Doy testimonio

Quiénes y cómo nos traicionaron

Portada del documento original que se encuentra en la Biblioteca Nacional de Nicaragua.

Doy testimonio
Conspiraciones y traiciones en el Caribe

Dr. Rosendo Argüello, Hijo

Selección de extractos

Este documento fue realizado por el Departamento de Historia del Centro de Investi­gación de la Realidad de América Latina (Managua, Nicaragua, 1992). «Doy testimonio: Conspiraciones y traiciones en el Caribe», sobre los mismos hechos narrados décadas posteriores. Por la importancia histórica de este documento, se incluye en esta obra, así como por incluir referencias nuevas sobre el tema.

Sobre la participación de los nicaragüenses en lo que se ha dado en llamar la Guerra Civil de Costa Rica de 1948, se ha escrito mucho y unilateralmente. Conozco más de seis libros de historiadores, políticos y otros interesados en esta guerra iniciada con el compromiso de sentar las bases materiales para la liberación en el Caribe, de todas las oprobiosas dictaduras, particularmente la de la familia Somoza. Casi todos los escritores, incluyendo las recientes memorias de José Figueres Ferrer, ocultan o minimizan la participación decidida y valiente de los nicaragüenses, sin cuyo concurso no hubiera sido posible el derrocamiento del presidente Picado.

Solo uno de los escritores, entiendo un norteamericano, lo hace de for­ma veraz, y también de forma irremediable el propio José Figueres, menciona ­nuestra participación. Las calumnias que sobre tales hechos se han vertido fueron numerosas. En su época, tanto el suscrito en un folleto escrito a la ca­rrera «Quiénes y cómo nos traicionaron«, como mi padre, el Dr. Rosendo Ar­güello Castrillo, en su documento libro «La verdad en marcha«, en contestación al libelo escrito por Alberto Bayo, alias Girona, quien se auto-llamaba general y sacó a la luz «Tempestad en el Caribe«, intentamos exponer la verdad de los he­chos, prácticamente ambas ediciones fueron secuestradas y su circulación fue muy escasa. Estábamos exiliados, sin recursos y el figuerismo gozaba de todas las ventajas de detentar el aparato estatal costarricense.

Eliminando algunas partes por superfluas o de poco interés para el lector, y adicionando algunos comentarios he querido que el folleto «Quié­nes y cómo nos traicionaron«, fuera incluido en esta obra. Ella proporcionará solo un pálido reflejo de ese personaje de la Democracia Tica, que ganaría sin oposición alguna el premio del Comediante Político de esta época.

Quiero reiterar que todo lo manifestado en esta narración lo sosten­go como verdad ya que el transcurso del tiempo no varía los hechos acae­cidos. El mismo Figueres con el correr del tiempo, quiso dar explicaciones sobre su actuación. En una última entrevista que sostuve casi forzosamente con él, pidió olvidara el pasado. Esa entrevista no buscada, fue organizada sin mi consentimiento por el buen amigo don Max Blanco, quien de forma reiterativa me venía diciendo a lo largo de estos años que don Pepe -de quien es también amigo-, había actuado así en el pasado producto de las presiones internacionales, las que conjuntamente con los militares de opereta ticos, le habían impedido cumplir su compromiso. Pero que él -Pepe Figueres- era un nombre de impulsos nobles y pundonor. Le expresé a don Max, que igual o mayor presión habían sufrido Arévalo y Prío Socarras y cumplieron su compromiso. El primero de ellos no solo estuvo presionado por Washington sino que amenazado. Muchas intentonas golpistas así lo confirmaron. Sin embargo Arévalo se jugó su presidencia para cumplir lo ofrecido y Guate­mala y su gobierno fueron generosos con las causas libertarias del Caribe. De igual forma se puede hablar de Prío Socarras, a quien una vez el emba­jador gringo le cuestionó mi amistad, diciéndole que me acababa de ver salir del Palacio presidencial. Este le contestó: «Sí, Rosendo acaba de salir y vol­verá nuevamente esta noche. Es mi amigo y está invitado a cenar conmigo».

De nada valieron estas observaciones al crédulo y bueno don Max Blanco y su insistencia tomó cuerpo, cuando al llegar a una cena en su casa, me encontré con José Figueres.

Yo fui el primero en hablar y puedo decir que lo que voy a copiar es textual, e invoco el testimonio de don Max para que desmienta si esto no es así: «Antes de entrar en una conversación contigo Pepe Figueres, quiero sepas que vengo aquí en la misma actitud que ostento en mi libro Quiénes y cómo nos traicionaron, y a confirmar en tu presencia que lo que cuento es lo que vi, lo que siento y lo que creo».

Figueres un poco pálido me dijo: «Ya ha pasado mucha agua debajo del puente y ahora podemos entendernos en beneficio de tus ideales». Lo más fue pura «plática de preso» como dicen mis compatriotas, entendiendo que el preso habla de cómo escapar y casi nunca logra nada…

Figueres en su reciente libro aparentando modestia trata de salvarse con relación a la lucha antisomocista, manifestando que «unas pocas armas ­que retenía en su poder cruzaron la frontera del norte para ayudar a darle el puntillazo final a la dictadura de Somoza». Si este hecho es cierto, algo pretendía Figueres, si no ha pasado la factura por esta «ayuda» si es que esas ­pocas armas no las vendió, ya la pasará. Algún negocio o recompensa tratará de obtener del gobierno sandinista.

El presidente Arévalo prometió/aseguró que no habría represalias y que, por el contrario, llamaría a los elementos más avanzados del picadismo, del calderonismo y de la clase obrera costarricense.

Lo de la adulteración de la carta del profesor Torres

Los hombres conscientes exigen pruebas antes de dar crédito a un cargo. En política es frecuente que los adversarios recurran a las más fan­tásticas elucubraciones para tratar de destruir a un adversario. No soy nave­gante novato en las tormentas del Caribe y sé de los rayos, los arrecifes, lo tiburones y las traidoras olas que pueden envolvernos; pero también sé que cuando se tiene un derrotero de principios y entereza de carácter pueden desafiarse las tempestades y llegar al puerto de nuestra meta. Si se tiene la verdad hay que respaldarla con paciencia y con firmeza.

Por eso siempre he tenido cuidado de no hablar al aire como se acos­tumbra mucho en nuestro medio. Tampoco soy amigo de ofender gratui­tamente. Pero cuando un hombre es una amenaza mortal para la sociedad a la que ha sorprendido con sus posturas demagógicas, es un deber cívico desenmascararlo, aun a riesgo de sufrir una mordedura venenosa, o morir de una bala por la espalda. Todo puede esperarse de quien ha hecho de la mentira y del crimen el sustentáculo secreto de un triunfo.

