Los Hombres de la Trinchera

Autor: Alberto Cañas
Nueva York, Julio de 1948

I

Para hablar, compatriotas, de estos compatriotas,
se necesita amar mucho nuestra tierra;
hay que saberlo duro que es amarla;
se necesita haber llorado por ella;
se necesita haber contado una por una
todas las lágrimas que cuesta.
El que no haya sentido, el que no haya sufrido
en el cuerpo, en el alma, en cada arteria;
el que no haya orgulloso derramado mil lágrimas;
el que no haya querido darle un beso a la tierra,
un beso permanente, final, definitivo
con la sangre manando por heridas abiertas;
el que no haya sabido sufrir y conmoverse
por cada hombre humillado y cada mujer muerta,
por la tierra arrasada y la Patria arrasada
y la sangre arrasada y el viento y el aire arrasados
y no se haya mordido los puños con fuerza;
al que no haya llorado alguna vez de rabia;
el que no haya llorado de impotencia;
el que no haya sabido lo que es el horrible ímpetu
de tomar en las manos un arma;
el que no haya querido matar a un ser humano
creyendo hacer con ello una obra buena;
el que no haya sentido en fin la horrible angustia
de la Patria y la tierra;
el que no haya llorado alguna vez como hombre,
que no hable de los treinta hombres de la trinchera.

II

¡San Isidro en peligro! ¡San Isidro en peligro!
Perdido San Isidro, todo estará perdido.
Los hombres se contaron y eran tan sólo treinta.
Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos…
En la plaza del pueblo, rodeada por la iglesia
y la Escuela (así ocurre casi en todos los pueblos)
alguien hace unos días excavó una trinchera,
a orillas de la plaza, pasando por el frente
de la Iglesia y la Escuela.
La plaza no fue hecha para peleas y muerte.
En otros días mejores, se jugaba en ella;
a veces pacían las vacas
o discutían las viejas;
y en las tardes jugaban, a veces,
los niños de la Escuela;
los domingos, después de la misa,
los vecinos juntábanse en ella,
presenciaban un juego de futbol,
y tomaban granizados o kolas a pico de botella.
No hay que haber conocido San Isidro
para saber todo esto.
Los pueblos son iguales y benditos,
por todas las plazas se pierden las gallinas
y en todas llegan a pacer las bestias.

Pero esta plaza tiene algo que las otras no tienen:
Esta tiene trinchera.

Ahí está la trinchera. ¡San Isidro en peligro!
Los hombres se han contado y son tan sólo treinta.
Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos..
¿Qué pueden treinta hombres hacer contra trescientos?
¡Resistencia!

Para hacer resistencia, está allí la trinchera.
¡San Isidro en peligro!
¡Mientras estos treinta hombres estén en la trinchera
no caerá San Isidro!
Mientras estos treinta hombres opongan resistencia
no estará todo perdido.
Puede ser resistencia silenciosa.
No caerá San Isidro.
Resistencia con pocos disparos.
No estará todo perdido.
Resistencia de sólo estar allí,
de estar allí metidos.
En la trinchera no hay nada que comer
¡pero no caerá San Isidro!
En la trinchera no hay nada que beber
¡pero no se perderá San Isidro!
El sol agota, quema y brilla en la trinchera;
no se sabe cuánto tiempo habrá que estar en la trinchera;
no se sabe si habrá que morir en la trinchera
no hay una gota de agua en la trinchera;
hay barro, polvo y suciedad en la trinchera;
hay pocas, malas armas en la trinchera;
pero saben que en tanto uno solo de los treinta resista en la trinchera,
trinchera,
¡no caerá San Isidro!

III

El sol y la angustia, el calor y las balas
son los otros habitantes de la trinchera.
Las horas se desgranan lentamente
y caen desde la torre de la Iglesia.
El cielo reverbera con la temperatura.
La muerte viene a veces de la Escuela;
la muerte viene a veces de la iglesia.
Esa es la paradoja (calor, angustia y polvo)
que sufren estos treinta hombres en la trinchera.

