Sonia Marta Mora Escalante

Día de la abolición del ejército en Costa Rica

Intervención de la Dra. Sonia Marta Mora Escalante
Ministra de Educación Pública

El 1 de diciembre de 1948, el entonces Presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República, don José Figueres Ferrer en un acto emotivo y simbólico en el Cuartel Bellavista- dio por abolido el Ejército Nacional en nuestro país. Acto absolutamente consciente y determinante, de esos que pasan a formar parte de la historia trascendente de un país.

En el evento del 1 de diciembre, y como corolario del mismo, don José Figueres entrega de inmediato las llaves del Cuartel a una institución educativa superior, la recién fundada Universidad de Costa Rica, con el propósito de que en el edificio militar se estableciera el actual Museo Nacional, como centro de estudios antropológicos.

En 1949 la Asamblea Nacional Constituyente eleva a rango Constitucional la sabia decisión del 1 de diciembre, quedando así sellada la voluntad civilista de un pueblo, luego de una serie de acontecimientos que llevaron luto y dolor a muchas familias costarricenses.

Para que nuestros jóvenes y ciudadanas y ciudadanos tuvieran siempre presente ese acto heroico, por decreto del 24 de diciembre de 1986, se declara el 1 de diciembre de cada año como “Día de la Abolición del Ejército”.

Al Ministerio de Educación Pública se le instruyó oficialmente para que emitiera las directrices de la celebración anual de dicha efeméride en todos los centros educativos del país. Se quería de esta manera que el acto de aquel 1 de diciembre pasara a formar parte de la memoria de larga duración de nuestro pueblo.

Hoy nos corresponde celebrar, una vez más, el “Día de la Abolición del Ejercito”, a 66 años de los golpes de mazo que simbolizaron la decisión de resolver todos nuestros diferendos, a partir de ese momento, por la vía del Derecho y no por las armas y la violencia.

Pocos pueblos, en un mundo polarizado como ese de la década de los cuarenta, con dos guerras de proporciones mundiales a su haber y con guerras locales, podían llegar a dar el paso que dimos nosotros.

Teníamos historia militar, teníamos ejército nacional, el cual tuvo protagonismo, como en otros países de América Latina, desde el siglo XIX, en la vida política nacional. Tuvimos generales, tenientes, sargentos, charreteras, condecoraciones y grados militares, que no siempre mantuvieron la debida compostura, irrumpiendo de vez en cuando en la vida republicana de manera violenta e interesada.

Hay que reconocer, sin embargo, que desde los primeros años de vida independiente, por una vocación civilista e ilustrada que se asentaba en cada uno de nuestros ciudadanos y ciudadanas, vocación cuyo origen se remonta a las famosas Tertulias Patrióticas, la vía democrática se fortalecía conforme avanzaba la formación del Estado costarricense.

En este proceso le correspondería un papel fundamental a la Educación. Desde los inicios de la vida republicana la acción educativa fue clave para forjar el ideario democrático que sustentaría las acciones de gobernantes y de la ciudadanía. La Escuela, más que ninguna otra institución, expresó la voluntad de construir ciudadanas y ciudadanas con espíritu democrático, portadores de conocimiento, aun con las limitaciones económicas de un país pequeño y en vías de formación.

La gratuidad de la enseñanza primaria y el esfuerzo continuado de crear una infraestructura nacional, junto con la articulación de instituciones normales para formar maestras y maestros, establecerían las condiciones para promover un tipo de civilidad que reafirmaría el valor del diálogo y la negociación, antes que cualquier tipo de enfrentamiento.

En algún momento de esa compleja década de los años cuarenta se tuvo claro que el ejército como institución permanente, como fuerza legitimada para el eventual ejercicio de la violencia, no armonizaba con ese singular ideal de las mujeres y hombres costarricenses de poner a la educación por delante de todo otro contenido en su proyecto de Estado y de nación, de darle a la enseñanza en todas sus dimensiones la fuerza de política de Estado y de asignarle el papel de formadora de ciudadanía, base de la libertad y del entendimiento.

Verdaderamente increíble. El arma de la razón, la pedagogía del ser ciudadano en manos de maestras y maestros, de profesores y no de soldados y militares, tal y como se acostumbraba en otros países, donde los ejércitos eran la expresión, por entonces, del poder de las élites oligárquicas.

Decisión difícil esa de abolir el ejército cuando los ejércitos eran, en algunos de los países de la región, una de las instituciones más consolidadas. Abolir un ejército, transformarlo en una policía para protección de la ciudadanía y en una fuerza de orden civil, con vocación pacifista, era absolutamente impensable. Pero en nuestro país se dio el paso. Y ha sido uno de esos pasos del tamaño de la Historia con mayúscula, que permitió que todas nuestras generaciones de jóvenes, a partir de la década de los años cuarenta, desconozcan lo que es la institución castrense y sus consecuencias represivas.

