Nicaragua - Costa Rica

Nicaragua vs. Costa Rica en el siglo XX

Claro González Valdés (*)

Una vez firmados, ratificados y canjeados los instrumentos del Tratado Cañas –Jerez entre Costa Rica y Nicaragua (1858), se creía en Costa Rica que se abría una nueva época de luz y esperanza, de paz y armonía, con nuestro vecino del norte. Todo fue como un sueño, una tremenda realidad, pues se abrió antes bien una largo período de refunfuños y reclamaciones sin fundamento de Nicaragua, que pretendía desconocer el Tratado, alegando tres sinrazones que fueron declarados sin lugar en el Laudo Cleveland de 1888.

En 1868 se habían firmado tratados de paz y amistad, luego de comercio y otros más de paz y amistad con Nicaragua. Por ellos los ciudadanos de ambas naciones podrían ir por mar y por tierra, libre y seguros, con sus buques y cargamentos, así como entrar en los puertos, ríos y tierras de la otra nación.

En 1876 Pedro Joaquín Chamorro, Presidente de Nicaragua, no conforme, puso en armas 5.000 hombres para invadir Costa Rica. El General Tomás Guardia quería entrar en la guerra, pues “Nicaragua no ha declarado la guerra, pero ha asumido una actitud que es de guerra” y decía al Congreso: “Recordad que la guerra impone duros y costosos sacrificios; pero no olvidéis que la paz comprada con la humillación de la Patria es un crimen de lesa nación de que nos pedirán estrecha cuenta los pueblos que nos han confiado la guardia de su honor y de sus derechos” (Rafael Obregón Loría op.cit.) Es probable que el General Guardia hubiese arreglado este asunto suo tempore y además, saecula in seculorum.

En 1886 Nicaragua, aficionado a la guerra y fogueado en sus permanentes luchas internas, blandió su espada nuevamente contra Costa Rica.

General E. P. Alexander definió los límites del tratado entre Costa Rica y Nicaragua. En 1898, como cierre de siglo, dadas tantas amenazas, por mediación de El Salvador (Tratado Pacheco-Matus) se llegó a un arreglo y se acordó amojonar la frontera. En virtud de ello se firmó un arreglo definitivo en 1898, a bordo del buque estadounidense “Alert”.

De aquí resultó el Ludo del General E. P. Alexander, árbitro nombrado por los Estados Unidos.

En abril del 1900, se termina el amojonamiento y se reúnen en el Congreso de Managua y firman el Ing. E. P. Alexander, por EE. UU., Lucas Fernández de Costa Rica, y Salvador Castillo y José Urtecho por Nicaragua (Acta final de las Comisiones de Amojonamiento, en Alberto Quijano, Costa Rica Ayer y Hoy, Imprenta Borrasé, 1939).

Las agresiones de Nicaragua, para mayor proveer, se dan también en otro orden de las relaciones internacionales. Tal es el caso en el Tratado Bryan-Chamorro (Emiliano Chamorro – William J. Bryan) de 1914.

El eminente intelectual costarricense radicado en México, Vicente Sáenz, con acierto se pregunta: “¿Y por qué es nulo en derecho este tratado, de comprobada ilegalidad e ilicitud, según sentenció también la Corte de Justicia Centroamericana? Porque el llamado Gobierno de Nicaragua no sólo negoció la soberanía nicaragüense, sino también propiedad territorial de Costa Rica, El Salvador y Honduras.

Acudieron entonces los países perjudicados ante aquel Alto Tribunal, que se había creado en 1907, bajo el patrocinio de México y del propio Gobierno de los Estados Unidos.

La Corte falló por mayoría de cuatro votos contra el del magistrado nicaragüense, sentando que con el pacto Bryan-Chamorro fueron violados”:- a. El Tratado Cañas-Jerez (1858), b. El Laudo Cleveland (1888), c. El Tratado de Paz y Amistad de 1907, d. Los derechos legítimos de El Salvador y Honduras en el Golfo de Fonseca. e. La Constitución de Nicaragua, que declara inalienables la integridad territorial y la soberanía de la República. (Resumen de este comentarista, en Vicente Sáenz, Nuestras Vías Interoceánicas, Editorial América Nueva, México, 1957, pp. 80).

En 1948, Costa Rica fue invadida por la frontera norte. Primero por el tirano Anastasio Somoza en abril, luego por Rafael Ángel Calderón Guardia, Expresidente de Costa Rica, y su hermano Paco.

La primera vez, en el ocaso de la Revolución, después de la toma de Cartago y Limón, cuando todavía vibraban en el aire aquellas palabras lapidarias de don Otilio Ulate, Presidente electo de la República, con su brillante retórica que decía: “Cuando Cartago empezó la lucha, no había ni paz ni pan en la ciudad; Cartago fue a la guerra, y hubo paz, pan y tranquilidad sobre la mesa después de la victoria”.

Somoza sospechaba que los comunistas se rearmaran y con nicas, salvadoreños y otros se alzaron contra él. El plan de los calderocomunistas era derrocar a don José Figueres.

Pero el miedo de Somoza era tal que ofreció mil hombres. Manuel Mora exclamó: “Necesitamos armas, no hombres”. Habían invadido La Cruz, Los Chiles y llegado hasta Ciudad Quesada.