Las manos se entretienen jugando con el polvo,
tamizando despacio el polvo con los dedos,
tomando la tierra de la tierra y devolviendola purificada a la tierra,
tierra.
Un cartucho vacío
puede servir de mucho en la trinchera:
se le llena de polvo
y luego se echa el polvo otra vez en la tierra.
Así pueden matarse
las largas horas lentas
que caen una por una
del reloj de la Iglesia.
A veces, como un trueno,
irrumpe en la trinchera
la voz blasfema y torva que los insta
a cesar de una vez la resistencia;
que se rindan,
que ninguna esperanza les queda,
que los cuervos están revoloteando,
que vuelan por doquier las aves negras,
que el sudor y la angustia ya son cosas inútlles,
que es inútil ya toda resistencia.
Pero bien saben ellos que no todo es inútil.
No todo está perdido
mientras un hombre quede en la trinchera.
La noche y la angustia, la tiniebla y las balas
son luego las que habitan con ellos en la trinchera.
Esta es la hora de las oraciones.

Las oraciones siempre se repiten
hasta llegar a ser palabras huecas.
Decir: “Padre Nuestro”… es como decir “Buenos días”…
(Nadie al decirlo piensa
que está deseando un día abierto y favorable).
Las palabras de las oraciones
conservan su sonido y pierden su sentido;
son cosas muertas.
Pero hay momentos en que resucitan;
pero hay momentos en que cobran vida;
pero hay momentos en que “Padre Nuestro…
significa mil cosas, significa una cosa grande y bella:
es llamar, implorar, pedir ayuda,
pero es también decir un nombre.
(Decir un nombre lo es todo en ocasiones.)
Son las mismas palabras, mas son nuevas;
como si en un momento se pusieran
en otro orden las letras,
y de pronto cobraran otro significado.
Decid una palabra cualquiera;
decid una palabra común;
decid “Tierra”.
Si la decís ahora, significa otra cosa
que lo que significa en la trinchera.
Allí tierra lo es todo:
Tierra bajo los pies, bajo las manos y sobre la cabeza.
Tierra es un mundo, entonces;
todo es tierra.
E igual sucede con las oraciones.
Noche y sed, tomad nota.
No hay nada que beber en la trinchera
y no hay otra luz
que la luz desigual de las estrellas.
Y la muerte al otro lado de la calle
en la Iglesia, en la Escuela,
y en todos los lugares
que rodean la trinchera.
La muerte y las estrellas
están allí presentes;
la muerte y las estrellas.
Y la muerte y la luna;
y la muerte y la sed siempre presentes.

Pero no hay que rendirse, que nada se ha perdido
mientras un hombre quede en la trinchera.

IV

¡San Isidro en peligro!
Treinta hombres hicieron resistencia.
No cayó San Isidro
porque hubo treinta hombres dentro de una trinchera.
Nadie debe olvidarlo.

Son de carne y de hueso estos treinta hombres
pero pronto serán una leyenda.
Los niños de San Isidro
verán la trinchera
y antes de que la plaza
por fin desaparezca,
llegarán a la plaza
al salir de la Escuela,
y jugarán a ser ellos los hombres
que hicieron resistencia en la trinchera.
Así, amigos míos,
en la mente de los niños,
nacerá la leyenda.

V

En cada encrucijada en que haya lucha
por defender al hombre y a la tierra,
y cada vez que un hombre gnte “Hombre”,
allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

Cada vez que haya cuervos, cada vez que haya buitres,
cada vez que haya hienas,
y cada vez que lloren las mujeres,
allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

Por sobre las montañas, por sobre las llanuras,
por sobre los volcanes, por sobre las praderas,
por sobre las colinas y los valles,
allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

Sobre el Reventazón, sobre el Tempisque,
sobre los Ríos Grandes de Tárcoles y Térraba,
sobre cada nachuelo y cada arroyo,
allí estarán los treinta hombres de la trinchera.
En las cumbres del Poás y del Turrialba,
del Chirrpó y del Rincón de la Vieja;
Sobre el Barba y los fríos del Cerro de la Muerte,
allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

En las verdes praderas de Cartago,
los cafetales fértiles de Heredia,
las llanuras sin fin de Guanacaste,
allí estarán los treinta hombres de la trinchera.

Limón, Bagaces, Escazú, Naranjo.
Puriscal, Santa Bárbara, Alajuela,
Río Cuarto, Palmichal, Frailes, Esparta,
hablarán de los treinta hombres de la trinchera.

Se pasa lista a los amados nombres:
Sarchí, Quepos, Siquirres, Orosi, Puntarenas…
Por sobre cada pueblo, por sobre cada villa
han de volar los nombres de los de la trinchera.

Treinta nombres, treinta hombres que aquí están, que aquí viven,
que son de carne y hueso, y que sufrieron tierra
y angustia y sed y llanto y balas y hambre y polvo,
y una mañana clara
irrumpieron del polvo con rumbo a la leyenda.

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