Casi un prólogo


Ediciones “Revolución” en su colección “40 Aniversario” incluye este trabajo de José Meléndez Ibarra sobre un suceso acaecido en vísperas de la guerra civil de 1948, contado con llanera, sin pretender, por dicha, la fabricación de literatura.

Posiblemente esta es la causa de que leamos su obra de una sola vez. Las cosas vividas y narradas con naturalidad interesan siempre. Son las más alejadas del bostezo.

Habemos varios que escuchamos en ciertos pasajes de “La Columna Liniera” ecos del encanto de los relatos de Carlos Luis Pallas. No es extraño: Calufa y Meléndez han sido hombres del pueblo resueltos un día a escribir —recordar, contar observaciones, pintar la vida absorbida por todos sus poros— y resultan amenos, interesantes y escritores de verdad.

Debe estimularse a Meléndez Ibarra a crear. Nuestro partido tiene el deber de cumplir con sus afiliados el papel del jardinero entre los arriates: hacerlos florecer. Esta edición demuestra que se le cumple,

La lucha de 1942 a 1948 en favor de una legislación social avanzada, por la reforma de las relaciones entre patronos y obreros, contra el nazifascismo y el robo de las riquezas nacionales, —para darle, en resumen, al pueblo un bollo de pan más grande y un poco más de libertad,— aún no se ha escrito. Culminó en la guerra civil de marzo-abril de 1948. De esa etapa histórica los jóvenes no dominan más que fragmentos adulterados, después de la implacable mordaza que por cuatro lustros se le impuso a los vanguardistas, figuras estelares del acontecer. Toda esa maraña de calumnias contra Vanguardia Popular, sin derecho de réplica, se disipará totalmente. La mentira es débil de por sí. La que cubrió a nuestro partido durante veinte años se diluirá como se diluye la tiniebla de la noche ante el perenne remontar del sol.

Calor y luz de día hay en el relato de Meléndez Ibarra. La mano obrera tecleó para contar lo que vieron sus ojos y sintieron sus sentidos marchando bajo el sol.

Obreros agrícolas de las plantaciones de la United Fruit Co., jornaleros del campo, pequeños campesinos, a cuya cabeza iban Carlos Luis Fallas y Eduardo Mora, se pusieron en marcha desde la costa hasta la capital para decir que juraban defender hasta la muerte los avances sociales conquistados por la clase trabajadora en años y años de lucha heroica.

Ofrecían su vida por lo suyo, por lo propio, por lo que habían conquistado bajo el ondular de trigal al viento de las banderas de Vanguardia Popular. Hacían la promesa en el gigantesco escenario de la selva, los ríos, el mar, las aldeas perdidas al sur, las estrellas guiándolos como a nuevos reyes magos que anunciaran el futuro nacimiento de otra aurora.

Semanas más tarde centenares de “linieros”, de éstos que Meléndez Ibarra nos presenta aquí olorosos a vida, entraban a la muerte en la guerra civil del 48. Tuvieron palabra.

Están bajo el verdor tierno de las sepulturas improvisadas. No son cadáveres. Tienen la fuerza de las semillas.

Adolfo Herrera García

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