ATAQUE A SAN RAMÓN


El doce de marzo de 1948, a eso de las siete y treinta de la noche, el comandante Orlich y sus huestes, de improviso cayeron sobre la ciudad de San Ramón. Las tropas se agruparon en la finca «El Porvenir», propiedad de los senores Orlich, situada a las afueras de esta ciudad, sector oeste, como doscientos metros al norte de la Iglesia del Tremedal. En este lugar las fuerzas fueron divididas en tres columnas. La primera debía dirigirse hacia el Mercado con lo que taponarían la salida del contigente oficial por el lado norte, sea, la posibilidad de una retirada de las fuerzas gobiernistas. La segunda columna avanzaría, partiendo de la Iglesia del Tremedal hacia el parque para atacar frontalmente el Palacio Municipal, y a la vez, dominar ei flanco oeste de dicho edificio. La tercera columna partiría de la esquina, cien metros al sur del Tremedal hacia el Este para atacar la casa donde estaba ubicado el Resguardo Fiscal, al frente de lo que es hoy Panadería Orozco y cubrir el flanco Sur de la Iglesia Parroquial. Esta posición sería encargada a Carlos Boulanger, quien con su mosquetón, dominaría el Parque y la entrada del Palacio Municipal. Al escucharse los primeros disparos, la población entera, a oscuras como hemos dejado dicho y totalmente aislada del resto del país, soportó durante dos horas, más o menos, el nutrido fuego cruzado que desde los puntos indicados, ametrallaban el Palacio Municipal, desde donde, los pocos policías que allí había al mando del Jefe Político Flavio Mora Pacheco y secundado por algunos leales a la causa gobiernista, repelían el fuego.

En la esquina noroeste de la Iglesia Parroquial, se hallaba apostado el revolucionario Federico Alpízar, oriundo de Naranjo, quien al recibir el impacto de un tiro en su cabeza, fue muerto instantáneamente. En la puerta del Edificio Municipal, cayó de otro disparo mortalmente herido Catalino Murillo de las fuerzas del Gobierno. Cien metros al este de la esquina del mercado, Carlos Corrales, de Naranjo, fue herido en una rodilla. Este es el saldo del ataque revolucionario del doce de marzo de 1948.

La participación de la ciudadanía ramonense en favor de la revolución fue muy pobre e indecisa. Tuvimos informes de que Ezcequías Cambronero y Juan Luis Ulate Ramos, valientes y leales de la causa revolucionaria, se echaron a la calle con sendos revólveres; pero no hubo coordinación entre el contigente que procedía de La Paz con la gente que quería colaborar, clasifiquémoslo como poblaclon civil.

En todo caso, la intensión del Comandante Orlich no era la de tomar la plaza de San Ramón y hacerse fuerte aquí, sino, la de provocar la alarma y demostrar que existía una fuerza militar capaz de hacer frente a cualquier eventualidad de ese carácter que pudiera suscitarse en el futuro. Igualmente se pretendía que el Gobierno se viera obligado a mantener en San Ramón una fuerza poderosa y sustraerla del Frente Sur, con el fin de aliviar la presión que sobre este frente pudiera plantear, haciéndole más difícil la situación a Figueres.

Una vez cumplida la misión, en la forma narrada, los hombres del Frente Norte se retiraron al cuartel de La Paz, donde se mantuvieron, en buena parte, con la salvedad que diremos, en forma precaria, pues se carecía de armas y elementos bélicos suficientes como para continuar hostigando las fuerzas leales. Por su parte, tampoco el Gobierno mostró interés en atacar el Cuartel de La Paz, ya que a pesar de su vulnerabilidad, las tropas acantonadas en San Ramón tenían otros intereses, como lo veremos. En efecto, al día siguiente del ataque de Orlich a San Ramón, a muy tempranas horas, llegó un poderoso contingente de Puntarenas, integrado en su mayoría por muelleros. Esta gente venía comandada por un capitán Rodríguez y horas más tarde llegó otro poderoso batallón de fuerzas enviadas desde San José, jefeadas por el tristemente célehre Aureo Morales, quien disponía de unos doscientos hombres. Este se mantuvo en San Ramón por pocos días hasta que quedara la plaza de San Ramón debidamente organizada.

