CIERRE


El concepto de tragedia y la figura de la catástrofe coinciden en presentar un cuadro social de desborde. Algo sobrepasa los límites de lo conocido. En los testimonios se pone el énfasis, con razón, en un desborde de los odios.80 Pero antes de eso, o a la par, aconteció un rebalse paulatino de la institucionalidad existente.

Como ya fue mencionado, al rebalse contribuyeron factores precipitantes externos, como casi siempre sucede. Hubo, además, un sedimento social e institucional que se fue desequilibrando en una dirección favorable al choque violento, al punto de que no pudo ser detenido. Las representaciones del país-arcadia y del país-oasis, presentes al principio y al final del período convulso, fueron activamente neutralizadas y reorganizadas a favor de la violencia, haciendo de ellas un paso necesario para conservar un pasado excepcional en peligro. Con acentos específicos, el argumento del pasado bueno fue utilizado por los dos bandos para sus respectivos propósitos. Si en algún momento se mostró la reversibilidad del discurso de la paz y las posibilidades de manipularlo en una u otra dirección, fue en estos años. Se usó para defender los fraudes electorales y también para llamar y hacer la guerra. Y salió fortalecido.

Cuando el antagonismo llegó a su clímax, las salvaguardias y defensas extra jurídicas que se apoyaban en el supuesto del país excepcional colapsaron y no pudieron cumplir sus viejas funciones. En años anteriores ellas habían logrado contener los efectos de las dosis de violencia inherentes a un sistema electoral débil y a una cultura política caudillista, evitando que las tensiones sociales y políticas escalaran a niveles imposibles de manejar. Después de la dictadura de los Tinoco existió una importante sensibilidad en ese punto. Pero evidentemente ella por sí misma no era suficiente. Una vez neutralizado el imaginario del país de paz no hubo palabras fuertes y oportunas contra la violencia, ni se pudieron activar los viejos rituales preventivos y curativos que ponían los conflictos episódicos al servicio de la cohesión social. Tal era el caso del ritual del pacto, que obligaba a todos a deponer oportunamente algo para garantizar algo mayor, y en casos más graves, el ritual del perdón y el olvido, con su consecuencia más importante, la amnistía política general, usada frecuentemente. La activación de estos dispositivos de seguridad dependía de la capacidad de reacción y de la legitimidad del Poder Ejecutivo. A fines de los años cuarenta él carecía de lo uno y de lo otro.81

Con la palabra desborde nos colocamos ante una situación singular en los marcos de experiencia de entonces. El desborde es registrado con palabras diversas: “algo cambió abruptamente”, “hubo un giro inconcebible”, “ocurrían cosas que no podían estar pasando”, “fue una pesadilla sin contornos”82. El tono y el contenido de la mayoría de los relatos hacen pensar que los sucesos fueron vividos como un abandono momentáneo de la realidad, o como un ingreso a otra realidad, a una imposible, de
pesadilla.

Los campesinos mediterráneos hablaban de sobrepasar o saltar la “lira” cuando un labrador se salía de la porción de tierra preparada para el sembrado. El trabajo fuera del surco era un exceso improductivo. La palabra delirio deriva del latín delirare que significa a su vez apartarse del surco o desbordarlo.83 El delirio es el fenómeno fundamental que caracteriza la psicosis. Para los propósitos actuales esta mención sólo interesa en función de imaginar lo que pudo significar nuestro desborde trágico en la vida de la población.

Según los testimonios, conforme la polarización se acentuó mucha gente se fue aproximando a un mundo de evidencias irrebatibles, blindadas a los argumentos que las podían suavizar y relativizar. La capacidad para discernir quedó seriamente comprometida. En el despliegue de la escalada violenta, todo acto, propio o ajeno, fue objeto de una interpretación precisa y en muchos casos anticipada. Si de un lado la disolución o alteración de los vínculos sociales producía miedo e incertidumbre, del otro el alineamiento político se basaba en certezas. Poco a poco, la gente llegó al “convencimiento íntimo” de que la violencia era inevitable. La consigna del “ojo por ojo y el diente por diente” reposaba en la certeza de que unos representaban el bien y otros el mal. Los adultos y los niños veían las cosas de manera muy semejante, en constelaciones de malos y de buenos. Las certezas-convencimientos nutrieron los antagonismos y estos se tradujeron en actos destructivos de distinta calidad, que verificaban lo inicialmente presumido. Como se puede seguir en los testimonios y en la prensa de la época, surgió una segunda realidad habitada por figuras culturalmente conocidas: el bien luchando contra el mal, Dios enfrentado al demonio, una Patria-Paraíso a punto de ser engullida por la serpiente, fantasías de martirio y redención, convicciones que justificaban levantar la espada de fuego y gente dispuesta a comportarse como arcángeles.84 En los testimonios encontramos evidencias repetidas de que algunas personas fueron a la lucha con convicción e incluso de alegría, sintiendo que su esfuerzo y eventual sacrificio significaba participar de algo mayor, trascendente, una veces igualado a la Patria y otras a la voluntad divina. De distinta manera todos estos motivos negaban y desbordan el cuadro de la arcadia pacífica y el país oasis.