La carta de Figueres para el profesor Torres es absolutamente autén­tica, como lo puede comprender cualquiera que la examine, entre otras razo­nes por los siguientes relevantes detalles: a) está escrita en estilo dogmático que es muy propio del modo de expresarse del señor Figueres; b) está escrita en el papel, y con los sellos de la presidencia; c) el criterio que se expone en esa carta sobre política, sobre táctica y sobre las personas que enjuicia, es el que el señor Figueres ha emitido en multitud de ocasiones ante individuos y grupos durante muchos años; d) la táctica que anuncia que va a desarrollar, es exactamente la que ha llevado a la práctica durante los últimos diez años para conseguir su temporal encumbramiento; e) la firma que está estampada al pie del documento es la del señor Figueres, y esto fue confirmado por los mismos peritos de la Dirección Federal de México cuando se les brindó el documento en 1954 para que lo examinaran.

El señor Figueres hace esa afirmación con la irresponsabilidad que ya le caracterizó al hacer promesas y al manejar las finanzas en Costa Rica. ¿Pero dónde están las pruebas?

Ya publiqué la primera edición de Quiénes y cómo nos traicionaron en 1952, y no en 1956, como dice el malintencionado don Pepe. Permanecí resi­diendo en México cuatro años más, y ciertamente volví a Nicaragua en 1956.

Mi libro fue publicado con fondos míos. Lo firmo yo, y de él res­pondo todo el tiempo en cualquier forma y en cualquier terreno que se le antoje al señor Figueres. Para que no se dijera que atacaba de lejos, es que me trasladé a Costa Rica en mayo de 1958, donde permanecí por más de un año, solo con mi familia y anduve en todo sitio público a donde bien pudie­ron haberme pedido cuentas Figueres, si tuviera vergüenza, o sus conocidos asesinos de alquiler. Ya sé que es inútil hablar de dirimir querellas en el campo del honor a quien como Figueres ni siquiera tiene noción de lo que es el honor, y quien siempre supo con diabólica astucia instigar asesinatos sin arriesgar jamás su propia vida. Todo el tiempo se escudó en las acomodati­cias frases de que «Un hombre importante no debe exponer su vida por cosas personales» o de que «Fulano no vale la pena», y otro género de palabritas prefabricadas para justificar su cobardía en el terreno donde los que presu­men de ser hombres prueban si lo son en realidad.

Cuando yo fui jefe de la Guardia Presidencial en Costa Rica, tenía además un grupo de nicaragüenses armados en una finca vecina a San José. Por lo tanto había bajo mi mando dos fuerzas dominadas por nicaragüenses incondicionales, que con una palabra de mi parte podrían haber entrega­do no solo al gobierno sino a Figueres y a sus gabinetes ignominiosamente amarrados, como sin duda merecían. Comprendiéndolo así, los adversarios ­del régimen de la «Segunda República» me hicieron varias propuestas para que se les entregara la casa presidencial, a don Pepito en un saco y las armas bajo mi custodia. Para corroborar sus argumentos, un señor del calderonis­mo me dijo: «Sabemos que Figueres se está burlando de ustedes y solo los tiene para mientras se consolida». Le respondí: «Me doy cuenta que el gabinete de Figueres al menos, nos prepara una traición, pero prefiero que ellos pasen a la historia como traidores antes que manchar el honor de mi patria que en este puesto estamos representando».

Gobiernos adversos al «apóstol» Figueres, me ofrecieron por su ca­beza sumas que no las vale, a menos de que coticemos muy alto una fragua de perversidades. Él sabe que aunque ya sentía la puñalada trapera en mis espaldas, me fui del país, entregándole hasta el último rifle en la presiden­cial, el grupo que estaba en la finca entregó sus armas al resguardo fiscal. Todo esto es muy ingenuo y lo convierte a uno en derrotado, pero la derrota y a veces la muerte misma es el precio del honor y la lealtad.

Lo de que estoy espiritualmente despedazado

Tiene razón el señor Figueres al creerme «espiritualmente despeda­zado» como apunta en su escrito. La vil puñalada que me asestó en la espalda era para destruir física y moralmente a una persona de menos reservas psico­físicas. Mi padre perdió cuanta clientela tenía en Nicaragua como abogado por haberlo abandonado todo para ir a Guatemala a apoyar a Figueres ante Arévalo. Mis hermanos también dejaron sus hogares con el fin de acompa­ñar a don Pepe. Mis amigos, los que en el campo de batalla siempre estuvie­ron al frente, dejaron hogares, y algunos de ellos, como el citado capitán José Santos Castillo, abandonó la gerencia de una fábrica de sombreros en Gua­temala, para poner sus inmensas capacidades como metrallista y su noble pecho del que creíamos «apóstol de la unión y la libertad Centroamericana».

Yo por fin, exiliado por Figueres en México, sin papeles de residen­cia, con un proceso encima en el mismo México, por el asunto de las armas que había conseguido para él, sin que este al llegar a la presidencia hubiera querido interponer sus gestiones para acabar con este proceso, fui despojado de mi pasaporte cuando llegué al consulado tico para tratar de visado para reingresar a Costa Rica.

Mi padre estaba ya incurablemente enfermo. En México no se puede trabajar sin tener residencia, sentimos hambre, frío y todas las tristezas de la miseria. Doy por bien merecidos esos sufrimientos en cuanto a mi persona se refiere por haber incurrido en el fatal error de haber puesto mi concurso de modo tan incondicional al servicio de un hombre sin haber investigado sus antecedentes. Si los escasos 24 años que contaba yo entonces, cuando comencé a ayudar a Figueres, son una explicación, esto no basta, yo que debí haber investigado sus antecedentes en los cuales pude haber constatado que sirvió de espía de una potencia totalitaria en contra de los intereses de este continente, lo que hubiera bastado para descalificar moralmente a Figueres al verlo despojado de su disfraz, catalogándolo como lo que en realidad ha sido y es: un impostor, el más grande impostor de la historia del Caribe.

Mas la fe cristiana que me anima, una constitución vigorosa, el re­cio y tenaz ancestro vasco de los Argüello, agregándose a toda la imperiosa necesidad moral de rectificar mis errores pasados, destruyendo a la serpiente que yo hice crecer, me tienen hoy más fuerte y decidido que nunca. Me entreno como un atleta y enfrento la lucha que viene ante las fuerzas tota­litarias emboscada bajo la jefatura de Figueres, con serenidad y decisión de llevar esta batalla hasta nuestra victoria final.

Sobre todo judas se proyecta siniestra la sombra de la horca

Figueres, mediante traiciones, maniobras de volatinero político y so­bre todo, mediante la distribución adecuada del dinero de Costa Rica entre agentes de propaganda, ha logrado ser oído y ser tomado en serio por perso­nalidades del continente. Desde el pedestal de la presidencia ya fueron oídos también mandatarios que hoy son repudiados. El fenómeno no es nuevo, y tampoco será nuevo el desenlace cuando el globo de su farsa se le desinfle como inevitablemente sucederá antes de mucho tiempo más.

