PUNTUACIONES EN UNA CARTOGRAFÍA CONOCIDA


La violencia de los años cuarenta tuvo cuatro momentos de lucha abierta,* y un sinfín de episodios menores. Ella ha sido justificada desde distintos puntos de vista, pero nunca se ha podido explicar satisfactoriamente en función de las diferencias políticas existentes. El dato llamativo es que los caudillos antagónicos eran complementarios más que diferentes en relación con sus programas políticos. La violencia tampoco se puede entender cuando se le presenta como una reacción indignada y legítima en contra de irregularidades electorales de 1944 y 1948. Entre otras cosas porque los dos bandos tenían un anclaje muy profundo en la cultura del fraude electoral, el cual era parte de la cultura política nacional.9

La violencia se gestó en el ámbito en que Costa Rica se consideraba una excepción en el Caribe y más allá, en el campo de sus instituciones políticas. Se forjó en medio de las contradicciones de esa institucionalidad. El 48 fue una fatalidad tallada en un proceso de varios años, con palabras y conductas pertenecientes a las luchas políticas, esculpida por las prácticas electorales existentes y, sin duda, un resultado de los seguimientos caudillistas, nunca puestos seriamente en duda. El proceso que llevó al 48 se nutrió con los materiales particulares de que estaban hechos las instituciones políticas costarricenses. Su principal motor fueron las rivalidades exacerbadas en una lucha de poder. Las elites políticas, quienes luchaban por ser reconocidos por ellas, y quienes pasaron a tener papeles destacados en razón de sus divisiones, destejieron al luchar entre sí. El resultado final, la lucha armada, no fue algo conscientemente buscado, con una importante excepción, pero de una u otra manera todos los actores políticos contribuyeron al mismo, en la medida en que quedaron enlazados por algo parecido a lo que Girard llama el mecanismo del mimetismo negativo. Existieron desde luego circunstancias coadyuvantes de primer orden. La dimensión estructural interna y la dimensión internacional, como ya lo vimos, han sido frecuentemente subrayadas. Desde ambos lados surgieron motivos para identificar enemigos en el escenario interno, y razones para actuar contra ellos de manera arbitraria y desproporcionada. La posición del enemigo (interno-externo) que representaba lo nefasto fue ocupada por distintos grupos y personas a lo largo de estos años. Desde 1946 hubo un repunte del anticomunismo visceral, en consonancia con el clima de la naciente Guerra Fría. Esta atmósfera removió las fracturas presentes entre los aliados en el gobierno y dotó a la oposición política de un motivo central de acción y de una gran arma de agitación. Se regresó a una situación parecida a la existente a fines de los años treinta, cuando los comunistas eran reprimidos y se ideaban estrategias para frenarlos. Una de ellas fue la misma reforma social.10

Por otro lado, las relaciones internas de poder no permitieron digerir todas las presiones sociales acentuadas desde la crisis de 1929. Con relación a ellas, los nada despreciables cambios institucionales de los años treinta y principios de los cuarenta carecieron de coherencia social, política y económica. Siempre dejaron grupos e intereses insatisfechos y amenazados, excluidos y resentidos. La razón, en última instancia, era política. Seguía incólume un concepto jerarquizado, vertical y patriarcal, de la sociedad y la democracia, nunca puesto en entredicho en todos sus alcances. De allí las contradicciones.

Los malestares presentes irrumpieron contradictoriamente en el curso de los años cuarenta, unos canalizados por los comunistas, y otros por los ideólogos de las capas medias ascendentes. La reforma social fue tanto una medida contrainsurgente como una estrategia de ascenso social y político para un grupo restringido. Consiguió neutralizar las reivindicaciones sociales de los comunistas, pero no se proyectó sustantivamente sobre el sistema electoral, lo cual era condición para un acuerdo político más incluyente. Las leyes electorales de 1945 carecieron de un soporte político fuerte y convincente. Una lógica parecida siguió la reforma económica de 1948, aunque ahora con importantes cambios en el sistema electoral.

El sufragio, la corrupción y la lucha contra el comunismo fueron las tres grandes reivindicaciones de la oposición política en 1948. La defensa de las Garantías Sociales y de la democracia los dos grandes motivos de la coalición gubernamental. En medio quedaba la cuestión de la modernización económica. Las lecturas retroactivas de los triunfadores y de los perdedores girarán básicamente en torno a estos elementos, en distintas combinaciones. Es con relación a esos ejes que se propondrá más tarde la complementariedad de los tejedores enemistados.

