Gracias don Pepe

Alberto Cañas E.

Alguien lo dijo ya: él se ganó ese galardón que otorga espontáneamente el pueblo. La historia mostró que a los ojos de don Pepe existía una verdad tan grande que vivió para ella: El Bienestar del Mayor Número. Hoy, se habla de don Cleto, don Ricardo y don Pepe.

Este es el mes del centenario de su nacimiento. Por esa razón, todos los que estuvimos cerca de él y nos sentimos fieles a su memoria y apartados totalmente de quienes la han profanado y se han propuesto destruir su obra, hemos escrito y hablado, participado en actos y ceremonias, y acompañado el sentimiento popular que se empeña en no olvidarlo y que, sobre todo, le guarda gratitud, porque sabe para quienes gobernó. Y es que ahora está claro, ahora todo el mundo sabe que el norte e imán de su labor política estuvieron resumidos en aquella frase que pronunció tempranamente y que para muchos cínicos no pasaba de ser una promesa vaga o a lo más un postulado teórico, pero que la historia mostró que para don Pepe era una verdad tan grande, que vivió para ella: El Bienestar del Mayor Número.

Conocía todas las filosofías políticas y tal vez por eso no estaba amarrado a ninguna de ellas. Muchas veces le oí decir que no había encontrado nunca una diferencia básica entre la social democracia y la democracia cristiana. Tal vez, pienso, porque la democracia cristiana está basada en encíclicas papales, y la social democracia es más una aspiración que una ideología o un manifiesto, y porque las ideas de la democracia cristiana son útiles para perseguir la aspiración de la social democracia, sintetizable como una fe en la propiedad privada de los medios de producción y una convicción de que el Estado debe velar por que del producto nacional disfruten equitativamente todos los habitantes.

Lo que acabo de decir explica de alguna manera la presencia y fuerza dentro del Liberación Nacional de los años figueristas (¿1951-1974?), de ideólogos democristianos como Benjamín Núñez y Jorge Rossi, simultáneamente con socialdemócratas de hueso colorado como Rodrigo Facio y Daniel Oduber.

El bienestar del mayor número era un estribillo para don Pepe. Una de las maneras —la más eficaz creo— que encontró para buscarlo, fue el fortalecimiento de la clase media, y la creación de una clase media rural, como métodos para desproletarizar a los campesinos y a los obreros urbanos.

Por supuesto una clase media, tanto urbana como rural, no podía limitarse a ser una clase exclusivamente asalariada, como la conciben los neo-liberales, sino que debe ser una clase propietaria. Por eso insistía tanto don Pepe en el fortalecimiento de la pequeña empresa, que a su juicio reunía las virtudes de la iniciativa privada con las costumbres morigeradas y métodos de vida de la clase media. (O pequeña burguesía, como la calificaban despectivamente los comunistas de misa y olla.)

Para lograr esto, el país necesitaba pequeños empresarios. Y como en 1948 había pocos, don Pepe se lanzó a la tarea de estimularlos, fomentarlos o crearlos.

Al mismo tiempo, Costa Rica necesitaba, para su desarrollo económico, grandes empresas y grandes inversiones. Y no habiendo capital privado suficiente aquí, a él no le atraía (como no le atraía casi a ninguno de los hombres de su generación, ni le había atraído a don Ricardo Jiménez) el traer ese capital de afuera en figura de empresas transnacionales. La experiencia costarricense con la United Fruit y con la Bond & Share no era precisamente feliz. De allí fue fácil concluir que las empresas muy grandes y de enorme capital, era preferible que fueran públicas pero costarricenses, aunque algunos sostienen que deben ser privadas aunque sean extranjeras. Puntos de vista incompatibles.

De este juego de ideas, nacen las tres medidas básicas que tomó la Junta Fundadora en 1948 y 1949, a ninguna de las cuales puede haber sido ajeno Alberto Martén, ideólogo inicial del movimiento y, probablemente junto con Rodrigo Facio, el economista más capacitado y menos comprometido con farmacopeas que ha tenido el país. Estas tres medidas fueron la nacionalización bancada, la fundación del Instituto Costarricense de Electricidad y la política de salarios crecientes.

Se ha discutido mucho sobre la filosofía en que se basaron las dos primeras. El anti-figuerismo se ha esmerado en señalar que la nacionalización bancaria fue parte de una política “socialista” (por no decir abiertamente comunista como algunos, constituyentes incluidos, dijeron entonces). Sin embargo, no puede haber una política “socialista” en un hombre y un grupo que, habiendo tenido más de una vez todo el poder político concebible, dejaron a Costa Rica, por ejemplo, como tal vez el único país del mundo donde todo el transporte urbano e interurbano esta en manos privadas.

Se ha calificado la fundación del ICE como parte de una política “estatista” (y a partir del reaganismo en los Estados Unidos, de “monopolista”), saltándose la circunstancia, muchas veces relatada por Jorge Manuel Dengo, de que lo que la Junta Fundadora quería era desarrollar eléctricamente el país. Figueres incluso estaba dándole vueltas (dada la precaria situación en que habíamos quedado después de la Guerra Civil) a la idea de tratar en serio con la Bond & Share la construcción de las plantas que necesitábamos, cuando surgió la idea de imitar la Autoridad del Valle del Tennessee, empresa pública y, por lo tanto, estatista de los Estados Unidos, y crear en el país un instituto similar que asumiera el desarrollo eléctrico.

Es claro que el ICE se fundó con vista de su finalidad, y no de su condición de ente estatal. Una demostración más de que lo que se buscaba era una meta, sin dar demasiada importancia al punto de partida. Por eso es fácil clasificar a don Pepe como social demócrata: porque tenía en la cabeza las soluciones, y adoptaba la fórmula mejor para alcanzarlas. Nuevamente la socialdemocracia como concepción de la sociedad y de la función del Estado, y no como ideología.