Se puede mediante el talento teatral y el sentido de la publicidad respaldado por el dinero, desorientar el criterio de personalidades y pueblos enteros durante un corto período; pero nadie ha podido aún engañar a la historia. El generalísimo Trujillo gozó durante un tiempo de la amistad de los Estados Unidos y dio su nombre a la capital dominicana, y su monumen­to fue el más alto del continente. Todo hoy yace en tierra, derribado por las mismas manos que lo aplaudieron. El mariscal Stalin fue sin duda alguna un gran líder del mundo soviético. Fue llamado «Stalin el Grande» por el mismo Churchill. Fue admirado por Roosevelt. Las ediciones soviéticas de ­la historia rusa hacían de Stalin la más grande figura de toda la historia rusa. Aquello solo duró treinta años. Hoy hasta su cadáver fue sacado del mausoleo de Lenin, y solo la posteridad podrá pronunciar el fallo definitivo.

Ahora no es difícil imaginar cómo pasará a la historia el señor Figueres, quien se ha erguido sobre un pedestal de engaños; quien traicionó a más abnegados y fieles amigos; quien traicionó a los principios que proclamaba; quien asesinó a sus adversarios y aun los mejores amigos que le prestaron su ayuda, como en el caso del masacrado capitán nicaragüense José Santos Castillo; quien jamás pagó los dineros que se le prestaron en Nicaragua; violó el pacto del Caribe; quien violó el pacto firmado en la embajada de México con los representantes de los trabajadores costarricenses; quien quiso asesinarme a mí junto con toda mi familia, incluso a mi hijo de un año de edad y del cual Figueres era padrino, cuando se intentó ametrallar mi casa por un grupo de soldados y oficiales del ejército del cual era él comandante. De este ataque me salvé gracias a una valiente y hábil maniobra de un grupo de amigos nicaragüenses, quienes armados con fusiles y escopetas cercaron y capturaron al grupo agresor, a quienes por cierto llegó personalmente Figueres en pijama a evitar que mis compañeros los fusilaran frente a mi propia casa, como que­rían hacerlo y como se lo merecían. Que Figueres ordenó este ataque porque yo estorbaba sus ambiciones fue confesado por el mismo jefe del destacamento atacante, tema que pormenorizaré y divulgaré en otra ocasión.

Una noche me acostaba para dormir seis horas, y al otro día trabaja­ba veinticuatro horas. Lo más difícil de afrontar era el personal responsable que tuviera sinceridad en su promesa de laborar seriamente a favor de todos. Para la guardia personal de Figueres, sobre todo en las noches en que cada cual deseaba irse de fiesta con las amables damitas que sobraban, tuve que recurrir mientras se formaba el equipo adecuado, al cansado capitán Casti­llo, a varios compatriotas amigos personales y a mi propio hermano, pues ya en la victoria no abundaban los voluntarios para velar el sueño de Figueres, amenazado constantemente de un asalto enemigo.

Al mismo tiempo que organizábamos la defensa de Figueres, tuvi­mos que intervenir en diversos casos de abusos de poder, viéndonos impo­tentes ante tantos desmanes y atropellos para poder evitarlos. Como jaurías hambrientas «los heroicos soldados de escritorio» de Figueres comenzaron una caza de brujas contra moros y cristianos.

Una de las personas en primer lugar ultrajadas y encarceladas, fue el padre del sacerdote Arié, que nos había relacionado a Figueres y a mí. Cuando dije esto a Figueres, una tarde, me contestó que estaba demasiado cansado para meterse en detalles. Tomé bajo mi responsabilidad la sacada de la cárcel del citado caballero, y envié al general Velásquez con un pelotón de la guardia de honor, y como era de esperarse el general Velásquez cumplió su cometido a pesar de la oposición de los carceleros. Resulta que el padre Arié había sido antifascista, y Delcore, al igual que casi todos los lugartenientes de Figueres, habían sido fascistas, de modo que estos ex «camisas negras» tomaban violen­tas represalias en contra de los republicanos y liberales. Al otro día Delcore, respaldado por el nuevo y ostentoso ministro de Seguridad Pública, teniente coronel Edgar Cardona, me hizo insolente reclamación en plena casa presi­dencial, a los cuales me vi precisado a contestar con pistola en mano dicién­dole: «ni como hombre, ni como funcionario, soy alterno con nadie; pero he hecho voto de no admitir jamás, si estoy en condiciones de igualdad, el insulto de nadie, así que hábleme con la debida cortesía o hábleme a tiros …», el ostensiblemente alcoholizado oficial Delcore, de origen italiano, entró en razón, y me dijo que algún día me arrepentiría de andar protegiendo a los enemigos, y que ya hablaría con Figueres, dicho lo cual, se fue.

Realidades figueristas

Al día siguiente que Delcore y secuaces encarcelaron al papá del padre Arié, a quienes Figueres decía profesar profunda estimación, le relaté a este los pormenores del caso: su reacción para el abusivo subordinado fue enviarle una tarjeta en la cual manifestaba a Delcore que su proceder le ha­bía resentido mucho. Y ya es de imaginar que hampones de esta laya, jamás modifican su conducta porque el jefe les diga simplemente que sus fechorías le provocan «resentimiento».
La flamante junta comenzó a funcionar, y su eficacia fue como es de sobra conocida, todo verbal. Se habló de cambiar el escudo de Costa Rica, por uno diseñado por el señor Facio, que según él simbolizaba, de manera patética, la honda transformación que el país estaba sufriendo bajo la dirección sapientísima de. la que se llamó a sí misma Junta Fundadora de la Segunda República de Costa Rica. Pronto se olvidaron de seguir adelan­te las interminables y doctas discusiones en torno al masónico simbolismo que debía darse el nuevo escudo, para hablar de la nueva bandera; tampoco pudieron resolver este nuevo problema, porque la apremiante situación eco­nómica exigía levantar fondos a toda costa.

Al mismo tiempo que la Junta Fundadora tomaba una serie de me­didas arbitrarias que paralizaban la vida económica del país, los militares llamémosles así, formaban una camarilla enemiga de la Junta de Gobierno la que consideraban compuesta de charlatanes bien vestidos, de inútiles; P-­al mismo tiempo esta misma camarilla de «militares» perseguía a los ciuda­danos desafectos al nuevo régimen, con toda ferocidad que apenas tiene pa­rangón con las represalias desatadas por las más brutales tiranías del Caribe. Cortaron la cabellera a multitud de damas, entre ellas conocidas pedagogas para luego meterlas que en las cárceles destinadas a mujeres de vida licencio­sa. En otros casos apalearon tan rudamente a mujeres en estado de embara­zo, a tal grado, haciendo que los golpes de los sayones figuerista las hicieran abortar el niño muerto a consecuencia de los golpes. En otra ocasión me tocó ir a sacar de la casa, donde había sido abandonado, un niño que apenas podía andar, que estaba sucio y enloquecido por la ausencia de su padre y madre, que habían sido puestos en la cárcel. El niño gritaba hora tras hora sin que sus lamentaciones conmovieran a la policía que rodeaba la casa, y que dándose cuenta de la situación de la criatura desamparada, no tuvieron siquiera el hu­mano gesto de llevarle agua. Me refiero al niño del licenciado Luis Carballo.