Este marco básico nos coloca ante dinámicas y circunstancias que, no sobra insistir en ello, son imprescindibles de tener en cuenta. El concepto tomado de Girard nos lleva un poco más allá. Al destacar el componente hostil-reactivo, mueve a observar cómo la política mayor se tradujo a diferentes niveles en acciones contra grupos y personas específicas, y la reacción subsiguiente, desde los golpes, los perjuicios y las ofensas causadas. Esto último no se atrapa adecuadamente con la malla conceptual de los proyectos políticos o de los intereses materiales en juego, y no es algo que se pueda dejar de lado. Las heridas y los resentimientos no son la espuma o la superestructura colorida de una lucha social o política. Son su despliegue inmediato y concreto. Un factor que genera dinámicas particulares y puede llevar por caminos imprevistos.

Los amarres reactivos ayudan a entender algunos pasos aparentemente desafortunados o de pocas miras, la indecisión trascendente por sus consecuencias, la conducta empecinada, las palabras y silencios que potenciaban las animadversiones, los actos de agresión carentes de objetivos políticos o camuflados de tales, y los accidentes con consecuencias fatales. De esta manera nos colocamos en un delicado borde, en el cual lo personal se viste con ropaje político y la dinámica política es contaminada por lo personal. Una obviedad que no siempre se incorpora adecuadamente en la reflexión.

Debido al contagio inherente al mecanismo reactivo, la violencia se propagó cual mancha de aceite, incorporando cada vez a más personas, o lo que es lo mismo, maltratando a cada vez más gente. Como se puede constatar en los testimonios, quienes iban siendo jaloneados hacia el centro del remolino hostil tenderán a presentar su propia violencia como un acto de defensa legítimo o la devolución justa y adecuada de una ofensa antes recibida. Hubo siempre “una cuenta que arreglar”, llámese ésta un fraude anterior, golpe anterior, un pariente herido o muerto, un encarcelamiento, un acto de matonismo, un ultraje o un insulto. Las posibilidades eran múltiples, pero el resultado fue uno solo: la escalada violenta.

En el curso de estos años aparece varias veces un motivo de procedencia bíblica. A fines de 1946, un notable cartaginés hablaba con naturalidad de una lucha entre el bien y el mal, a la cual correspondía la estrategia política del “ojo por ojo y diente por diente”.11 En el Nuevo Testamento esta expresión aparece en el Sermón de la Montaña, y está dirigida contra la llamada ley del Talión. De lo que se trata es de evitar la atadura que significan las venganzas, y los sufrimientos que las acompañan. Aquí es donde se habla de poner la otra mejilla y darle también el manto a quien quiera pelear por la única túnica que se tiene. En 1946, sin embargo, se volvía a la ley del Talión, concluyéndose que el bien debía tenía que responderle al mal con su propia moneda. Era la estrategia de la satisfacción.

Con matices, la consigna del “ojo por ojo” pasó a un primer plano desde que la muerte natural de León Cortés, ocurrida en enero de ese mismo año, fue políticamente transformada en un magnicidio y un parricidio. En ese momento se creó el espacio político y emocional para los actos de terrorismo, y simultáneamente, para la dinámica de choques y agresiones que desaguaron en la sangrienta Huelga de Brazos Caídos de mediados de 1947. A terminar ese este año había jóvenes, y no tan jóvenes, que clamaban en las calles por la sangre de los comunistas, a los cuales se le negaba toda humanidad.12 En ese momento el calificativo de comunista se aplicaba indiscriminadamente a las personas partidarias de la coalición gubernamental.

Fatídicamente, el lema del ojo por ojo y diente por diente fue también agitado por los comunistas, a principios de la década, como parte de su discurso antifascista.13 Con consignas como éstas se aproximaron ellos al gobierno que todavía en las elecciones de medio período de 1942 denunciaban por sus fraudes electorales, y por estar infiltrado por nazis y franquistas. Sin ser nombrada explícitamente, la consigna del diente por diente seguirá vigente en los años siguientes. La manera en que Vanguardia Popular se involucró en la violencia electoral de fines de 1943 y su cuota de responsabilidad en el fraude electoral de 1944, solo se termina de entender si se considera el factor desquite. Los comunistas aprovecharon la oportunidad para vengarse de León Cortés, el hombre que unos años antes los persiguió y los reprimió y a quien caracterizaban como un fascista. En los escritos del dirigente comunista Arnoldo Ferreto encontramos una versión desplegada de la estrategia del ojo por ojo en esos años.14 La cadena sigue. La oposición política del 48 recogió el respaldo de las personas que en 1944 fueron física y políticamente golpeadas, y de aquellas otras que a principio de la década habían sido afectadas por la política de expulsión y encierro, y por las expropiaciones. Algunos hijos de familias alemanas e italianas se incorporarán a la lucha armada para vengar una afrenta personal y familiar. Frank Marshall Jiménez, el héroe militar de los insurrectos, pertenecía a una familia que logró salvar parte de sus propiedades de la expropiación mediante una inusual maniobra. Su padre fue deportado y recluido en los Estados Unidos.

