La Legión Caribe (Gloria y Hazañas)

LA LEGIÓN CARIBE
(Gloria y Hazañas)

CARLOS MARÍA JIMÉNEZ G.

p2

SAN JOSE, COSTA RICA
1948

PRÓLOGO

La sencillez y la sinceridad de un relato cautivan siempre a los lectores. La primera condición, con ser a simple vista de fácil alcance, es precisamente la cumbre de toda expresión literaria y el más difícil estado a que se puede llegar. La línea clásica, limpia y esbelta, que nos parece tan asequible, tiene su gracia -gracia de su propio ser, gracia inmanente- en su sencillez, que le da un hálito con sentido perenne, más allá de interpretaciones personales o de aplicación a su gracia de la metafísica humana.

La sinceridad, que es la expresión más sencilla del alma, es en el fondo de toda cuestión, lo que nos hace reconocer, palpar, sentir o sintonizar, que se dice ahora, cuanto hay de inmediato, de humano y por lo tanto de valioso en lo que creemos, escuchamos o aprendemos. Solamente las cosas muy llenas de sinceridad, que es decir muy llenas de cosa humana, me interesan ya decía una brillante escritora, que se mostraba cansada de su época juvenil de admirar el talento, el ingenio, la elegancia, el cinismo y la crueldad de los seres humanos. Solamente lo humano es en realidad un valor perenne en el arte, podríamos decir, pero no nos atreveríamos a tanto, aun cuando creemos que solamente las cosas escritas, -esculpidas, pintadas o cantadas con sencillez y con sinceridad, van hacia el valor de permanecer en el corazón de las gentes con sentido de prolongación.

Dickens y Galdós son, en estos dos aspectos, quienes como relatadores de hechos lograron unir con más acierto en la gloria de su literatura la sencillez de su expresión a la par de la sinceridad de los tipos humanos, de sus hechos sucedidos y contados y de las reacciones de esos seres y esos ambientes. Ellos fueron, por tales características, dos de los cuatro más grandes novelistas del siglo pasado.

Cuando el hecho que se relata, como pn este caso, tiene proporciones de epopeya, y en ese suceso quedaron boca arriba y entiesados en la muerte seres humanos que fueron antes compañeros y amigos, y cuando como ahora estaba en juego la condenación o salvación eterna de un pueblo entero, quien cuenta la hazaña, si en ella pone la sencillez de su escribir y la sinceridad de su sentir, da de la propia obra escrita, en líneas solas, puras, limpias, una idea sólida. Y el hecho toma proporciones y ángulos de belleza pura porque no necesita que el adjetivo la agrande ni la hojarasca la ensucie, ni la retórica la prostituya. El hecho en sí, por su vigor y lozanía, por su propio tamaño y nervio se sostiene en perspectiva de la historia.

Carlos María Jiménez logró, en este relato de “LA LEGION CARIBE”, darnos una impresión inmediata y ponernos en tan íntimo contacto con la gloria y hazañas de la Legión, que leyendo el libro se viven sus aventuras y congojas, y se sienten sus glorias y duelos en contacto puro, como si la hazaña fuera realizada mientras le estuviéramos tomando el pulso a los guerreros.

Ha logrado, pues, Jiménez, en esta su primera intentona, la que muchos no consiguieron en años de bregar con versos, novelas, cuentos y otros trabajos literarios. La sencillez en la forma de contarlo, y la sinceridad que puso en lo relatado.

En el acervo de valores literarios que actualmente tiene el país, solamente hemos encontrado este mismo contacto íntimo en los admirables libros de Fallas, y nos alegra ver cómo este muchacho nuevo, cuando por primera vez emprende el camino por los difíciles y laderosos campos de la narración, lo consigue con soltura, con apasionante realismo y da a su cuento una emoción de cosa viva, que nos lleva a prisa leyendo, sin cansarnos, embebidos en la hazaña y tan jubilosos y curiosos como leyéramos las aventuras de Gabriel Araceli o los acontecimientos gratos que tanto esperaba el protector de Cooperfield.

Jiménez se expresa claro. Va recto a lo que tiene que decir, y lo dice en breve tiempo y en forma tan limpia que en la mente, al correr de las páginas, las imágenes de los hechos van desfilando en proyección iluminada, sin que queden rincones turbios, ni dudas sobre los movimientos ni suspicacias en los caracteres. Su narración es vigorosa porque es inmediata, es ordenada, porque es sincera y es bella porque es sencilla. De estos elementos ha sacado pues, el éxito que ha logrado en la construcción de este pequeño libro, del cual echarán mano las generaciones futuras para leer con complacencia, con verdadera fruición este admirable relato, cuyo suceso central se yergue vigoroso y tallado en escueta línea con mamo firme y corazón de artista.

Hoy la patria monta sobre su cachucha un penacho de gloria y de duelo. En las cresterías del sur, en las playas del Atlántico y del Pacífico, en las calles de las ciudades aterrorizadas, quedaron con la mirada fija y el aliento detenido para siempre, hombres de valor ciudadano, honorables costarricenses apegados a la patria, al respeto, al trabajo y al hogar. Ya la patria los enterró y puso su tricolor con la enseña acongojada de aquel sacrificio. Pero esta gesta no puede quedar desvertebrada en el corazón de los costarricenses. Debe ser recogida y guardada en la memoria de todos, porque la herida fué honda y el dolor fue largo. No es que se cante ni se festine. Es que la patria debe recoger los hechos y guardar los nombres y aprender las fechas, porque todo ello significó sacrificio y angustia de un pueblo, que es en el fondo, vida gastada, energía heroica, temple y espíritu que son latentes, vivos, eternos. Es, en el fondo, la garantía de que la patria esta vigilante en el corazón de todos.

El libro de Jiménez, con admirable belleza, recoge una parte de aquel todo de sacrificio, de muerte y de gloria que fueron los 40 días de batalla y de milagro en que terminó de salvarse a Costa Rica.

José Marín Cañas

Comentar en Facebook

comentarios

Etiquetado en: