Introducción


La Columna Liniera

Nota del Editor: Nuestro agradecimiento al Lic. Arturo Fournier Facio por hacer posible esta publicación digital

La Columna Liniera

José Meléndez Ibarra

A la memoria de
CARLOS LUIS FALLAS
amigo y compañero.

en el tercer
aniversario de
su muerte.

San José 7 de mayo de 1969

José Meléndez Ibarra: un ejemplo de lucha

Lic. Arturo Fournier

Conocí a José Meléndez Ibarra cuando regresé de Italia, después de hacer estudios de post-grado en Derecho Agrario. Él era experto en la situación y práctica agraria, puesto que trabajaba como dirigente de la Federación Nacional Campesina -FENAC-.

Solicité cooperar con los asuntos legales de dicha Federación. Algunas personas reaccionaron a mi presencia con reticencia y hasta con desconfianza, entre otras razones por ser yo originario de una familia de clase media acomodada y no campesino. En contraste con la actitud de esas personas, desde el primer momento encontré en José Meléndez no al superior jerárquico, sino a un amigo, profesor y guía, quien me ayudó desinteresadamente para que pudiera aprender todos los aspectos humanos y sociales del nuevo trabajo, y para facilitarme la relación con los campesinos pobres de nuestro país, a quienes evidentemente yo no conocía bien, por mi origen y por ser oriundo de la ciudad de San José

Me tendió su mano solidaria, acompañada de aquella alegría innata que tenía, acompañada de su pasión y vocación de servicio sincero y entregado a favor del pueblo, del campesinado costarricense e internacional; siempre firme, decidido, activo e intransigente no con quienes adversaban en su trabajo, sino contra la injusticia y la corrupción.

Conforme pasaba el tiempo, lo fui conociendo cada vez más y le tomé inmenso cariño por su calidad humana y su entrega por ayudar a quien tuviera necesidad de apoyo aunque él mismo era muy pobre y siempre tuvo muchas necesidades y carencias.

Supe que era nicaragüense de origen, que vino muy joven a Costa Rica, huyendo de la despiadada dictadura somocista en el hermano país, de la persecución y de la falta de trabajo en aquel país. Vivió casi toda su vida en nuestra Patria, y supo asimilar lo mejor de las dos idiosincrasias.

Amaba a su país natal igual que a nuestro terruño -que le dio refugio-; a Cuba la consideraba la isla de la libertad; a la Unión Soviética como cuna de la revolución bolchevique y de Lenin, el político quien junto con Marx y Engels inspiró su lucha revolucionaria y desinteresada; sufrió por la Iberia desgarrada y por la Indochina desangrada; nutriéndose de las experiencias de todos esos pueblos, teniéndolos siempre presentes en su quehacer y en sus tareas de solidaridad.

Fue compañero de partido político, de los ideales de una pléyade de luchadores sociales, de revolucionarios insignes como Manuel Mora Valverde, Arnoldo Ferreto Segura, Carlos Luis Fallas y de muchos otros más, junto con quienes construyó e impulsó movimientos sociales, ayudó a educar a amplios sectores de la población y peleó en la Guerra Civil de 1948, para defender las conquistas sociales que tanto beneficio y estabilidad habían dado a Costa Rica.

De joven en Nicaragua había conocido la gesta de Sandino, por lo que continuó preocupado, prestando su aporte solidario desde Costa Rica a favor de las luchas libertarias contra el tirano Anastasio Somoza. ¡Qué alegría tuvo cuando constató que el pueblo había ganado la gesta y había huido el sátrapa! ¡Cuánta emoción y orgullo sintió al poder volver a su país, luego de 48 años de ausencia! A pesar de que tenía 65 años de edad -desde que pasamos la frontera- parecía un niño, un muchacho joven, no perdía un momento, hablaba con toda la gente que se encontraba; visitamos a parte de su familia en Rivas, degustaba toda la comida típica, y se alegraba infinitamente con el Flor de Caña.

Luego en Managua, fue tal su sentimiento, su pasión al pronunciar un discurso en el Teatro Rubén Darío, para la constitución de la Asociación de Trabajadores del Campo, que los campesinos nicaragüenses pensaron que iba a sufrir otro infarto (ya anteriormente había tenido tres).

Como si todo lo anterior no bastara para una vida, sin haber cursado estudios formales -el Bachillerato lo obtuvo después de cumplir 70 años-, ni especializados, siendo un autodidacta, no un escritor de profesión, hizo el gran esfuerzo de sacar tiempo a sus múltiples actividades, para escribir sus memorias, de modo que sirvieran de contribución a la historia no contada, como enseñanzas de la experiencia colectiva en la que participó.

Ya anteriormente había escrito, publicado por la Editorial Revolución en 1969, el interesantísimo relato que por este medio se publica en línea: “La Columna Liniera”, inicialmente llamado “De jornaleros agrícolas a políticos, de concheros a milicianos, con el Partido Comunista (Vanguardia Popular)“; en 1983 publicó en la Editorial Costa Rica “Los campesinos cuentan“, relatos que en sus propias palabras: “no tienen otra pretensión que no sea la de informar a los costarricenses los obstáculos con que se le niega al campesino costarricense su derecho a la tierra. Y el deseo de brindar un modestísimo aporte a la historia nacional.” Finalmente, meses antes de morir, teniendo muy resquebrajada su salud, grabó siete cassettes con parte de sus memorias, además de revisar y ampliar su primer libro.

