José Marín Cañas<

La Marcha Fantasma (a los que no retornaron)

José Marín Cañas

El panorama de un conflicto bélico analizarse por sus líneas generales, y no por la narración individuad de los valientes que tomaron parte en él. Se han venido publicando interesantes reportajes individuales, que apenas nos dan el panorama reducido de cada uno de los narradores. Esta dificultad hace que sea muy difícil lograr una visión completa del conflicto, que en el fondo es el diagnóstico exacto de lo sucedido para bien o para mal.

En el caso del 48, la guerra podremos calificarla como una guerra de movimientos, no de posiciones como lo fue la del 14, ejemplo perfecto de esa categoría. Y es el caso que precisamente es dentro de la condición de una GUERRA DE MOVIMIENTOS, donde la estrategia logra hacerse presente en forma definitivamente cualitativa. Y de todos esos movimientos existe uno, especialmente uno en el 48, que alcanza el mérito de lo genial.

Si volvemos los ojos hacia la historia, encontraremos miles de ejemplos de estrategia genial. Pero el que por rango histórico tiene más preponderancia —y por cierto como desgracia irreparable— es el caso de los generales Grouchy, napoleónico y Blücher, alemán, y por ello enemigo del corso. Él Emperador había encomendado a un cuerpo del Ejército francés bajo el mando de Grouchy, detener y derrotar a Blücher, cortándole el camino que seguía hacia Waterloo. Por un error de cálculo, Grouchy atravesó la ruta del alemán sin verlo, y no se sabe todavía si le pasó por delante o por detrás. Cuando Napoleón atisbó en el horizonte la presencia de un Cuerpo de Ejército poderoso que se diseñaba en la lejanía, colocándose los binóculos exclamó: “¡Grouchy o la Muerte!”. En realidad, era la Muerte, porque el que avanzaba por el horizonte era el alemán, cuyos primeros cañonazos cayeron en las filas francesas y no en los ejércitos comandados por Wellington. Waterloo fue la tumba del corso por aquel error. Cuando Grouchy se dio cuenta, ya era tarde para llegar a la batalla y la Guardia Imperial, formada en cuadro, defendía la vida de Bonaparte.

Este pequeño ejemplo nos da idea de la importancia de una estrategia adecuada en las guerras de movimiento que, en el fondo, eran la técnica asombrosa del Emperador.

En nuestra breve guerra del 48 hay un movimiento de alta estrategia que tiene los honores de su gran calidad, y se llama “LA MARCHA FANTASMA”. Existen numerosos ejemplos en la historia de sus guerras. El cruce de “Las Ardenas”, el ataque alemán a la “Maginot” por un movimiento envolvente que permitió a la “wehrmacht” tomarla por detrás, en vez de hacer un ataque frontal como esperaba “Musiú” Maginot y los millones de franceses que dormían a pierna suelta seguros de que la línea “Maginot” era inexpugnable.

Es también célebre el movimiento envolvente de Joffre, Generalísimo francés que salvó a París mediante un amago a un flanco del alemán cuyas tenazas detuvo, en la primera batalla del Mame de la guerra del 14.

Fue también un modelo de estrategia aquella batalla de Alfambra en Teruel, junto con la campaña del Maestrazgo, que culminó con las tropas nacionalistas refrescándose en las aguas históricas del Mediterráneo, agua de griegos y romanos, de itálicos y de españoles y portugueses, y cuyo hecho cortaba a España en dos y dejaba indefensa a Cataluña. El Ebro remató la acción y la paz romana auguró los “40 años de tiranía fascista” que encumbraron a la “Hispania histórica” hasta los primeros puestos de desarrollo del mundo.

Fue sobre el Ande, en la porción que nos toca en nuestro pequeño territorio. Tuvo por escenario los campos bárbaros, las montañas ingentes, los canforros profundos, sobre los que se batieron en el decimonónico, Bolívar, Páez, Sucre, San Martín y O’Higgins. Su tamaño no logró los grandes volúmenes de los ejércitos que lucharon por la independencia, pero la sagacidad del esquema, la virtuosidad de su ejecución, la tenaz fortaleza de quien preparó todo el atuendo logístico que serviría vituallas, locomoción animal, horario exacta en la maniobra, disposición de los cuerpos —en esta ocasión— no grandes Cuerpos de Ejército, sino hasta lo minúsculo de pelotones, que tenían que cumplir con cronométrico rigor, para alcanzar la exactitud del triunfo. A toda esa operación, llevada a cabo, no por generales de larga trayectoria secundados por jefes avezados a la guerra, sino por improvisados militares que suplían con su ardor las deficiencias técnicas. Es asombroso, ahora, ya pasada la página a la historia, pensar qué ángel lo llevó de la mano por los hondos y bárbaros caminos de la montaña enmarañada, por los largos y agónicos trillos, caminando con todo el parque encima, recorriendo una jornada que alcanzó dos noches de andadura humana y un día de descanso

