CONTRAPUNTO ENTRE REFORMA Y REVOLUCIÓN:
LA DEMOCRACIA EN COSTA RICA Y GUATEMALA

Por Edelberto Torres Rivas

INTRODUCCIÓN

Este es un ensayo que compara dos momentos distintos de la historia política de Guatemala y Costa Rica: los años cuarenta y los finales del siglo XX. Son dos momentos en que la vida democrática de ambos países experimenta posibilidades y cambios. La comparación entre la sociedad costarricense y el resto de sociedades centroamericanas se ha intentado de tiempo en tiempo. Para todos, más para los analistas del exterior que para quienes nacimos en la región, es un desafío intrigante preguntarse por qué se producen tan radicales diferencias especialmente entre Guatemala y Costa Rica.

Se argumenta que estos países forman una región y que tuvieron un punto de partida común al formar una sola entidad colonial, hablan español y adoran a Cristo. Compartieron varios decenios de república independiente; produjeron y exportaron a los mismos países café y banano. Formaron una zona de libre comercio a partir de los años sesenta del siglo XX y pese a otras dificultades, mantienen una creciente comunicación. Ninguna de tales razones es valedera para encontrar semejanzas políticas. De hecho, las diferencias existen antes del arribo de los españoles, se acentúan con la experiencia colonial y se convierten en estructurales a partir de la implantación de la agricultura de exportación. Cada día que pasa la distancia intrarregional es mayor.

Al proponer una comparación crítica entre Guatemala y Costa Rica en dos momentos parecidos de sus trayectorias, comprobamos una vieja hipótesis de la historiografía, que recuerda que las herencias del pasado pesan más como causa explicativa de la actualidad que mucho del movimiento de los actores en el presente. Los años cuarenta y comienzos de los cincuenta del siglo XX fueron decisivos en la historia política de Centroamérica, particularmente de Guatemala y Costa Rica. En ambos países ocurrieron fenómenos políticos que se relacionan directamente con sus posibilidades democráticas, su desarrollo social y político. Tales fenómenos fueron influenciados por los efectos que desde el exterior tuvo internamente el fin de la Segunda Guerra Mundial.

En los finales del siglo XX, se han vuelto a plantear coyunturas críticas en relación con la vida democrática. Lo que ocurre en Guatemala está relacionado con momentos revolucionarios; en cambio, lo de Costa Rica se registra en la lógica de las reformas. Los progresos en Guatemala han ocurrido con base en cambios violentos, con fracturas; en Costa Rica, dicho con pleonasmo, ha sido como una continuidad sostenida. La de Guatemala es una historia de cataclismos sociales; la de Costa Rica un desarrollo con ligeros temblores, transaccionales. Es este el dilema de revolución o reforma en el cambio político.

El estudio de la excepcionalidad de Costa Rica ha sido abordado de diversas maneras que no es el propósito revisar. El último de esos intentos es el trabajo de D. Yashar (1997), que propone en la versión de la teoría de las élites, la explicación de los diferentes desarrollos y desenlaces en estos países. Hace ya muchos años, interesado en explicar la lógica de este continuum de la historia centroamericana que sitúa a Guatemala y a Costa Rica en los extremos, hice comparaciones estructurales y saqué conclusiones que después otros analistas se han encargado de examinar con más cuidado (Torres Rivas, 1975).

En aquel momento, califiqué a la experiencia de Costa Rica como la de una democracia aristocrática, impresionado por los cruces y entreveros entre un núcleo cerrado de familias oligárquicas, de un origen común, cuyos cercanos lazos de sangre eran la garantía primaria para acceder al poder. Es esa la razón que tal vez explica para Costa Rica la suave competencia pacífica entre iguales, muchas veces tramposa, que manteniendo los buenos modales políticos le dio estabilidad al sistema. Sobre todo en la primera mitad del siglo XX. Y llamaba a la guatemalteca, una dictadura plebeya, subrayando la historia de cataclismos políticos, quizá porque acceden al poder peleando en nombre de la oligarquía caudillos que no vienen de sus filas. El ejemplo funesto, la peor de las experiencias autoritarias de este siglo (22 años cruentos), fue la de un advenedizo, Manuel Estrada Cabrera, abogado pobretón, mestizo, hijo ilegítimo, provinciano, reuniendo así todos los componentes personales que jamás exhibiría el hombre oligárquico.

 
Este trabajo fue elaborado durante una estadía de investigación en el David Rockefeller Center for Latin American Studies de la Universidad de Harvard durante el segundo trimestre del año 2000.

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