En repetidas ocasiones llevé mis protestas al Sr. Figueres, haciéndole el relato concreto de los casos de ultrajes y crímenes inenarrables en todos sus detalles, que yo había comprobado. También le previne de la abierta cri­tica que la poca gente honrada, que había entre sus amistades, hacían de la sangrienta trayectoria de su gobierno, calificándolo a él como cruel sátrapa, o inútil ornamento de un gobierno que se decía presidir sin dar muestras de autoridad en forma alguna. No solo dije esto a Figueres, sino a la junta y sus amigos más cercanos. Esto agudizó la presente envidia y mala voluntad que los figueristas sentían por el grupo de engañados nicaragüenses que les proporcionamos material y personalmente los medios de la victoria. Resultó cada vez más inútil el que yo les recomendara que aunque fuera por interés propio, no ya por una hidalguía que a esa fecha yo sabía que no podía esperar del figuerismo, que no amedrentaran a los ciudadanos, porque un régimen de temor incita a las conspiraciones, frenaba el proceso de los negocios y causaba el desorden económico y civil, con el consiguiente debilitamiento del régimen, que deseaba mantenerse solo por la fuerza bruta, sin ofrecer ningún halago, ni a las masas ni a los hombres de empresa.

Para contrarrestar el ambiente «gangsteriano» que la Junta auspiciaba en todas las dependencias del gobierno, y para fortalecer a Figueres en cual­quier trayectoria elevada que yo esperaba que de un momento otro tomaría para salvar la situación, y salvarse él y salvarnos a nosotros, sus aliados nica­ragüenses, del inevitable descrédito que nos sobrevendría ante el público, en general desconocedor de los conflictos internos entre el figuerismo y nosotros sus aliados nicaragüenses, aparentemente solidarizados en el «nuevo orden», es que traté, y logré en parte, hacer que la guardia presidencial, que el cuerpo especial de seguridad, y que todas las dependencias directas de la presidencia, tuvieran la mayor independencia posible, tanto de la Junta, como del ministe­rio llamado de seguridad pública, que manejaban Cardona, Marshall y Ma­nuel Enrique Herrero, trío cuya criminalidad les hace campeones del crimen político de Centroamérica. Creo que al principio mi plan de independizar a Figueres y de darle fuerza propia para realizar las nobles intenciones que yo le atribuía, cuando una experiencia no me había desengañado, alegraron a este que aunque no le haya importado nunca los atropellos que su banda cometía con los ciudadanos adversarios y neutrales por igual, sí vivía atemorizado por los rumores constantes que le llegaban sobre las efectivas conspiraciones de Cardona y sus demás jefes militares, así como la que atribuían al calderonismo.

Por el deseo y la necesidad urgente de Figueres tenía de obtener cuer­pos bien adiestrados, que fortalecieren su paridad personal dentro de aquella turba desenfrenada, es que me nombró, además de secretario General de la presidencia, jefe de la guardia presidencial, director del cuerpo especial de seguridad, secretario de la comandancia General y jefe de Capitanías. Sus militares trataron de sabotear, y lograron en gran parte hacerlo, el plan de hacer de los grupos, que estaban directamente bajo la orden del presidente Figueres y mía, los mejores armados, por lo menos en cuanto a volumen de fuego se refiere, de todo el país, y logré adiestramiento y disciplina sobre un grado altamente satisfactorio; pero por encima de todo me complace declarar que los muchachos de la guardia personal de Figueres, los del cuerpo especial de seguridad y los de la guardia presidencial, escogidos por sus limpios antece­dentes morales, jamás cometieron abusos ni crímenes de clase alguna. Prohibí terminantemente la requisa de automóviles que era la mejor distracción del «bizarro» ejército de liberación, ya entonces dependiente de Cardona y Mars­hall. Di instrucciones muy claras al personal de la presidencia para que tratara con invariable cortesía a toda persona, sin hacer distingos políticos, que llegare a solicitar cualquier servicio a la casa presidencial, como pueden testimoniarlo los mismos calderonistas que en diversas ocasiones llegaron con problemas que debían ser resueltos en mi despacho.

La agresividad de los militares de la segunda república y de los miem­bros civiles de la Junta se tornó más violenta y descarada en contra de los nicaragüenses que respaldábamos la persona de Figueres, y que tratábamos de que en Costa Rica se realizaran las promesas de justicia y libertad que este nos había ofrecido. Figueres tuvo que decir que la Junta no deseaba que llegara ningún nicaragüense a la Casa Presidencial aunque fuese miembro de mi propia familia. Se me obligó a despedir a una jovencita nicaragüense hija del General Guillén, a quien yo había empleado como mecanógrafa, en la secretaría de correspondencia de la presidencia. Figueres me aconsejó presionó para despedir a los viejos y leales instructores nicaragüenses de los diferentes cuerpos militares de la presidencia. Y como esto ya resultaba hu­millante para mí, tomé unos libros personales que yo tenía en la presidencia y me dispuse a marchar a mi casa, no sin antes decirle a Figueres que me iba de una oficina presidencial donde no había presidente, sino un instrumento de la intriga y del «gangsterismo» uniformado; que yo no estaba de acuerdo ni con la política económica, ni con la violencia que la llamada segunda ­república empleaba, y menos podría estarlo ahora, en que el veneno de sus esbirros se lanzaba ya hasta en contra de los nicaragüenses que, embauca­dos, le habíamos ayudado decisivamente para llegar al poder. Figueres habló largamente y me convenció, debo confesarlo, de que, como un sacrificio más en aras de la causa centroamericanista, debía estar cerca de él, ser indife­rente a la intriga y a la envidia que me mordía sin cesar, hacer concesiones. dar los últimos toques de adiestramiento a los guardias presidenciales, y luego dedicarme a formar una finca de él (sic), un cuerpo de nicaragüen­ses escogidos, que al mismo tiempo que constituyere una «reserva» para él, mientras estuvieran en el país, serían los que una vez llegadas las armas que estaban por pedirse al exterior, debían de utilizarlas para la revolución en Nicaragua como próxima etapa de la jornada unionista y democratizadora de Centroamérica.

Una vez que se dieron cuenta los compañeros de la junta de Figue­res, y los entorchados militares de la segunda república, que nosotros los nicaragüenses estábamos constituyendo nuestra propia organización militar tanto para respaldar a Figueres, como para tener capacidad de aprovechar las armas en cuanto llegaran, se dieron a la ejecución de toda clase de planes para echarnos del país, o asesinarnos traidoramente.

