Henrietta Boggs

Henrietta Boggs Long
1918 –

Primera Dama 1948-1949

Nació en Spartanburg, Carolina del Sur, el 6 de mayo de 1918. Sus padres fueron Ralph Boggs y Meta Long. Se casó en San José el 18 de octubre de 1941 con José Figueres Ferrer. Tuvo dos hijos, José Martí y Meta Shannon (Muni) Figueres Boggs. Se casó en segundas nupcias con Hugh C. MacGuire.

Doña Henrietta Longstreet Boggs Long, hija de una familia de rígidas costumbres presbiterianas, vinculada con viejos linajes confederados. Recibió su formación universitaria en el Southern College de Birmingham en Alabama. Conoció a don José Figueres, llamado comúnmente don Pepe, durante unas vacaciones en Costa Rica en 1940. Compartió con él su exilio en El Salvador y México de 1942 a 1944 y le correspondió vivir días muy azarosos durante la guerra civil de 1948.

Como Primera Dama, doña Henrietta tuvo ocasión de ser testigo de muchas importantes decisiones gubernamentales y de participar en algunas de ellas. Entre los hechos más significativos que presenció fue la abolición del ejército, efectuada el 1° de diciembre de 1948 en el Cuartel Bellavista (hoy Museo Nacional).

En los Estados Unidos, doña Henrietta trabajó en programas de televisión y encabezó movimientos ante la legislatura de Alabama para apoyar la lucha por los derechos civiles, reivindicaciones laborales, luchas de la mujer, etc. Ha escrito cuentos y obras dramáticas, y un libro sobre su vida en Costa Rica, “Casada con una leyenda: Don Pepe”, publicado en San José en 1992.

Reside actualmente en los Estados Unidos, aunque visita Costa Rica con frecuencia.

Galería

 

Henrietta Boggs: La primera esposa de don Pepe

 
Cuando llegó a Costa Rica en 1940, era una hermosa muchacha universitaria, que arrancaba suspiros en sus clases y obligaba al sol a detenerse.

Parecía una actriz o una reina de belleza. La recibió un puerto Limón pobre y sucio, en el que los zopilotes eran dueños y señores.

Un tío suyo era gerente para América Central de un banco canadiense, y ella vino a pasar unas vacaciones.

Jamás imaginó que se encontraría aquí con el amor, con un exilio apresurado, la aventura de vivir en México comprando armas a escondidas y los entretelones de la Revolución del 48.

Henrietta Boggs, la primera esposa de José Figueres, guarda grandes anécdotas de nuestra historia. Ahora, a sus 83 años, es propietaria y editora de una revista en Montgomery, Alabama, Estados Unidos.

Dice que hace todo lo que se necesite, desde escribir notas de sociedad hasta ir a recoger fotos o preparar el café para los trabajadores de la Redacción.

Aunque ha estado más de cuatro décadas fuera de Costa Rica, sus dos hijos, José Martí y Muni, son costarricenses.

Hace unos días estuvo de paseo en la patria de su primer esposo, y la visitamos en El Alto de Las Palomas. Allí, en medio de potreros y grandes árboles, con un paisaje colorido al lado del apartamento, con una vista pintada con muchas hojas de matas de banano y plataneras, contó entre sonrisas algo de lo mucho que la ata sentimentalmente con Costa Rica.

Recuerda que desde que fue a conocerla aquel hombre bajo y que llevaba un águila en la retina, su tía le dijo que debía casarse con él.

“Ella decía que ese hombre iba a ser Presidente de Costa Rica. Pero lo mejor es que su único argumento es que tenía la cabeza bonita, sobre todo en la parte de atrás”, cuenta doña Henrietta.

“Creí que mi tía estaba loquísima. El tenía 35 años. Yo nunca había salido con muchachos que no fueran compañeros de la universidad. El me parecía viejísimo y muy extraño”, explica.

La familia feliz

A pesar de todo, don Pepe la enganchó. “La familia estaba encantada conmigo. Antes de que yo apareciera, ellos decían ¿qué le pasa a Pepe tan viejo y sin mujer?”, dice, muerta de la risa.

Jalaron sólo nueve meses, y en su libro “Casada con una leyenda”, que apareció en el país a inicios de los 90. cuenta que Pepe se encargó de guardar el respeto por todas las tradiciones del país.

“No estaba acostumbrada a salir con un hermano o una hermana para que me cuidara. Mientras fuimos novios, él siempre llevaba a un sobrino con nosotros. Eso me extrañaba mucho, hasta que me di cuenta que el ‘chiquito’ era el ‘chaperón'”, cuenta.

Cuando casaron, don Pepe se la llevó a vivir a La Lucha, que en ese entonces era la última remotidad concebible. “Había pulgas en la casa y todo tipo de ‘bichos’. Los peones llegaban a la casa con cualquier pretexto. Nunca habían visto a una extranjera ni a una mujer tan blanca y con ojos claros”.

