Me comieron las aspiraciones…

Uladislao Gámez

Me comieron las aspiraciones…
Un recuerdo de don Lalo Gámez

Manrique Álvarez Rojas

En 1984, comenzaba la carrera de leyes en la universidad, dentro de las materias de primer ingreso estaba Historia del Derecho; el profesor designado para esa disciplina, Lic. Carlos Arce López, nos entregó los temas semestrales que debíamos desarrollar durante el curso.

En el reparto salí “premiado” con el más extraño de todos los títulos a investigar: “El Cardonazo”

-Profe, ¿qué es eso del Cardonazo?; ¿con que se come?

-Álvarez, ese es su trabajo; averígüelo usted.

-¿Cardonazo o será Bellavistazo?

-¡Cardonazo!

-Profe, ¿está seguro?

-¡Siiii!

-Es que el título no me suena para nada.

-De eso se trata, investigue.

-No es justo, a los demás les toco “pan comido” y a mí un huevo medio podrido; todo esto me huele mal.

-Que dijo, quiere que lo deje desde ya.

-No, no.

¿Entonces?

-Okey, esta bien; a darle fuego.

Conocía del famoso “Bellavistazo”, subversión armada que se ejecutó en el Cuartel Bella Vista (Museo Nacional) en 1932 para entronizar a don Ricardo Jiménez Oreamuno como nuevo Presidente de la República; francamente no sabía nada de “El Cardonazo”.
Recogí el cuestionario y me fui para la casa, esperé que mi padre llegara del trabajo para consultarle al respecto; El Cardonazo me sonaba a tema militar y nadie mejor que él para contarme sobre cualquier evento político-militar que hubiera conmocionado nuestro país durante el siglo XX.

-¿Cardonazo?

Dijo mi padre.

-Sí.

-Qué curioso, tengo años de no escuchar sobre ese hecho; recuerdo muy bien a Cardona durante la revolución del 48 y su papel como Ministro de Seguridad durante la Junta de Gobierno, hombre valiente y honrado.

-¿Y qué pasó?

-Cardona promovió un levantamiento militar en contra de la Junta por no estar de acuerdo con muchas de las cosas que se estaban “cocinando” ahí, no todo coincidía con el espíritu inicial de la revolución.

-Cuénteme más.

Me lo contó todo desde su aguda perspectiva social y dura crítica política, al final se quedó pensando en todas las cosas que había pasado durante esa época; luego me dijo:

-Además de mis recuerdos, tenés que entrevistar a las personas que estuvieron involucradas directamente en el Cardonazo; te voy a dar una lista de los que conozco y por medio de ellos podes acceder a los que no, todos son piedra angular de tu trabajo.
Al final y despues de mucho esfuerzo por encontrarlos, pude entrevistar a los siguientes:

  • Sr. Edgar Cardona Quirós (1917-2001). Ministro de Seguridad Pública 1948-1949.
  • Lic. Víctor Manuel “Vicho” Elizondo Mora. (1897-1995). Diputado 1944-1948.
  • Lic. Fernando Vargas Fernández (1915-2008). Diputado Asamblea Nacional Constituyente de 1949.
  • Lic. Carlos Elizondo Cerdas (1922-2000). Diputado Asamblea Nacional Constituyente de 1949.
  • Sr. Harold “Happy” Bonilla Serrano (1913-1987). Diplomático y escritor.
  • Sr. Maximiliano “Tuta” Cortés González. (1921-2004). Cónsul de Costa Rica en Nueva York, Estados Unidos 1948-1949.
  • Sr. Mario Ludwing “Vico” Starke Jiménez. (1923-1991). Líder Revolucionario 1948.
  • Sr. Francisco José “Frank” Marshall Jiménez (1924-1994). Líder Revolucionario 1948.
  • Dr. Edgar Cabezas Solano (1912-2008). Líder político y Gobernador de la Junta de Gobierno en Heredia durante 1948-49.
  • Sr. José “Pepe” Figueres Ferrer (1906-1990). Presidente de la Junta de Gobierno 1948-1949.

