Max Tuta Cortés

La toma de Cartago

Testimonio de Max “Tuta” Cortés

La marcha la hicimos en dos jornadas pues había que avanzar por las noches para burlar la vigilancia del enemigo.

La marcha se inició en lo que se llama El Jardín. Al frente de la columna veníamos don Pepe, Rivas Montes, Frank Marshall, Edgar Cardona, y yo. Venían tantos muchachos, que me duele sinceramente no recordar sus nombres. Todos fueron soldados de primera. Yo creo que ninguno pasaba de los treinta años.

Cuando llegamos a Cartago, nos dividimos. Ya se había designado a la gente que iba a rodear el cuartel, los que íbamos a tomar el colegio San Luis Gonzaga, que sería nuestro cuartel general, porque era un edificio fuerte, como lo quería don Pepe, pues creíamos que íbamos a tener una gran resistencia en la entrada.

Llegamos en la madrugada del 12 de abril. Hernán Molina traía unas mulillas con ametralladoras. No encontramos resistencia en el San Luis pues estaba solo.

Manuel Enrique Herrero, el Negro Herrero, como le decíamos, se fue al crematorio, que estaba en línea recta con el cuartel, como a un kilómetro, con unos cañones que nos habían llegado de Guatemala, pues le tocaba hacerle tres tiros directamente a la puerta.

Inmediatamente comencé el tiroteo contra el cuartel y en él resulto herido un muchacho, Luis Meza, que salió en carrera a meterse al cuartel. Lo herimos en un brazo. Logramos rodear la fortaleza y nadie más salió de allí. Se tendió un cerco de fuego y plomo.

Un grupo se fue al Alto de Ochomogo a impedir el paso de fuerzas del gobierno a la ciudad.

Llega el Coronel Tinoco

De todo, lo más impresionante fue la llegada de un blindado en el que viajaba el Coronel Roberto Tinoco. En Ochomogo, en un puentecito, habíamos atravesado una motoniveladora. Trataron de apartarla con el blindado pero no pudieron, por lo que cogieron por un desvío y disparando como demonios con una ametralladora que el blindado llevaba encima, pasaron y entraron al cuartel.

El cerco se apretó. Nosotros, desde un aserradero de unos Meza, que estaba por el cuartel, le tirábamos dinamita encendida con “hondas”, desde unas veinticinco varas más o menos.

Desde las ruinas de la Parroquia, Moncho Arroya Blanco, con una gente, los tenía bien cubiertos también. Allí por cierto, mataron a Fallín, el hermano de Moncho.

Como a los cuatro días de asedio, en vista de que tenían algunos muertos dentro que ya estaban descomponiéndose y de que no tenían agua ni auxilio, decidieron rendirse. Hubo respeto para los rendidos.

Era un espectáculo tremendo el del Cuartel. Sucio, hediondo, algo pavoroso fue aquello.

Para entonces, las conversaciones para la rendición del Gobierno habían comenzado. Don Pepe habló con Manuel Mora en Ochomogo. Nosotros no tuvimos conocimiento de eso.

Luego, poco antes de entrar en San José, conversábamos en el Club Social de Cartago sobre nuestra representación en el futuro Gobierno.

Así se produjo el nombramiento de Cardona como Ministro de Seguridad y también el de Bruce Masís como Ministro de Agricultura, y en el propio Cartago, se nombró a los que iríamos de comandantes a los cuarteles.

El infierno de El Tejar

“Pero volvamos atrás. Vamos a lo de El Tejar”, nos dice Tuta Cortés.

A poco de estar en Cartago, don Pepe, comenzando a clarear el día, me mandó a buscar y me dijo que tenía informes de que la gente del Gobierno que entró a El Empalme cuando nosotros lo abandonamos, venía bajando hacia Cartago, y me ordenó irme con Sidney Ross y algunas gente de Puriscal, unos veinte muchachos, a Tejar a ocupar la escuela y entretener allí a los contrarios mientras se organizaba a un poco de tropa para mandarla a enfrentarlos junto con nosotros.

Yo los monté en una cazadora. Eramos, repito, en total veinte con Ross y conmigo. Le dije al chofer “—Jale viejito, jale volando.—”

Llegué al Tejar, no vi a nadie. La obligación mía, según las órdenes de don Pepe, era ocupar la escuela y esperar a que los contrarios aparecieran. En eso veo a un hombre al que le pregunte si había visto o si había oído algo fuera de lo corriente y me dijo que no, que ni había oído ni visto nada. Después caí en cuenta de que era uno de los de ellos, que estaba de avanzadilla. Lo mandaron porque, como ellos tenían experiencia militar, sabían cuidarlo todo, verlo todo.

La emboscada

Continúa hablando Tuta Cortés.

Ante la noticia, no sé si por fiebre de encontrarlos y más que nada, por desobediencia, le dije al chofer:
“-Metálela patay jale, vamos a ver si los encontramos bien allá”. Yo consideraba que entre más lejos del Tejar los encontrara, mejor, porque así daba más tiempo a que llegaran los refuerzos a ese lugar.

El chofer corrió, y cuando habíamos rodado unos pocos kilómetros, en San Isidro del Tejar, nos estaban esperando y nos tendieron una emboscada. Lo único que vi, como cuando iba de San Cristóbal a La Sierra con don Pepe, fue el parabrisas despedazado y los hombres gritando. Aquello fue una cosa tremenda. Un tiroteo de ametralladora de sitio y se veían los tiros donde pegaban por todas partes. A mí me salvó la Virgen de los Angeles y tanto la camioneta seguía avanzando hasta llegar casi al pie de la ametralladora pesada que estaba en media calle; entonces yo abrí la portezuela y no le voy a decir que salí por ella a enfrentármeles o a disparar porque sería mentir; ahí vino por desgracia el ¡sálvese el que pueda! Ya los muchachos que viajaban en los asientos delanteros estaban muertos. Me tiré al río creyendo que estaba herido…

En eso oí que gritaban: “que no se escape nadie, mátenlos a todos…”

Atravesé el río como loco, sin volver a ver para atrás ni nada, me metí en una cerca y allí me volví loco y no me di cuenta de nada, de nada. Esa fue una emboscada en la que caí por haberle desobedecido a don Pepe, por la fiebre de encontrarme con los enemigos. Costé dieciocho vidas, allí Sidney Ross quedó herido y lo dejaron creyendo que estaba muerto. A mí me dispararon como locos; seguro creyendo que me habían matado, pues no había donde protegerse, como me di cuenta después. Fue algo tremendo.

Luego pude llegar a El Tejar y me incorporé a la gente. Fue de locos.

“Toma de Cartago y el infierno en el Tejar”. Guillermo Villegas H. EXCELSIOR. Lunes 5 de setiembre de 1977. (GRANDES SERIES DE EXCELSIOR: Testimonio del 48 (LII). Pág. 7

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