me ob­sequia el señor Figueres, nada podría darme mayor satisfacción, ya que soy de los muy escasos funcionarios de la primera administración de este señor que salieron pobres. Cabe mencionar que cuando comencé a ayudar al citado «salvador» yo era dueño de un magnífico sanatorio en la ciudad de México. Por años estuve cerca del ilustre presidente Arévalo, fui amigo de Grau quien solía escucharme cuando era presidente de Cuba, y también gocé de la confianza del presidente Prío, quien por mi medio ayudó a Figueres, aunque sobre este aspecto hablaré con más detalles en otra parte. Durante ese largo período, en el cual yo era hombre de confianza de casi todos los gobiernos del Caribe, no. gocé de prebendas. No hice ningún negocio particular a la sombra de esos mandatarios amigos, y viví siempre de mi trabajo personal. Hoy vivo en las propiedades que todo Nicaragua sabe que, aunque valiosas, fueron de mis padres desde hace más de cuarenta años.

Ningún negocio hice cuando fui Secretario General de la Presiden­cia y Jefe de la Guardia Presidencial en Costa Rica en 1948. Es fácil para cualquiera comprobar que ni durante ese año ni después, hice inversión al­guna ni compré, ni ensanché mis propiedades. ¿Puede decirse lo mismo del señor Figueres y sus íntimos secuaces? Él debía un millón de colones al Banco de Costa Rica y estaba con todas sus propiedades hipotecadas cuando lo llevamos al poder en 1948. Usted y la ciudadanía de Costa Rica deben saber mejor que yo cuántas propiedades ha adquirido el apóstol Liliput, y si es cierto o no que apenas si existe en Costa Rica alguna que otra sociedad anónima de importancia donde el señor Figueres no tenga acciones.

Si es que soy «pobre en lo espiritual…»

Para comodidad del señor Figueres voy a aceptar también en el sen­tido espiritual el calificativo de «pobre» que él me endilga. Pero, ¿qué clase? No digamos ya de pobreza, sino de salud mental y mendicidad moral debe haber sufrido el señor Figueres cuando necesitó durante seis años seguidos de la ayuda de un «pobre nicaragüense» como yo, para conseguir apoyo que lo habría de llevar en hombros de nicaragüenses y oídos extranjeros hasta el solio presidencial de Costa Rica.

Cuando en 1946 quiso ver al auténtico demócrata, el presidente Arévalo en Guatemala, este se negó a recibirlo diciendo que él no podía darle la mano a quien como Figueres ya era conocido por haber sido expulsa­do de Costa Rica debido a presión del gobierno norteamericano cuando le descubrió actividades de espionaje al servicio de una potencia enemiga, la Alemania nazi.

Necesité usar de toda mi amistad con el doctor Arévalo para conv­encerlo de que hacía mal en condenar por un dato, que bien podría ser calumnioso, sin escuchar al acusado. Así conoció a Arévalo, de quien recibió dinero y armas, aunque también traicionó al gran guatemalteco centroameric­anista, según lo relataré más adelante. Cuando invité al presidente Prío a visitar Costa Rica para que se entendiera con Figueres, el primero se negó aduciendo que en ese preciso instante Figueres buscaba un entendimiento secreto con el General Somoza García, para cuyo fin había enviado como delegado confidencial al señor Chalo Facio, según datos privados agentes de Cuba en Nicaragua, que tuvo a bien mostrarme. Pudo más mi amistad con Prío y mi ferviente fe en la sinceridad de Figueres, y con el decisivo apoyo de los argumentos que de buena fe esgrimió mi padre, logramos la visita de Frío a Costa Rica en setiembre de 1948, con lo cual el conquistó un aliado más en el Caribe.

Lo de ser nicaragüense

Lo de que soy nicaragüense señalado por Figueres, lo reconozco y ostento con profundo orgullo, ya que mi patria tiene una tradición de lealtad, de sinceridad y hospitalidad que no siempre es correspondida. Figueres todavía finge ayudar a algunos nicaragüenses, pues esto sirve para su doble propósito de justificar su recolecta de fondos entre los poderosos a con quienes yo le vinculé en el Caribe, y para que sus plumarios asalariados sigan divulgando «Urbi et Orbe» que él es el paladín de la democracia centroamericana. Muy pocos son los que se han detenido a investiga el hecho, que ya comienza no obstante a conocerse, de que Figueres recibe mil fusiles y da cincuenta de los viejos que él tenía para alimentar con sangre de cacareado prestigio de «libertador». Él recibe mil dólares y se desprende de diez para sus «aliados» y gasta casi quinientos en aceitar su bien organizada maquinaria de propaganda por medio de agencias noticiosas y gacetilleros de toda laya.