Por los relatos sabemos también que hubo personas que no se instalaron en esa realidad hecha de certezas y de suspicacias, y pudieron conservar la cordura suficiente para no sumarse a las hostilidades contra los vecinos o conocidos. Que lograron diferenciar y diferenciarse y que ayudaron a quienes lo requirieron, sin reparar en su filiación política. No sabemos cuanta gente actuó así. Solo que no fue un grupo lo suficientemente numeroso como para desviar la corriente de agresiones en escalada. Este es un extremo.

El otro extremo puede estar representado por la figura emblemática del periodista Otilio Ulate, candidato a la presidencia en 1948. Él fue una de las personas que más contribuyó a encender los odios, trabajando en contra de las inhibiciones culturales y naturales que dificultan o impiden a las personas causar daño sin motivo alguno, especialmente a los próximos-conocidos. Ulate hizo un trabajo de des-vinculación, con el objetivo de sumar gente a su favor. Le dio a sus seguidores una identidad momentánea contrapuesta a la de los contrarios. Gracias a su habilidad con la palabra, deformó y presentó los hechos de la manera más conveniente, sin importar lo grotesco del cuadro que dibujaba. Pero a diferencia de José Figueres y sus seguidores, él nunca se comprometió a fondo con sus palabras ni con sus creaciones. Siempre osciló pragmáticamente. El recorrido final hacia la presidencia lo hizo levantando con una vehemencia artificial la figura de León Cortés, a quien presentó como un hombre ejemplar y una “víctima sacrificada”. Ulate contribuyó decididamente a la leyenda del parricidio, y su implicación, la venganza del padre, aunque solo unos años ponía a Cortés como el antecesor autoritario de Calderón Guardia. Llamó a sus seguidores a romper todo tipo de relaciones con sus vecinos y parientes de distinto color político, en los hechos a segregarlos y excluirlos, pero al mismo tiempo se presentaba como un hombre anclado en una tradición de paz y democracia. Al final, cuando la carga explosiva que tan decididamente contribuyó a poner estallaba, trató de negociar una salida política que no lo desplazara de la posición que había conquistado. En ese momento le fue pasada una factura que le costó la posposición de su período presidencial. Los giros de Ulate fueron un rasgo de su vida; entenderlos implicaría ocuparse de su biografía.

Entre estos dos extremos quedaron el bien y el mal enfrentados, un núcleo de irrealidad que pesó de manera decisiva. La forma en que mucha gente se convirtió en cómplice de maltratos y de agresiones, incluso cuando no halara ella misma ningún gatillo, no se entiende sin una instalación momentánea “fuera del surco”. Quienes rebasaron la lira encontraron justificaciones prontas y fáciles para unos actos y excusas para otros. La mezcla de incertidumbre, sospecha, recelo y certezas inamovibles, produjo una atmósfera colectiva que recuerda el cuadro de las personas pre-delirantes y delirantes en la literatura psiquiátrica.

Quien lea los testimonios tropieza permanentemente con escenas que retan la imaginación. Pensemos en el cuadro en el que se acaba con la vida de un joven porque escuchó de una operación militar que ya se había decidido no hacer. O los relatos en los cuales personas fueron fusiladas de inmediato porque se tenía la sospecha de que eran espía. Está la narración del bombardero improvisado que lanzaba explosivos sobre San Isidro desde un avión comercial, cuyo ayudante cayó al vacío junto al cilindro que contenía la carga de pólvora, y que luego de contar la aventura vivida, incluido el desplome de su avión, se limita a decir “son cosas que le pasan a cualquiera”.85 Un niño de entonces recupera años después una imagen que “hasta el día de hoy grabado en mi mente”. La de un grupo de mujeres -madre, hermanas, abuela- corriendo desesperadamente por todos los aposentos de una casa, con una imagen de la Virgen de los Ángeles en las manos, abandonadas en una suerte de danza, suplicándole al cielo por los varones que huían, a los cuales se les disparaba.86 Estos recuerdos pertenecen a la realidad entonces vivida por quienes los rescatan con sus testimonios. Son ejemplos que se pueden multiplicar sin dificultad.