Una madrugada llegó a buscarme a mi domicilio un teniente del «Ejército de Liberación Costarricense», con el recado de que el jefe del estado mayor «coronel» Frank Marshall necesitaba verme con urgencia su cuartel. Le contesté que no hacía visitas a esas horas, y que si el coronel Marshall deseaba hablar conmigo, haría la excepción con él de recibirlo a horas intempestivas.

Al rato regresó en otro tono acompañado de un pelotón de soldados, advirt­iéndome que sus órdenes eran que si yo no iba por las buenas, él tendría que llevarme por las malas. Quiso aprehenderme, pero el fuerte argumento de la pistola, que saqué con presteza, le convenció de que personalmente no podría capturarme; requirió a su gente para que rodease mi casa, donde vivía con mi esposa, mi hijo recién nacido y otros parientes; pero cuando los soldados de la segunda república rodeaban mi casa alistándose para asaltarla, fueron sor­prendidos por un grupo de mi propia gente que, con algunas ametralladoras, rodearon a mis sitiadores. Yo había tenido la previsión de tener en una casa vecina a un grupo de compatriotas armados lo mejor que en aquellas circuns­tancias era posible, y ellos salvaron mi situación, acudiendo a mi llamado.

El Sr. Presidente fue también avisado, y llegó en ropa de dormir, y al observar la situación, hizo reflexiones a los desleales forajidos que preten­dieron liquidarme, porque según Marshall mismo confesó, el propósito era sacarme a la carretera para tirarme y enterrarme allí mismo.

Esa noche, Figueres en vez de imponerse varonil y jerárquicamente, como le correspondía en calidad de Presidente y Comandante en jefe del ejército de liberación, manifestó a sus muchachos con aire contrito, que le mortificaba mucho esa exactitud de ellos que me debían todo a mí, pues sin mi concurso no se hubiera fundado la segunda república. Al oírle no pude contenerme y exclamé: «Como sigan estos bravucones fastidiándome, me veré obligado a pelear por establecer una tercera república con gente más decente». Esto lastimó más a don Pepe Figueres que la intentona que para asesinarme hicieron sus propios «muchachos», y al día siguiente, en la casa presidencial, me hizo amargas recriminaciones sobre mis palabras, expre­sándome que nunca esperaba que su más leal colaborador hablara de destruir su obra para fundar una tercera república. «Como en la segunda república no saben corresponder, humana y fielmente, a quienes nos jugamos la vida por ayudarle, no merecen otra cosa que nuestro repudio y nuestra enemistad», fue lo único que le dije.

Antes que nosotros, los nicaragüenses, formáramos nuestro propio cuerpo militar, ya se había organizado la «Legión Caribe» bajo el mando inmediato del capitán Miguel Ángel Ramírez, dominicano que represen­taba los intereses del exsenador y exsocio de Trujillo, el gran terrateniente y millonario don Juan Rodríguez. La Legión Caribe pronto se pareció, por su composición, a la «Legión Extranjera», pues en ella se agruparon domi­nicanos, hondureños, como principales jefes, nicaragüenses de todo partido, salvadoreños y algunos costarricenses. Establecieron su cuartel General en pleno centro de la ciudad. Su ocupación era hacer marchas y ejercicios de orden cerrado dentro del patio del cuartel, cobrar su sueldo, en las tarde perturbar a las muchachas que pasaban por las cercanías de su cuartel, y en la noche provocar escándalos cuando se emborrachaban. La Legión Caribe fue considerada el instrumento de los reaccionarios de Nicaragua, que hicieron causa común con don Juan Rodríguez y los hondureños que pretendían ­que Figueres les ayudara a ellos, en lugar de cumplirnos a los nicaragüenses a quienes debían todo. Aunque la alianza con el «Ejército de Liberación» ayudándole en sus saqueos, requisa de automóviles y persecuciones de todo género, nunca fue un ejército eficiente. Sus jefes sí se cuidaron mucho lucir vistosos uniformes, y sobre todo, a desplegar alardes de exhibicionismo haciendo declaraciones por medio de agencias noticiosas internacionales, que hacían temblar al Caribe. Es justo reconocer que algunos militares ni­caragüenses con ideas y planes propios, como el coronel Gómez, el capitán Báez Bone y el eficiente coronel Francisco Morazán, trataron por todos los medios posibles de mejorar la entereza y disciplina de los «legionarios», aun­que la falta de respaldo de los supremos expertos dominicanos no les permi­tió desarrollar debidamente los planes que tenían para convertir a la Legión del Caribe en eficaz instrumento militar.

En el mismo público tico había, y todavía existe, mucha confusión respecto a la organización que yo comandaba, a la que llamamos «Compañía Rafaela Herrera» y la Legión del Caribe, puesto que mucha gente me supo­nía el jefe de esta última, y a nuestro cuerpo y a la Legión como la misma cosa, cuando en realidad fuimos siempre de diferente tipo de organización. con muy diferente espíritu, y sobre todo, con finalidades políticas muy dife­rentes a las que animaban a los jefes mercenarios de los legionarios.

Para hacer promociones y otorgar grados los componentes de la com­pañía Rafaela Herrera, acantonados en la hacienda Río Conejo, fueron exa­minados y sometidos a pruebas rigurosas por delegados del estado mayor de países amigos de nuestra causa. Y en justo reconocimiento a la disciplina de los muchachos de nuestro cuerpo, debo decir que ni una sola vez provocaron un escándalo en sus días de licencia, cuando visitaban la ciudad. El agregado militar de un poderoso país, invitado por Figueres a inspeccionar nuestro cadetes y a presenciar sus ejercicios de orden abierto, no tuvo inconveniente en decir a Figueres, delante de varios personajes enviados de presidentes amigos: «Me sentiría orgulloso de comandar este cuerpo», sentimiento que yo compar­tía y aún siento; aunque nuestro propósito haya sido equivocado, obramos de buena fe, y cumplimos nuestro deber sin arredrarnos ante ningún sacrificio.

El Capitán Báez Bone creía en ese tiempo, debido a versiones ma­lintencionadas, y también a la estructura poco ortodoxa que en muchos as­pectos di a nuestra compañía, entre otras cosas las de dar el mando a la organización, ocasionalmente, a militares de clase inferior, y a castigar más severamente a los de orden superior, por igual falta, que a los inferiores, que yo era enemigo del ejército por principio. Y él, que con razón cree que de nada sirve la razón sin el respaldo de la espada, que la estabilidad de los mismos gobiernos democráticos, aunque sus procedimientos sean institu­cionales, deben contar con el respaldo de un cuerpo eficiente y bien armado, respetuoso de la ley, pero siempre listo para hacerla respetar a los presuntos transgresores. No obstante este mal entendimiento con Báez Bone, cuando él supo del asalto del que fue víctima por parte de Marshall y su banda lla­mada «Ejército de Liberación Costarricense», manifestó su solidaridad y se puso a discreción mía para contribuir a mi seguridad personal.