Toda su vida la dedicó a ayudar a los campesinos en su dura lucha contra la adversidad. Sus dotes de organizador, su temple, su profunda convicción ideológica, y sobre todo su plena entrega al trabajo creador, tendiente a la construcción de una nueva sociedad, inspirada por los principios de igualdad, justicia, adecuada repartición de la riqueza, hizo que tuviera una destacada participación en las luchas sociales para que todas las personas pudieran desarrollarse y realizarse a plenitud.

Era tan grande su corazón, que al morir mi padre en 1983, nutrió a mis hijos con el tan necesario cariño de abuelo; y en casa se le vio durante esos años como abuelo paterno.

Fue un gran enamorado de la vida, disfrutaba de las pequeñas y grandes alegrías, de la naturaleza (aunque la vocación ecológica aún no había tomado la importancia que tiene hoy en día), del amor, de las diferentes mujeres con quienes compartió su vida en diversos momentos. Y, a pesar del continuo sufrimiento que veía en la sociedad por su trabajo, siempre estaba alegre, dinámico, cantaba, celebraba todos sus cumpleaños.

Fue tal su desprendimiento en favor del prójimo desvalido, que su salud se fue resquebrajando, al punto que en total sufrió cinco infartos y un derrame. Aún con esa condición y a pesar de estar pensionado, siguió hasta el último de sus días tendiendo su noble mano a los trabajadores y campesinos más necesitados, con un esfuerzo y dedicación que se desearían muchos jóvenes y adultos inspirados tan sólo por el egoísmo y el consumismo desenfrenado.

Durante los últimos años de su vida tuve el honor de hacerle algunos trabajos legales, incluida la cesión de su derecho a la pensión de guerra, a favor de quien era su compañera al momento de la muerte. Nunca aceptó que lo eximiera de honorarios, y como carecía de ingresos, preparaba con su propia mano: tortillas, panes y otras golosinas, como agradecimiento.

Falleció el 1° de julio de 1998, pocos días antes de cumplir sus 85 años; murió producto de una actitud injusta y absolutamente execrable por parte del Jefe Médico y del Jefe de Farmacia del Hospital San Juan de Dios, que le negaron medicinas a las que tenía derecho, ante cuyo burocrático desinterés la deteriorada salud de don José no resistió más. Fue muy triste recibir después de su muerte, la orden de la Sala Constitucional, para el suministro de dichas medicinas, acogiendo un Recurso de Amparo que habíamos presentado en defensa de su salud.

No le interesó a ciertas autoridades médicas del Hospital San Juan de Dios, saber que José fue una de las personas simples del pueblo, que creyó en el Estado Social de Derecho, que luchó tesoneramente toda su vida por las garantías sociales plasmadas en nuestra Constitución Política.

Peleó en la Guerra Civil de 1948, puso en juego su vida, fundamentalmente para defender el Seguro Social y la protección a los desvalidos del país.

Paradójicamente, NO MURIÓ POR LAS BALAS DEL ENFRENTAMIENTO FATRICIDA, SINO POR LA DESHUMANIZACIÓN BURROCRÁTICA, de los malos herederos de una hermosísima tradición de solidaridad social, que tanto ha costado a nuestra Patria. Presentamos contra ellos y ganamos un recurso de amparo, en el que la Sala Constitucional le concedió a José una reparación moral y una indemnización pecuniaria para reponer el dolor que le causó a su alma el tratamiento displicente y denigrante a que fue sometido en el Hospital San Juan de Dios, olvidándose de garantizar la aplicación del Capítulo de Garantías Sociales de la Constitución, que el derecho fundamental a la salud no sea mera declaración hueca, carente de contenido, como lo es para algunas personas deshumanizadas.

El desinterés y menosprecio por los asegurados, mal endémico que azota a muchas instancias del Seguro Social, aun cuando se trate de “ciudadanos de oro” como era Meléndez, condición a la que tanta propaganda formal se le hace, quedó patentemente demostrado con la ausencia de contestación por parte de las autoridades hospitalarias a las gestiones verbales y por escrito que les hicimos, e inclusive ni se preocuparon por contestar el Recurso de Amparo, ni tan siquiera para rebatir o demostrar en contrario, las quejas que contra ellos tenía don José, por falta de adecuada atención, y por la negativa a entregarle las medicinas -a pesar de estar disponibles- que su precaria salud requería.

Leamos y disfrutemos este libro, que recoge parte de nuestra historia, desconocida para muchos, puesto que el autor formó parte del bando que perdió y fue derrotado en la Guerra Civil de 1948, conozcamos a través de sus páginas a ese magnífico ciudadano de dos países hermanos: Costa Rica y Nicaragua, globalizado en su entrega y desprendimiento, sin importar de qué parte del mundo era originario, sino de atender a quien necesitara de su ayuda.

Las páginas de este libro están pobladas de hechos y personajes del pueblo, que Meléndez nos pintó con trazos breves pero indelebles.

José Meléndez Ibarra fue un ejemplo de lucha, de entrega a la consecución de los ideales en los que creía, de honestidad, de abnegación, de humildad y de solidaridad. Siempre estaba dispuesto a compartir su experiencia, su vida, sus conocimientos, sin ningún tipo de egoísmo ni vanidades ni erróneos orgullos, sólo el desprendimiento como bandera, nutrida de humildad y abnegación.

Que su vida nos sirva de ejemplo, que los principios que lo inspiraron, tan venidos a menos en la sociedad actual, carente de valores y de genuino amor al prójimo, sean también nuestro norte en cualquier trabajo o actividad que emprendamos, como ejemplo para las generaciones futuras.

San José, 3 de mayo 2016

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