Después fue designado jefe de la zona, al medroso General Modesto Soto, que de general no tenía nada, el que veinía secundado por sus cuñados de apellidos Arauz, Amado y Rafael, de origen nicaragüense, que como se veráa de militares carecían de moral y ética, así como de valor.

Mientras tanto continuaba preso en la carcel de San Ramón, donde habíamos como ciento ochentn reos hacinados en el pequeño edificio que durante muchos años dio albergue a chicheros o reos de delitos comunes. En tales condiciones no hacianmos otra cosa que esperar acontecimientos. Todos los días recibíamos informaciones de la revolución, generalmente alentadoras. A cada instante nuestra fortaleza nos indicaba con gran algría y optimismo el curso de los acontecimientos y sólo esperábamos el triunfo final de la revolución.

En realidad, dentro del penal no había problemas. La comida nos era suministrada desde nuestros hogares, y para los detenidos que no eran ramonenses, un comité de mujeres se encargaron de suministrarles los alimentos, cobijas y ropa limpia. En este aspecto, hay que rendir homenaje a las mujeres de la revolución que jamás escatimaron esfuerzos para que los hombres que desgraciadamente habían caído presos, no sufrieron penas mayores.

Sin embargo, no faltaron ocasiones que nos causaron preocupación. Un día, me envió un buen amigo a quien creía copartidario de la causa, una llave para abrir el candado de la puerta principal de la cárcel, a fin de facilitarnos el escape del penal. Entre los detenidos formamos un comité de fuga, integrado por Ramón Murillo Castro, Miguel Guitérrez, quien había sido ingeniero jefe de la construcción de la Planta Eléctrica de Nagatac, el que esto describe y otros. El día que habíamos decidido el escape, me llamó el Alcalde de Cárcel, mi estimado Pancho Mora y me dijo sumamente preocupado que algo raro iba a ocurrir, pues la cárcel se encontraba totalmente rodeada por gentes del Gobierno y me llevó para que yo quedara convencido a una pequeña ventanilla que había en una de las celdas y que daba acceso a la calle. En efecto, al frente de la cárcel pude observar gran cantidad de rifles cuyos cañones apuntaban hacia la puerta que daba acceso a la cárcel. Inmediatamente comuniqué aquella circunstancia a mis compañeros, lo que nos hizo desistir del proyecto de fuga.

Otro día, soldados del Gobierno sacaron de la cárcel a los detenidos José Miguel Hernández Alvarado y Antonio González Quesada, difundiéndose la noticia de que los iban a fusilar en el lugar conocido para nosotros, como «El Aserrín» situado a cincuenta metros de la cárcel y que era un botadero de esa materia producto de un aserradero que era propiedad de la Compañía Eléctrica de Mr. Sax. Dichosamente el hecho no pasó de ser una alarma infundada. Después de unas pocas horas, los mencionados Hernández y González regresaron a la cárcel, informándonos que los habían llevado a un interrogatorio y si bien era cierto que los habían amenazado con fusilarlos, la cosa no pasó a más.

El veinticinco de marzo, como a las diez de la mañana, fue parqueado un camión de carga que había sido decomisado a Romano Orlich, frente a la cárcel. Ingresaron tres soldados al penal y a la fuerza fuimos sacados de allí Ramón Murillo Castro y yo. Al salir de dicho lugar, un soldado Hans Obuch Kriebel, alemán residente en San Ramón, que prestaba servicio al Gobierno, me pegó un «culatazo» por mis costillas que me hizo salir de la cárcel trastabillando, cayendo en la acera del edificio. Después de un momento me alzaron y me lanzaron al camión, donde ya estaba Murillo y el Lic. Augusto Jenkins, quien poseía una farmacia en San Ramón desde hacía largo tiempo y radicado en San Ramón, donde era persona de gran estima. Al Lic. Jenkins se le atribuía la posesión de gran cantidad de parque o munición para armas de fuego. Al subir al camión nos encontrábamos debidamente custodiados por los cuatro costados del vehículo. A mí no me permitieron sentarme en el piso del camlon, sino que me hicieron sostenerme de una cadena que sostenía los laterales de la carrocería, atado de ambas manos.