Un ejemplo adicional es el muy citado libro de José Figueres “Palabras Gastadas” (1943)15. El escrito es incomprensible si no se considera que está atravesado por un afán ardiente de desquite. Fue redactado inmediatamente después de la expulsión de Figueres del país. Solo a costa de una severa distorsión de la realidad podía alguien proponerse derrocar a una tiranía en Costa Rica, a fines de 1942 y principios de 1943. Los argumentos favorables al socialismo, la libertad y la democracia, la base de lo que luego se reivindicará como un ideario social demócrata, ocultan una justificación para cobrar el agravio personal, aumentado luego por el fraude electoral de 1944, el cual le impidió a Figueres salir electo diputado. Lo último, a su vez, era también parte de una represalia, esta vez del Presidente Calderón Guardia. Como persona y como cabeza de una institucionalidad, él se sintió agredido y descalificado por la intervención radial de José Figueres, en 1942. Reaccionó usando el poder de que disponía: lo apresó y lo deportó. No era algo inusual en la historia de Costa Rica; ya había ocurrido antes. Sin embargo, Figueres lo puso como un acto sin antecedente alguno, propio de una tiranía.

La intrincada situación creada por el resultado de las elecciones de 1948 fue producida por una sumatoria de acciones previas de ambos bandos. Finalmente, los dos lados se presentaron como víctimas de un fraude electoral, y demandaron la reparación correspondiente del victimario. Allí se desató la guerra.

Las primeras bajas en la carretera interamericana son simbólicas. Las muertes del coronel Rigoberto Pacheco Tinoco y del mayor Carlos Brenes Alvarado, y luego del insurrecto Nicolás Marín, ocurridas a principios de marzo de 1948, tienen en común el que fueron venganzas. Marín fue torturado hasta morir en los bajos de la Casa Presidencial, y Pacheco y Brenes fueron asesinados cuando no presentaban ninguna resistencia ni eran un peligro. Quien les dio muerte, una persona cuyo nombre suele ser sustituido por una inicial en los escritos de sus compañeros, cobraba así la muerte anterior de un pariente, en un enfrentamiento con la policía. Aparentemente, Brenes Alvarado estuvo involucrado en este hecho. A Pacheco Tinoco se le cobraba otra cosa: era amigo íntimo de Calderón Guardia y su militar estrella. El motivo de venganza podría explicar las vejaciones de las que fueron objeto los cuerpos de los militares, pero también el ensañamiento posterior contra Marín, cuyo cuerpo quedó destrozado.

De ambos lados hubo gente que tomó las armas para vengar algo, y la lucha misma generó nuevo motivos para buscar el desagravio, algunas ejecutados en el curso del enfrentamiento y otros posteriormente. Para alguna gente la guerra tuvo por objetivo la venganza, y no mucho más. Días después de que los vencedores del conflicto ingresaran a San José, hubo un acto en el Cementerio General en el cual se proclamó que León Cortés había sido vengado. Otilio Ulate y los comandantes vencedores lo protagonizaron. Allí tomó forma la iniciativa de un gran monumento a Cortés, comenzado unos meses más tarde.

En el curso de los años cuarenta una pátina revanchista fue tiñendo distintos actos. La década cerró casi como empezó. Al inicio y al final hubo restricciones de los derechos ciudadanos alegando razones políticas mayores. Al principio y al final el país vivió en un estado de excepción; cada uno de estos períodos excepcionales produjo actos de violencia política entreverados con móviles personales y también actos de violencia privada disfrazada con motivos políticos. Al inicio están los golpes, los fraudes, las expulsiones, los encierros y las expropiaciones. Al final los Tribunales Especiales, la incautación de propiedades, las detenciones arbitrarias, los despidos, la ilegalización de los comunistas, el exilio y más muertes, por afanes de revancha. La invasión dirigida por Calderón Guardia, en diciembre de 1948, según personas que participaron en ella,16 fue un acto político de venganza que dio el contexto para crímenes alevosos, sin justificación alguna, tal fue el caso del asesinato de un equipo de la Cruz Roja.

