El Siglo de Figueres

Don Pepe y la pureza del sufragio

José Ángel Ocampo Bolaños

Me complace mucho que este Congreso haya decidido dedicar una sesión a rendir un homenaje tan merecido, a quien, el pasado 25 de septiembre cumplió cien años de su nacimiento, don José Figueres Ferrer. Esa es una fecha de la que Costa Rica debe sentirse orgullosa, por la obra de ese insigne ciudadano, por su aporte a la vida nacional, que trasciende su época.

Surgido de las tierras de La Lucha y San Cristóbal, como un firme defensor de la pureza del sufragio, don Pepe lideró un movimiento político que contribuyó a transformar este hermoso país. Basta recordar la creación de instituciones como el ICE o la nacionalización bancaria para darles acceso de crédito a muchos sectores sociales y productivos, y la abolición del ejército, acto sin precedentes, que posibilitó disponer del dinero destinado a la compra de armas y pertrechos militares para dedicarlo a invertir en hospitales, calles, puentes, escuelas y colegios; actuaciones como esas marcaron a Costa Rica ante el mundo como un pueblo de paz.

Entre las muchas obras de don Pepe destaca la creación del Tribunal Supremo de Elecciones; en efecto, el 14 de septiembre de 1948, por medio del Decreto N.º 171, la Junta Fundadora de la Segunda República acordó crear este Tribunal, cuyos miembros en adelante serían nombrados por la Corte Suprema de Justicia, en contraposición a lo establecido para el Tribunal Nacional Electoral anterior, que era integrado por miembros nombrados por los tres Poderes de la República, circunstancia que le restaba autonomía al Tribunal y que, en parte, llegó a precipitar los hechos de 1948.

Gracias a don Pepe, el Tribunal Supremo de Elecciones ha dado una gran estabilidad a nuestro sistema democrático porque, al habérsele otorgado, constitucionalmente, el mismo rango de independencia funcional que a todos los otros Poderes del Estado, el derecho del sufragio y los organismos electorales han tenido especial importancia.

Además, el Tribunal asumió la Dirección de Asuntos Electorales y también del Registro Civil; así, se convirtió en el órgano constitucional superior en materia electoral y, por lo tanto, el responsable de la organización, dirección y vigilancia de todos los actos relativos al sufragio. Desde que el Tribunal fue creado, los costarricenses hemos respirado más democracia, porque sabemos que la pureza del sufragio se mantiene intacta, pese a las vicisitudes propias de este sistema político-democrático inmerso hoy en un entorno, cuyas condiciones políticas y sociales son distintas de las de 1948.

Para ser consecuentes con don Pepe, debemos fortalecer, aún más, no solo las instituciones electorales, sino al Tribunal en sí. En este sentido, para evitar las tendencias antidemocráticas imperantes en algunos grupos sociales y sectores económicos de Costa Rica, es prioritario avanzar en una propuesta que incorpore una visión moderna del tema electoral y desemboque en una reforma del Código Electoral, en temas tan sensibles como el financiamiento a los partidos políticos y la elección de medio período de los regidores y síndicos, entre otros.

La visión de don Pepe fue modernizante y apegada a los más estrictos principios democráticos. Él supo interpretar su tiempo; pero, además, se adelantó a su época y visualizó, en instituciones como el Tribunal Supremo de Elecciones, el instrumento de control y fiscalización electoral que ha permitido a este pueblo llegar al siglo XXI viviendo en paz y democracia.

Por eso, en este sentido homenaje, no celebramos solo al hombre, sino su gran legado, el cual permanece vivo en todos los costarricenses.

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