Figueres tiene para los nicaragüenses el rencor típico del ingrato para quien los que le favorecieron son personas a las que debe destruir moral y ­físicamente para no tener que pagarles. Su hipertrofiado ego se siente las­timado cuando recuerda que un pobre nicaragüense se enfrentó a peligros que él no quiso desafiar y le resolvió problemas ante los cuales no hacía otra cosa que enfermarse, acostarse y llorar histéricamente. ¿Recuerda don Pepe cuando mi esposa lo sacó de la cama para que al fin fuera recibido por Aré­valo? ¿Recuerda don Pepe cuando mi esposa lo vistió de mujer y portando ella la 45 lo sacó del cerco que le había tendido el temible Taylor?

Pero hay más aún: cuando Ud., don Otilio, visitaba la casa presiden­cial invitado por Figueres en 1948, al comienzo del mandato de la «Junta Fundadora», Ud. llegaba sin guardaespaldas y sin aparato militar alguno. No obstante esto, Figueres dirigiéndose a mi primer ayudante, el nicaragüense capitán Alejandro Lacayo Sandoval le dijo: «Ulate es quien está haciendo la peor campaña contra los nicaragüenses y obstaculizando en toda forma a mi gobierno. Lo que ustedes debían de hacer es provocarle un incidente a Ulate en su próxima visita y liquidarlo de una vez». Con altivez le respondió Lacayo Sandoval: «Nosotros los nicaragüenses que le hemos ayudado esta­mos aquí por ideales, no por asesinos», y esto le causó tal acceso de furia al apóstol que se retiró a sus habitaciones presa de llanto convulsivo durante el cual mordía furiosamente los puños de su camisa. Testigos de esto son el coronel Matus, el general Velásquez, el general Salaverry, el capitán ya cita­do Lacayo Sandoval, el teniente Altamirano y otros tantos compatriotas que habiéndonos acompañado y peleado en la campaña de Figueres, ocupaban las posiciones claves de la guardia presidencial, ya que el propio Figueres manifestaba que él no podía confiar su seguridad a los ticos ya que estos eran traidores que en cualquier momento podrían venderlo.

Otro motivo de furia que luego degeneró en hondo rencor de parte de Figueres y su círculo íntimo de mando, fue que los oficiales voluntarios nicaragüenses que lucharon a su lado se negaron a convertirse en verdugos de los calderonistas. Figueres acarició la idea de exterminar a todo caldero­nista visible por medio de los «extranjeros» saliendo así él limpio de culpa en la muerte total que planeaba; pero una vez más el grupo de compatriotas míos que bajo mi mando acudieron a lo que con buena fe de hombres honrados creían la causa de la unión y la democracia centroamericana, se negó ter­minantemente a ultrajar y perseguir, menos aún matar a nadie. Antes por el contrario, incontables fueron las veces que asilamos en nuestro propio hogar a los perseguidos, o facilitamos su futuro o les acompañamos al aeropuerto para que pudieran huir del paraíso figuerista sin ser detenidos. No pudimos pedir todos los crímenes ni saqueos porque es imposible detener a una ola de vándalos cuando el propio presidente los estimula y protege.

Nunca se dirá demasiado alto ni demasiadas veces que los nicaragüenses fuimos a acompañar a Figueres en una cruzada que él había jurado ­sería para la unión y la democratización completa de Centro América. Los nicaragüenses no fuimos por odio al picadismo ni al calderonismo, ni para perseguir a nadie. Figueres se había comprometido solemnemente ante nuestro protector.

El piloto nos dijo: «Si encontramos vientos contrarios improvistos, la gasolina que nos queda no llegamos a Guatemala». Así que volvimos con laurel del éxito coronando luminosidad en medio del pantano de la burguesía costarricense. Y como él, diré que existen otros pocos muy pocos, a quienes me enorgullezco en llamar mis amigos. Víctor Quesada, el Lic. Croceri, el Lic. Anastasio Gutiérrez, doña Julia vda. de Cortés, y otros pocos que no alcanzan a igualar el número de dedos que tengo en la mano , como el Lic. Manuel Mora y don Max Blanco. El Lic. Jiménez dueño de una reputada farmacia en San José, era desde hacía tiempo un progresista y firme antisomocista a la par que idealista de la Unión Centroamericana. Lo invitamos a un paseo al lago de Tequesquitengo. Allá frente a las aguas del hermoso lago conversamos íntimamente sobre varios te-mas. El ­principal: cómo hacer que Figueres devolviera aunque fuera parte de las mas que el Presidente Prío me envió para comenzar el movimiento armado en Nicaragua.