Probablemente el proceder de un crecido número de miembros de la Legión del Caribe desvirtuó las buenas intenciones que tenían varios de sus componentes, pues del mismo modo que Báez Bone, Horacio Ornes, ambos en aquella época francos, hábiles y tenaces enemigos míos, junto con ellos trabajaban otros jóvenes que con honrados anhelos, como en el muy conocido líder estudiantil nicaragüense, Carlos Cantero (este último nunca dejó de ser mi amigo personal), luchaba contra la corriente dominadora que introducía la desorientación política que siempre distinguió a la teatral «Legión Caribe».

Cuando ambos grupos, la Legión del Caribe y la Rafaela Herrera, estuvieron organizados adecuadamente según el criterio de nuestros respec­tivos asesores técnicos. Figueres aconsejó la fusión de ambos conglomerados; pero, ¿quién sería el jefe? Los conservadores de mi patria aconsejaron que fuera un dominicano, que por ser extranjero probablemente tendría cualida­des imposibles de alcanzar por un nicaragüense, según el criterio del grupo conservador que en aquel momento decía representar a su partido. Figueres, ante mis amigos, y ante mí, sin decirlo, manifestaba su adhesión a mi perso­na, aduciendo argumentos que en resumen se fundaban en el hecho de que a pesar de no poder dominar muchos detalles técnicos del arte militar, en lo esencial mis conceptos sobre la conducción de operaciones militares, había dado resultado satisfactorio en Costa Rica y el programa que se elaboró para el adiestramiento de los grupos bajo el comando, junto con el conseguimien­to de armas y en su traslado, fueron calificados como un poco severos pero de efectos prácticos.

Naturalmente que el Sr. Presidente Figueres era el árbitro de la situa­ción, y sus principios, métodos y tácticas debían de ejecutarse, porque de mar él un rumbo fijo, nadie hubiera podido desviarlo, no obstante cuando ~ visitaban representantes de la Legión del Caribe, expresaba a ellos su admira­ción por el dominicano Miguel Ángel Ramírez, y su deseo de verle comandar las fuerzas revolucionarias del Caribe. Figueres estimulaba las pretensiones ­de cada grupo haciendo a cada quien declaraciones «confidenciales» que él a la postre sabía hacer salir triunfante la jefatura de quien en esos momentos que le hablaba. Notando en parte su juego, que yo califica ventosas de hon­radas vacilaciones, pero molesto por aquella baja guerra de intrigas, durante la cual las delegaciones de grupos antagónicos visitaban a Figueres hasta dos y tres veces en el mismo día, pintándome con los colores que es de supone. decidí dejar en manos de este la solución del problema manifestándole ere= su eterna vacilación, sin resolver por la forma y jefatura que debía de darse al movimiento revolucionario de Nicaragua, estaba fortaleciendo rivalidades y enemistades en perjuicio de la causa. Figueres insistió en que yo debía e= quedar como jefe del movimiento nicaragüense, pues desde la guerra civil e= Costa Rica así lo habíamos convenido; que mi retiro sería una traición a los grupos que lo habían ayudado por fe en mi persona, y que si yo tenía princi­pios firmes por los cuales luchar, debía de garantizarme mediante la jefatura militar, de que la revolución no sería traicionada por los políticos que siempre se aprovechan del esfuerzo ajeno; que él me apoyaría para que yo fuera el único que saldría con mi gente, bien armada, de Costa Rica, pero que le era preciso jugarle «política» a los demás grupos para evitar choques violentos Quedamos en esa ocasión en que los dominicanos les darían las armas que habíamos llevado del exterior, y que para mi organización mandaría a com­prar, oficialmente al exterior, el armamento que yo le indicara.

La noticia de que Figueres mandaría comprar armas para entregár­noslas, fue conocida de los diferentes grupos rivales, con el consiguiente re­crudecimiento de su enconado sabotaje. Fueron a denunciar el hecho al estado mayor figuerista, y estos, a su vez, enfurecidos, intensificaron su persecución en contra de todos mis amigos, y decidieron liquidarme a toda costa. Hubo un consejo de oficiales costarricenses figueristas, y todos mis excompañeros de ayer, sin exceptuar a uno solo de los que años antes me buscaban para que les ayudara y que pudieron comprobar los sacrificios que hice para procurar­les las armas, acordaron pedir la disolución del cuerpo nicaragüense que yo comandaba y mi captura inmediata. Este acuerdo de leal consejo de oficiales, excompañeros de armas míos, lo he publicado en Diario de Costa Rica un año más tarde, por motivo del proceso que le siguieron a Cardona por haberse levantado en contra de Figueres, siendo su ministro de Seguridad Pública; mi padre reproduce el referido documento en su libro La verdad en marcha. Fi­gueres se negó a esta petición de sus militares, considerando, entre otras co­sas, que en aquel momento la liquidación de mis fuerzas significaba también su derrumbe, pues su más leal y auténtica reserva era la que yo comandaba. El mismo consejo de oficiales de la «Segunda República», vista la negativa de Figueres, decidió atacarnos sorpresivamente y asesinar a todos los nica­ragüenses de Río Conejo, para lo cual comenzaron a hacer investigaciones sobre nuestras armas, organización, etc. Cuando me enteré de este propósito, invité al ministro de Seguridad Pública, «coronel» Edgar Cardona, para pre­senciar las maniobras de mi gente en la montaña donde estaban acantonados. Pudo observar cómo los «cachorros», así se autodenominaban los nicas que yo comandaba, desarmaban cualquier tipo de ametralladora, y la volvían armar con los ojos vendados, en pocos segundos, tiempo máximo alrededor de un minuto; y no lo hacía uno solo, sino· cualquiera, desde el oficial comandante hasta el cocinero. Los vio practicar ejercicio de comandos, emboscadas, «ca­mouflaje», lucha cuerpo a cuerpo, tiro al blanco, etc. Y se volvió a su cuartel, ya en la tarde, a comunicar a sus bravucones que era muy peligroso atacar a los pinoleros porque estaban «demasiado preparados».