Como motivo para la invasión se alegó el desconocimiento del Pacto de la Embajada de México, el acuerdo con que terminó la guerra. Esta anulación fue parte de una política de venganza. Una respuesta a la invasión de diciembre fueron los asesinatos del Codo del Diablo. Esta vez las víctimas fueron personas que no participan en la invasión ni la respaldaban políticamente, entre ellos varios comunistas. Estos asesinatos eran parte de un plan mayor cuyo objetivo era deshacerse la dirigencia comunista.

Hacia finales de 1948 los odios liberados habían empezado a minar el bloque que se había compactado para las elecciones de principios de año. Las acusaciones de traición y deslealtad se hicieron presentes dentro de los vencedores, en varias variantes. Unos le reclamaban a Figueres la traición a la causa centroamericana que dijo suscribir inicialmente, y de la cual se desmarcó en el curso de 1948. Otros, le cobraban su desplazamiento a favor de otras personas, y desde allí, una traición a los motivos de la insurrección. Este segundo hilo lleva al fraccionamiento de la Junta de Gobierno en abril de 1949 y al levantamiento conocido como “El Cardonazo”, cuyo combustible fue las envidias y los celos entre los compañeros de armas de un año antes. Luego tenemos la participación de algunos sublevados de marzo de 1948 y abril de 1949 en la invasión de 1955, al lado de Calderón Guardia. Algunos de los anteriores amigos se transformaron en enemigos mortales.

Pese a las divisiones y rencillas existentes entre quienes se exiliaron en Nicaragua y a las recriminaciones recíprocas por las dos derrotas de 1948, los resentimientos acumulados alcanzaron todavía para reunir gente para una segunda invasión desde Nicaragua en 1955, con un nuevo saldo, todavía hoy desconocido, de heridos y muertos. El motivo de venganza estaba también en quienes patrocinaron y alentaron la empresa, en primer lugar el dictador Somoza García, el cual veía en Figueres a un enemigo.

Estos son algunos mojones de una secuencia que con facilidad se puede hacer mucho más tupida y complicada. Al olor de la pólvora y la sangre presente en estos años hay que sumar el del alcohol, el cual aportó un carburante extra para la violencia de los dobles -enemigos. Los relatos abundan en información al respecto. Política y alcohol estaban hermanados entre nosotros desde mucho tiempo atrás. También, como sabemos, la violencia y el alcohol. No pocas carreras alcohólicas comenzarán en estos años. Otras, ya iniciadas, se consolidaron con consecuencias diversas, algunas fatales.

La reciprocidad sangrienta se cortó avanzada la década siguiente. El freno decisivo no vino del mundo idílico de la carreta pintada y la casa de adobe. Provino del exterior y estuvo relacionado con un cambio de la política estadounidense a la región. En 1955 se clausuró el espacio internacional para las conspiraciones regionales, usado tanto por Figueres como por Calderón Guardia. Al cierre de los años cincuenta, el ambiente seguía contaminado por los vapores tóxicos de la violencia pero había una nueva realidad externa y también una creciente conciencia que de seguir por el camino transitado, las pérdidas serían irreparables para todos.17 En lo inmediato estaba el peligro real de no poder aprovechar las nuevas oportunidades económicas que se abrían.

Al terminar los años cincuenta los dos protagonistas principales habían pasado por las mismas posiciones y se habían igualado varias veces por sus actos. Ambos eran reconocidos como grandes reformadores. Los dos habían conspirado desde el extranjero y eran responsables de derramar mucha sangre. Cada uno se propuso derribar al otro, aunque solo uno tuvo éxito.

Sin haberse nunca reconciliado entre sí, los gemelos violentos empezaron en ese momento a transformarse en héroes complementarios, en tejedores descoordinados pero bien intencionados.18 En el nuevo escenario que se perfila, los comunistas van a quedar como los protagonistas malévolos de la fase trágica. A ellos les corresponderá la función del chivo expiatorio, la figura que en el modelo de Girard suele aparecer en el cierre de los períodos convulsos para ayudar a restablecer o refundar un orden.19 Con la identificación de un culpable preciso, una colectividad que había estado negativamente enlazada trata de colocar fuera de sí su propia violencia. No la eliminaba, pero se deshacía momentáneamente de ella. Sin duda las cosas no fueron en nuestro caso tan simples y de nuevo el análisis pormenorizado es necesario. No obstante, es también verdad que la conciencia política de la Costa Rica de la segunda mitad del siglo XX se montará sobre importantes distorsiones respecto al pasado, y muy en particular, sobre su pasado más reciente.

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