El 20 de abril el tirano de Nicaragua dio la orden de retiro. Pero en diciembre del mismo año fue el Dr. Calderón Guardia quien entró con sus tropas desde Nicaragua e invade el país, otra vez con el propósito de derrocar a Figueres.

En esta lamentable incursión perecieron varios costarricenses, primero un grupo de cruzrojistas y luego los integrantes de una brigada del Gobierno costarricense.

Los hermanos Calderón Guardia, Rafael Ángel y Francisco, con el apoyo de Somoza, y ahora con la alianza de Trujillo de República Dominicana y Marcos Pérez Jiménez (los tres dictadores), no daban tregua.

En enero de 1955 ejecutan la más brutal agresión a Costa Rica. La invasión del 55 fue por aire y tierra, comandada por Teodoro Picado Lara, hijo del Ex presidente Teodoro Picado.

Esta invasión tuvo una gran repercusión internacional, con gran presencia de la prensa nacional e internacional, en el campo de hostilidades desde el primer día. Hasta vino la OEA, cuando era eficiente en liderazgo y efectiva en acción.

La Revista Bohemia, de La Habana, la de mayor circulación en América Latina en la época, le dedica un gran despliegue. Envía como corresponsal al campo de batalla al famoso periodista Henry Wallace, quien escribe: “En el frente de batalla de Costa Rica: la historia de la heroica batalla por la democracia costarricense contra los agentes mercenarios de las dictaduras, se escriben en estos momentos con sangre y metralla en las tranquilas lomas de Guanacaste”.

Viene también un artículo de aquel periodista e ilustre historiador cubano don Herminio Portel Villa. Bohemia le dedica el editorial del 17 de enero de 1955: “En defensa de Costa Rica”.

El 15 de enero viene la tragedia en la Batalla de Santa Rosa. Joaquín Vargas Gené, de grata memoria, en La Nación del 17 de enero escribe con dolor: “Al atardecer del sábado pasado, se efectuó en los sitios de Santa Rosa, la más intensa batalla que posiblemente se haya verificado en toda la historia. De nuevo, los muros históricos de la vieja casona de la hacienda, férreos testigos de hechos heroicos, de anhelos, de congojas y de dolor y de sangre de muchos costarricenses”.

Un ataque mortal y una explosión de granada caen en el grupo, soldados y periodistas, dejando a todos heridos. Fallece Óscar Cordero Rojas, periodista de La Prensa Libre. Jorge Vargas Gené, periodista de La Nación, mortalmente herido, es llevado a Liberia, luego a San José donde muere al día siguiente.

La Prensa Libre del 17 de enero dice. “Un inmenso crespón negro enluta nuestra Prensa Libre y enluta nuestros corazones, Oscar Cordero Rojas, el compañero dilecto moría en acción”.

Fallecen también los patriotas Mario Cordero Crocceri, hermano del periodista José Rafael Cordero Crocceri y Rodolfo Chavarría.

Gravemente en medio de tantos heridos con la explosión de una granada en la cabeza queda también Carlos Luis Mora Gómez (suegro de quien esto escribe), quien fallece un tiempo después en Estados Unidos.

La Revista Bohemia presenta en la página dos la foto de Mora Gómez, herido, a toda plana, acompañado por varios patriotas, entre ellos el Ing. Oscar Urbina. En otras páginas presente muchos heridos más, entre ellos el periodista Joaquín Vargas Gené.

En otras páginas Bohemia presenta en el campo de batalla a José Figueres, Presidente de la República, a Marcial Aguiluz, Rodolfo Quirós y otros patriotas de los altos mandos (Bohemia, Archivo hermanos Mora).

El 12 de enero había sido ametrallado la Ciudad de San José, la ciudad tranquila y callada en aquellos dorados tiempos. Un avión venezolano, de Pérez Jiménez, voló tirando fuego, desde el Liceo de Costa Rica hasta Barrio México, donde una casa recibió el impacto de un proyectil, que entró por el techo y cruzó los dos pisos incrustándose en la cocina. Frente el Diario de Costa Rica (Avenida Central con calle 1) varios impactos de proyectil rompieron la quietud poco antes de la ocho de una triste mañana.

Yo iba para mi trabajo en una oficina de la avenida tercera, cuando vi nada más que todo el mundo corría cielo y tierra. La única víctima fue una perrita que cruzaba la avenida central como a esa hora. La ciudad quedó desierta.

La Tiranía de Somoza, la Estirpe sangrienta, como la llamó un escritor de ese país, invadió Costa Rica en 1960. Entraron hasta Ciudad Quesada. En una emboscada de la fatídica y criminal Guardia Nacional, ahora aliados de Daniel Ortega y de Edén Pastora, mataron al Coronel Alfonso Monge, Director de la Guardia Civil de Costa Rica.

El Coronel Monge trabajaba antes como Jefe de Relaciones Laborales en la United Fruit Co.

Este comentarista laborada como Asistente Administrativo en el Depto. De Agricultura, ambos en Palmar Sur. Su muerte trágica golpeó muy hondo a quienes fuimos sus compañeros en los campos del sur. Don Mario Echandi, cuando se inauguró el Puesto Fronterizo de Peñas Blancas que lleva el nombre del ilustre militar caído en cumplimiento de su deber, le dedicó palabras de justo reconocimiento a aquel, gran soldado, gran ciudadano, gran amigo y compañero, que había caído en defensa del honor de la Patria.

(*) Periodista.

Fuente: Primera Plana

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