DEMOCRACIA


Navegar en un barco sin saber a dónde va, pastar en un rebaño de carneros inconscientes, vivir en un país gobernado por un déspota, no es propio de seres racionales. Los ojos se nos dieron para ver, la razón para entender, y para guiar nuestras vidas la voluntad. Quien nos cubra la vista, nos oscurezca el entendimiento, o nos corte la voluntad, nos roba algo más valioso, nos atropella y perjudica más en nuestro ser, que quien sustrae nuestra cartera o da fuego a nuestra casa.

El hombre vive en sociedad, y sostiene un Estado regulador, para beneficiarse. Desde el momento en que ese Estado le perjudica, o irrespeta su persona, se ha roto el contrato, y ha dejado de existir la sociedad. Podrá haber un regimiento. una tribu inorgánica, o un hato, pero no una colectividad ejecutora de un convenio social entre sus miembros.

Democracia es una sociedad en que cada individuo tiene conciencia clara de lo que el grupo hace; es la colaboración de todos en el manejo de lo que a todos pertenece; colaboración que se manifiesta en forma ordenada y racional, ya sea emitiendo un voto para elegir un funcionario, o contribuyendo públicamente a la solución de una dificultad, o censurando procedimientos nocivos, o simplemente aprobando con el silencio las actuaciones de quienes ejecutan la voluntad general.

La difusión de la cultura, y el incremento de los medios de publicidad, van haciendo asequibles, y extensivos a un número siempre creciente de personas, los derechos y deberes ciudadanos. La participación consciente del mayor número en la actividad pública. y el respeto del Estado, al pensamiento y la conciencia, a la dignidad de los asociados, son los distintivos sobresalientes del régimen de vida democrático.

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No falta quien crea que hacer vida democrática es andar en mangas de camisa, o abandonar el decoro personal, o frecuentar la compañía de las gentes menos cultas. Nada más injusto, más torpe, ni más impropio de la norma de vida cuyo objeto es el cultivo de la dignidad individual. Democracia no es vulgaridad.

Otros piensan en la falta de consideración hacia el vecino, el desacato a las autoridades, la impuntualidad en los compromisos, y hasta en la delincuencia impune, como características del sistema democrático. Mal puede una comunidad querer sus propias fallas, y la democracia es la organización que sus miembros quieran darse. Democracia no es desorden.

No es democrático un país por el hecho de celebrar elecciones periódicas, o por el título que de a sus mandatarios. Si no hay espíritu de comunidad política, y de participación de responsabilidades; si no hay respeto religioso por el sufragio, o por la simple expresión del pensamiento, o por la majestad de los tribunales de justicia, no hay vida democrática. Democracia no es demagogia.

Alardeando de original debo advertir, porque esto no se ha dicho más que mil veces, que los defectos mencionados, y el mayor de todos, que adelante elogiaré, no son exclusivas bendiciones del régimen democrático, sino plagas de todos los sistemas, que cunden en proporción inversa al grado de cultura general, y sobre todo a la competencia de los hombres de gobierno.

Y no necesito, en defensa de la decencia humana, parangonarla con la hecatombe de todos los principios en las tres actuales dictaduras europeas. Mejor dicho, no puedo. Me falta serenidad, me falta resistencia física para pensar siquiera en ellas. Alguien dijo que las páginas negras de la Historia tienen para las generaciones venideras un cierto valor terapéutico: les sirven de vomitivo. Pero no estas, ¡rayos y centellas!, que nuestros nietos lectores no podrán sino arrancar del magno libro, con pinzas de platino, y ¡lanzarlas al crematorio de la inmundicia, para evitar que se les pudra el alma!

Pero si es necesario, si es fútil desahogarse contra lo que no merece más que olvido, es al mismo tiempo un deber manifestar, con energía de dinamita, a los títeres de Atila y sus satélites, que también nosotros, los hombres amantes de la paz y los principios nobles, sentimos circular este carmín que se vierte antes que helarse ante sus planes infernales. Que algo más que plumas de oro supieron esgrimir Bolivar, Lincoln y Martí. Y que si creen ellos haber inventado algo nuevo con su ética nicheniana, esclavizando a sus pobres pueblos, y sorprendiendo la buena fe de las gentes civilizadas, que hagan girar el mundo hacia atrás, diez mil años, y se encontrarán en su elemento. De donde fatalmente plugo a los dioses dejarlos salir, para el martirio de los mortales.

