Nuestro entendimiento de don Pepe

JOSÉ FIGUERES FERRER
100 AÑOS DE SU NACIMIENTO*

Muni Figueres Boggs

Muni Figueres Boggs**

Agradezco a la Asamblea Legislativa, y en particular a su Presidente, el honor de participar, junto con las más importantes autoridades nacionales y con todos ustedes, en las celebraciones del cumpleaños número cien de don Pepe.

De haber estado él aquí presente, sin duda se habría conmovido y, probablemente, nos habría dicho: “Me da gusto ver a tanta gente importante y querida acompañándome a cumplir mi primer siglo, los espero ver en el segundo.”

Sus hijos y su red de seres queridos constituimos un universo grande y variado; desde donde estemos nos unimos de corazón a estas celebraciones, en las que se ha convocado a tantas personas, con amor, entusiasmo y espíritu patriótico.

Las actividades que ya empezaron y que continuarán durante el resto del año, en todo el país, quedarán en la memoria colectiva de Costa Rica, enriqueciendo nuestro entendimiento de don Pepe y también de lo que somos como sociedad.

En efecto, estos días de reflexión sobre su figura nos están ayudando a ahondar en la identidad nacional que él tanto contribuyó a forjar.

Don Pepe era hombre público visceral; se sentía responsable a toda hora, sin tregua, sin descanso, de todo el país; hasta diría que no podía dejar de hacerlo, pues era irreprensible su voluntad de ser público.

Como resultado, con el pasar del tiempo se ha ido confundiendo el personaje con la personalidad nacional. En sus Cartas a un ciudadano, nos escribe en tono personal, nos educa y, también, nos describe en nuestra calidad cívica, nos recuerda quiénes somos como agrupación política, a qué podemos y debemos aspirar y a qué no; escritas en 1955, en su segunda presidencia, se leen hoy como cartas, ya no del presidente en ejercicio, del gobernante al gobernado, sino de don Pepe al costarricense, y en sus páginas está plasmada, no una Costa Rica abstracta, sino la Costa Rica de él, por lo menos, así lo interpreto yo.

No es de extrañar, entonces, que en su entierro, hace ya dieciséis años, en medio del dolor por haberlo perdido, me preguntara cómo sería Costa Rica sin él, incluso si el país podía existir sin él, si seguiría caminando la historia sin su caminante, como lo llamó el presidente Arias en el aniversario de su muerte, el pasado 8 de junio, o si se produciría una parálisis nacional permanente.

Me formulé la pregunta durante varios años, posiblemente lo mismo le haya ocurrido a un gran número de personas, e incluso le siga ocurriendo a unos cuantos.

Por supuesto que no se produjo semejante parálisis. Nuestro país ha logrado importantes avances. El protagonismo de nuevas generaciones nos está ayudando a definir rumbos en nuestra convivencia interna y en su inserción mundial. Hemos conocido éxitos y fracasos en la zigzagueante trayectoria del cambio, en que ha habido puntales de progreso y también rezagos y desaciertos e injusticias. Nos enorgullecemos de los primeros, por supuesto, y reconocemos los segundos con pesar y determinación de cambio.

¿Qué diría don Pepe de nuestra situación actual? En estos días abundan los comentarios y las especulaciones al respecto; confieso que yo no lo sé; más aun no me creo con especiales atribuciones para saberlo, ni como hija ni como ciudadana, pues, desafortunadamente, ya no me está dirigiendo sus cartas.

El mundo ha cambiado y sigue cambiando a un ritmo seguramente más rápido que el que conoció don Pepe. Como buen estadista veía en el cambio una oportunidad para mejorar. Nada escrito o dicho por él aboga por el retorno al pasado, ni la complacencia con el presente, tampoco se aferra a fórmulas rígidas para resolver los problemas sociales.

Precisamente, si tuvo un dogma fue rechazar cualquier dogma; a problemas cambiantes, soluciones cambiantes. Con el esfuerzo colectivo y la mente abierta, el futuro era para él un recurso maleable que debía ajustarse a sus anhelos para el país. La premisa inherente a esta postura es que tanto gobernantes como gobernados tengan una clara identidad. Don Pepe, en su ascendencia catalana que hemos visto, en todos sus actos afirmaba su ser, su particularidad inalienable y sentía profundo respeto por aquellos que le correspondían en esta actitud.

Propiciaba lo mismo para Costa Rica, cuya originalidad buscaba acentuar y profundizar; el suyo era y sigue siendo un país arraigado en sus convicciones, abocado a la permanente mejora en la vida de sus ciudadanos; buscada en cada oportunidad y lograda, a su manera, en su ley.

La exquisita combinación de idealismo y pragmatismo que lo condujo a abolir el Ejército, es la expresión más elocuente de la identidad costarricense. Se aplicó a aprender las lecciones que ofrecían otros países y otros estilos de organizar los recursos disponibles en el momento, pero con el fin de aplicarlos, lo aprendido a lo propio, al ritmo y en la secuencia que llevan nuestra huella. En ese delicado equilibrio entre cambio y permanencia está el ser único, que es Costa Rica.

Por lo tanto, considero que sería presuntuoso pretender interpretar unívocamente lo que podría ser su pensamiento, respecto de la Costa Rica de hoy.

Dejemos esas especulaciones para los profetas y los oráculos; más bien, propongámonos continuar buscando, con imaginación y energía, nuestro propio camino, el que refleje lo que somos, nuestra voluntad de ser.

Gracias a la labor de nuestros antepasados, las posibilidades de realizar sus sueños, y lo que nosotros haremos de camino, son inmensas.

Apegados, entonces, al espíritu de don Pepe, empeñémonos por ser lo mejor que podamos, estemos a la altura de esa lucha sin fin, para así poder rendirle cuentas positivas en su segundo centenario.

En este desafío está el legado que mi padre le deja a las futuras generaciones.

* Versión impresa del Acto Conmemorativo Oficial, celebrado el lunes 25 de septiembre de 2006, en
el Teatro Nacional.

** Exministra de Comercio Exterior. Exdirectora de Relaciones Externas, Banco Interamericano de
Desarrollo. Versión impresa del discurso pronunciado en el Acto conmemorativo oficial.

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