Las declaraciones de estos señores se convirtieron en verdaderas lecciones de historia patria, guardadas por escrito junto a grabaciones, documentos y fotografías; el Cardonazo es parte de nuestra historia, un lejano pasado militar que muchos quisieran olvidar.

El Cardonazo se ha contado desde muchas ópticas, más nunca con la verdad histórica que dio sustento y llevó al ostracismo público a su ejecutor; Edgar Cardona Quirós falleció llevando sobre sus espaldas una culpa mal interpretada e injustamente criminalizada.
Casi al final del trabajo, mi padre me recomendó visitar a don Uladislao Gámez Solano (1909-2005); había sido Ministro de Educación de la Junta de Gobierno y un funcionario muy cercano a don Pepe Figueres, testigo directo y presencial del Cardonazo.
Además era vecino de Heredia, muy cerquita de mi casa.

Don Lalo y doña Consuelo formaban una linda pareja que se distinguía por sus finos modales, cultura y amabilidad; siempre una sonrisa a flor de labios y un cariñoso saludo de amigo en la mano, para los más jóvenes una palmadita suave por la espalda.
No por casualidad, ambos eran maestros.

Los Gámez vivían en el centro de Heredia (avenida 0, calles 3 y 5), habitaban en un conjunto gemelo de casas que había sido diseñado por el ingeniero Samuel Sáenz Flores; la casita este (Floristería Artes Florales) la habitaba don Lalo y la casita oeste (Instituto Jiménez) la profesora Emma Gamboa Alvarado de Bower.

Doña Emma, maestra también, había sido la autora del conocido libro de texto «Paco y Lola» con el que muchos aprendimos a leer y a escribir; hasta hace algún tiempo era la imagen del billete de diez mil colones.

Heredia, tierra de maestros

Además de vecino cercano, don Lalo había sido profesor de mi padre en la Escuela Normal de Costa Rica; algunas veces se topaban en la calle y los veía conversando cosas del pasado, reírse de las grandes experiencias vividas en el colegio y hasta de la vida misma.

Por suerte, la política nacional siempre estuvo ausente de toda conversación entre ellos; el presente artículo trata de un recuerdo de don Lalo y no del hecho político militar que sacudió a la cúpula de la Junta de Gobierno en 1949.

A partir de este momento dejamos de lado la historia de El Cardonazo, el recuento de dicho acontecimiento vendrá para después en otro escrito; ahora nos introduciremos en la entrevista realizada a don Lalo.

Más que una lección de historia, una lección de vida.

Después de haber conversado por teléfono y concertado la cita; me llegué una tarde a su casa, abrí el portoncito de metal y subí las gradas de acceso en medio de un hermoso jardín lleno de rosas.

El blanco inmaculado de las paredes contrastaba con la bien barnizada puerta de madera, era una coquetísima casita estilo “Art Déco” que resaltaba junto con su gemela en el ambiente arquitectónico del lugar.

Toc, toc, toc.

-Hola “guayacancito”.

Era común en don Lalo llamar “Guayacán” o “Guayacancito” a sus amigos, claro que dependiendo de la edad, confianza y cercanía; jamás le escuche utilizar esa palabra para señoras, señoritas o desconocidos.

-Buenas tardes don Lalo, muchas gracias por recibirme.

-Con todo gusto.

Detrás de don Lalo se encontraba doña Consuelo, señora bonita y de grandes virtudes; destilaba una bondad especial. Nunca había conversado con ella, solamente la había visto en misa un par de veces; siempre discreta y con un hermoso velo sobre su cabellera.
Muy sonrientes, me invitaron a pasar con ellos.

Fui conducido a una pequeña salita tipo biblioteca, en ese lugar tenían algunos libros, un piano, fotografías, títulos, diplomas, asientos y un escritorio; hermosos se apreciaban los brillantísimos pisos de madera que semejaban espejos.

-Siéntese por favor.

-Gracias.