Por último le dije al Lic. Jiménez: «Si usted ve que es imposible que Figueres, en un rasgo de honorabilidad, suelte las armas de Prío, propóngale usted darnos el armamento viejo de Costa Rica, sobre todo los mil quinientos rifles de un tiro que llegaron en tiempos del presidente don González Víquez. Nosotros los repararíamos, recargaríamos los cartuchos y servirían a los bravos luchadores sandinistas». Yo había discutido esta posibilidad desde hacía algún tiempo con los militares sandinistas, quienes ­estaban convencidos de que si se lograba introducir en gradual infiltración ese armamento a las montañas del norte de Nicaragua era posible con golpes sorpresivos ir quitándoles a la G.N. parte de su flamante armamento.

Una semana después de haber retornado a su tierra, el Lic. Jiménez cablegrafió en clave que Figueres estaba dispuesto a dar ese armamento si lograba que Guatemala mandara sus aviones a recogerlo y nos brindara una vez más bases desde las cuales saltar a Nicaragua. Inmediatamente de recibida esa respuesta que no por la miseria del armamento dejaba de ser halagadadora para los grupos revolucionarios, partí en mi automóvil a Guatemala.

Conseguí entrevistarme con el Presidente Arbenz mediante su se­cretario privado Lic. José Manuel Fortuni, quien puso cálido empeño en que me recibiera de inmediato y tiempo suficiente para exponer los nuevos planes. Arbenz y yo conversamos más de dos horas con la cordialidad de siempre, recordando muchas de nuestras vivencias del pasado y haciendo agradecidos recuerdos del Dr. Juan José Arévalo, cuya revolución progresista ­marcó una nueva era en Guatemala, que según el Presidente Arbenz «conti­nuaría y radicalizaría vigorosamente».

Aceptó el presidente mandar a traer los rifles viejos que ofrecía Fi­gueres en pago del armamento flamante que nos envió Prío y que aquel y sus secuaces nos birlaron. Quedamos con Arbenz en que haría preguntar a Figueres cuándo podían llegar los aviones de Guatemala a recoger las armas y a cuál aeropuerto. Yo propugnaba que usáramos la aeropista de Puntarenas o la de San Isidro del General haciéndoles algunas reparaciones previas. Si todo movimiento de armas en sí es cuestión peligrosa, más aún es el caso en que se pretende utilizar un aeropuerto internacional en donde un nutrido y ávido espionaje da la voz de alarma al menor indicio de movimiento de elementos bélicos.

El Lic. Jiménez quedó encargado de arreglar esos detalles y avisarme en clave a Guatemala. Pasaron quince días y no vino noticia. Logré hablar con el Lic. Jiménez quien me dijo que habían surgido presiones inesperadas pero que Figueres decía que en plazo de quince días más, él estaría en capacidad de situarlas en el sitio que oportunamente nos avisaría. Que no me desesperara. Que esta vez me entregaría el lote prometido. Igual reco­mendación de «tenga calma» me hizo el Lic. Jiménez. Pasaron los quince días de prórroga que el veleidoso presidente Figueres había pedido y ni el coronel Arbenz ni yo tuvimos noticias respecto a las armas. Mi amigo me conminó a hablar nuevamente con Figueres directamente. Logré hacerlo.

Este «noble y leal caballero», dijo que era necesario esperar más hasta que cesara la alarma que en el Departamento de Estado yanqui había producido mi permanencia en Guatemala y las comunicaciones, que aunque en clave, el servicio de espionaje yanqui podía adivinar más que descifrar. Que me fuera de Guatemala y mandara a una persona anónima entre los círculos de amistades mías para buscar que conferenciara con él sobre el método más prudente para la remisión de los rifles.