El camión era manejado por Miguel Carrillo Soto; la comitiva era jefeada pnr el Capitán Fernando López González y los guardas vigilantes que nos cuidaban en la carrocería eran un hombre de apellido Cruz, un hijo del General Soto y dos más, a quienes no conocó, por ser gente de fuera.

Al pasar por la «recta de Palmares», una vaca se atravesó al camión y como éste estaba nuevo y sus frenos en magníficas condiciones, al frenar para evitar el choque con el semoviente, yo me fui para atrás, hasta donde la cadena en que estaba atado me lo permitió. Esto hizo que el guarda que yo tenía a mis espaldas, con su rifle me provocó un «rasponazo», en la base de la columna que me tuvo lesionado durante los días que permanecí en la penitenciaría, destino final de la odisea. Además, el culatazo de Hans me tuvo con fuertes dolores durante ese mismo lapso.

Ese mismo día, en horas de la tarde, nos internaron en la famosa «Checa», que era el cuartel de la Tercera Compañía de Policía. La sección más temida de ese cuerpo de policía, cuyos destinos regía el fatídico Tavío, militar cubano, cruel y asesino del Dr. Carlos L. Valverde Vega. Nos encerraron en una asquerosa celda, como de tres metros de ancho por unos cuatro o cinco de largo, donde habíamos hacinados diecisiete reos, todos políticos. Había unas personas mayores, entre las que estaba un señor Machado, que según entiendo después fue gobernador de Alajuela. Todos, bajo un calor insoportable, teniendo que aspirar los fétidos olores del excremento producto de nosotros mismos, así como de nuestras orinas, ya que el local carecía de servicios sanitarios y algunos de los reos tenían varios días de permanecer en tales condiciones. Desde luego, algunos estábamos temerosos por el futuro incierto que se nos prometía.

Al lllegar la noche, sin comer ni beber gota de agua todos sudorosos y hediondos, nos visitó un «cura» que según supimos después, era falso, nos ofreció confesión y coinsuelo espiritual, porque a su decir, todos nosotros seríamos pasados por las armas, por considerarnos reos, muy peligrosos.

Sería la medianoche cuando un guarda desde afuera gritaba: «¿Dónde está el mono de Augusto Jenkins?» (Nos decían monos a los revolucionarios por una caricatura de la efigie de Ulate durante la campaña política) Al escuchar las repetidas interrogantes, nos volvimos a ver unos a otros, llenos de temor y ansiedad. Aquí está dijo otro policía y abriendo la puerta de nuestra celda, sacaron a empellones al senor Jenkins. Se lo llevaron encañonado y poco después, escuchamos de nuevo las voces aguardentosas de los soldados de Tavío: «¡Pónganlo ahí!»; seguidamente las voces de mando: «¡Guardias, listos!… ¡Apunten!», y luego: «¡Fuego!»… Todo quedó en silencio. Por momentos parecía que descendía sobre todos nosotros la angustia de la muerte. Poco después de nuevo, la voz preguntando: «¿Dónde está el «mono» de Ramón Murillo?» «Aquí está»… dijo otro. De nuevo la misma pantomina… ¡Sáquenlo y tráingalo!… Lo mismo que al señor Jenkins. iPónganlo ahí! Dijo el ordenanza… «Apunten! ¡Fuego!»… Otra vez, silencio absoluto… La incertidumbre reinaba en los corazones de los prisioneros y algunos me volvían a ver, como diciéndome: seguís vos… En efecto, pocos minutos después, se escucharon las voces: «¿Dónde está el mono de Edgard Córdoba?», «¡Aquí está ese h. de p.!» «Tráiganlo», y lo mismo que los anteriores. Yo salí de la celda encañonado. Sentí temor Y por un momento pasaron por mi mente imágenes borrosas de mi vida. Recordé a mi madre que posiblemente había rezado mucho por mí; pero la decisión de morir se imponía en esos aciagos momentos. En mi interior, me encomendé a Dios y en breve pensamiento pedí perdón por mis pecados..