Escogí un cómodo, mullido y envolvente silloncito, el ambiente me ganaba y no dejaba de ver por todos lados alrededor del aposento; la salita estaba súper bien acomodada, muy limpia, parecía un cofrecito de tesoros en el centro de Heredia.
Todo olía a historia, fotografías con grandes personajes del mundo, libros que reunían lo mejor de la literatura universal, un piano que sobresalía por sus blanquísimas teclas; había finos adornos de todas partes y hasta un peculiar aroma a Cedro Amargo que provenía de los muebles e inundaba la estancia.

Visitar la casa de don Lalo y doña Consuelo era como realizar un breve paseíto por el pasado, sus recuerdos y costumbres; museo en pequeñito.

-Me comentaste por teléfono que querías hablar del Cardonazo.

-Si don Lalo, es un trabajo de la universidad y papá me recomendó hablar con usted.

-Que bueno, salúdame a “Chalito”.

-Así lo haré, él le envía sus respetos.

-¿Ya hablaste con Cardona?

-Sí señor.

-Qué curioso, don Edgar no habla con nadie de ese tema; hace más de treinta años que no sé nada de él.
-Nos costó mucho que accediera, al final nos recibió en su casa de Los Colegios.

-Persevera y vencerás.

-Así es, por eso estoy aquí.

-Muy bien, quién más que don Edgar para contar esa historia; el protagonista mismo del Cardonazo.
Por un momento, don Lalo se quedó pensativo como recordando los hechos vividos de primera mano.

-Pero usted si puede darme una versión del Cardonazo, la contraparte en los hechos.

-Claro que sí.

Durante cinco semanas fui visita “molesta” en casa de los Gámez, gracias a la paciencia de don Lalo y doña Consuelo logramos construir una historia justa sobre don Edgar Cardona Quirós y El Cardonazo.

Tiempo despues, recibí una llamada de don Edgar solicitándome permiso para entregarle la copia de mi escrito al historiador Guillermo Villegas Hoffmeister (1932-2010); a finales de 1985 don Guillermo estaba preparando un libro titulado: “El Cardonazo” (1986).

¿Coincidencia?

Claro que sí.

No dudé ni un momento en aceptar su solicitud, al final la copia del trabajo era propiedad de don Edgar desde 1984 y el podía hacer con ella lo que quisiera; hombre respetuoso y de valores, sin tener que hacerlo tuvo la cortesía de consultar conmigo antes de entregarlo.
Poco despues recibí una llamada telefónica de don Guillermo agradeciéndome la colaboración, aprovechó la ocasión para preguntarme algunas cosas sobre los otros entrevistados y el destino de las cintas grabadas.

No se las entregué.

El material grabado de “El Cardonazo” (1984) jamás volvió a ser escuchado desde que se utilizó en nuestro trabajo, actualmente se encuentra en perfectas condiciones de conservación y debidamente archivado.

Las reuniones con don Lalo tocaron muchos tópicos, con él se hablaba de todo; nunca nos circunscribíamos de manera absoluta al tema central de discusión, como buen maestro buscaba conocer a su interlocutor más de cerca y medirlo en su personalidad.

Muchas veces, el giro de las conversaciones traspasaba los límites del intelecto; suavemente llegaba al alma para luego tocar el corazón.

Un día lo encontré bastante serio y me miraba como queriendo decirme algo:

-Manrique, te gusta tu carrera.

-Pues sí.

-Sí o no.

-Bueno, no tanto.

-Te presiona algo, ¿La familia o el estatus?

-Nada de eso.

-Veo que te gusta más la historia que las leyes.

-Eso sí.

-Y porque estas llevando Derecho y no Historia, aun es tiempo que cambiés.

-Voy a pensarlo.

Nunca lo hice.

-Te comento que hoy no vamos a hablar de don Edgar Cardona, vamos a conversar de vos y de una anécdota que quizás te sirva para el futuro.

-Dele don Lalo.

-Siendo ministro, llegó al despacho un viejo amigo a saludarme; venía desconsolado porque no sabía qué hacer con su hijo de veinte años, no quería estudiar y menos trabajar.

-Hay don Lalo, ya no se qué hacer con ese condenado muchacho; abandonó la universidad hace dos meses y de trabajar en mi empresa “naranjas verdes”.