Arbenz compartió la frustración que yo sentía, y recomendó: «Por ningún concepto vayas tú mismo a Costa Rica: Todos estos ofrecimientos de lotes de armas viejas bien pueden ser una trampa para que tú en el febril afán llegues a Costa Rica, tal vez acompañado de tus mejores colaboradores y así asesinarlos juntos para luego proclamar ante el mundo que habían caído por ser agentes míos y del comunismo internacional». Quédate aquí trabajando con mi gobierno, donde tienes tantos amigos y procede con suma cautela. Si se arregla algo efectivo yo te ofrezco bases y aviones en qué traer las armas. Luego prepararemos una invasión bien pensada a Nicaragua. Puede ser oportuno tu plan de caer con armas y gente en las minas y también en el norte como deseaban Raudales y López.

Regresé a México y de común acuerdo con Meza, mi padre y el coronel Raúl Armando Rodríguez escogimos al talentoso y bien preparado joven Noel Guerrero para que fuera a Costa Rica a aclarar y ultimar detalles con Figueres, ya como último y desesperado esfuerzo para sacarle algo de lo que nos debía el Maquiavelo del Siglo Veinte.

Pasaron tres meses y no tuvimos ni la noticia de nuestro delegado, el entonces joven Noel Guerrero. Por broma titulamos a este joven «El correo del Zar». Para mayor desdicha le habíamos recomendado no hacer contacto alguno con nuestros compatriotas de la colonia anti somocista residentes Costa Rica, esto por temor de que nuestros conversadores compatriotas fue­ran a divulgar rumores sobre la misión que lo llevaba a tierras costarricense Pero habíamos hecho una excepción: lo autorizamos a buscar al Lic. Jiménez, ya que este tenía frecuente contacto con Figueres y había demos amplia y buena voluntad por servir a nuestra causa. Con estos anteceden llamé al Lic. Jiménez preguntándole si había hecho contacto con un joven amigo que le habíamos encargado hablar con él y el otro señor. Nos dijo que esa era la primera noticia de que algún allegado nuestro anduviera buscán­dolo; que procuraría hacer indagaciones discretas para luego informar del paradero del delegado. A los días nos llamó el Lic. Jiménez para mani­festarnos con preocupación que no había logrado encontrar rastro alguno de nuestro amigo. Tal parecía que se lo había tragado la tierra.

Avisé al presidente Arbenz que se habían roto las comunicación con Costa Rica y que, contrario a su criterio, me disponía a entrar sigilosa­mente a la tierra de Figueres. El coronel Arbenz siempre por medio del Lic. Fortuni me dijo que llegara primero a Guatemala de la manera menos visible que fuera posible. Para este fin me valí de un pasaporte que gentilmente me proveyó el Director Federal de Seguridad de México, el firme amigo general Marcelino Inurreta. Él fue quien me había decomisado el primer lote de ar­mas que adquirí en México, pero ante la indoblegable actitud que asumimos en los interrogatorios, el profesor Edelberto Torres, mi esposa María Figuls y yo, llegó a tomarnos gran simpatía. Finalmente me hizo su colaborador de la sección de antinarcóticos y cultivamos una íntima amistad. El pasaporte que me dio era mexicano bajo nombres supuestos. Del mismo me valí para entrar a Guatemala por la vía terrestre.

En una extensa conversación con el presidente Arbenz (ya para en­tonces rodeados de una palpable atmósfera en su contra) me relató que el gobierno norteamericano estaba propuesto a derribarlo y que con ese fin estaba entrenando en Honduras a una columna de mercenarios a quienes él confiaba derrotar porque para eso tenía un ejército bien preparado, bien ar­mado y un considerable, aunque admitía que disminuido, respaldo popular.

Cuando le dije que si bien muchos militares cultivaban el sentido del honor y la lealtad con gallardía digna de verdaderos patriotas, mi triste experiencia era la de que cuando Washington les sonaba a algunos militares el tintineo de su oro, su devoción al Jefe y a las instituciones patrias se derretía como cera ante una llama.

«Tienes razón, me dijo, pero aquí en el ejército domina la circunstan­cia de que casi todos los puestos claves están en manos no solo de oficiales profesionales sino que de compañeros entrañables que hicieron conmigo en la misma academia, la carrera militar». Como sabemos, pronto muchos de esos compañeros a quienes mandó al frente para detener a los invasores, se voltearon ante el seductor tintineo de que he hablado y le exigieron la re­nuncia a la Presidencia que legalmente ostentaba, rodeándolo con una férrea argolla de pretorianos que lo expulsó ignominiosamente del poder. No obs­tante, debo decir en respecto a la verdad, los cadetes de la academia militar hicieron un valiente esfuerzo por deshacerse de las tropas mercenarias que al mando del coronel Castillo Armas, entraban a Guatemala. No es el caso en estas páginas analizar con prolijidad, como yo quisiera, cómo los cadetes del honor también fueron doblegados.

