Padre Benjamín Núñez Vargas

LOS MOLINOS DE DIOS

PROCLAMA PATRIOTICA
POR LA DEFENSA HEROICA DE LA DEMOCRACIA

Presbítero Dr. Benjamín Núñez Vargas

Discurso pronunciado el 6 de marzo de 1948 a través de la radio, pocos días después que el Congreso de la República anulara la elección presidencial de don Otilio Ulate Blanco.

Costarricense:

Unido espiritualmente a todos los abnegados dirigentes de la Confederación Costarricense de Trabajo “Rerum Novarum” y en nombre de dicha central sindical, considero mi deber hacer llegar a todos los trabajadores de mi país, un mensaje que fije con claridad nuestra posición, en esta hora de dolorosa agonía de la patria, y sirva de vibrante llamamiento a todos los costarricenses al puesto de honor y de servicio, que los intereses del pueblo nos señalan imperiosamente a cada uno de nosotros.

Libertad y Pan

Desde que iniciamos la lucha por la liberación de nuestro pueblo, dejamos constancia de que la redención económica de la clase trabajadora no podía separarse, ni mucho menos contraponerse a su libertad política. Resumimos hace tiempo nuestra actitud en estas palabras: NO QUEREMOS PAN SIN LIBERTAD, NI LIBERTAD SIN PAN. Emprendimos esa lucha, sinceramente convencidos de que en la base de toda reforma social debe estar el respeto absoluto a la dignidad, a la libertad y a la voluntad del pueblo. Partimos del postulado nítidamente cristiano, de que la persona humana no puede ser sometida nunca ni a un régimen injusto de economía, ni a un régimen despótico de política.

De acuerdo con estos principios y atentos a la lucha por la liberación integral del pueblo de Costa Rica, nos hemos mantenido en medio de las situaciones políticas que nos ha tocado afrontar, exigiendo el respeto a las garantías individuales de los ciudadanos, reclamando el derecho que a cada ciudadano asiste, de sustentar aquella opinión política que sea de su agrado, sin que por ello tenga que sufrir persecución o vejamen de ningún género. No hemos cesado de reclamar el respeto a la voluntad popular expresada a través del sufragio, como a una cosa sagrada, y de proclamar la inviolabilidad de la persona humana, que no debe ser atropellada ni por la fuerza bruta, ni por la maquinaria estatal ni por la irresponsabilidad armada con altanería de autoridad.

Estamos convencidos de que, al adoptar tal actitud y sustentar tales principios interpretaremos el sentir del pueblo costarricense, que, por ello, no nos ha escatimado aplausos ni palabras de aliento ni sentimientos de gratitud. Con esa actitud ese pueblo se sentía reivindicado, o en camino de reivindicación, de una burla y de un ultraje, que venía soportando a través de toda su historia política y, especialmente, en los últimos tiempos de gobierno.

Ese pueblo sentía la necesidad de dar expresión efectiva a su justa indignación por el atropello que se venía haciendo, de sus derechos ciudadanos, por parte de políticos inescrupulosos, que habían erigido el engaño y la burla de la voluntad popular en postulado de su lucha ambiciosa por el poder. Ese sentimiento era y es tan profundo en el pueblo de Costa Rica que ese pueblo pone a la par, y aun antes de su lucha por la reivindicación economicosocial, su lucha por la reivindicación política.

Esa aspiración necesitaba una plataforma anchurosa e inconmovible para hacerse oír en todos los ámbitos de la conciencia nacional. La Rerum Novarum ha querido ser, y ha logrado ser, parte importante de esa plataforma. Bajo Sus banderas se ha luchado y se continúa luchando por la redención económica de la clase trabajadora de Costa Rica, al igual que por su redención política.

Aspiración nacional

Acaba de terminar una campaña política durante la cual, en más de una ocasión, nosotros presentamos sin ambages nuestro pensamiento y nos permitimos llamar la atención de los políticos y del mismo gobierno, en el sentido que queda expuesto.