-¿Y qué dice él?

-Nada, se queda callado cuando le reclamo; con ese malcriado no se puede conversar, es inútil hacerlo entrar en razón.

-Tranquilo, no te preocupés; vamos a hacer una cosa.

Don Lalo se levantó de su silla, caminando unos pasos tomó un libro de la biblioteca del despacho y lo sacudió dándole fuertes golpes sobre el encuadernado, de inmediato vino hacia donde se encontraba su agobiado amigo y se lo entregó.

-Y esto para qué.

-Llévatelo, mañana se lo das a tu hijo y le decís que me lo venga a dejar al Ministerio cualquier día de estos, yo me encargo de jalarle el aire; conozco bien a los muchachos y se cómo tratarlos, recordá que antes de ser ministro fui maestro.

-Muchas gracias don Lalo, así lo haré.

Se dieron un fuerte abrazo y el amigo se fue, estaba más tranquilo que cuando llegó; su mirada era otra porque llevaba entre sus manos un poco de esperanza para la familia.

No pasaron más de cinco días cuando la secretaria llamó para decirle a don Lalo que un joven, fulano de tal, lo esperaba en la recepción para devolverle un libro que le había prestado a su padre.

-Ah, sí; decile que pase.

Toc, toc, toc.

-Adelante.

-Don Lalo, este es el joven que le anuncié.

-Pase adelante muchacho, esta en su casa.

Don Lalo se levantó de su escritorio y fue a recibir a su «paciente».

-Gracias señor.

-Siéntese por aquí.

-No quiero quitarle tiempo, solo venía a devolverle esto.

Don Lalo tomó el libro y lo volvió a acomodar en su lugar original.

-Dámele las gracias a tu padre.

-He cumplido, me voy; muchas gracias.

-Un momento, estoy a punto de tomar un refrigerio y me gustaría invitarte; no me gusta comer solo en esta oficina tan grande. Además me sacaste de mis tareas habituales y no sería justo que te fueras así no más, sin tomarte algo.

-Me parece.

-Que querés tomar, pide lo que quieras.

-¿Whisky?, es lo que toman mis tatas.

-Lamentablemente en las oficinas del gobierno nos tienen prohibido tomar licor, recuerda que don Pepe solo toma café y quiere que todos hagamos lo mismo; no hay de otra.

-Ja, ja, ja; qué medidas más fuera de «onda» las del Presi, no esta “IN”.

-Ni yo tampoco.

-¿Esta bien si pido una coca?

-De eso sí tenemos en la cocina.

Don Lalo tomó el teléfono interno y llamó a su secretaria para pedir los refrescos, además solicitó un par de buenos emparedados para «calmar la tripa» de media tarde.

Las Coca Colas y los sándwiches vienen en camino.

-Gracias.

En el ínterin de la espera y clavándole los ojos le preguntó:

-Contame, ¿qué hacés de tu vida?

-Nada, vegetar.

-Y eso.

-Me cansé de todo y de todos, hasta de usted; bueno de usted no, la verdad es que me cae bien hasta el momento.

-Que dicha.

-Viera que no es nada bonito estar así, todos pelean conmigo y mis tatas no se cansan de exigirme lo que ellos quisieran que yo hiciera; estoy súper “aguevado” de la vida.

-Y porque estás tan aguevado de todo y de todos.

-Porque es usted y me ha tratado tan «tuanis», le voy a contar.

-Gracias por la confianza, desde ya cuenta conmigo.

-Mire don Lalo, usted sabe lo que es nacer en «cuna de oro» donde no hay que pedir nada porque todo se lo tienen listo y en la mano.

-No, no lo sé; soy maestro e hijo de maestro, nací y crecí en Puntarenas donde todo escaseaba para la mayoría de las familias.