Para terminar este capítulo conviene recordar la brillante y varonil defensa que el expresidente Juan José Arévalo realizó, como representante de Guatemala, en la conferencia Caracas de 1954, conferencia en la que se enfrentó a los representantes del poder norteamericano con elocuencia avasalladora como solo puede desplegarla quien lleva en su corazón bien encendida la llama del patriotismo.

Tuvo que insistirme el presidente Arbenz de que no fuera a Costa Rica bajo ninguna circunstancia, ni por llamado del propio Figueres. Que me rogaba como amigo que estaba viendo las cosas sin pasión, de que no me dejará seducir por los cantos de sirena provenientes de Costa Rica.

Época en Costa Rica

En Costa Rica, lugar escogido, mis padres gozaban, vamos a decirlo si, de buenas amistades. Con su ayuda instalé mi primera oficina de consul­tas de medicina natural frente al Parque Morazán. Unas pacientes de origen leonés, de apellido Castro, amigas de mi madre quedaron satisfechas de los resultados del tratamiento a que las sometí, enviándome pacientes, entre ellas a doña Julia de Cortés, esposa del presidente de Costa Rica, licenciado León Cortés que estaba en el ejercicio de la Presidencia.

Doña Julia, con la terapia natural a la que la sometí logró curarse de una grave dolencia que no había logrado dominar ni con la ayuda de reputados médicos de Francia, país del que acababa de llegar cuando fue a buscarme. Como esta matrona, enchapada en las virtudes que predominaba en tiempo pasados, hizo público reconocimiento de su curación «bajo el acertado tratamiento del Dr. Rosendo Argüello Ramírez, joven médico nicaragüense», según lo declaró a los periodistas, este reconocimiento provocó dos oleadas de increíble magnitud. La primera, me llenó de paciente. El Parque Morazán me tenía que servir de antesala. Yo trabajaba desde temprano en la mañana y hasta bien entrada la noche, propiamente, hasta donde me alcanzaban las fuerzas.

La segunda oleada fue la embestida del cuerpo médico que pidió oficialmente que se cerrara mi consultorio; les dolía mi buen suceso por tres motivos. El primero, que yo era de una escuela de la cual les gustaba hablar mal sin conocer ni la pasta de las miles de obras que exponen sus principios, y por el testimonio de miles de enfermos llamados incurables que el sistema natural, llamado también biológico, recuperaron su salud. El sistema se impone cada vez más en los países civilizados. Segundo motivo, mi nacionalidad nicaragüense. Tercera causa de la inquina: el que siendo muy joven, apenas pasaba de los 20 abriles, ya tenía la clientela visible más numerosa del país.

Se encendieron debates en todos los periódicos en los cuales se mordía con la típica lengua envenenada de las víboras. Yo me defendí con exposiciones sobre la ciencia de cura natural y el testimonio unánime de pacientes, en su mayoría expacientes de mis atacantes. Al fin no se me cerró -en ese momento- el consultorio gracias a la noble y enérgica intervención de la esposa del presidente Cortés, y con el respaldo de este seguí en mi trabajo por cerca de dos años más laborales que terminaron con lo que narraré un poco adelante.

Estaba yo en el más intenso período de mi práctica profesional cuando mi padre me hizo saber de ciertos militares hondureños, conocidos de don Toribio Tijerino, residente en Honduras, los cuales estaban dispuesto ayudar a los sobrevivientes de la lucha de Sandino. Los generales Raud y Colindres, aceptaban la responsabilidad de dirigir la contienda con el respaldo de una buena parte del campesinado segoviano.

Recomendaba mi padre que antes de involucrarnos y para evitar repre­salias, lo urgente era sacar de Nicaragua a mis hermanos Rodolfo Ignacio y Miguel Ángel, a mi primo Eduardo Castillo R. y a mi tío Nacho, que ya cifraba los 90 años. «Tal vez una gestión amistosa de doña Julia y don León, haga que el General Somoza los deje salir del país», decía una misiva de mi padre.