El estado de desborde dice de la subjetividad de los actores situados en el centro del remolino. De ambos lados hubo personajes para los cuales el alcanzar o retener el poder era una necesidad imperiosa para su economía psíquica, sin que se pueda decir que esa fue la causa última de todo lo ocurrido. En ambos bandos encontramos también gente a la cual los primeros le ofrecieron un espacio para actuar conflictividades de muy distinta naturaleza, a la par de esas personas expresamente reconocidas como “perturbadas”, “exaltadas”, e incluso perversas, reclutadas en el curso del proceso político. En medio de estos extremos tenemos una cantidad imprecisa de hombres y mujeres que se desestabilizarán psíquica y emocionalmente, algunas de ellas afectadas por hechos específicos y otras por la atmósfera de antagonismo y persecución que cristalizó.

Alguna de la gente tratará de entender luego, con mayor o menor éxito, lo que hizo y por qué lo hizo. Otra quedó aferrada a las lecturas de entonces, aunque a veces cambiando de bando en los años siguientes. Para muchas otras personas estos años dejaron dolores perdurables y a veces, algunas preguntas.

La segunda realidad y la violencia dejaron una huella dolorosa. En los relatos se habla de: sentimientos horribles que vuelven al cabo de los años, de llantos involuntarios cuando se le quiere contar a los hijos lo vivido o cuando se rememora lo ocurrido, de malestares físicos que aparecen en determinados momentos y de daños corporales permanentes, de miedos infundados, de insomnio y pesadillas, de duelos prolongados o nunca cerrados, de mutismos inamovibles, de reacciones de tipo fóbico, de cuadros melancólicos o depresivos, de culpas y autoreproches, de reacciones xenófobas hacia los nicaragüenses, de conflictos de conciencia, de familias desgarradas en las más diversas formas y de gente que se alcoholiza. Tenemos referencias a personas que “casi se volvieron locas” en el campo de batalla y a gente que concluido el conflicto buscó desesperadamente el aislamiento. También de niños que resienten la ausencia o desaparición de un padre o un hermano, madres que guardan luto por sus hijos muertos, niños heridos y muertos por las balas, vecinos y conocidos alcanzados mortalmente por balas perdidas y gente que cargará toda su vida con imágenes punzantes o macabras. Encontramos niños y niñas que crecieron con temores imprecisos, y otros expuestos a relatos interminables sobre los horrores de la guerra. Preadolescentes y adolescentes que se hicieron adultos rumiando una posible venganza o anhelado una justicia que nunca llegó, amarguras y resentimientos abiertos, tragedias y dificultades en la vida familiar, dolores proyectados sobre otros, y hasta la mención de una persona que perdió la memoria por el resto de la vida. Están los indicios de que hubo mujeres violadas, de las cuales no se sabe muy poco, ya que en este caso la capa de silencio es particularmente espesa. A todo esto hay que sumar aquellos sujetos que ya entonces aparecían como “exaltados” antes sus mismos compañeros, los cuales son responsabilizados de crímenes que ninguno de los testigos presentes quiso o pudo evitar.

Es principalmente la segunda generación la que toma la palabra para hablar de lo que ocurrió en las familias. De los 85 relatos que aparecen en Niñas y niños del 48 escriben, solo un número ínfimo tiene detrás padres que han escrito de sus vivencias de entonces, o se han referido a ellas. Es cuestión de oportunidad, pero también es más que eso. Se sabe de un padre que todavía sentía temor por las consecuencias que podía acarrear el relato que preparaba su hija para el cincuentenario del 48.

De cara a los relatos y testimonios surgen algunas preguntas para las cuales no tenemos respuestas: ¿Cómo pudo la gente sobrellevar un momento así sin quebrantos mayores a los expresamente consignados en el papel? ¿Qué recogió la memoria y qué se borró de ella? ¿Qué se ocultó con conciencia, por miedo o por vergüenza? ¿Qué tan profundas fueron las lesiones íntimas causadas, o abiertas, por lo que sucedido? ¿Qué más puede haber detrás de las lágrimas y los silencios? ¿Qué hizo la gente con todo esto? ¿Qué pasa con la variable del género? ¿De qué manera particular fueron golpeadas las mujeres? ¿Dónde desaguaron todos estos dolores y malestares? ¿Cuáles fueron sus vertederos? ¿De qué manera? Y también: ¿Sobre qué subsuelo emocional y psíquico surgió la violencia trágica?¿Por qué no hubo una resistencia a la violencia? ¿Qué puede significar eso? ¿Qué repercusiones tendrá todo este dolor en el tejido social de la segunda mitad del siglo XX, en el orden de los grandes tejedores? ¿Qué otras cosas produjo y activó el desborde colectivo del surco? ¿Qué encontraríamos si repensamos esta herencia desde el punto de vista de los traumas y los conflictos? ¿Qué se hizo con ellos si la elaboración ha estado bloqueada por el culto a los gemelos violentos convertidos en héroes?