Se pensó además que un ejército era costoso para un país pequeño y que lo que se iba a gastar en uniformes, armamento, infraestructura, entre otras cosas, mejor era dedicarlo a la Educación, a crear escuelas, colegios, institutos superiores, bibliotecas.

Había además un pensamiento político fuertemente democrático, vinculado directamente con la Educación, en tanto muchos intelectuales que creaban opinión eran maestros, mujeres y hombres de pensamiento que influirían enormemente en el ideario civilista y pacifista de nuestra cultura.

Así, figuras como Mauro Fernández, Omar Dengo, Roberto Brenes Mesén, José María Zeledón, Carmen Lira, Joaquín García Monge, para citar solo algunos, manifestarían siempre su apoyo total a la opción pacifista. Y esto influiría profundamente en el ideario de la Costa Rica de la segunda mitad del siglo XX.

De tal modo que un acto simbólico como el del 1 de diciembre de 1948 no era gratuito ni respondía a un fugaz momento de júbilo. Expresaba una tradición profunda de nuestro pueblo de asentar su democracia y su cultura política en el diálogo, la negociación, el entendimiento, más que en la imposición y la fuerza.

Esta tradición se expresa así en una figura como don José Figueres Ferrer, un líder que pudo ver mucho más allá de ese momento y visualizar el futuro promisorio de un país que cree en la paz como requisito para construir bienestar duradero. Educación y más educación ha sido la consigna que articula nuestro ideario civilista y pacifista.

No han faltado grupos proclives a la acción militar o que hasta quizás han soñado con resucitar la idea de un ejército, pero siempre ha privado la convicción de una ciudadanía que cree en el entendimiento y la libertad. No hay cabida en Costa Rica para la institución castrense, para ningún tipo de estructura militar que sustituya a la fuerza pública. Pero esto no hay que darlo por sentado: siempre tenemos que estar vigilantes para que esta conquista nacional, la abolición del ejército, siga viva en Costa Rica.

Muchos son los retos que tenemos por delante, ciertamente, en el campo de la seguridad ciudadana y la lucha contra la violencia. Hoy nuestros jóvenes y niños enfrentan muchas veces las consecuencias de la criminalidad, el tráfico de drogas, la delincuencia. Para luchar contra estos males tenemos que fortalecer todos los días una fuerza pública comprometida con los valores civilistas y el respeto a la ley.

Pero la verdadera lucha contra la violencia y en favor del diálogo se libra en las aulas, formando niños y niñas amantes de la paz y el entendimiento, capaces de resolver conflictos y respetuosos de los derechos de los demás. Se libra con una juventud empoderada, con acceso a una educación de calidad, que les abra las oportunidades de una vida feliz y un proyecto de vida propio y prometedor. Se libra con políticas sociales que promuevan la equidad y la justicia, que eviten la construcción de sociedades polarizadas entre quienes lo tienen todo y los que casi nada tienen. La odiosa desigualdad de oportunidades genera sufrimiento, dolor, rencor y violencia.

Hoy Costa Rica tiene grandes retos: la creciente desigualdad, la violencia, el impacto del tráfico de drogas y sus estelas de muerte y destrucción. Por eso todas y todos, niños, niñas, jóvenes debemos conocer y valorar nuestra historia, conocer a fondo lo que significa vivir en un país valiente que abolió el ejército y optó por la vía democrática y pacifista. ¡Qué importante es poder invertir esos valiosos recursos que tanto nos cuestan en educación y no en la industria de la guerra, que siempre va acompañada de la amenaza del sufrimiento y la destrucción! El mundo debe conocer las razones que nos llevaron a la abolición del ejército, a prescindir de una institución que no deja de ser un símbolo de represión y privilegios.

Nuestro país, dentro de esa tradición pacifista, ha sido capaz de abogar en todos los foros por la desaparición de los ejércitos, el fortalecimiento de la paz, el alto a la carrera armamentista y la dedicación de dineros destinados a la compra de armas a rubros como la salud y la educación.

Nuestro ideario, fundamentado en ese acto valeroso del 1 de diciembre de 1948, sigue hoy tan vivo como antes. En 1944 Joaquín García Monge escribió lo siguiente: “Cosa caduca es la conquista por las armas. Sólo vence, sólo enlaza a los hombres el amor que nace de una mutua comprensión de las cualidades del entendimiento y del corazón”. Palabras sabias que resumen el espíritu pacifista del costarricense.

Sonia Marta Mora Escalante
Ministra de Educación Pública
Acto Conmemoración 66 Aniversario Abolición del Ejército
Plaza de la Democracia, San José
1 de diciembre 2014

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