EFECTOS COLATERALES DE LA SITUACIÓN TRÁGICA


Si explorando en la dirección que se ha hecho, nos encontramos con una segunda generación que creció aferrada a eventos acontecidos en su infancia o en su adolescencia. Niñas y niños que crecieron sin un padre o un hermano, o resintiendo la desaparición de una persona querida o conocida.42 La figura del desaparecido fue entonces una realidad para algunas familias. El caso del jóven Morice fue uno entre varios.

Un niño de aquellos días recuerda a su madre fijada en el llanto durante años debido a la muerte de su hijo, un joven que no había llegado a los 22. Pese a su edad este muchacho ostentaba el rango de capitán. Las primeras semanas de la guerra se las había descrito a sus familiares como una “aventura recreativa”, hasta que lo alcanzó la muerte. Como la mayoría de quienes perdieron la vida en El Tejar, su cadáver desapareció consumido por el fuego, en una fosa común. Sin cuerpo y sin papeles de defunción, con apenas una escueta comunicación verbal sobre la muerte de su hijo quien supuestamente cayó “peleando como un valiente”, la madre se aferró a la ilusión de su regreso.

La desaparición de este joven es registrada por el hermano que rememora como algo más doloroso que la misma muerte, y respecto a su madre, como la causa de una “enajenación por un sufrimiento interminable”, tan doloroso que el muerto se convirtió en un objeto tabú, del cual no se podía hablar en la familia.43 Los silencios-tabú, pactados o espontáneos, son frecuentes en las narraciones.44 Dicen de duelos que se congelan y nunca concluyen. Lo que queda es un hueco, privado y colectivo al mismo tiempo.

Algunos niños de esta segunda generación crecerán con el recuerdo de asesinatos que quedaron impunes. A sus doce años, uno de ellos hizo un largo viaje para llevarle abrigo y comida a su padre, detenido en San José. En el camino es interceptado por familiares para comunicarle que la noche anterior había sido asesinado por quienes lo traían preso. La ilusión de ver al padre se transformó en el encuentro con un cadáver.45 En otro caso, la muerte violenta del padre motivará al hijo a tomar las armas unos años después. El hijo del militar Rigoberto Pacheco Tinoco tomó parte en la invasión de 1955. En la familia del coronel Pacheco esta muerte quedó como un asesinato a sangre fría, seguida de una amputación de los genitales. Así lo sostiene uno de sus hermanos, padre de Abel Pacheco de la Espriella.46 Y así lo repetirá el último varias veces en las décadas siguientes. Los jóvenes Pacheco Musmanni y Pacheco de la Espriella se alzaron en armas en reacción a este hecho y no sólo por un ideario político. A su vez, la participación en este hecho de sangre marcará las vidas de estos jóvenes.

Niños y niñas vivieron la persecución de sus padres, y abuelos, y las amenazas de muerte contra ellos. Otros vieron las heridas en el cuerpo de parientes, amigos y vecinos. En algunos casos fueron testigos de una violencia que alcanzaba a sus iguales. A uno le tocó presenciar como su compañera de juegos era alcanzada por un balazo en una pierna, y se la destrozaba. La escena le dejó un “miedo fantasmal”.47 Otro cuenta del balazo en la pierna de un primo de doce años, el cual no atendió un llamado a detenerse.48 En Turrialba un niño de ocho años que sacó su cabeza del aula donde recibía sus lecciones fue muerto de un disparo, cuando ya la guerra había terminado. Nunca se supo quien lo mató.49 Antes mencionamos la muerte de un niño de cuatro años por un disparo en Bustamante de Cartago. Estas muertes accidentales ocurrieron con frecuencia.

