A MIS CONCIUDADANOS


La publicación de estos ensayos de un ilustre compatriota en el exilio, tarea de sí ya grata y honrosa, es para mí -el amigo- una satisfacción profunda, y para mi -el costarricense- un imperioso deber cívico.

En todos los países y en todos los tiempos, situaciones como la que atraviesa Costa Rica, propicias, por una coincidencia histórica de factores personales y culminaciones críticas de la evolución social, a la degradación acelerada del civismo, requieren el bálsamo esterilizador de las proclamas visionarias y optimistas.

No un opúsculo más en el anaquel congestionado de las declamaciones literarias que el mundo lee con desagrado y olvida con facilidad, este mensaje está llamado, lo profetizo, a ser asimilado fructuosamente por las juventudes patrias, no sólo por la elevada nobleza de sus concepciones y la oportunidad de su proclamación, sino porque ese misterioso transubstanciador del verbo, el sacrificio personal, ha convertido las palabras, una vez más aquí, en alimento del espíritu.

No dejarán, empero, de sentirse defraudados por su lectura los profesionales de la oposición personalista, que esperan un ataque apasionado, ni aquellos despechados de la política que cultivan el masoquismo del rencor perenne. Tampoco encontrarán en estas páginas de vigoroso pensamiento, estilismo que conmueva su artificial sensibilidad artística los snobs de la intelectualidad plegada siempre a la última edición de la moda literaria.

Evangelio de convicciones cívicas y humanas es esta obra donde palpitan, imprimiendo al estilo alternativas simplicidad o grandilocuencia, las emociones de un patriota que escribe en el destierro, junto a la reflexión serena del pensador situado en los excelsos planos de la filosofía social.

No obstante la intensidad emocional dentro de la cual escribe, el pensador se impone sobre el hombre, y su mensaje es eminentemente racional, en busca de reacciones no emotivas sino inteligentes. Y si alguna vez la idea, por honda, viene bañada de las linfas poéticas que anidan en lo profundo de las almas grandes. la emoción estética no es sino el coronamiento lírico de esa ola de fondo. el análisis dialéctico, que constituye el nervio de la exposición.

Conciudadanos. leed con respeto estas serenas “páginas de amor”. Leedlas, jóvenes, con emocionada devoción. Tienen para los sociólogos la virtud de exorcizar el espantable “espectro” del Manifiesto Comunista, entronizando el “Angel” bienhechor del Socialismo. Escritas en el ostracismo, no contienen recriminaciones personales, pues Víctor Hugo no se ocupa ya de Napoleón III, efímero y pequeño, sino de los destinos de Francia, grande, inmortal. No es otra la misión de estos ensayos sino inflamar, con renovada llama de optimismo, la inquebrantable fe de todo ser consciente en el definitivo triunfo de la libertad, la dignidad y el bienestar humanos: fe natural en quienes recibimos con el privilegio la responsabilidad de pertenecer a la generación del siglo veinte, obligatoria en quienes disfrutamos el orgulloso honor de ser costarricenses.

Alberto Martén

Los Espinos, cerca de Barba, 1 de enero de 1943.

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