La hora fue exacta, y al iniciarse la tarde, desde diferentes puntos y en diferentes horas, cada pelotón, cada batallón partió hacia la noche, hacia la muerte o hacia la victoria. Y así fueron saliendo, primero desde San Isidro de El General, que era el punto más lejano. Después, de Santa María de Dota, en su hora; partieron los de San Marcos de Tarrazú, los de San Francisco, los de El Jardín. Una ringla de caballos, (no mulas) requisados por el Ejército, llevaba el armamento pesado y venía a retaguardia. Por delante, y por diferentes caminos vecinales y en diversas zonas, comenzaron a ser engullidos por la noche un soldado cada cinco metros, en interminables y largas filas indias, dispuesto todo para lograr el despiste del enemigo, que vigilaba desde la altura, situado y confiado en los puntos cimeros de la Carretera Panamericana. Un solo punto había sobre la carretera, conservado a costa de mil sacrificios: ¡El Empalme! …

Un grupo de valientes soportaron el frío gélido de esa alta posición sobre la carretera. Era necesario aquel “punto” en lo alto de la montaña, para que todas las fuerzas del lado de Dota atravesaran la carrera y se reunieran con los que venían subiendo desde la otra vertiente, tenida cuenta de que los constructores, para evitar puentes, la habían trazado sobre el lomo del Ande, a horcajadas, como quien monta una mula, en lo alto del aparejo. En la tremenda oscuridad de la noche, cientos de hormigas caminaban en silencio, espaciosamente, quemados de sed, comiendo a trozos vituallas de guerra, rodeados de selvas impenetrables, sin encender una luz que los delatara.

Hubo que hacer un alto en el camino. Fue necesario que el jefe Figueres se devolviera para cerciorarse de que los caballos no habían flaqueado y que las armas llegarían a punto para el último asalto.

La consigna era batir camino, sin descanso, sin desmayo, tropezando en oscuridad, dando golpes contra las ramas desgajadas por el viento, hasta alcanzar un punto, más allá de El Empalme y al otro lado: Se llamaba el “Alto de los Gamboa”. Los Gamboa eran gente de Santa Cruz que tenían una finca por aquellos rumbos, y en el pináculo de un otero, un bosque hermoso para sestear. Fresco, abrigado e impenetrable para la vista del enemigo. Allá fue llegando la gente baqueana, subiendo las cuestas pinas y a trompicones. La operación de unirse en la cumbre de los Gamboa, la llamaba el argot de guerra, el “Rendez vous” (giro francés, muy aplicable a un juego de canasta o a un té de caridad).

A media noche ya faltaban pocos para completar la operación exhaustiva.

Fue con el alba, que las fuerzas se prepararon para el último asalto. Tras del descanso, se emprendió de nuevo la marcha. Ahora caminaban como sonámbulos, casi derrengados, ya sin fuerzas para adelantar un poco hacia Cartago, cuyo halo de luz indecisa y mortecina, se divisaba por encima de la pequeña lejanía. Dieron un rodeo para evitar El Tejar que se adormecía en la madrugada, y a poco, tenían las fuerzas frente a sí a Guadalupe de Cartago. Era el último impulso, el paso definitivo. La columna fantasmal se detuvo. Los jefes dieron las órdenes. Se distribuyó la forma en que iban a ser copados los edificios que se prestaran para hacerse dueños de la población, que ya después verían cómo y de qué manera forzaban la rendición del Cuartel.

Conforme el paso adelantaba hacia Cartago, los ánimos se exaltaban por la fruta que sazona se les columpiaba frente a los ojos ahora despabilados. Una ringla interminable de hombres, desplegados en pelotones, se acercaban más y más. El temblor de los luceros comenzó a decaer. El profundo negror de la noche se aligeró con el viento del alba, que soplaba frío del Irazú. En la inmensa noche secreta, llena de pasos olvidados, de barrancos superados, de caídas y de desmayos,todo parecía un gran conjuro de milagro, porque por el Este avanzaba la madrugada para traerles el rayo del calor y de la vida.

La entrada por Guadalupe de Cartago fue rápida y de pronto comenzaron a correr por las propias calles de la vieja ciudad que había sido señora y metrópoli de la colonia. De pronto sonaron unos tiros. Después otros. Por las calles corrían fantasmas ligeros vomitando fuego para avisar a los vecinos que las fuerzas del Sur estaban entrando en Cartago.

Reunidos los jefes, se dispuso de inmediato el envío de dos gruesas fuerzas de tapón para cerrar en Ochomogo el acceso a la ciudad desde San José. Otras se trasladaron al Tejar, para cerrar la Panamericana. Lo que siguió después es conocido, y lo relatan las viejas como una especie de milagro, en el alba de aquella mañana de victoria. El país se estremeció de punta a rabo. Las fuerzas revolucionarias se habían apoderado de Limón por aire, y de Cartago por tierra. La suerte del enemigo, que festejaba en San José la esfumación de Figueres, quedaba sellada. Con razón dijo Mac Arthur, los generales no mueren… se esfuman nada mas.

¡Este movimiento genial y heroico resume la guerra con caracteres de epopeya!

Comentarios La Nación, 27 de agosto de 1977

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