Rolando Araya Monge

Rolando Araya

No cabe duda que el hombre que bajó victorioso de las montañas de San Cristóbal en 1948, nos convocó a su pueblo al sacrificio de una guerra para darle cabida a las pasiones del momento, sino para producir el alumbramiento heroico de una corriente política que transformara una Costa Rica pobre y atrasada, en una democracia en la que el progreso económico y la justicia social fueran el fundamento de la paz y la libertad.

Su acción y su pensamiento pusieron en marcha la obra de transformación más fecunda de la historia del presente siglo. Sin ataduras de ninguna especie, concibió el proyecto político que echó a andar desde la Junta Fundadora de la Segunda República, para construir una democracia desmilitarizada en la que el bienestar social se yergue como imperativo moral al quehacer económico y a la acción del Estado.

A treinta y ocho años de la gesta que marcó el inicio de este proceso podemos abrir un examen, a la luz del pensamiento y la inspiración de Figueres, para enjuiciar sin cerrojos el pasado, e iluminar la senda que conduce a los liberacionistas de hoy y de siempre, a cumplir el juramento hecho por la sangre vertida para levantar una Costa Rica sin miseria

Hoy tenemos paz y libertad. Ambos son trofeos de la lucha por darle salud, educación y trabajo a una mayoría de los costarricenses. Pero aún hay pobreza hay dependencia y retraso económico. Una gigantesca deuda externa, que amenaza con arrebatarnos el pan de mañana, mantiene en el vademécum liberacionista, la advertencia de que nada estará seguro si no luchamos por justicia en el comercio internacional, que garantice un pago equitativo al esfuerzo del empresario y el trabajador costarricense. Muchos años antes de que se hablara de un Nuevo Orden Económico Internacional, ya andaba Figueres por los caminos de mundo, luchando por convenios internacionales que evitaran el inexorable destino de pagar caro con el producto ajeno, y vender más barato el producto propio. He aquí uno de los senderos que tendremos que recorrer con la antorcha Agüerista. Y con el mismo sentido crítico con que Don Pepe se planteó los problemas de la Costa Rica de los años cuarenta, debemos mirar hoy, sin dogmatismo de ninguna naturaleza, los retos y desafíos que se abren hacia finales del siglo. Empecemos a hablar de nuevo de la política grandiosa que produce ideas y propósitos renovadores. Démonos cuenta de que es a los liberacionistas a quienes nos toca concebir los proyectos que conduzcan a una reestructuración del aparato estatal, a una modernización del sistema productivo que nos haga más eficientes. Debemos impulsar un nuevo enfoque de la educación, que prepare a la juventud para los retos del desarrollo económico y elaboren también los proyectos que logren unir a nuestro país a la gran revolución tecnológica que vive el mundo industrial y vitalizar permanentemente las formas de democracia económica que ha probado con éxito nuestro sistema.

Así, y no en disputas intestinas por los puestos de mando, le haremos honor al ejemplo de Figueres, y podremos repetirnos hoy ante la misma amenaza política de ayer, las frases con que concluimos nuestro mensaje en el 33 aniversario de la fundación del partido: “y quiero decirle (a Figueres) también que quienes nacimos en la cintura de este siglo XX oyendo como leyenda heroica la gesta que hizo desplegar estas banderas en las montañas de San Cristóbal podemos ofrecer brazo, mente y corazón para perpetuar el valor del sacrificio porque seguimos convencidos, tres décadas y media después, que del gólgota de aquella agonía surgió el éxtasis creador que hizo florecer la Costa Rica de hoy”.

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Tomado de la revista especial “Figueres, 80 años de amor a Costa Rica”, publicada en 1986 por el Partido Liberación Nacional.

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