Se optó, pues, por una táctica más traicionera y menos peligrosa para ellos y volvieron a las emboscadas en mi contra. Por medio de un oficial figuerista, que se decía amigo nuestro, se me invitó junto con varios compa­ñeros a ir a una fiesta a Santa Ana. Comprendiendo que sería imprudente ir, ordené que nadie aceptase so pretexto de exceso de trabajo. Desgracia­damente el valiente capitán nicaragüense, José Santos Castillo, algunos de cuyos osados actos he mencionado antes no pudo resistir la tentación y se fue sin mi permiso. Al entrar en el lugar de Santa Ana donde se celebraba el baile, fue detenido por un policía de la «Segunda República», le dijo que por orden del ministerio de Seguridad Pública, ningún oficial de grado que fuere, podía entrar en una fiesta portando arma. El capitán Castillo le entre­gó la pistola que portaba al policía, ofreciendo este devolvérsela a la salida. Según relato de la joven que acompañaba al infortunado capitán Castillo, este fue llamado a media fiesta, y al salir a la puerta fue acribillado a balazos por un pelotón de soldados del ejército figuerista, los mismos excompañe­ros que el capitán Castillo había defendido denodadamente en los campos de batalla, ahora le disparaban inclementes, con las propias armas que yo les conseguí. Castillo cayó herido, pero con vida, gritando: «No me maten, recuerden que soy de los mismos; soy el Capitán Castillo, no me mate … pero nuevas descargas hechas ya a cinco metros de distancia pusieron – – robusto y noble compatriota, quien abandonó a su mujer y cinco hijos , correr a unirse con nosotros en la revolución de Figueres.

En la madrugada me avisaron que el cadáver de Castillo estaba en «morgue» del Hospital de San José. Al enterarme de lo ocurrido decid:. A acuerdo con el general Velásquez, Caldera y mi primer ayudante y fiel a Alejandro Lacayo y otros, nuestro inmediato traslado a Santa Ana, armad todos de subametralladoras con el inquebrantable propósito de barrer a los bardes asesinos del capitán Castillo. No encontramos a nadie. Luego supimos que todos habían sido llevados a un cuartel de San José; por orden de Marshall, Cardona y Manuel Enrique Herrero, director de policía este último punto ante nuestra violenta protesta, se mostraron condolidos, y juraron que harían ­una investigación y castigarían rigurosamente a los culpables del crimen, para cuyo efecto ya habían detenido a toda la guarnición de Santa Ana. Delegué en el general Velásquez mi representación para que comprobara que efectiva­mente se procesaba y castigaba a los asesinos. Al día siguiente, me dijo que habían sido encontrados los verdaderos autores de la muerte de Castillo, que eran dos calderonistas que, disfrazados de soldados figueristas, los había tirado luego de que las autoridades del cuartel le habían mostrado los cadáveres de los culpables, que confesos, habían sido ejecutados al instante.

Poco después averigüé que el plan de los «militares» de la «Segunda República» era hacer que yo fuera a Santa Ana con todo mi estado mayor, para una vez allí matarnos a todos en plena fiesta; pero como solo fue Cas­tillo, este resultó siendo la única víctima. También comprobé que los cadáderes que enseñaron al general Velásquez en el cuartel, no eran de soldados figueristas ni de calderonistas que se hubieren disfrazado de soldados para cometer crimen alguno, sino dos trabajadores costarricenses detenidos desde hacía tiempo por ser antifigueristas, y que fueron asesinados por los partida­rios de este, aprovechando la ocasión que se presentó para decir que eran los autores de la muerte de Castillo.

Bueno es manifestar aquí que a pesar de nuestras gestiones de protes­tas, ni Figueres, ni miembro alguno de la Junta Fundadora, se preocuparon por esclarecer y menos aún castigar este horrendo crimen perpetrado contra el mejor ametralladorista del ejército de Figueres. El gobierno de este no puso más atención a éste asesinato que el que le hubiere puesto a la noticia de un gato aplastado por un automóvil en cualquier esquina de la ciudad. Ni un solo miembro de la Junta fue al entierro del capitán Castillo, de cuyo ataúd todavía goteaba la sangre cuando era llevado al cementerio. Las manchas que esa sangre dejó sobre las calles de la capital, cuyo dominio entregamos a aliados traidores y pérfidos, no podrá ser lavada jamás si no es por la de los criminales del Junta Fundadora, escuela de simulación, «gangsterismos» y de deslealtades más grandes que registra la historia de Centroamérica.

Cuando el capitán Castillo se fue a Costa Rica para engrosar las filas de Figueres, seducido por las promesas unionistas que este nos había hecho a los nicaragüenses, dejó la gerencia de una fábrica de sombreros, empleo en el que ganaba muy bien. Hoy la viuda y sus hijos perecen en la mayor miseria, sin que jamás nuestras gestiones ante Figueres, cuando este era presidente, hayan dado resultado alguno para que le asignare alguna pensión a las víc­timas de sus esbirros.
Con motivo de la creciente hostilidad de nuestros exaliados mani­festada en insultos y agresiones, solo algunas de las cuales es posible rela­tar, pues suman tantas que por sí mismas llenarían todo este folleto, urgí a Figueres reunir el dinero para mandar a comprar las armas prometidas, y pronto estuvieron listos cien mil dólares. Una noche llegó mi viejo amigo Walter Lotz con el cheque bancario de cien mil dólares, y la siguiente propuesta de Figueres y de la «Junta Fundadora»: que si yo prefería quedarme con esos cien mil dólares, en vez de emplearlos en la compra de armas, bien podría hacerlo con tal de que los empleare en algún negocio en el mismo país, pero que si insistía en que ellos, mis aliados, cumplieren lo prometido, estaban dispuestos a enviar oficialmente una delegación que yo mismo nom­braría, para comprar las armas que indicare. Como es lógico suponer, opté por el último camino, puesto que no fui a Costa Rica en busca de negocios, sino en pos de un ideal por el cual no solo dejé comodidades personales, sino que estaba dispuesto a sacrificar la vida por su consecución. Nombré al nicaragüense Julio García y al costarricense Daniel Oduber como encar­gados de la compra de armas. Nuestras gestiones en el país parece que nos había ayudado desde el principio, lograron que su presidente aportara otros cien mil dólares. Por motivos que nunca pude esclarecer, García y Oduber compraron solo treinta mil dólares en armas cortas, doscientas subametra­lladoras Reising, y aunque devolvieron el sobrante del dinero al gobierno de Costa Rica, no sé qué empleo se dio a estos fondos que teóricamente eran del grupo nicaragüense a cuya orden se puso ese dinero. En cuanto a las armas, cuando llegaron, el gobierno tico no quiso darnos una sola subametrallado­ra, alegando que la amenaza del calderonismo les obligaba a mantenerlas a disposición de su propio ejército.

Olvidaba relatar que mientras-esperábamos la llegada de las armas vieron a formarse, más organizadamente los mismos grupos que ante país-base intrigaban para que las armas se les entregasen a ellos y no a Figueres. Ahora reclamaban de este una ayuda efectiva y que me hiciera a mí a un lado. Yo no culpo a los delegados del general Chamorro, encabezados por e Dr. Gustavo Manzanares, de tratar de «capitalizar», para su partido, el apoyo Figueres, pues es finalidad de cada partido político la obtención del gobierno.