Pero la marcha continuó y se escucharon las voces de ordenanza «Póngalo ahí…¡Apunteni!… ¡Fuego!» Me di cuenta entonces que todo había sido una pantomima. Fui conducido hacia un gran patio de aquella terrible prisión donde había un autobús. Me obligaron a subir y allí me encontré con mis compañeros Jenkiní y Murillo. Me obligaron a sentarme separadamente de ellos, aunque los saludé con gran alegría.

En este vehículo encontré a un soldado ramonense de Rafael Angel -Loca- Quesada, quien armado de un máuser, lo manipulaba hacia nosotros moviéndole el manubrio, mientras decía: «¡Qué ganas de que se vaya un tiro!»… La amenaza no pasó a más, aunque durante el trayecto la reptió por varias ocasiones.

Pronto llegamos a nuestro destino final: La Penitenciaría. Pensamos que seríamos llevados al Frente Sur a servir de carne de cañón pues eso era lo que se decía en la carcel de San Ramón; pero no. Nos alojaron en una celda, en el pbellón oeste, número diecisiete, donde además había ocho presos políticos más. Esa noche la terminamos de pasar en el suelo sin abrigo. Al amanecer sin haber dormido nada, hubimos de levantarnos ya que nos llamaban a tomar café. Yo tomé unos sorbos pues aquella agua sabía a diablos. El pan que nos sirvieron no podía comerse, pues era como un trozo de hule; algunos cogían las bolas de pan para juugar fútbol en los patios y casi rebotaban como si de verdad estuvieran hechas de hule. A la hora del almuerzo ninguno probó bocado. La comida era una porquería, el arroz y frijoles olían mal, estaban lleno de piedrillas, duros y sabe Dios si hasta ratones condimentaban aquella pestilente comida. Por lo menos los servicios sanitarios funcionaban con normalidad, había suficiente agua y aun cuando eran comunes, es decir, sin divisiones, podía uno bañarse adecuadamente.

En honor a la verdad hay que decir que no existía mal trato por parte de los vigilantes y encontramos compañerismo entre los casi dos mil presos que existían en todo el penal, presos políticos, ya que los reos comunes estaban alojados en el sector este del penal. Entre los compañeros revolucionarios se hablaba de una fuga en masa; pero se corrían graves riesgos por la vigilancia externa, que se mantenía día y noche.

A la mañana siguiente, fue puesto en libertad nuestro compañero Augusto Jenkins, pues siendo súbdito inglés, la Embajada de Gran Bretaña en nuestro país intervino para lograrlo. Lo despedimos con cierta nostaligia; pero a la vez nos alegramos de ello, pues la libertad es un goce divino.

Cerca del mediodía, llegaron unos guardias a la reja preguntando por Edgard Córdoba; pero habíamos sido advertidos de que no nos identificáramos por lo que había ocurrido con Nicolás Marín, quien fue sacado de la detención y jamás apareció, siendo una víctima inmolada y que se convirtió, más tarde, en un héroe de la revolución. Sin embaråo, me acerqué con mucho sigilo a la reja y cuando los guardas dijeron que traían unos colchones, ropa de cama y comida para Edgard Córdoba me identifiqué y reclbí aquel tesoro que había caído como del cielo. Después supe que Rogelio Valverde, que estaba preso en otra sección, llamada de «preferencia», se había enterado que Ramón Murillo y yo estábamos presos. Él avisó a sus hermanas Elenita y Gertrudis que vivían en San José y éstas que conocían a mi prima Fanny Quesada Córdoba, le avisaron por teléfono y mi prima procedió a enviarnos comida suficiente para dos, que compartimos gustosos y complacidos y además los enseres que nos servirían para dormir mejor durante los días que nos faltaban. Un «Dios le pague» brotó de nuestros corazones para mi querida Fanny.

Separados del mundo como estábamos, no había noticias y sólo una que otra «bola» nos llegaba acerca del rumbo de la situación. Siempre fuimos optimistas y esperábamos lo mejor. Fanny no nos volvió a escribir por temer represalias.

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