El contacto directo con el pueblo nos permitió medir el hondo resentimiento que se había venido acumulando en el alma de la familia costarricense, sobre todo en el alma campesina, hacía el régimen imperante como resultado de una serie de atropellos, que iban desde el insulto insolente al individuo honrado hasta la estafa eleccionaria en escala nacional. Ya se ha hecho por quien debió haber sido hecho el inventario acabado de tales atropellos. Se ha hecho asimismo, en forma contundente, el inventario de la quiebra de las finanzas nacionales en beneficio de unas pocas finanzas particulares. Este fenómeno de deshonestidad administrativa había sido ya calado, con indignación, por el simple ciudadano y, especialmente, gracias a su fuerza de intuición colectiva, por el campesino costarricense.

Tal fue el substrato político y cívico que, como hecho irrefutable, ha dado sentido a la participación del pueblo en la lucha eleccionaria que acaba de terminar. Ese pueblo -y damos a ese término no un sentido clasista sino su más amplia significación social- venía anhelando un cambio de personas en los cuadros administrativos y, lo que era más importante, un cambio en la actitud ética en la administración pública. Exigía un cambio de régimen hacia un gobierno ejercido por hombres que teniendo sus miradas fijas tan sólo en el bien nacional, fueran capaces de restaurar el decoro de la República, levantar la dignidad ciudadana, reconstruir sobre bases de sólida honradez las finanzas de la nación y poner en movimiento la capacidad productiva de todo el país, procurando abundancia de bienes para todos, en una justa y equitativa distribución de la riqueza nacional.

No era preciso realizar unas elecciones para saber que esa era la máxima aspiración de la inmensa mayoría de los costarricenses. Bastaba con inclinarse sobre el pecho de ese pueblo para saber que eso era lo que ese pueblo deseaba, que eso era lo que pedía, y que eso era lo que precisaba darle.

Un veredicto inapelable

Estamos ahora del lado acá de un plebiscito popular que definió, en forma irrecusable, la voluntad nacional. Estamos del lado acá de un fallo, el más autorizado dentro de nuestro sistema institucional el del Tribunal Nacional Electoral. Ese fallo ha dado una consagración jurídica inapelable al veredicto popular.

Desde el poder, se están invocando excusas técnico-administrativas y se están tejiendo alegatos leguleyescos para resistirse a aceptar la esencia de ese veredicto. Piden resignación de un pueblo a una arbitrariedad criminal, alegando la necesidad de mantener la tranquilidad y la paz. En verdad ellos están invitando a una tragedia nacional de dimensiones incalculables. Estan declarando la guerra a un pueblo, pacífico sí, pero altivo e intolerante ante un atropello más a su voluntad.

Declaramos que el resultado final del plebiscito, ahora consagrado por el Tribunal Supremo de Elecciones constituye la afirmación irrefutable de la voluntad de un pueblo, que exige un cambio de hombres de gobierno y nuevos rumbos en la conducción de la nación. Ese veredicto ha de ser defendido, a costa de cualquier sacrificio, en nombre de Dios y en nombre de la Patria.

Las raíces fundamentales de nuestras instituciones democráticas y de nuestra libertad surgen necesariamente de la vigencia de la libertad para escoger los gobernantes.

Estamos en actitud de decidido apoyo a la voluntad popular que expresa una de las aspiraciones más palpitantes e imperativas de los costarricenses. Cualquier atentado contra esa voluntad, aunque sea perpetrado por una fracción del Congreso Constitucional, lo consideramos como un atropello a la voluntad popular y lo denunciamos como un crimen contra el pueblo y contra la Patria.

No estamos ya ante una causa de cortos alcances políticos electorales. Estamos frente a una causa nacional que debemos respaldar porque se trata de la acción nacional dirigida contra todos los errores de un régimen que el pueblo ha venido repudiando y que ahora se ha decidido a liquidar definitivamente. En esa causa encontramos, honrada y decidida, el alma del campesinado costarricense que ha sido durante largo tiempo humillado por el cintarazo del gendarme asalariado o del comunista exaltado.