Costa Rica se llenó de fuerza eléctrica y de sucursales y agencias bancarias.

Alguna vez escuché a don Pepe afirmar que la política de salarios crecientes que implantó la Junta Fundadora en 1948 tuvo como finalidad inmediata el crearle clientela al comercio rural, de manera que el peón agrícola tuviera con qué comprar zapatos a sus niños, en vez de esperar que el gobierno se los regalara, como hizo una vez en 1940.

Por el campesinado

La clase media urbana se favoreció brutalmente con la política de salarios crecientes. Pero fue el campesino (hasta entonces poco menos que olvidado), quien a partir de 1948 recibió salario muy mejorado, luz eléctrica barata, y oportunidad de crédito bancario.

A este triángulo básico fue agregado el Consejo Nacional ele Producción, fortalecimiento de un germen que había comenzado a funcionar antes, y que permitió que el calderonismo le disputara al figuerismo la paternidad de esa política de protección al pequeño agricultor. Hay que admitir que los dos grupos comparten la paternidad, aunque sus herederos tengan que compartir la destrucción de uno de los programas más claros de fomento de la clase media rural que impulsó don Pepe. (Lo que sucedió, según se cuenta, es que al Fondo Monetario una vez que lo manejó el gobierno de Reagan, lo que hacía el Consejo no le gustó, y ya se sabe que para ciertos políticos latinoamericanos, donde manda capitán… manda capitán. Entonces se prefirió discrepar de Reagan en lo nacional que en lo internacional, siempre tan apasionante).

Dentro del marco de cuanto llevo dicho, es fácil explicarse en que consistió la obra de José Figueres, partiendo de saber qué fue lo que se propuso. Así, Costa Rica alcanzó los más altos índices de salud y de expectativa de vida, y las más altas cifras (aunque cantidad no necesariamente implique calidad) en materia de educación. Creció la seguridad social, creció el número de empresas pequeñas financiadas por el sistema bancario, la fuerza eléctrica llegó a todo el país y, a partir del momento en que el ICE los asumió, sucedió lo mismo con los teléfonos: de 6000 aparatos en 1966, a más de un millón —no dispongo de la cifra— hoy. Esos son síntomas de un desarrollo espectacular (aunque no total ni el que se desea) obtenido por Costa Rica con ideas propias y por esfuerzo propio, sin complejos.

Transformación total

No se trata aquí de polemizar sobre el asunto. Bastante he polemizado ya, pero me ha sucedido como a los Estados Unidos con esas guerras que declara no se sabe contra quien, y he terminado por polemizar con el aire. Se trata de establecer, no tanto sobre qué bases como con qué propósitos diseñó José Figueres una política autóctona, coherente, que nos transformó y nos colocó a la cabeza de América Latina en una cantidad impresionante de rubros.

Pero lo dice el viejo refrán: Padre mercader, hijo caballero, nieto pordiosero. La generación siguiente, sin distinción de partidos políticos, se dedicó a dilapidar alegremente la herencia.

Corrompieron el Estado, llenaron las posiciones públicas de ignorantes cuando no de imbéciles en pago de favorcillos electorales, y comenzó el saqueo ideológico (para culminar en el saqueo literal). Y cuando las cosas comenzaron a tambalearse, salieron unos cuantos economistas de poca letra y mucho número, a proclamar que el “modelo” estaba “superado” cuando no “obsoleto”. Ninguno de las que tal dijeron viajó jamás a Noruega —donde el autor de estas líneas sí estuvo estudiando el asunto—, a Finlandia —a no ser buscando la manera de hacer ya usted sabe que clase de negociones—, a Suecia, a Israel ni a Dinamarca, pero dieron por muerto el modelo. El modelo consiste en la búsqueda del bienestar del mayor número sin amarras filosóficas, ni ideológicas, pero lo proclamaron fracasado, y los tontos politiquillos de nuevo cuño se lo han creído en el tanto que les conviene.

Hace ya 16 años falleció el viejo. Murió desilusionado, y a puntó de convencerse de que lo único bueno que había hecho era reformar la Orquesta Sinfónica Nacional. No movió un dedo por impedir la destrucción de su obra, que ya había empezado. El José Figueres que murió en 1990 era un hombre desilusionado. No desilusionado de su país, no desilusionado de su pueblo, sino desilusionado de sus herederos.

Uno de ellos lo había despreciado diciendo que no necesitaba de muletas. Todos lo habían abandonado, menos el pueblo.

El pueblo, la entonces todavía pujante clase media, lo acompañó a su tumba con el mismo fervor con que lo acompañó en sus campañas electorales. Y al terminar el siglo, el periódico que más lo combatió ideológicamente, La Nación, hizo tres encuestas sobre quién fue el costarricense del Siglo XX, y en las tres apareció escogido José Figueres.

Pero como en el mundo hay justicia aunque sea póstuma, las tres encuestas declararon que el hombre de la primera mitad del siglo había sido Ricardo Jiménez, precisamente el gobernante costarricense a quién don Pepe más admiraba. Discípulo suyo en muchas cosas, Figueres construyó buena parte de su obra sobre bases políticas e institucionales que Ricardo Jiménez puso en sus brillantes gobiernos de 1910, 1924 y 1932. Llenaron el siglo, y fueron gemelos en eso de conocer sus metas y no dejarse esclavizar por las teorías. El hombre del siglo XX fue Figueres, pero sin Ricardo Jiménez es difícil que hubiésemos podido tener un Figueres.

Artículo originalmente publicado en la Revista Proa de La Nación.
Fuente: Revista Parlamentaria Volumen 14, No. 1, 2 y 3. Septiembre 2006

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