De muchas maneras la violencia tocó a la niñez. Un niño cartaginés de seis años entonces, menciona que su madre le prohibía ver por la ventana ya que afuera estaban los cuerpos amarrados de tres personas recién fusiladas. Como en otros casos, la curiosidad pudo más.50 Una niña cuya familia quedó en medio de la batalla de El Tejar, encuentra un hueco en la pared para mirar, también contra la voluntad materna; lo que ve entre penumbras son hombres lanzando bultos al fuego, escena que le quedará grabada en la mente, acompañada del olor particular de la carne humana quemándose.51 Varios de estos niños y niñas de entonces se recuerdan en medio de balaceras, en Limón, Cartago, San José y Alajuela, y repetidas veces aparece un adulto, casi siempre la madre, pidiéndoles u ordenándoles que no miren lo que tiene lugar al alcance de sus ojos. La imagen de la sangre aparece con repetidamente en estos textos. Un niño de entonces se revive caminando en un charco de sangre en un cuartel josefino, y otro recuerda a su madre limpiando la sangre del corredor de su casa. En un relato, la memoria infantil retiene el hilo de sangre que dejaba un camión que transportaba heridos y muertos. Son vivencias que marcan la infancia, y que tienen consecuencias futuras.

Un hombre que por aquellos días estaba en el vientre materno reproduce luego un relato de su madre, la cual recordaba sentir el horror de su respectiva madre (la abuela) encima de ella, protegiéndola con el cuerpo tembloroso de las balas silbantes.52 El relato de un miedo que pasa de un cuerpo a otro y es recogido en palabras por un ausente, el no nacido, pone un puente entre tres generaciones. Otro nonato menciona la expresión con que su abuela intentaba calmar a su hija, angustiada de todo lo que se oía sobre la guerra: Es la teta la que les pasa (a los niños) los nervios de la madre. Y efectivamente, este niño crecerá con historias abundantes sobre el 48 y también con miedos. Fue bautizado con un nombre de la época: Otilio.53

Costos dolorosos vendrán como consecuencia de los lazos que las hostilidades disolvieron o rompieron, al homologar al pariente o al vecino con un enemigo. Quien tomaba las armas tenía la posibilidad de toparse con un conocido o un familiar en el lado contrario. En los relatos aparece la referencia a hermanos, primos, y parientes políticos que se colocaron en lados opuestos. Algunos se dispararon y hasta se hirieron.54 En los recuerdos de un niño aparece la mención de dos hermanos heredianos que se enfrentaron en Puerto Soley, en diciembre de 1948. El del bando perdedor salió del país y murió en el extranjero. El que estuvo al otro lado de la línea de fuego fue herido gravemente en el pecho, y una mano le quedó dañada de por vida.55 Esta remembranza es confirmada por otros dos testigos independientes. Uno de ellos agrega que del lado del hermano gravemente herido estuvo también un tercer miembro de la misma familia, un primo u otro hermano. El otro testigo menciona que el hermano que luego se marchó del país impidió el fusilamiento de los prisioneros, entre los cuales estaba su hermano herido y su primo.56 No fue el único caso de hermanos-enemigos que hubo en Puerto Soley. Otros dos, de apellido Starke Jiménez, físicamente tan parecidos que podían confundirse, lucharon uno contra el otro, cada uno como jefe militar de su respectivo bando. Hubo más casos semejantes a lo largo del conflicto.57

Los hermanos-enemigos son el extremo que muestra como las redes familiares se tensaron y resquebrajaron en relaciones de amigo-enemigo, o cuando menos en relaciones de hostilidad. Dicen de la manera en que se tensó toda la sociedad en el curso de estos años. Muchas personas dejaron de ser quienes antes habían sido para las otras. En virtud del mimetismo político los lazos personales fundamentales fueron desconocidos, cuando menos temporalmente. “Familias enteras se minaban”, dice un testigo.58 Se astillaron o se fragmentaron. Los ejemplos abundan. En un caso entre varios, un pariente político le dice a otro que la familia ha dejado de existir, porque hay guerra, y acto seguido lo mete en prisión.59 Luego se le pagará con la misma moneda. En otro, una niña recuerda el temblor que le produjo escuchar a su abuelo gritar: “me voy de esta casa, yo no puedo vivir más con ulatistas”. Y se marchó. Los “ulatistas” eran para él su nieta pequeña y sus padres, pero también quienes incurrían en actos de terrorismo. Todo era lo mismo; se borraban las diferencias.60 Una niña que le lleva ropa y comida a su padre preso encuentra entre los guardas a un tío materno. Con la esperanza de recibir ayuda se dirigió a él, pero la reacción del tío fue lanzar la comida al suelo y patear la ropa limpia. Ya sucia la recogió para que se la diera al padre, su cuñado.61