Inmediatamente me puse al habla con doña Julia y el presidente Cor­tés. La primera dama, con el consentimiento de su esposo, le escribió una larga carta a la esposa del Gral. Somoza, Sra. Salvadora Debayle de Somoza. En esa epístola le explicaba como madre, que no dudaba sería comprendida por otra madre y por su digno esposo, la angustia que sufría la familia Argüello, de cuyos actos no eran culpables sus hijos menores ni sus parientes, de la edad que fuesen. Que si había alguna acusación contra los menores Argüello, sería otra cosa, pero que estos muchachos estaban dedicados a sus estudios en el Colegio Pedagógico donde sus maestros podían dar fe de su dedicación y puntualidad en sus estudios. Muchas razones de orden sentimental invocó doña Julia para que el presidente Somoza tuviera un gesto galante con ella y generoso con una familia que, desde el tiempo de Walker, había derramado su sangre por los ideales que de buena fe consideraron justos.

La contestación de doña Salvadora fue corta y ruda: «Mi esposo me encarga participarle que está bien enterado de las andanzas conspiratorias que en Honduras lleva a cabo el Dr. Rosendo Argüello Castrillo y que en Costa Rica, amparado en su consultorio, y la engañada amistad de usted, no deja de desarrollar el Dr. Rosendo Argüello hijo. Que por lo tanto, como una garantía de paz para Nicaragua se veía obligado a mantener en el país a la joven familia Argüello y a sus allegados».
Doña Julia me preguntó en tono de angustia si sabía que mi padre andaba conspirando. Le contesté: «A esta distancia y con la censura que en todos los países existe, no puedo decirle qué está haciendo en Honduras mi padre». Ella con una sonrisa amable me dijo: «Pues si es cierto que su papá está conspirando, tiene plena justificación para luchar por salvar a su patria de un régimen corrompido. Esto, debe activar nuestros esfuerzos para sacar sus hermanos y demás familiares de Nicaragua».

Reuní al Comité Patriótico que funcionaba en secreto en San José, con personal casi todo veterano de la política y de las guerras nicaragüenses.

Pedí consejo al general Cárdenas, a don Federico Solórzano y al Gral. Julio Tapia. Estudiaron el caso y me presentaron un plan bien medita­do para que vinieran por la frontera, ofreciéndose el propio Gral. Cárdenas venirse conmigo para dirigir la maniobra de la fuga. Él tenía por esa zona un amigo dueño de una finca cuyas tierras, además de colindar con la frontera, también se extendía a territorio tico.

Estudié con detenimiento el plan de mis amigos mientras crecía la angustia de mi madre que lloraba todos los días diciéndome: «Si llega una revolución a Nicaragua en que esté mezclado tu papá, o estés tú, a los primeros que matan es a nuestros hijos». Esta presión y mi propio temperamento, ­dado a las actuaciones rápidas, me hizo concebir mi propio plan: conseguir un avión capaz de aterrizar en una costa del Pacífico de Nicaragua, lo suficiente grande para que pudiera embarcar a toda nuestra tribu, lo suficiente ligero para aterrizar en una costa cuyas arenas pudieran soportar el peso del avión, y que tuviera suficiente autonomía de vuelo para ir a Nicaragua y volver a La Sabana, que antes era el aeropuerto internacional. No quise aceptar el consejo de aterrizar en Guanacaste. Me pareció que la dilación por lancha de Guanacaste a Puntarenas, y en tren de este puerto a San José, daba tiempo para que Somoza mandara a perseguirnos, a matarnos, o por último, a desenvolver sus intrigas con sus amigos de Washington para que no nos dejaran permanecer o siquiera entrar a San José.

Conozco bien la fuerza irrevocable de los hechos consumados y seguí buscando el avión. Entre mi clientela había personas ligadas a todos negocios y una de ellas me presentó a un canadiense dueño de un avión Havilland, de un motor y seis pasajeros, que contraté en el acto. Me vi precisado a dar a conocer a doña Julia mi plan para que gestionara con su esposo que no nos estorbaran el aterrizaje en La Sabana y que tampoco pusieran estorbos de carácter migratorio al entrar sin pasaportes.

