DÉCADA DE LOS TREINTA


La política durante esta década: Costa Rica vivía durante los años treintas en una forma bucólica. Por todas partes se respiraba un aire de libertad; las gentes eran tranquilas, dedicadas al cultivo del campo; las industrias casi no existían, a no ser aquellas caseras, como la fábrica de cigarros-puros, de cajetas o melcochas, casas de costura y sastrerías. Para la época de recolección de café se hacían canastos, tal como aún hoy los vemos. Las gentes eran practicantes de su religión, cosa que realizaban con todo fervor; las procesiones externas, como las del Corpus o de Semana Santa o la del Santo Patrono, estaban imbuídas de una devoción impresionante. Generalmente, las mujeres, jóvenes y mayores, lucían sus mejores galas, preparando sus estrenos. Las costumbres eran sanas y sin pretensiones. El modo de vestir era sencillo y solamente tenían alguna pretensión las personas pudientes; pero sin lujos. No había automóviles y la bicicletas eran privilegio de algunos pocos hijos de hogares adinerados. Las diversiones consistían en ir al cine los jueves o sábados por la noche y los domingos se exhibían funciones por la tarde para los niños y en la noche para mayores; todo esto en la ciudad, en el campo la única diversión consistía en salir los domingos «al centro» para asistir a los actos religiosos; los varones acudían a la «taquilla» a hacer la tertulia con sus familiares o amigos donde libaban un trago y donde comentaban el estado de sus sembrados, el resultado de sus cosechas, o el estado de los caminos o del último temporal que había causado daños en la agricultura. Los jóvenes, después de asistir a rnisa, se paseaban por las aceras del parque donde «daban cuerda» a alguna chiquilla por la que sentían especial atracción, formándose las habituales parejas, que generalmente terminaban en matrimonio.

En las taquillas, después de algunos tragos, se entablaban discusiones que en algunas ocasiones terminaban en altercados fuertes o riñas, sin ninguna consecuencia. Era muy común que los contrincantes terminaran siendo parientes, regresando a la «taquilla» para celebrar el acontecimiento.

El fútbol apenas se conocía y los conciertos de la banda musical durante los domingos alegraban el ambiente. Pronto las gentes regresaban a sus hogares, las más a pie. Muy pocos usando su único medio de transporte: la carreta cubierta con manteados, lo que guarecía de la lluvia o del sol a sus mujeres y niños. También algunos de algún dinero se transportaban a caballo.

Cuando despertaba la ambición política, la campaña generalmente era pacífica; pero en algunos casos los ánimos se enardecían a favor del candidato de sus simpatías. Se era ricardista o antiricardista; se pertenecía al Partido Republicano o se era contrario; era la única alternativa. Como no había radios, casi ni periódicos, las simpatías se conseguían a base de conversaciones con los jefes de campaña o los adeptos que ocasionalmente eran los candidatos a diputado o a la Municipalidad. En pocas ocasiones se observaban riñas, peleando cada uno por sus ideas, las que siempre terminaban sin consecuencias lamentables, terminando como ya lo dijimos, en la «taquilla» donde se limaban las asperezas, volviendo todo a la consabida tranquilidad. Pero así como la honestidad reinaba en el seno de la sociedad costarricense, los políticos de bajo instinto, preparaban sus armas innobles para asegurarse el triunfo.

El día de las elecciones se ponía de manifiesto uno de los vicios más execrables del viejo sistema, que aunque se disfrutaba de la democracia, no por ello se cometía el más negro pecado de lesa patria. Consistía éste en la compra de conciencias. Tal práctica se realizaba en un comercio ilícito y corrupto de venta de su voto por unos cuantos colones o a cambio de una camisa, o se contribuía con el llamado «chorreo» de mesas, el que consistía en el cambio de papeletas, de la siguiente manera: el político de la calle llevaba consigo una papeleta de muestra que entregaba al votante. Este al votar depositaba en la urna la papeleta de muestra y sacaba la legítima la que, a su vez, entregaba al organizador del fraude. Este por unos pesos entregaba, ya votada, al siguiente votante y así sucesivamente durante todo el día. El «chanchullo» surtía efectos maravillosos y efectivos al partido al cual pertenecía el «chorreador».

Tal práctica, tan inmoral, como llena de ignominia, que desvirtuaba el resultado de los comicios y que constituía una flagrante burla de la voluntad ciudadana, quedaba completamente impunel pues no existía un código electoral, y en el Código Penal no existía penalización para este tipo de delitos. Hay que entender también que las autoridades de Orden y Seguridad, como se le llamaba a la policía de entonces, no intervenían, quizás por condescendencia para el partido en el poder o bien por ausencia de instrucciones para prevenir semejante abuso. Nuestra democracia adolecía de grave deficiencia en este campo.

Por otra parte, la clase que prácticamente regía los destinos del país, era la cafetalera rica y ambiciosa, siempre cargada de pretensiones políticas. Con su poder económico se aseguraba el dominio del gobiemo y con su prepotencia, siempre lograba alcanzar las posiciones más elevadas del sistema gubernamental.

Los representantes del poder económico tenían un centro donde maquinaban sus maquiavélicos proyectos, que se llamaba y aun se llama El Club Unión, aunque ya no tiene el patrimonio exclusivo de elegir presidentes. Desde ailí, en mesas de tragos de whisky, los magnates y comandantes de la política, designaban a quien, por la fuerza de su dinero, sería el nuevo rector de la política nacional. Esta ignominia del sistema político se terminó, a Dios gracias; pero antes el país debía sufrir mucho, pues esa clase poderosa no quería soltar las riendas.

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