En esa causa encontramos el grito de protesta reprimido en el fondo del pecho abatido de tanto costarricense, que ha venido soportando una persecución inmisericorde de todo género por el crimen de juzgar que era preciso poner coto a los desmanes y errores del régimen imperante. Es el grito de protesta de un pueblo que ha visto ultrajadas, en cierta ocasión a sus mujeres, maltratados a sus estudiantes, conculcados sus valores cívicos y hasta desnaturalizados sus valores religiosos.

Es el grito de indignación de la soberanía nacional atropellada por la presencia y por la intervención activa y alevosa, en nuestra vida nacional de militares o aventureros extranjeros. A ellos llegaron a entregarse los instrumentos de seguridad que debieran servir para proteger la tranquilidad ciudadana pero que en esas manos mercenarias vinieron a ser azote para los costarricenses honrados y garantía para desalmados enemigos de la Patria.

Es una causa que, basada en la justicia, debe ser defendida como se defiende la conciencia de un pueblo y la majestad augusta de la patria.

La Paz, fruto de la Justicia

La hora de la Patria es grave. Negros nubarrones se ciernen sobre nuestros hogares y sobre nuestros campos.

De un lado está un grupo político en posesión del poder y, por consiguiente, de armamentos y recursos gubernamentales, empeñado en continuar el régimen que el pueblo desecha; y por otro lado, ese pueblo, esparcido por sobre todo el suelo costarricense, profundamente convencido de la justicia de su causa y heroicamente decidido a no permitir una injusticia más.

Con la razón de la fuerza militar se quiere convencer a ese pueblo de que, por amor a la paz y por la armonía nacional, ha de deponer su tenaz empeño, renunciar a todos sus derechos cívicos y arriar su bandera de justicia. Así se piensa salvar la paz a costa de la justicia. Esa no sería una paz verdadera, sino una sumisión humillante, una paz de cementerio. La paz que impone la fuerza bruta al encadenar la razón y el derecho.

El Papa Pío XII tiene en su escudo pontificio la siguiente inscripción: “LA PAZ ES OBRA DE LA JUSTICIA”. Este y no otro es el concepto de paz que arranca de la entraña del cristianismo. El pueblo de Costa Rica quiere paz pero no puede en ninguna forma permitir que el precio de esa paz sea la renuncia a sus derechos y el sacrificio de su soberana voluntad, base de la dignidad nacional.

Los molinos de Dios

Lamentamos muy sinceramente el luto y el dolor, que han caído en los hogares de uno y otro bando político. De ese luto y ese dolor hacemos responsables a los hombres que se empecinan en no hacer honor en la justicia a la voluntad de todo un pueblo.

No podemos escapar a la historia ni al Señor de la historia.

La historia está movida no por fuerzas mecánicas sino por fuerzas espirituales y morales, que pueden tal vez tardar en su cumplimiento, pero nunca fallar. El pueblo lo dice con su sencilla sabiduría: los molinos de Dios muelen despacio, muy despacio, pero fino, finito. No podemos escapar a la historia, que nos da una cita que no podemos eludir.

En otros términos, creemos en la Providencia de Dios que dirige los destinos de las naciones y de los pueblos y que enjuicia a su tiempo a aquellos poderosos y a aquellas clases dirigentes que, abusando de su posición y de su fuerza, maltratan a los pueblos y quebrantan la justicia. No podemos escapar a la historia porque la mirada de Dios la cubre toda entera. Anatema popular ¡y anatema eterno! a los que se burlan de los pueblos y atropellan su conciencia.

Responsabilidad de los líderes comunistas

Queremos aprovechar esta oportunidad, para señalar la enorme culpabilidad que pesa sobre aquellos líderes de la clase trabajadora, que se entregaron al servicio de los intereses del comunismo, por la traición que han cometido contra el pueblo de Costa Rica. No han tenido, dichos líderes, la entereza de auscultar la conciencia de ese pueblo y obedecer su mandato y su voluntad.

