DÉCADA DE LOS CUARENTA


Por otra parte, en el año 1942, el gobierno del Dr. Calderón Guardia, con la ayuda y simpatía de los comunistas criollos que habían tomado gran auge por la alianza internacional entre las potencias occidentales y la Unión Sovietica que peleaban contra las potencias del Eje: Alemania, Italia y Japón, promulgaron las leyes gue daban garantías laborales a la clase trabajadora. El partido de los comunistas se denominaba Bloque de Obreros y Campesinos. También esta amalgama de intereses contaba con el apoyo de la Iglesia Católica representada por el Arzobispo de San José Víctor Malnuel Sanabria Martínez, personaje que había ganado grandes simpatías entre los costarricenses.

A pesar de ello, el pueblo echaba de menos las garantías electorales que hiciera respetar el designio de su pensamiento político, irrespetado siempre por la forma como operaban las elecciones para escoger los representantes a las municipalidades y congreso.

En agosto de 1943, miles de mujeres, vestidas de negro en señal de luto por lo que ocurría en nuestra Patria, se reunieron en el Parque Nacional, frente a la antigua Casa Presidencial exigiendo la presencia del Presidente Picado Michalski. Este no estaba en condiciones de salir; pero lo hizo en su representación, su hermano René. Al oir el clamor de las mujeres que exigían garantías electorales, las increpó acremente y en forma sarcástica, exclamó: ¿Qué quieren las distinguidas damas? ¡Queremos garantías electorales, queremos Un código que nos gnrantice nuestros derechos civiles! Exclamaron las manifestantes. Y de pronto, tomó el señor Picado una metralleta y disparó al aire varias ráfagas. Las señoras medio enloquecidas por aquella inaudita respuesta, salieron despavoridas, terminando la manifestación. Lo anterior da una leve idea de los tiempos vividos en aquella época.

Los episodios de este carácter fueron cada vez más comunes. Hubo estallido de bombas en San José. Casi siempre recaían las sospechas sobre algún elemento de la oposición, como sucedió con Federico Apéstegui. Las manifestaciones populares se sucedían cada día y la policía y algunos matones al servicio del partido en el poder, masacraban al pueblo por el simple hecho de gritar un «Viva Ulate». Se hizo popular una arma de bolsillo entre los matones, llamado Black-yack, con la que rompían cabezas u homoplatos. Tales actos los realizaban criminales que se encontraban presos en la Penitemciaría descontando penas por comisión de delitos graves; sin embargo, fueron puestos en libertad con la condición que sirvieran de esbirros y escarnecedores de la ciudadanía oposicionista. Esto lo afirmo porque en esos aciagos días, yo trabajé en San José, administrando un negocio situado en Cuesta de Moras, llamado Madreselva y que pertenecía a Hans Niehaus, padre del ex-ministro de Relaciones Exteriores, Lic. Bern Niehaus, hijo de mi prima hermana Fanny Quesada Córdoba.

En 1947 las cosas fueron muy graves, iban de mal en peor. Hubo una manifestación multitudinaria en apoyo al candidato de la oposición, el periodista Otilio Ulate Blanco. Esta manifestación fue disuelta a base de ráfagas de ametralladora disparadas desde el Cuartel de la Artillería, situado donde está hoy el Banco Central y era donde estaba concentrada la policía más disciplinada. Los asistentes a la manifestación hubimos de huir, desparramándonos por todo San José. Algunos buscamos la parada de buses ABC que era donde estaban las «cazadoras» que hacían el recorrido a San Ramón. No nos habíamos percatado que en el fondo del callejón, al costado oeste del Banco Nacional, había un retén de policías debidamente armados que disparaban indiscriminadamente a todo el que pasara por la entrada de dicho callejón. Un muchacho que corría inmediatamente delante de mí cayó mortalmente herido en la cabeza, al punto que tuve que saltar sobre su cadaver para no tropezar con él. Pocos minutos más tarde, pude alcanzar el último bus que me conduciría a mi pueblo: San Ramón. Al lleåar a mi pueblo, levanté tribuna en la esquina del negocio comerciai de don Ángel Losilla, para explicar lo que había visto en San José. Las autoridades de San Ramón me impidieron hablar bajo amenaza de ser detenido.

La situación era cada vez más caótica y todos estábamos convencidos de que la única salida honorable era el movimiento armado.

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