Operación rescate

A Nicaragua hice llegar a un amigo alemán para que midiera la dis­tancia entre el estero y las rocas en la playa de La Boquita. Recuerdo me dijo, al volver de Nicaragua, que la distancia que quería conocer era de 800 pasos de él, algo largos. Medimos otra vez ya en una calle de Sa­n José a cuántos metros equivalían esos ochocientos pasos y nos dio una cifra desconsoladora. Apenas era la distancia mínima qué en una buena pista, de avión con su carga normal podría despegar sus ruedas de la tierra. Yo sabía que forzando el motor le quedaba un pequeño margen de reserva para des­pegar aunque el terreno no fuese ideal. Me decidí a asumir ese riesgo. Al fin y al cabo ¿acaso Dios no me había protegido al arriesgarme en juegos aún más peligrosos?

A mi familia le mandé las debidas instrucciones. Entre ellas, dormir con un narcótico al guardia nacional que custodiaba la puerta de nuestra casa en Managua. Para ese fin, debían de fingir el cumpleaños de uno de mis hermanos. Ya en media fiesta mi tío Nacho, que era hombre de nervios de acero y muy aficionado al vino, debía de mezclar en un jaibol un líquido que yo le mandé de San José preparado por un químico inglés amigo mío, líquido que él ya había probado, en ocasiones necesarias, con todo éxito. La otra instrucción fue que estuvieran acostados en la arena sobre una colcha colorada si había más de tres GN, y en una verde si no había vigilancia. El 8 de enero en la noche se hizo en mi casa de Managua la celebración del cumpleaños de Miguel Ángel. Mi tío Nacho, con una afable sonrisa bajo su recio bigote, se le acercó al guardia y le dijo: «Bébase un traguito a la salud e mi sobrino». El militar le dijo: «Es que estoy de alta». Y mi tío le contestó: «Un traguito no le va a causar ninguna perturbación; no creo que usted quiera despreciar a un viejo que a usted ya lo ve como de la familia». Quince minutos después el militar roncaba con gran sonoridad.

Esa noche salió mi familia en auto a Diriamba y de ahí a caballo para La Boquita. Escogí este lugar porque conocía muy bien cada pedazo de costa, ya que allí, en casa de los Baltodano Ramírez, queridos familiares, ha­bía pasado muchas vacaciones de mi niñez. Los cuidadores de la hoy extinta casa nos conocían bien a todos los Argüello Ramírez. Nonoy Baltodano y mi tío Enrique Baltodano nos habían recomendado bien, además de que no­sotros nos habíamos ganado la buena voluntad de casi todos los pobladores de ese humilde villorio.

El 19 de enero de 1939 llegamos con dos amigos y con dos ametra­lladoras livianas a La Boquita. Sobrevolamos un poco para cerciorarnos de que los fugitivos estuvieran acostados en una colcha verde. El viento soplaba de las rocas de la cortina hacia el estero, siendo este el punto indicado para el arranque. Conviene tener al viento en contra para que así ayude a mayor efectividad en los planos de sustentación.

No obstante, las rocas se acercaban vertiginosamente y el avión no despegaba. Fue cuando llegábamos a la primera roca que las ruedas despegaron, pero ya era tarde. O nos estrellábamos con las rocas o doblábamos a la derecha, con la posibilidad de que volando así, al máximo de velocidad sobre las olas, estas no llegaran a alcanzar un área grande del avión. Dicho­samente las ruedas apenas rozaron la cresta de las olas. En este momento uno siente como si se propusieran alcanzarnos, elevándose más de lo que pareciera normal. Cuestión de nervios. El avión comenzó un lento ascenso, con la máquina forzada a tal grado que los empaques de los cubre válvulas o la cabeza de los cilindros, cedieron ante la fuerza de la presión del aceite que nos salpicó el parabrisas, oscureciendo la visibilidad.

A pesar de todas estas peripecias, logramos llegar a San José diez minutos después de la hora que le indiqué a mis padres, que se habían reunido en San José para esperar a la familia. Ese día celebramos de lo lindo, en compañía de doña Julia y casi toda la colonia nica antisomocista. El lector querría informarse qué pasó con el custodio de nuestra casa. El elixir que tío Nacho le mezcló en el jaibol resultó una bendición: el buen hombre despertó ya tarde en la mañana, atarantado, preguntando: «¿qué pasó … qué pasó?». El pobre hombre fue severamente castigado por haber dejado escapar a los Argüello Ramírez.