-Le cuento, mis tatas se me adelantaron a todo; en otras palabras me lavaron la voluntad desde carajillo. Nunca tuve que pedir nada, mucho menos desearlo:

  • Si quería un camión de madera con chapas en las ruedas, de esos que venden en el Mercado; no me lo daban, más bien me compraban un «Tonka» de metal.
  • Cuando quise una gorra de Mickey, me llevaron a Disneylandia y me regalaron de todo con la imagen de ese ratoncillo sin gracia.
  • Me encantaba los juegos de canicas, en un negocio del barrio vi una redecilla de bolinchas de todos colores y se las pedí; nada, a cambio me compraron un juego de “Monopoly” para que me fuera entrenando en los negocios.
  • Quise un velocípedo y me compraron una scooter importada.
  • Soñaba con un trompo tronador para «rajar» a todos los guilillas del barrio, no; me regalaron una plomada de ingeniero, ni giraba bien la porquería por el peso del material.
  • En los tiempos de los concursos de yoyos por televisión, quería uno de madera barnizada, pero no; como gran cosa me regalaron la colección completa de yoyos plásticos de Fanta y Coca Cola, ni tuve que ir a buscarlos.
  • Moría por una bicicleta No. 28, muy grande dijeron; entonces me mandaron a traer una “Chopper” (1970) de Inglaterra, como para ese entonces ni se conocían en Costa Rica fui la burla de muchos porque parecía «bicla» de mujer.
  • Me encanta el fútbol y cuando quise jugar con los «Juveniles del Saprissa» se escandalizaron, de inmediato me mandaron a jugar golf al Country Club y tenis al Tenis Club.
  • Pedí un pantalón campana, estaban de moda; al día siguiente tenía diez en el closet.
  • Me dejé el pelo largo y casi les da un infarto, a rastras me llevaron donde «Pol» (peluquero de San José) para que me pusiera a la moda de los «IN»; yo siempre quise un corte largo y lacio tipo «Jesucristo Super Star», no «hongo» al estilo sesentero de los Beatles.
  • Para primer año quise entrar al Liceo de Costa Rica con mis compas de la escuela, pero no; al Saint Francis ordenaron, bajo protesta fui a dar a ese colegio donde tenían sus hijos los amigos de mis tatas.
  • Me gustaba una chiquilla del barrio, no les pareció de primera entrada; mi madre me tenía ocho prospectos para que escogiera, cual más pesada de todas, pero claro eran hijas de sus amigas de la “high”.
  • Alguien me regaló una revista “Play Boy” y me alborotó las hormonas, mi madre la encontró debajo del colchón y armó el escándalo del siglo. Ante tanta alharaca de mi mama, mi tata me mandó con un supuesto «padrino carnal» a La Orquídea (Night Club); durante el camino me iba tranquilizando diciendo que no tuviera miedo.

-Y sí, iba muerto de miedo. Pero había aprender de la vida con las mejores chavalas de San José…

-También:

  • Me encantaba el Alfa Spider que le compraron a mi vecino, se lo comenté a mis tatas y ellos me regalaron un Mustang nuevecito la semana siguiente; imagínese usted, ni siquiera sabía manejar ni tenía edad para la licencia.
  • Durante las vacaciones quería ir de “ride” en tren a Puntarenas, jamás lo permitieron; decían que para qué ir a ese basurero del puerto si todos los años íbamos a Puerto Rico, Isla Margarita, Acapulco, Puerto Vallarta o Punta del Este.
  • Me gradué del colegio y pedí ir de paseo con unos compañeros a Miami, no y no; el “premio” fue ir a Europa con mis tatas para que agarrara algo de cultura, además en su círculo social la moda era pasearse por el «viejo mundo» al menos una vez en la vida.
  • Robots, como si la cultura y la historia se pegaran con goma o cinta scotch.
  • Cuando dije que me gustaba Educación como carrera, pegaron el grito al cielo; es una carrera de pobres, tenés que estudiar Derecho como el abuelo o Economía como mi tío, además los negocios de la casa necesitan profesionales de confianza y con clase.

-¿Clase?, al carajo con ese maldito cuento.

-Tranquilo, no te enojés.

-Perdón don Lalo es que me saca de quicio cada vez que recuerdo a mis tatas hablando esa «mierda» de las clases sociales.

