Anécdotas de Alberto Cañas (11)

Don Pepe

En Boston y Nueva York

En 1922, José María Figueres Ferrer le dijo a sus padres que quería irse a estudiar y a trabajar a Estados Unidos. La reacción familiar fue negativa, pero a pesar de eso lo hizo.

Como era menor de edad, se dejó el bigote, se trajeó debidamente y mintió sobre su edad con tal de obtener el pasaporte.

Así llegó a Boston, ciudad en la que tomó cursos libres de ingeniería en el Instituto Tecnológico de Massachussets, fue lector asiduo de la Biblioteca Pública y se ganó el pan como supervisor de romanas eléctricas en la Salad Tea Company.

En Nueva York, durante el día, hacía traducciones al inglés y viceversa. Durante la noche, cursó dicción inglesa, fonética y, en su cuartito de hotel, continuaba sus lecturas de clásicos europeos.

Al año de haber salido de Costa Rica, le escribió a su padre Mariano que no le enviara más el cheque en dólares, porque ya ganaba lo suficiente para comer. Sin embargo, el médico no le hizo caso, así que don Pepe empezó a devolverle los giros con la leyenda: “Ya había dicho que no necesitaba nada”.

Don Pepe y Casals

Alberto Cañas recuerda que “lo más lindo” que vivió a la par de don Pepe fue acompañarlo a él y a Francisco Amighetti a visitar al célebre chelista Pablo Casals, en Puerto Rico.

“Fue muy hermoso ver a Casals acompañando al chelo a don Pepe, quien cantaba canciones populares y de cuna oriundas de Cataluña. Durante toda una tarde fui testigo de ese encuentro entre dos bravos. Fue algo único”.

Amante del teatro

En la campaña electoral de 1969, el director teatral español Estebal Polis se encontraba montando Romeo y Julieta de Shakespeare. Don Pepe, amante del dramaturgo inglés, ordenó que compraran cuatro funciones de la obra y que repartieran las entradas entre el pueblo, porque pensaba que sería una lástima que la gente común y corriente no pudiera disfrutar del espectáculo.

Después hubo problemas administrativos, porque la Contraloría General de la República se negó a reconocer ese gasto.

Gustos literarios

Don Pepe fue muy exigente en sus gustos literarios. Siempre dijo que él no perdía el tiempo leyendo un libro que no tuviese al menos 50 años de haber sido escrito.

“Costó muchísimo ponerlo a leer a García Márquez. Decía que podía haber obras que, al cabo de diez años, nadie leería más y que había que esperar a que pasara el tiempo y que otros dictaminarán qué servía y qué no…”, recordó Alberto Cañas.

“Yo le regalé El coronel no tiene quién le escriba, pensando en que era lo más adecuado para él, pero nunca supe si lo leyó”.

Indudablemente, don Pepe era un devoto de los clásicos y se sabía de memoria interminables poemas de Rubén Darío, Bécquer y Gaspar Núñez de Arce, pero también admiró a “clásicos” locales, como Carmen Lyra, Carlos Luis Fallas y Joaquín Gutiérrez.

Don Pepe y la historia

Durante varias décadas de intensa relación intelectual, Guillermo Villegas Hoffmeister le preparó a don Pepe no menos de diez cuestionarios sobre la guerra civil, con la esperanza de que Figueres iniciara la redacción de sus memorias sobre el 48.

“No quería hacerlo por no referirse a esos acontecimientos, porque pensaba que se abrirían viejas heridas y que iba a maltratar a mucha gente”, recordó Villegas.

Por fin, en 1985, el presbítero Benjamín Núñez lo llamó y le comunicó que don Pepe se había decidido a emprender “su última lucha” y lo que llegaría a ser su último libro; pero más por presión de sus allegados y excitativas internacionales.

El volumen, que terminó llamándose El espíritu del 48, se inició con el título Fusiles y luceros, que siempre prefirió Villegas.

A pesar de su enorme cultura, don Pepe nunca tuvo un afán historicista ni se preocupó por documentar sus administraciones o sus vivencias de la guerra civil.

De hecho, sus pocos archivos personales, así como gran parte de la documentación oficial de las administraciones Calderón Guardia y Picado -archivada por el Ejército de Liberación Nacional en “La Lucha”, tras la victoria de 1948- se ha perdido irremediablemente.

En México

En el exilio de México, don Pepe empezó a conspirar contra el gobierno de Calderón Guardia. Hizo envíos frecuentes de armamento, pero generalmente fueron requisados en Costa Rica.

Luego, a costa de su comodidad económica, empezó a hacer contrabandos de una cerámica mexicana extraordinariamente frágil. En medio de los platos y de las tazas, se ocultaban los fusiles. En Costa Rica, los inspectores temían el quebradero y dejaban pasar las cajas sin examen.

Pero fue descubierto en México. Un general azteca lo llamó y sin mayor preámbulo le anunció que, a cambio de $20.000, se olvidaría del asunto.

Don Pepe volvió a su humildísimo apartamento del Distrito Federal, cubierto de pesadumbre, y le contó todo a su esposa, Henrietta Boggs. “Todo lo perdimos. Mañana volvemos a empezar”, le dijo, mientras se estrujaba la cabeza, en un gesto que le era característico.