Cambiemos de pensamiento, porque tenemos que vivir. Consideremos solamente en esta discusión la alternativa respetable de los hombres sinceros que, hastiados de las imperfecciones del gobierno de todos, creen preferir un régimen autocrático honesto, que escriba las leyes con la espada -diz que con frecuencia analfabeta- y esgrima por batuta el garrote policiaco. Yo los invito gentilmente a que comprueben la excelencia de su tesis, que no discuto, suscribiendo acciones de una compañía que no les rinda informes, ni les conceda voz ni voto, y que tal vez los persiga y encarcele, y los fusile o los deporte, si emiten opinión sobre la marcha de la empresa de que son legítimos condueños.

Y agrego esta observación reveladora: los países no son propiedad de los gobiernos. Exceptuando la Insula Baratana, y el Imperio insular de Hirohito, nieto del sol.

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Sufre la democracia de grave enfermedad, que aun amenaza ser fatal, y lo fue en Francia. No es dolencia que tenga por agentes los microbios invisibles, difíciles de localizar y acorralar, sino el pulpo gigantesco, omnipresente y conspicuo, de la política. Científicamente, Pulpus Políticus.

La política, en el sentido despectivo que el término se ha ganado, es una actividad ejercida como profesión por gentes que ambicionan posiciones, honores y retribuciones, sin ningún interés administrativo sano, sin ninguna preparación preliminar, sin ningún sentimiento de la responsabilidad que implica el mando.

La persona que contrae la enfermedad se dedica por entero a granjearse simpatías, tanto de los políticos influyentes, como de los votantes que han de ser su clientela electoral. En esa gira donjuanesca se prodigan las ofertas y las dádivas, de lo propio y de lo ajeno, más que nada de lo público. No hay escollos de rectitud que no se evadan, ni genuflexiones rastreras a que no se llegue, en la campaña seductora de simpatizadores y secuaces. Sólo hay un meloso quedar bien con palmoteos y aprobaciones, y un no comprometerse nunca con expresiones de opinión esclarecida y definida.

Es sorprendente, es increíble la irresponsabilidad con que el político ignora la necesidad de prepararse para el ejercicio concienzudo de cualquier puesto público, y disipa en cambio su energía en habilidosa maquinación de ajedrecista, sino de saltimbaqui. El joven que aspira a ser médico, tenedor de libros o albañil, comienza por formarse; y el adiestramiento es más extenso cuanto mayor la aspiración. El hombre que alcanza elevada posición en la actividad colectiva privada, ha mostrado su aptitud en los peldaños anteriores. El ciudadano que se lanza a la aventura en el mar de la política, puede abordar al acaso una gobernación, visitaduría escolar, legislatura o posición ejecutiva, sin la brújula del conocimiento, sin la luz de la inspiración, sin la credencial de pericia y probidad, en la determinación del rumbo de la nave pública.

Y una vez en el timón, de modesta dependencia o de elevado cuerpo directivo, sigue por inercia la orgía profanadora. Y al compás del tambor aprobador de una prensa inconsciente, o silenciada, o bajo las descargas de una prensa que clama en el desierto, baila la cofradía de los políticos en el escenario del poder, sin más preocupación que la de elegir sucesos idóneos, para que se sucedan los sucesos susodichos, en las administraciones sucesivas.

¡Y pensar que esta barbarie primitiva en la actividad gubernativa coexiste con la eficiencia refinada de las grandes empresas industriales, y con el mundo de la técnica, donde los especialistas desintegran el átomo, y predicen sin errores hasta el curso de los vientos veleidosos! ¡Y pensar que los políticos, carcoma de las democracias, desmembraron la estructura de la República Francesa, faro de la humanidad, y la hicieron derrumbarse sin cohesión al primer soplo de los nortes, cuando cayeron incontables, cual las hojas, sus guerreros, en el más helado y mustio de todos los otoños!

¡Francia de Voltaire, Francia inmortal, a veces sabia y a veces mártir: hoy no hay palabras que no rehusen expresar tus amarguras; más esa luz que siempre irradias, de tus cerebros o de tus heridas, proyectase con claridad deslumbradora sobre espantado firmamento, exhibiendo ante los pueblos de la tierra, que tienen ojos y no ven, la siniestra labor de los políticos!

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Identificar, empero, al majestuoso desfile de las normas democráticas, con el irreverente carnaval politiquero, es confundir al árbol de la vida cívica con su infértil matapalo. Y desmayar considerando inamputable esa hipertrofia, es contrario a la experiencia animadora de pretéritas conquistas, y a la aspiración del espíritu del hombre en sociedad.