Alegan esos líderes que el pueblo es inconsciente e incapaz de marcar por sí mismo los derroteros que lo conduzcan a la felicidad, se creen iluminados y únicos, capaces de saber lo que al pueblo le aprovecha y lo que no le aprovecha, reclamando para si el privilegio merecido de dirigir a su arbitrio los destinos del pueblo.

Se dicen promotores de la redención económica del pueblo y en nombre de esa redención que nunca logran, le niegan a ese pueblo la libertad, el derecho de pensar y el derecho de tener un gobierno que sea del pueblo, por el pueblo y para el pueblo.

Por eso el pueblo de Costa Rica, y especialmente el campesinado costarricense, los repudia. El comunismo no podrá, aunque lo haya pretendido, ser director y defensor de la clase trabajadora costarricense, porque no han tenido sus representantes el valor necesario de armonizar la redención económica con la libertad política de nuestro pueblo. Este error es para el alma nacional toda una traición y engendra para los que lo cometieron, el repudio que se guarda a los traidores de una causa.

Nosotros estamos dispuestos a colaborar con toda persona sincera que, respetando a nuestro pueblo, quiera luchar por su mejoramiento económico y social. Pero, interpretando a ese mismo pueblo, estaremos siempre decididamente contra el comunismo y contra cualquier intento, abierto o solapado, de implantar en nuestro suelo dictaduras de cualquier carácter, de caudillismo criollo, de autocracia de corte totalitario soviético.

Honor a Monseñor Sanabria

Hemos de hacer un aparte, en este manifiesto, para rendir homenaje de admiración y gratitud al señor Arzobispo, Monseñor Víctor Sanabria, por la noble y patriótica actuación que ha desplegado en servicio del pueblo de Costa Rica, en estas horas de inquietante angustia nacional. Es el mismo prelado que a su hora levantó la voz para respaldar los esfuerzos de reforma social, las demandas de una vida mejor, y la redención económica social de este pueblo. Es el mismo que ahora, en servicio de la justicia y del derecho, sale a salvaguardar la dignidad nacional y la dignidad de la persona humana. Gloria a ese prelado y gratitud infinita a sus desvelos y sus afanes por este pueblo que es su pueblo.

Hora de sacrificios

No sabemos a qué sacrificios nos ha de conducir la defensa de la dignidad de nuestro pueblo. Pero no podremos sustraernos a ninguno de ellos, por más heroico que sea.

Sospechamos que en esta lucha, que es lucha por la justicia y la libertad, tendrá que enfrentar el pueblo pruebas muy duras. Pero de esas pruebas ha de salir ese pueblo nimbado de heroísmo, con tanta madurez de carácter y tanta entereza de espíritu, que será capaz de construir un orden social en el que cada hombre, cada mujer y cada niño puedan vivir decentemente, porque será un orden social precedido por la justicia, enaltecido por la libertad y consagrado a la dignidad humana.

Vendrá la victoria

Nunca están los pueblos más cerca de su redención que cuando han descendido al punto más hondo de sus humillaciones y de sus sacrificios. Dicen con sabiduría nuestros campesinos que la noche se torna más oscura momentos antes de la aurora. No hay un solo invierno que no este seguido de una bella primavera y no hay un Viernes Santo que no vaya seguido de un florido Domingo de Pascuas.

Vivamos esta hora de aterido invierno, con absoluto apego a la justicia y encendamos, en esa hora de prueba, el amanecer glorioso de una patria mejor para un pueblo libre.

Abrevemos nuestro espíritu en las fuentes del deber durante este Viernes Santo y matando dentro de nosotros todo el egoísmo, toda la mezquindad y toda la ruindad, que forman escoria en nuestras vidas, demos paso a una florida resurrección del alma nacional, forjada por espíritus renovados, por corazones purificados y por voluntades reformadas.

Miremos con serenidad hacia el futuro y pongamos del lado de la justicia todo lo que somos, a fin de que Dios ponga del lado de nuestra causa todo lo que El puede.

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