“Pobrecito don Pepe”

Como narra en su libro, los peones se reunían y manifestaban, verdaderamente conmovidos, “Pobrecito don Pepe, esa gringa no sabe ni hacer tortillas”.

Doña Henrietta dice que Pepe nunca fue guapo, pero sí intenso, brillante, con una manera muy particular de ver la vida. “Era un hombre especial. Por ejemplo, cuando llegamos a La Lucha, me lamenté porque la casa no tenía chimenea. Entonces, pasó toda la noche leyendo, y cuando me desperté la casa estaba llena de hombres que entraban y salían de la casa. Me tuvieron lista una chimenea en un día”.

En los años 40 le tocó vivir con don Pepe en el exilio. “No la pasamos tan mal. Andábamos paseando por todo el país, pues Pepe se pasaba todo el tiempo comprando armas. Las compras eran toda una aventura.

“Supuestamente nos íbamos de pic nic, y cuando estábamos almorzando llegaban unos invitados especiales. Ahí era que hacía negocio Pepe.

“Otro día nos íbamos a pescar en un barquito, y llegaban unos señores. Era como de película. Si alguien preguntaba a qué nos dedicábamos, éramos compradores de cerámica”, dice, sonriendo.

Recuerda que la única vez que lo vio llorar fue cuando le comunicó que lo dejaba. “Nunca lloró en el exilio. Ni siquiera podía hablar de Costa Rica. No le salía la voz. Por eso, me impactó mucho verlo así.

“Estaba obsesionado con la política. Ahora lo entiendo. La vida personal tenía que sacrificarse a extremos. Después de muchos años, creo que en ese momento no entendí las dimensiones de lo que el estaba construyendo, pero así es la vida, lo enfrenta a uno a circunstancias cuando todavía no está preparado para asumirlas”, recuerda. “A un hombre tan extraordinario uno no le puede pedir que actúe como cualquiera. Quería cambiar un país, y actuó como se debía”.

Tenía 31 años y tuvo que regresar a su país con la responsabilidad de sus hijos. Se fue para Nueva York, y trabajó durante tres años en a Comisión de Derechos Humanos de la ONU.

Luego fue traductora, y cuando su hija Muni salió de la secundaria, se fueron un año para París, donde doña Henrietta hizo las gestiones para la instalación de una tienda de la firma de unos compatriotas suyos.

Años después, apareció en su vida un cirujano que ella había conocido cuando eran adolescentes. “El empezó a escribirme, a decirme que le llamara, y cuando enfermó mi padre, yo dije, ‘bueno, tengo que llamarlo'”.

Empezaron a salir y casaron en 1965. Vivieron juntos durante 20 años. Durante todo ese tiempo, doña Henrietta se dedicó a labores de beneficencia social.

Maestra ad honorem y periodista

Fue maestra ad honorem en una escuela urbano marginal de niños negros. “Era la única mujer blanca que conocían esos chiquitos. Su formación era primitiva. Algunos no sabían ni siquiera su nombre. Muchos de ellos nunca se habían subido a un carro. Me encantó ese trabajo con niños tan necesitados”.

También estuvo en la campaña de Gary Hart, aquel candidato presidencial estadounidense que se hundió por culpa de unas fotos en las que aparecía con una modelo en el regazo. “Eso terminó con la campaña. Eran otros tiempos. Ahora, después de todo lo que pasó con Bill Clinton, eso no hubiera significado nada”.

Desde hace muchas décadas doña Henrietta escribe en medios de prensa. Durante algunos años fue redactara invitada en una revista de su ciudad, Montgomery, hasta que decidió fundar su medio propio.

Ahora se dedica a la dirección de su revista, que es un “city magazine“, y que informa sobre lo ocurrido en la capital del Estado de Alabama y los tres condados vecinos. También está en el comando de una campaña para prevención de drogas en jóvenes.

Trabaja entre seis y siete horas por día. Tiene un enorme sentido del humor y parece un hada madrina, con sus faldas largas y su blusas largas y elegantes.

Trato de preguntarle lo que piensa sobre periodismo y política, pero en esos temas y en todos los demás es difícil de entrevistar. Ella es periodista. Se le nota. Contesta las preguntas con preguntas. Sabe lo que es repreguntar, y articula interrogantes antes de que uno pueda seguir adelante.

Al final de la entrevista supe que me había sacado más información que la que yo obtuve de ella. Pero su sonrisa, la sonrisa con que saluda, contesta, pregunta o guarda silencio, esa sonrisa ya es suficiente.

N. del E.: Esta entrevista fue realizada por el periodista Camilo Rodríguez en el año 2001. Fue publicada en el especial de la revista Ventanario, para la conmemoración de los 100 años de don Pepe.

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