Y es preciso aclarar aquí, que a pesar de la fuerte rivalidad política, y la pugna constante que existió entre el Dr. Manzanares, don Toribio Tijerino y el grupo que yo encabezaba, de estos señores no tengo nada personal que resentir, pues por el contrario, en el terreno individual mantuvimos siempre cordiales relaciones y caballeroso trato; pero entre la gente que decía simpatizar con ellos, se estableció nuevamente un verdadero comité de difamación para mis compañeros y para mí. Sin embargo, creo necesario relatar que uno de estos políticos tradicionales, no solo se quedó en las sombras, sino que utilizó todo tipo de truculencias para hacernos daño. Resulta que el doctor Prío Socarrás, había enviado con un delegado personal -el compañero Eufemio Fernández- sesenta mil dólares para ayuda económica a nuestro grupo. Desgraciadamente nos encontrábamos en misión en Guatemala, tanto el suscrito corno el tesorero del movimiento, don Octavio Pasos. Quién sabe cómo el general Carlos Pasos se dio cuenta y, aprovechando tener el mismo apellido, buscó a Eugenio y este, en un gesto de sencillez le entregó el dinero. Ni qué decir que fue imposible obtener por las buenas la devolución de esa importante suma. El referido político era muy hábil en esos engaños y la difícil situación reinante en Costa Rica nos hizo abstener­nos de tomar medidas drásticas en su contra. Según supe después tal suma no fue utilizada en provecho propio, sino que ingresó a las arcas del partido Conservador, vale decir del movimiento liderado por el general Emiliano Chamorro. Si algún miembro de la Legión del Caribe que era, como dije, la única que residía a plena ciudad, se emborrachaba y causaba un escándalo, hacía correr la voz de que era algún subalterno mío. Una vez ametrallaron la casa del Consulado de Nicaragua e hicieron correr el rumor que yo lo había ordenado. Desgraciadamente un joven que se decía amigo mío tomó parte en ese atentado innoble y contraproducente, pero jamás tuvo la entereza de declararse culpable. Dichosamente, pronto se estableció que yo nada tuve que ver en esa estúpida provocación, pues no creo en expedientes rastreros ­como métodos de lucha política, y el atentado personal sería indigno de quienes enarbolan una bandera de principios, ya que eso jamás arregla nin­guna situación ni cambia un sistema de gobierno.

Recuerdo que una noche tuve una larga discusión con el general Carlos Pasos, quien en un resumen mantenía la tesis de que yo era demasiado joven para ser jefe de una organización bélica. Al relatar a Figueres esa discusión, este me dijo que nunca cediera ante este industrial, pues en su visita a Managua había comprobado la forma injusta con que trataba a sus empleados, relatándome un incidente entre Pasos y un carretero, en el cual este lesionó los intereses del pobre hombre, según la versión que dio don Pepe. Sí me dijo que él creía que para la realización de sus planes centroamericanos, él personalmente debía de asumir el mando del ejército revolucionario nicaragüense; yo me manifesté conforme si solo él, pero si con un estado mayor nicaragüense asumía la responsabilidad del movimiento armado contra el régimen de Nicaragua, pero Figueres me dijo que los oficiales nicaragüenses eran díscolos, difíciles de manejar, y que para evitarse dificultades, todos los puntos clave del ejército revolucionario debían de ponerse bajo el mando de hondureños y dominicanos que él nombraría, y que después del triunfo, el ejército nicaragüense, al que debía de incorporarse el elemento sano de la Guardia Nacional, también tendría que estar dirigido por oficialidad extranjera. Que de esto él ya se había puesto de acuerdo con Rodríguez, Ra­mírez y otros dominicanos, para que la Legión Caribe, en forma independiente, gobernara una zona de Nicaragua completamente autónoma, para garantizar así el libre desenvolvimiento de toda la revolución del Caribe de la cual sería jefe su­premo, con el apoyo de un estado mayor internacional, y con ejército, en cuanto a rasos se refería, compuesto básicamente de nicaragüenses.

Tal era el plan de generalísimo Figueres, quien, además, vigilaría las elecciones y tendría derecho de vetar a cualquier candidato. Tal proyecto obtuvo mi categórica negativa, argumentándole que si mi padre había pelea­do durante toda su vida en contra de la intervención extrajera en Nicaragua, mal podría propiciar yo, su hijo y nicaragüense auténtico, la intervención de un ejército virtualmente extranjero por su oficialidad, en el manejo de los asuntos internos de Nicaragua, pero que no obstante consultaría con mi estado mayor. Este rechazó enérgicamente tal propuesta manifestando que prefería sufrir los yerros de la administración del general Somoza, la tutela extrajera fuere cual fuere, menos de aventureros como demostraban ser la mayoría de la Legión Caribe. Y debo repetir aquí que estado mayor, oficia­lidad, clases y rasos, jamás devengaron sueldo durante el largo período que estuvieron bajo mi mando, preparándose para el movimiento de Nicaragua, y como reserva personal de Figueres, motivo que les autorizaba a considerase en un nivel moral superior a la Legión Caribe, cuyos miembros sí cobraban sueldo del gobierno costarricense.

Cuando comuniqué a Figueres la resolución de nuestra oficialidad, y sobre todo el concienzudo razonamiento que sobre la materia hizo el general Rivers Delgadillo, ante el mayor Adolfo Vélez, el doctor Octavio Pasos y Julio Tapia, e= mis consejeros principales, tuvieron un verdadero acceso de furor como nunca les había conocido antes. Se retiró bruscamente de sus habitaciones, y pasó sin hablar­me varios días. Luego, con toda calma, me dijo que aceptaba como buena nuestra tesis, y que nosotros los nicaragüenses recibiríamos de él la ayuda prometida para que actuáramos con independencia, sin tutela extrajera. Pocos días después de eso un pelotón de soldados del ejército de Figueres trató de capturarme otra vez en mi casa, con el resultado negativo de siempre, pues Octavio Caldera, mi ayudan­te personal, Alejandro Lacayo y otros compañeros, rechazaron enérgicamente la intentona. Calderita mandó a retar a duelo al director de policía Manuel Enrique Herrero, y yo mandé a retar, para un duelo inmediato, al matasiete de Frank Marshall; ninguno de estos sanguinarios bravucones quiso acudir a la cita, aunque esperemos largo rato en plena calle. Algunos amigos íntimos me sugirieron que probablemente el mismo Figueres fue quien trató de deshacerse de mí, visto que ­yo era un serio estorbo para sus planes personales de predominio en Centroamérica, idea que yo entonces rechacé como abusada.

Quiénes y cómo nos traicionaron

En el orden de izquierda a derecha, Rosendo Argüello, Otilio Ulate y Pepe Figueres el 24 de abril de 1948 cuando entraron a la ciudad de San José las fuerzas figueristas.

Tomado de «Los proscriptos, nuevos documentos de 1948»

Compartir esto:

Comentarios Facebook

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *