Homenaje del Colegio de Médicos y Cirujanos
al Dr. Antonio “Tony” Facio Castro

El día 25 de Junio de 1949 a las 10 horas el Colegio de Médicos y Cirujanos de la República le rindió un homenaje con la colocación de su retrato en el Salón especial de la sede del Colegio, en que asistió el cuerpo médico de la capital y de provincias y distinguidas personalidades de nuestro mundo científico, político y social.

Antonio “Tony” Facio Castro

Retrato del Dr. Antonio “Tony” Facio Castro en el Colegio de Médicos y Cirujanos.

Los discursos que a continuación insertamos fueron pronunciados:

Discurso del Dr. Antonio Peña Chavarría,
Director del Hospital San Juan de Dios.

El Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica tiene el honor de descubrir hoy el retrato de uno de sus miembros más distinguidos; el Doctor don Antonio Facio Castro.

Ya tenemos en este Salón una galería de retratos de médicos mártires. A las efigies de Ricardo Moreno Cañas, de Carlos Manuel Echandi, de Carlos Luis Valverde y de Jaime Tellini el fervor patriótico de los colegas ha levantado un altar en donde podemos llegar todos para recogernos y meditar con la seguridad de que renovaremos nuestro valor y nuestra fe en el ejemplo luminoso de esos varones.

En un pequeño marco contemplamos también la figura egregia del Doctor don Carlos Duran, padre de la Medicina Moderna en Costa Rica.

A ese grupo de héroes llegará hoy el Doctor Antonio Facio Castro y lo hará con la frente levantada y el paso seguro pues él también ha ofrendado su vida cumpliendo con su deber profesional y ayudando a una causa que él creyó justa y noble.

El Doctor Facio Castro heredó de su madre un corazón noble y bondadoso.

De su padre el espíritu varonil y un gran sentido de responsabilidad. Ellos estuvieron orgullosos de contemplar los méritos de su hijo en el curso de su corta vida.

Después de su muerte deben apartar las lágrimas y contemplar con mayor orgullo aún la llegada de Tony a los umbrales de la inmortalidad.

Discurso del Señor don Juan Francisco Rojas Suárez,
Vicepresidente de la Cruz Roja Costarricense

Con el espíritu emocionado por la dolorosa rememoración de un infausto acontecimiento que llenó de duelo a la sociedad costarricense, venimos hoy a rendir este homenaje de sentido y cariñoso recuerdo a la memoria del doctor don Antonio Facio Castro.

Es en nombre de la Cruz Roja Costarricense, que tengo el honor de llevar la palabra en este acto, en el cual esa benemérita institución se asocia lealmente al justo tributo que en este momento ofrece el Colegio de Médicos y Cirujanos de la República, a uno de sus mas dignos y brillantes miembros desaparecidos.

Tiempos de dura prueba para la Cruz Roja Costarricense son los que recientemente han pasado. Las emergencias que ha afrontado el país, dejaron huella de muerte en nuestras filas. Un selecto grupo de jóvenes, entregados en cuerpo y alma a la obra altruista de nuestra Institución, cayeron para siempre en el cumplimiento de su deber, cuando se daban por entero a la realización de su benéfica labor.

Todos ellos cumplieron el imperativo mandato de la Cruz Roja: y se unieron en el sufrimiento y en la muerte, en esa ignota región donde las diferencias propias a razas, religiones o clases sociales pierden toda su importancia y quedan, en cambio, en evidencia permanente, la comunidad de los hombres, la responsabilidad del hombre por el hombre, independiente de su situación en la vida.

Porque precisamente, la Cruz Roja ha sido creada para aliviar los sufrimientos ocasionados al ser humano por la enfermedad, la falta de cuidados y el abandono causado por la guerra. La ayuda de la Cruz Roja es una ayuda universal, es la aplicación práctica de la responsabilidad del individuo sobre la consideración de que todos somos hermanos, sin las discriminaciones que el odio y las pasiones engendran. La Cruz Roja atraviesa las barreras formadas por las gentes que cierran los ojos a la realidad de su vínculo mutuo, y abre de par en par las puertas de la piedad auténticamente cristiana. Ella se prodiga en amor para todo el que sufre y está desamparado, aun para el enemigo, porque tiene el deber de buscar en la obscuridad del odio y de la destrucción, al ser que la necesita y de ser verdaderamente caritativa con el prójimo.

El doctor Facio Castro, Tony Facio como le llamabais cariñosamente vosotros, sus colegas y compañeros, no pertenecía a las filas activas de la Cruz Roja. Pero de hecho quedó incorporado a las filantrópicas milicias de nuestra institución, desde el mismo momento en que, con la mayor abnegación y con el más elevado patriotismo, salió de su hogar para unirse al grupo de los que iban a prestar generoso socorro a sus hermanos en los campos de lucha. Desde aquel instante, Tony Facio llevaba en su corazón, grabada con su propia, sangre, la más alta insignia de la Cruz Roja: la que le guiaba a servir y ayudar a quienes necesitasen el auxilio de su ciencia medica.

Y así partió para las zonas de peligro, con el alma henchida del sentimiento fraternal de servicio que lo alentó siempre, con la mente puesta en el sagrado Juramento profesional de salvar vidas, y con el espíritu que alienta la obra humanitaria de la Cruz Roja. Con el sacrificio cruento de su vida joven y luminosa. Tony Facio llenó aquellos sublimes ideales y a ellos se entregó como un mártir, se dio entero en holocausto, aun cuando al hacerlo, se llevó consigo pedazos de los corazones que nunca terminarán de llorar por él.

