Carlos Monge Alfaro

Carlos Monge Alfaro

Carlos Monge Alfaro
1909-1979

Nació en San José, el 22 de mayo de 1909, en el hogar formado por don Ulpiano Monge y de doña Gloria Alfaro.

Estudió en el Liceo de Costa Rica en donde en 1926 obtuvo su título de Bachiller en Ciencias y Letras. Sus estudios superiores los realizó en Chile, donde se graduó de profesor con Distinción Máxima. También cursó estudios profesionales en la Facultad de Filosofía y Educación de la Universidad de Costa Rica (Instituto Pedagógico).

De 1934 a 1948, fungió como profesor de Historia y Geografía en el Liceo de Costa Rica y de 1943 a 1949 en el Colegio Superior de Señoritas. Además fue docente en el Colegio Seminario en 1942. Fue profesor en la Universidad de Costa Rica, decano de la Facultad de Filosofía y Letras, Secretario General de la Universidad y su Rector de 1961 a 1970. Además fue miembro de la Academia de Historia de Geografía.

Su gran sensibilidad social desde muy joven lo induce junto a otros intelectuales jóvenes a fundar el Centro de Estudios de los Problemas Nacionales, germen de lo que sería posteriormente el Partido Liberación Nacional. Fue miembro de la Constituyente de 1949.

Sus ideas sobre la educación pueden comprenderse como un intento de reforma constante.

Don Carlos Monge murió en San José el 8 de abril de 1979.

Fue declarado Benemérito de la Educación el 16 de junio de 1980 a solicitud de su alumna la diputada y profesora Niní Chinchilla de Mora.

La biblioteca de la Universidad de Costa Rica lleva su nombre.

 

Carlos Monge Alfaro

José Marín Cañas

Carlos Monge Alfaro

Pertenecía a la última remesa de costarricenses que fueron a Chile para regresar con un bagaje amplio de cultura, tal como lo necesitaban nuestras más altas Casas de Enseñanza. Los que fuimos al Liceo allá por los años que antecedieron al 20, tuvimos todavía la fortuna de lograr la sabiduría de aquellas primeras y segundas remesas de estudiantes, que, cerrada la Universidad de Santo Tomás, nos veíamos en el caso de hacer sabios en el extranjero. Todavía logramos a don Juan Dávila, a don Lucas Raúl Chacón, a don Emel Jiménez, a Brenes Mesén y a don Joaquín García Monge, etc. Pero desaparecidos por la criba del tiempo, se tuvo el acierto de enviar a dos distinguidos estudiantes de sorpresivo talento y férreas disciplinas en el estudio. Ellos fueron Carlos Monge Alfaro y el poeta Isaac Felipe Azofeifa. Habían pasado muchos años de las primeras excursiones de costarricenses a Chile, cuando se produjo el envío de éstos. Ambos vinieron a servir con su extraordinaria preparación cultural y filosófica, a la incipiente Universidad abierta a las oleadas de muchachos ansiosos de Estudios Superiores dentro de la patria, sin pasar por el sacrificio, negado a tantos, de buscar en el extranjero la ansiada preparación.

De los dos, hice amistad pronto con Carlos Monge Alfaro. De espíritu combativo, agresivo y jovial, bien pronto su nombre figuró entre las más atrayentes figuras de gran talla dentro de la enorme fábrica de la Universidad, que se iniciaba. Fue don Luis Demetrio Tinoco el costarricense ilustre que dio el paso de abrir a las juventudes aquella nueva casa de Enseñanza, bajo el Gobierno del doctor don Rafael Ángel Calderón Guardia a quien el señor Tinoco le puso la condición de llevar a cabo la empresa gigante para poder aceptar él, el Ministerio de Educación Pública.

El primer secretario de la Universidad al ser echada a caminar, fue el doctor don Enrique Macaya Lahmann, una de las culturas más amplias y europeas que había regresado a la sazón de los Estados Unidos. Al retirarse para atender sus negocios, Carlos Monge Alfaro se destacó de inmediato como el secretario indispensable y perfecto para la difícil obra. Se debatía por aquellos tiempos la implantación de los Estudios Generales, que Macaya y el profesor Abelardo Bonilla apuntalaban con gran coraje. Recuerdo que un día hablando con Carlos Monge me dijo una frase que lo retrataba de cuerpo entero: «Yo soy hijo de un albañil», con lo que podía medirse el gigantesco esfuerzo y la extraordinaria fortuna para tan gran potencia de trabajo y capacidad craneana de primer orden. Actuaba de Rector aquel extraordinario y fino ejemplar costarricense don Rodrigo Facio Brenes, joven distinguido que tenía el sello magistral en la frente, como hijo de don Justo, otro de los grandes hombres de la Enseñanza. Pero el destino dispuso arrebatar aquel bello ejemplar y dejar a la Patria sumida en duelo. El país se quedó mudo ante la terrible desgracia ocurrida en San Salvador.

***

Le sucedió en la Rectoría del desaparecido gran promesa nacional, un valor muy destacado, don Fabio Baudrit, decano de la Facultad de Agronomía. Los «idus» de marzo siguieron soplando contra el César pues a los seis escasos meses, don Fabio Baudrit fallecía víctima de una úlcera estrangulada. Conmovióse el país por tanta desventura, pero la Universidad tenía que seguir marchando. Con la desaparición de don Fabio prematuramente de la Rectoría, se perfiló de inmediato subiendo los peldaños de su sueño educacional aquel joven polemista, hombre de lucha, llegado por su esfuerzo y capacidad a los altos puestos de la Enseñanza Superior, ganados limpiamente por la agudeza de su talento, la solidez de su preparación y lo recio de su espíritu. El nuevo Rector fue el Lic. Carlos Monge Alfaro.

Ganó en comicios tres etapas de Rectoría que fueron de indiscutible avance para la Universidad. Llegó a ser el rector por antonomasia. En el cuarto período, ganó el lauro Eugenio Rodríguez Vega.

Era el rector Monge de talla tan pequeña como la mía, pero con una capacidad craneana, un poder dialéctico, una facilidad de palabra, un sagaz escorzo al aplicar a los problemas sus parámetros mentales, que a pesar de nuestro común tamaño, la talla del hombre ilustre era la de un titán, y no la del modesto viejo que ahora escribe. […]

De espíritu inquieto, de cerebro dúctil, de interminable dialéctica en todos los campos; de poderosa imaginación histórica, produjo libros de la vida patria, con numerosas y limpias y nuevas formas vitales de examen y dictamen.

Con su desaparición desaparece de mi vida, uno de los pocos amigos que ya me van quedando, pues tengo mas bajo tierra, que sobre ella. Comienzo a sentir la «soledad cósmica» que es el prefacio de la vejez y de la muerte.

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