Toda descomposición tiene su límite, ya sea el trágico desenlace o la ansiada mejoría. Y como la sociedad entera no está dispuesta a hundirse minada por los topos; y como más bien las demandas de aptitud en los gobiernos van creciendo, con el traslado gradual de la gestión económica de los individuos al Estado; los hombres de conciencia cívica, y médula incorrupta, se han de juntar con los hombres de capacidad creadora en democrática brigada, que barra el templo de voraces mercaderes, y lave hasta los despojos de sus impuras transacciones.

Y prepárense a recibir con menosprecio las más absurdas imputaciones difamatorias. Porque los políticos de hoy heredaron de sus antepasados en las cortes europeas, junto con el desconocimiento de sus responsabilidades, la perfidia; y la táctica defensiva de los calamares, que se protegen exudando negra tinta en su contorno, incapaces de batirse en aguas limpias.

Tampoco han de dejarse sorprender por el sofisma. Toda corrupción viene de arriba. Es pretexto pueril de quienes dan el tono, fingir que sólo siguen el compás. Demasiado tiempo hemos oído a las clases directoras excusar el abandono de sus obligaciones, en la falta de aspiración mejoradora de las clases dirigidas; demasiado tiempo los países conquistadores han achacado a la desidia de sus víctimas el estancamiento en que persisten; demasiado tiempo los políticos inescrupulosos e impreparados, que aprovechan para mantenerse en el poder el desdén, erróneo, de los hombres de empresa hacia la vida pública, han pretendido ser exponentes del nivel medio de civismo, y seguir la corriente de opinión que prevalece. ¡Sofismas! Lo cierto es que la batuta da la pauta. Y que en los países, como en las organizaciones, prevalece un cierto espíritu que se propaga por ondulaciones descendentes, imprimiendo a las colectividades la fisonomía moral de sus directores. Cada gobierno tiene el país que se merece. En las virtudes cívicas, Y en muchas otras, los hombres responden al estímulo: si ennoblecedor, se yerguen; si enervador, se postran; si corruptor, se prostituyen.

La actividad eleccionaria ha de ser sencillamente, dentro de las limitaciones humanas, el medio inteligente y decoroso de elegir a los más aptos. ¡Y debe cesar ahí! ¡No digáis que no se puede; trabajad porque se pueda! Yo respondo al menos de un país americano donde el suelo está labrado ya, y hay semilla, y hay atmósfera apropiada, para que libre crezca y fecundo, y en sus nudos anide la guaria morada, el sauce, verde siempre, del democrático vivir. Yo respondo al menos de un costarricense que dejará de serlo, tras lucha corta o larga, si no vuelve a brillar, ascendiendo en magnitud, la estrella de la República. Porque no ha de renacer pálidamente, en el tenue fulgor de sus pobrezas, adormecida en una aureola de pacíficas virtudes; se ha de levantar con nuevo brío después de esta caída que le ha hecho abrir los ojos, y los ha de fijar más en el estadista austero que en el político sonriente; más en la competencia que en la vanidad; más en el sentimiento de responsabilidad, que en el deseo de inmerecido encubramiento. Y nuestra generación no se ha de conformar con desherbar el huerto de la cívica heredad; tiempo es ya de que produzca; la nación puede ser, y quiere ser, y debe ser digna, civilizada y próspera. Ha de trabajar a todo brazo, a toda mente y corazón, para ser rica, para poder ser culta; porque una elevada cultura colectiva, cual las magnolias, es flor de árbol robusto. Y en lugar de estériles volcanes nuestro escudo ha de ostentar, en expresión de nuestro anhelo, el cuerno de la abundancia y el busto de Minerva.

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No hay más que comparar el ambiente de las primeras civilizaciones, cavernoso y lúgubre, con los destellos, aun de aurora, de las comunidades adelantadas de hoy; no hay más que ver crecer en la mente humana el deseo del saber, de compenetrarse con el mundo que la envuelve, con la sociedad que la rige; para juzgar si el hombre avanza hacia más pura y definida democracia, que es la luz, o retrocede a dictadura primitiva, que es la oscuridad del camino por donde viaja.

Contrario a lo que oimos a menudo, la dictadura es fatalmente ineficiente, porque prescinde de la iniciativa de sus vasallos; la democracia es esencialmente eficiente, porque es la suma de las inteligencias libres de sus miembros. La dictadura es efímera, como el período de lucidez de un hombre; la democracia es estable, como organismo vivo de renovación constante. La dictadura es pesimista, porque presupone la inconciencia de las masas, y cree en la persistencia de su ignorancia; la democracia es optimista, porque necesita la actuación consciente de cada ciudadano, y crece en el avance gradual de la cultura. La una envilece, la otra dignifica. La dictadura mira hacia atrás, y es el estancamiento, la lobreguez, la Muerte; la democracia mira adelante, y es la evolución, el esplendor, la Vida.

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