Trujillo lo mandó a matar

Don Pepe fue el más odiado adversario de “la Internacional de las Espadas”, que en los cincuentas formaron temibles dictadores como Trujillo, Somoza, Batista y Pérez Jiménez.

Este último tirano venezolano cayó en 1958 y la principal radio clandestina del movimiento insurreccional funcionó en “La Lucha”.

“Toda su vida, don Pepe fue un guerrillero. Su profesión fundamental fue la de conspirador”, expresa Guillermo Villegas.

De hecho, Trujillo “lo odiaba a muerte” y varias veces envió a sus sicarios a matarlo.

Corridos y sinfonías

Las versiones sobre los gustos musicales de don Pepe son contradictorias. Algunos, como don Guido Sáenz, aseguran que la música clásica era su preferida. Otros más bien se inclinan por las canciones populares y hasta por la música ranchera.

En ocasiones, Figueres recordaba una tonada ranchera que había aprendido en 1920 y que aún lo hacía vibrar “Un tímido pajarillo una noche, llegose a refugiar en mi ventana…”.

Otra vez, don Pepe confesó que había visto incontables veces la película “Allá en el Rancho Grande” y que se sabía completa la pieza “Tu ya no soplas como mujer”.

“Yo estoy seguro que entre un buen corrido de la Revolución mexicana y las Cuatro Estaciones de Vivaldi, don Pepe se quedaría con el corrido”, insiste Guillermo Villegas.

Hombre sencillo

Don Pepe se confesó siempre como un hombre de campo. Sus manos “se sentían como las de un hombre, forjadas a punta de trabajo”. Nunca fue persona de fiestas ni de recepciones; ignoraba las mínimas normas de protocolo y etiqueta.

Fue un caudillo del estoicismo, frugal en la comida y en la bebida. No fue un abstemio, pero bebía muy poco: “Un eremita, de cuando en cuando, vino o brandy”, como recuerdan sus amigos.

“Para él, un banquete era un muslito de pollo o el pescado. La montaña lo había hecho así. Comía lo que come cualquier costarricense. Era muy avenido: arroz, frijoles, una ensaladita. El plátano frito con leche era su adoración”.

A pesar de ser un mal bebedor, Alberto Cañas recuerda que, en 1963, se encontró en Estados Unidos a un inglés de origen costarricense que aseguraba que en 1921 don Pepe era dueño de “la mejor saca de guaro del país”.

“Don Pepe siempre me negó esto, pero Cornelio Orlich, su socio en el negocio, me lo confirmó”.

Como el mismo Figueres decía con frecuencia: “A uno le inventan cada verdad”.

Gonzalo Facio, quien fue canciller de don Pepe en su última administración, relató que durante ese período la mejor casa vitivinícola de Francia le dio una recepción a Figueres.

El anfitrión era el “rey de la champaña” y le ofreció a don Pepe lo mejor de su cava centenaria. El costarricense desdeñó la espumante copa y con voz agria dijo: “No quiero. A mí que me traigan una Coca Cola”.

Se cuenta que don Pepe se burlaba de su fama de abstemio y que acotaba: “¿Quién dice que yo no tomo? Esa es una calumnia que me levantó Otilio Ulate”.

El político

Todos los íntimos de Figueres aseguran que “Don Pepe nunca fue un político, sino un estadista”.

“Don Chico Orlich fue realmente el político y el hombre que estuvo detrás de Figueres”, aseguró uno de sus amigos.

“Don Chico, como dicen, lavaba y le sobraba jabón y espuma. Don Pepe decidió que Orlich tenia que ser presidente y don Chico resultó mejor que él”.

Para un amigo de ambos, don Chico “cumplió un papel muy importante a la par de don Pepe, porque lo refrenaba mucho y, mientras vivió, impidió que gente rara se acercara a don Pepe. Por eso es que, en su última administración, Figueres se desbocó”.

Odios y querencias

Don Pepe odiaba a la gente que “hablaba en difícil” y le tenía tirria a expresiones como “problemática” y “parámetro”.

En 1948, en plena guerra civil, el famoso General Ramírez -de quien se asegura que jamás disparó un tiro- se dirigió a don Pepe:

– General Figueres…

– ¿Sí, General Ramírez?

– El enemigo se acerca por el flanco derecho en una operación tenaza.

– ¡Qué chanchada!, no le entiendo nada a este viejo -le dijo don Pepe a uno de sus colaboradores. En eso, apareció un campesino y a grito pelado le dijo a Figueres:

– Don Pepe, los mariachis están en la tranquera de Olegario.

– Ahora sí…

Alberto Cañas, quien relató esta anécdota, explica que don Pepe hablaba “como se habla en Los cuentos de mi Tía Panchita, porque era un lenguaje muy campesino, pero de los años veinte. A la vez, era muy culto, porque se crió en San Ramón”.

El último gran odio de don Pepe fue Ronald Reagan, el ex presidente de Estados Unidos.

Sin embargo, cuando Reagan visitó el país y un diputado socialista interrumpió su discurso en el Teatro Nacional, don Pepe expresó: “Nunca falta un borracho en una vela”.

Caricatura don Pepe

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