Con la defensa de la distancia, el tiempo y la voz de un niño o niña, algunas personas reconocen sus deseos de muerte dirigidos contra familiares, por motivos políticos, y otras describen lo que era sentirse odiados por parientes y conocidos.62 Muchas personas se descolocaron del lugar que tenían en los mapas personales de referencia, y acto seguido desconocieron las consideraciones esperables de ellas con respecto a quienes estaban unidos por lazos de sangre, o por alianzas. Lo ocurrido en estos años sirve muy bien para ilustrar la facilidad con que la institución familiar puede ser conmovida en sus cimientos por un proceso social, incluso cuando al mismo tiempo se reivindica la familia como base del orden social. Esto último lo hizo con gran fuerza el discurso de la reforma social, inspirado por la Iglesia Católica.

Los odios produjeron divisiones profundas en todos los niveles de la escala social. El caso de la familia Orlich está documentado en los materiales de los Tribunales Especiales y es mencionado en dos relatos. Representa a muchos otros.63 Miembros de la rama familiar derrotada fueron perseguidos y acusados; uno de sus integrantes huyó hacia Nicaragua y volvió con los invasores en diciembre de 1948, dispuesto a enfrentarse a la otra parte de la familia. En no pocas ocasiones las divisiones separaron la familia del padre y la de la madre, haciendo del hogar una réplica de la situación general existente, y por lo mismo, un pequeño infierno.64 En un caso que se repite con pequeñas variantes, la madre quedó de un lado, y el padre del otro. Los hijos quedaban en medio, sin saber cómo orientarse. Sabemos de padres e hijos que tomaron partidos opuestos y también de familias que se compactaron en disputas contra otras. Algunos clanes familiares alineados en un sentido vieron a uno de sus miembros cruzar hacia las líneas opuestas; por lo menos en una oportunidad la represalia tomó la forma de un atentado con explosivos en contra del familiar desleal. Ocurrió también que la venganza se descargó contra personas inocentes, sin relación alguna con los hechos atribuidos a uno de sus familiares.

Una presión externa hizo que los afectos hostiles procedentes del mundo político se filtraron en las grietas del mundo privado y personal, y las ensancharan. La intensidad de la dinámica violenta inauguró relaciones de distancia y enemistad, a cuya cuenta se pondrán otros hechos posteriores.

En el año 2007, un adolescente de aquellos días relata en la prensa un episodio donde aparece una tía de su padre, muy querida entonces y todavía respetada, la cual, sin embargo, fue la que entonces señaló su casa, gritando a toda voz que los que allí vivían eran mariachis caldero-comunistas. Esto sucedió a fines de abril de 1948, cuando los alzados ingresaron a San José. En los días siguientes, el padre del joven fue apresado y él mismo golpeado.65 El hecho fue lo suficientemente impactante para seguir resonando,casi sesenta años después.

Este cuadro tendría que complementarse con datos sobre lo que ocurrió en la vida de las comunidades. La polarización alcanzó pueblos de apenas unos pocos cientos de almas. Las divisiones y enemistades se condensaron en personas que hostigaban y maltrataban a sus vecinos por su color político. Los apellidos de algunos de estos personajes, o sus sobrenombres, se recogen en las memorias como emblemas de la crueldad y la alevosía.66

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