Bendita sea la memoria de quienes, como el doctor Antonio Facio Castro, pueden llegar ante el Trono de Dios, llevando en su conciencia la credencial de haber servido sin regateos a la humanidad.

Discurso del Dr. Estehan A. López

El Hospital San Juan de Dios y en especial el Servicio de Cirugía Infantil “José María Barrionuevo”, quieren por este medio participar en este acto, en que el Colegio de Médicos y Cirujanos coloca el retrato del doctor Antonio Facio Castro en esta sala, junto a las figuras que mayor prestigio han dado al Cuerpo Médico, y que como él han caído en aras del servicio profesional más abnegado.

El doctor Antonio Facio Castro, a más de su brillante preparación profesional, de sus cualidades naturales de médico y de cirujano, siempre dispuesto a trabajar, siempre dispuesto al sacrificio, aun a aquel que superara sus fuerzas como el que emprendió cuando entregó su vida en forma trágica, patriótica y gloriosa. Cambió las comodidades de un hogar, el cariño de su dignísima esposa y las caricias, la más dulces caricias de su tierna hijita, por el cumplimiento de un deber para con la patria; para con su profesión. A más de su abnegación inigualable y de su espíritu de superación, poseía las mejores virtudes que hicieron de él un hombre que en tan cortos años de existencia se llevara la simpatía unánime y el cariño de todos cuantos tuvimos la suerte de conocerle y de considerarnos sus amigos.

Esas virtudes lo engrandecían en cada acto de su vida y las depositaba en los demás, con la más sutil delicadeza. Una de ellas, la bondad, se advertía al no más tratarlo por primera vez. Tony demostraba su bondad en su presencia, en su mirada franca y amable, en cada uno de los actos de su vida. Poseía un corazón de oro, donde los enfermos y los que lo rodeaban encontraron el consuelo más eficaz, y como un marco, el más hermoso de esa bondad. Tony poseía los modales más correctos, más amables. Siempre tenia una sonrisa a flor de labio para mitigar el dolor. ¡Con qué amabilidad y delicadeza trataba a sus enfermos! Nunca lo vimos iracundo y siempre lo vimos respetado.

Fue un ejemplo de caballerosidad, de disciplina, de obediencia, de abnegación, y fue un compañero y un amigo excepcional, presto siempre a servir y a prodigar favores.

La humildad fue la virtud que más lo distinguió. Era un hombre humilde. Tony nunca conoció el orgullo o la soberbia. A pesar de sus condiciones por mil causas ventajosas, por ser hijo del doctor Facio, el médico más apreciado del país, Jefe de la Sección de Cirugía del Hospital San Juan de Dios; por ser hijo de ese médico eminente, pudo haber buscado prebendas o a lo sumo pudo creerse con mayores derechos que otros o mostrarse orgulloso delante de sus colegas o colaboradores.

Ni por sus condiciones familiares, ni por su educación refinada, ni por su preparación y sus cualidades de médico y de hábil cirujano, nunca tuvo orgullo, siempre fue el más humilde, siempre el más sumiso, buscaba siempre el consejo aun de aquellos que técnicamente eran inferiores a el. Y lo hacía con tanta naturalidad, que de veras conmovía.

Yo tuve la oportunidad de ver a Tony frente a un hombre sucio, andrajoso y de mal aspecto que se presentó en momentos en que dejaba su carro frente al Parque Central, precisamente el día que las sirenas de los periódicos anunciaron la invasión traidora que habría de acabar con su vida.

Este hombre andrajoso y de mala presencia se acercó a él. Yo sentí un extraña sensación cuando vi a Tony Facio acogerlo con gran amabilidad, lo abrazó y le habló por espacio de varios minutos como quien comparte un alegre rato con su mejor amigo. Y así lo era: cuando se despidieron me dijo Tony: “Este es un compañero de la escuela, es al compañero que más quiero porque fue siempre el más pobre y algo descarriado, pero yo lo ayudo y lo aliento con algún consejo siempre que tengo en suerte verlo”.

Ese acto de Tony nunca lo olvidaré. Ahí está retratado con toda su bondad, su gran corazón, su humildad tan franca que acogía gustoso y con júbilo a aquel compañero en desgracia, donde quiera que encontraba una pena se esforzaba por remediarla, su mayor placer fue hacer algún bien.

Hombres así, están predestinados para un mundo mejor. Son los escogidos de Dios para irradiar sus virtudes desde lo Eterno, son ellos al igual que Tony, a los que Dios corta su tallo a más temprana edad, aunque los hombres no lo comprendemos.

Hoy, en este acto, el Colegio de Médicos y Cirujanos ha traído su retrato para dejarlo aquí donde nos reunimos, y que cada vez que lo veamos, recibamos une lección de bondad, de sacrificio, de humildad, pues las obras que Tony nos ha dejado en los cortos años que pasó por este Colegio son obras del espíritu. En cariño y en bondad nos ha dejado lo que nadie hubiera podido hacer en toda una vida; él lo hizo en un pequeño fragmento de la suya. Gracias a ese milagro del espíritu, hoy podemos decirle a nuestro querido compañero: “¡Tony, quédate aquí con nosotros!”

San José, 25 de Junio de 1949

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