-Te comprendo.

-¿Sigo?

-Claro que sí.

  • Siempre quisieron que me fuera a estudiar a una universidad de la “yunai” (Estados Unidos), al final no quise porque quería entrar a la UCR; la guerra total, Vietnam era cualquier vara.
  • Al final, me revelé por primera vez en la vida y me metí a la UCR a ver que hacía; no les di gusto en nada de lo que querían para mí, por varias semanas ni me hablaron.
  • Hice Generales el primer año y no quise entrar a Derecho teniendo la nota para hacerlo, terminando el introductorio me salí de la U ante la furia incontrolada de mis tatas.

-Y aquí estoy sin hacer absolutamente nada, pensando en los “guevos del gallo”; verdad que no me dan ganas de seguir estudiando porque todo lo tengo sin pulsearla.

-A pesar de todo, no deberías de dejar de estudiar; nadie sabe que pueda pasar en el futuro.

-En mi caso no creo que pase nada.

-No te gustaría trabajar en algo que te guste.

-¿Y para qué?

Don Lalo se quedó en silencio, sus pensamientos divagaban por cada una de las palabras que su joven amigo había dicho durante la conversación; casi un monologo de una sinrazón con mucha razón.

-Que cosa, tanto de todo para nada; a veces los padres pensamos que dando lo que no tuvimos a manos llenas le hacemos un favor a los hijos, al contrario.

-¡Cierto!

-Lo siento.

-No lo sienta don Lalo, a mí mis padres me comieron las aspiraciones.

Me quede pensando en todo lo que don Lalo contaba, cuantos casos había conocido similares sin entender la verdadera razón que justificara ese comportamiento tan repetitivo; en mi novel saber condené a la mayoría de las personas sin conocer el trasfondo de sus verdaderas historias.

Por dicha, a estas alturas pienso muy diferente.

“Me comieron las aspiraciones”

Que frase tan dura y tan cierta a la vez.

-Manrique, cuáles son tus aspiraciones.

-Muchas.

-Entonces síguelas, como el Guayacán no te dejés doblar; menos romper. La vida es una lucha constante donde uno es un Quijote y el medio los grandes Molinos de Viento, no permitás que nadie te quite los sueños; persigue tu estrella.

-No lo entiendo muy bien, pero me gusta como suena.

-Ya lo entenderás.

-De todos modos muchas gracias.

-Se nos hizo tarde y tengo que salir con Consuelo.

-¿Lo molesto la próxima semana?

-Claro que sí, esta es tu casa; saludos a tus padres.

-Hasta luego don Lalo, me despide de su señora.

-Buena suerte Guayacán.

Lo anterior sucedió hace treinta y nueve años (39), parece mentira pero lo siento como hoy; recuerdo esa conversación con mucho cariño; aprendí a sentirme una mejor persona y a luchar sin rendirme por las cosas que considero buenas y justas.
Mis ideales y los de muchos.

Pienso en mis padres que forjaron mi persona a través del trabajo honrado, esfuerzo y la lucha diaria; en lugar de comerme las aspiraciones las fomentaron y lo siguen haciendo.

Agradezco profundamente a mi maestra de la Escuela Cleto (Prof. Carmen Maria Rodríguez Chaverri) que encauzó para bien mi inquieta mente, llenándola de conocimientos. Y a los profesores del Liceo de Heredia que pulieron mi carácter y lo rectificaron; por cinco años me inundaron de civismo, valor y lucha.

A don Lalo.

Muchas gracias a todos.

Y recuerden siempre:

-No permitan que nadie les como sus aspiraciones…

Saludos.

Glosario

Guayacán: Nombre común con el que se le conoce a ciertas clases de madera que se caracterizan por ser muy duras; no se doblan, generalmente es utilizada para construir cerchas de techos, fabricar muebles y moldear fuertes bastones. El nombre «Guayacán» es sinónimo de una persona que no se dobla por nada ni por nadie, no se rinde y lucha por sus ideales hasta el final.

11 de agosto del 2017, revisado y actualizado: 17 de enero del 2023.

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