«Piratería aérea»

Estando en San José supimos que Somoza declaró a la prensa que nosotros éramos «piratas aéreos» y que pronto nos verían de nuevo en Managua. Envió sus agentes tratando de secuestrarnos. Supimos que había ofrecido buenas sumas de dinero a autoridades ticas subalternas para que le ayudaran en nuestro secuestro. Nos invitaron a varias fiestas sospechosas y aunque a casi todo Argüello le gusta el vino y la alegría siempre he creído que es mejor beber solo insípida agua que beber en malas compañías.

Pasados los años, sobre estos acontecimientos nos platicó el Dr. Carlos Morales, quien era íntimo de Somoza, que este se la pasó enfermo durante varios días, después de efectuado lo que el Gral. Somoza calificó de «piratería aérea». El interesado puede enterarse mejor buscando los periódicos de Managua, entre el 20 de enero hasta aproximadamente el 10 de febrero de 1939. También en los periódicos de Costa Rica de igual fecha.

Seguí trabajando en mi oficina con creciente clientela. A veces tenía que posponer citas hasta para quince días después. Fui incluso tan afortunado en el ejercicio de la medicina natural (Naturopatía), en Costa Rica, que la esposa del representante del partido Nazi en aquel país, ya desahuciada en Alemania de una grave dolencia, se curó bajo mi tratamiento. El señor Carlos Bayer quiso mostrarme su agradecimiento interponiendo sus gestiones ante el canciller Hitler para que lo autorizara a invitarme en su nombre para visitar Alemania donde yo sería recibido y agasajado por el «Führer». El señor Bayer, conociendo mi carácter independiente, se apadrinó de don Manuel Castro Quesada, (excandidato a la presidencia de Costa Rica) y de don Carlos Manhattsberger, dueño de la conocida «Foto Sport», la más conocida de su clase en 1939, para persuadirme de lo conveniente que me resultaría aceptar tal invitación.

Rehusé por escrito aduciendo que si bien yo no me niego a atender a ningún enfermo -no importa cuál sea su ideología- no podría aceptar agasajos de un dictador, más aún si era un fascista. Esto enfurecía también en grado creciente al honorable cuerpo médico de Costa Rica. La envidia, esa pasión amarilla y viscosa, llegó a tal grado que comenzaron a hacerme provocaciones personales de diferente tipo. Yo simplemente les hice saber que podían hablar e insultar cuanto quisieran, que ellos no representaban más que matasanos diplomados, pero que si cualquiera de ellos me agredía físicamente, o hicieran el gesto de sacar pistola, yo lo tomaría como agresión y me defendería como diera lugar.

Llegó la fecha de nuevas elecciones en Costa Rica. El 8 de marzo de 1940 fue electo presidente el doctor Rafael Calderón Guardia por una mayoría tan abrumadora como nunca antes se había visto en el país. Yo sabía que el doctor Calderón Guardia era un caballero de nobles sentimientos, pero no me ligaba a él ningún nexo personal. Por bueno que fuera tendría que oír en primer lugar a sus compatriotas y sobre todo a sus colegas, los cuales, en su mayor parte, eran simpatizantes de su causa. Sentí que se aflojaba la cincha de mi caballo. Los amigos me repetían que estuviera tranquilo, que el Dr. Calderón era incapaz de prestarse a intrigas indecentes. Me aconsejaban pedirle audiencia para exponerle mi caso. Pero yo no soy hombre dado a hacer antesalas y menos acercarme a ningún mandatario sin razón impostergable. En ese momento nadie me estorba molestando y los periódicos ya habían exprimido de mi persona y de mis actividades hasta la última gota de lo que pudiera servir de sensacionalismo para sus páginas. Por lo tanto, no vi la necesidad de pasar por ese siempre opresivo rato que es hacerle antesala a un Presidente, ante quien, para expresar mis sentimientos, tengo que repetir la forma en que los nobles de la provincia española de Aragón usaban para dirigirse al Rey de España: «Nosotros cada uno de los cuales vale igual a vos, y que juntos valemos más que vos, venimos a deciros…», y tal y tal expresaban su reclamo.

Volví a equivocarme: el enemigo no había melificado su feroz envidia contra el nica y el profesional que les hacía ventajosa competencia. Una noche de julio de 1940, cuando ya cerraba mi oficina me rodeó un grupo de policías y me metieron en la parte trasera de un vehículo cerrado. Mientras tanto, otro grupo penetró a mi oficina y a la sala de tratamientos y con sus garrotes destruyeron todos mis aparatos de fisioterapia.

Tomado de «Los proscriptos, nuevos documentos de 1948».

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