Hay un dato llamativo: solo una persona entre todas las que escriben se permite hablar abiertamente de la enfermedad mental de un ser querido, su padre, y la relaciona con el 48. ¿Fue acaso una situación excepcional? En los relatos hay más referencias a las violaciones de mujeres, un tema tabú, que a la locura. La palabra es evitada en su significado fuerte y personal.

Para encontrar respuestas se requiere de un trabajo más dirigido y preciso en el campo de la historia testimonial. Sería muy importante indagar con detenimiento en la vida de la esta gente y de una manera diferente. Entre otras muchas cosas, es necesario ingresar a la intimidad familiar, con todas las dificultades que esperan a quien pretenda penetrar en ella. La veta testimonial está lejos de agotarse. Desgraciadamente el tiempo corre en contra, por lo menos con relación a las personas que vivieron todo aquello. En parte por eso hay que ir también más allá de los relatos y sondear otras fuentes complementarias. Entre los vertederos de dolor y sufrimiento no explorados en relación con este tema se cuentan los hospitales. Uno de ellos es particularmente importante para nuestras preguntas, el entonces llamado Asilo Chapuí, el actual Hospital Nacional Psiquiátrico.

Por el momento es importante no olvidar donde empezamos. Comparativamente, nuestro período trágico-catastrófico fue modesto y delimitado. Según los puntos de comparación adoptados, puede ser incluso considerado poco o nada significante. El episodio central de la violencia tuvo replicas, pero luego ellas cesaron. La segunda realidad de entonces no se perpetuó, librándonos de traumatismos acumulativos, por lo menos de aquellos relacionados con la violencia política. Pero no es menos cierto que atravesamos una fase de violencia con varias explosiones significativas, y con ondas expansivas que han viajado a través del tiempo, alcanzando gente que no tomó parte de los acontecimientos y a otra que no había nacido entonces.

Si nuestro caso es aleccionador no lo es tanto por sus grandes dimensiones, sino justamente por lo que se puede aprender de un suceso pequeño y circunscrito. Con su ayuda podemos formarnos una idea más concreta y vívida de lo que son los abstractamente llamados “costos humanos” de las tragedias socio-políticas y lo que podemos esperar de procesos más intensos y prolongados. Este aprendizaje nos puede ser útil. Las tragedias y las catástrofes toman distintas formas y que la variante expresamente política es tan solo una de ellas.

Sesenta años después del 48 hay voces que mencionan la posibilidad de una vuelta a una situación similar a la de entonces, a una nueva fase de lucha social y política, en el sentido convencional de la palabra. Al respecto se podría discutir mucho. En un sentido esta advertencia recuerda el regreso de la vivencia socialmente no simbolizada. En otro, tal advertencia nos devuelve a un tramo de nuestra historia del cual podemos aprender todavía mucho. Hay que pensar que esta alternativa no es la única. Está también la opción de una tragedia-catástrofe, la cual puede darse sin lucha social y sin lucha política. Es decir, sin frentes claros, sin interlocutores precisos y sin el orden y el encuadre mínimos que suelen tener las luchas políticas. Una otra alternativa puede ser un desborde donde los límites institucionales y culturales se diluyen o se pierden, los lazos sociales se debilitan o se rompen, y los vínculos humanos quedan contaminados por mimetismos negativos en escalada, lo cual significa también decir por procesos de des-socialización y des-individuación.

Quienes favorecen actualmente las ideologías de la voracidad compulsiva empujan en esta dirección y cada día parecen encontrar nuevos y mejores émulos. Gente identificada con los poderosos, que actúa como ellos en la escala que le resulta posible, donde le es posible, y con los recursos que están a su alcance. En un escenario donde aparentemente solo hay ganadores y perdedores, y en el cual la única ley que no se quiebra es la ley del fuerte, no se quiere estar entre los segundos. Hay que estar entre los primeros. Es de nuevo el mimetismo negativo de Girard. Si esta representación de la vida se sigue extendiendo y profundizando podría ser entonces que estemos en los bordes de una nueva tragedia-catástrofe social, o peor aún, que ya nos encontremos muy adentrados en ella. Tal vez, por eso, sería importante volver a reflexionar sobre la función del coro en la tragedia clásica, aquel que hacía comentarios y advertencias sobre lo posible y lo previsible.

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