Dr. Carlos Luis Valverde Vega

Algunas palabras sobre el Dr. Carlos Luis Valverde Vega

Por el Dr. Jorge Vega Rodríguez

La biografía, esa disección de una alma, es tarea de suyo difícil. Una gran disposición es necesaria y además gran acopio de datos para resultar completa, y la premura del tiempo me veda lo segundo y tos recursos literarios limitados me impide lo primero. Por consiguiente, sacaré de la vida del Dr. Carlos Luis Valverde las facetas más interesantes, las para mi virtudes más importantes en su fecunda labor: su deseo enorme de superación y su absoluta probidad. El Dr. Valverde pasó por la vida no como un tenedor de libros, tasador del bien y el mal sino como un cerebro, como un nervio olfateando sin cesar los enemigos de lo bueno, de lo grande, con los sentidos en continuo alerta, escrutando la vida en sus más nimios detalles, para reaccionar con toda la cólera, cuando una de esas sensaciones no se ajustaba a los más estrictos cánones de la honradez y decencia.

El deseo de superación en él se manifestaba con fijeza demasiado irritante para sus enemigos. Ese deseo agazapado en los repliegues de su cerebro, ubicada en orden de batalla, pensamientos e impresiones que abarcaban toda su vida. Era una especie de dominio interno que no lo dejaba en paz. Suscitaba con prodigioso poder caminos luces, amarguras, violencias, cariños, pero todo con magnífica lucidez. El conocía su senda y exigía a su humanidad cada día mayor esfuerzo, mayor intensidad para que cada paso lo continuara una zancada, y cada zancada un brinco y en este continuo revolotear lo cogió la muerte y como todo lo de su vida, precipitadamente se lo llevó.

Constantemente nos repetía en los corredores del Hospital San Juan de Dios que nuestra cirugía tenia que crecer, que debíamos intentar operaciones nuevas como en las grandes clínicas de los Estados Unidos, que debíamos perfeccionar las técnicas para beneficio de los enfermos y belleza de nuestra profesión. Cuando sabía que un enfermo se iba a otro país en busca de salud, se acongojaba fuertemente, no en el aspecto material, sino que se sentía vejado, arrinconado y lo tomaba como un insulto para Ja ciencia médica nacional.

Su deseo de superación, de crecer, ejercía sobre sus amigos entusiasmo, cariño, vivacidad. Veíamos en sus entusiasmos un motor trepidante, una personalidad masculina reciamente florecida. Sus enemigos, temerosos y sin osadía, lo creían altanero y arrogante, sin ver que lo que había era una voluntad audaz e incansable, que cogía al vuelo toda idea nueva o generosa y cual flor exprimía su jugo para extraer el perfume, desechar el resto. Su vida de hombre público es también un martilleo incesante de superación. ¡Qué odio más mortal para el moho! ¡Qué pasión tan grande para la superación! ¡Qué desesperación por el movimiento! La quietud era para él muerte. La conformidad un suplicio. Como un médium en trance flotaba su espíritu, en todas partes, rehusando plegarse a las realidades de la existencia.

Su probidad tanto moral como profesional era dogmática. Puede aducirse en su contra tremenda intolerancia para lo que no creía correcto, violencia inaudita para lo que no estaba de acuerdo con su criterio. Pero así como arrollaba, perdonaba o daba excusas. Sabía que los humanos son un conglomerado de grandezas y suciedades, víctimas de fuerzas incontrastables y desconocidas. Qué no se puede resucitar a un caballo moliéndolo a pales. Su probidad lo enorgullecía. Quería hacer las cosas con franqueza, con todo valor moral. Deseaba llegar pronto a lo medular y con imaginario golpe capturarlo. Y estos orgullos son necesarios en el mundo. Y estas ocasiones son las que hacen progresar.

En el campo de la cirugía, abordaba con su franqueza característica, con su valor completo y con su dedicación a toda prueba, los arduos problemas que a todo cirujano se presentan constantemente. Y allí era donde su probidad se ajustaba mejor. Cuando una operación quirúrgica le resultaba bien, lo proclamaba sin tapujos, cuando mal, lo decía sin sonrojo, Y se necesita ser muy fuerte moralmente para dominar a la vanidad, que es la más destructiva, la más universal y la más difícil de vencer de las pasiones que se apoderan del alma del hombre.

Hecho en las disciplinas de Moreno Cañas, en su escuela de probidad e hidalguía, nunca un discípulo fué mejor complemento del maestro. Su batallar era duro, metálico, sin esfumados ni claros-oscuros. Como Moreno Cañas, sabia que el hombre endurece por una parte y se pudre por la otra. Que la inquietud es una onicofagia espiritual interminable. Y que en todo hombre se debe esperar menos inteligencia de lo que se dice y más corazón de lo que se supone.

Las dos virtudes descollantes de Valverde que he escogido, son las que más me atrajeron. Esas dos cualidades también son las que le produjeron más enemigos. El deseo de progresar y tener una probidad a toda prueba no se perdona muy fácilmente. Es más cómodo la flexión y el encaje. La honestidad de sentimientos, la decencia como culto producen muchas amarguras, pero ante la muerte, esa hipoteca celeste que todos tenemos que pagar, es mi deseo y el de todos sus amigos, que las palabras de Sófocles cuando pone a los que mueren bajo “el polvo del olvido” no tengan en Carlos Luis Valverde ningún eco, que hagan excepción en él y que recordemos siempre que fue ciudadano íntegro, hombre probo y médico lleno de inquietudes y afanes de superación.

Fuente: Revista Médica de Costa Rica, No. 167, marzo de 1948.



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