EPÍLOGO


Esta noche de julio de mil novecientos cincuenta y tres, Juan Morales piensa. Lo envuelve la extraña sensación de haber vivido de nueva escenas ya pasadas.

Se incorpora y camina hacia la puerta. Arriba, el alto cielo comienza a iluminarse.

Contempla el empedrado patio. El viento, pasando suavemente por las hojas de los árboles de la cerca, trae los mugidos de las vacas que en el cercano establo ofrecen el regalo de su leche. Amanece. Todo es calma en el campo. Todo es calma en la Patria. Todo es paz.

Lejos ya en el espacio y en el tiempo, al pensar en las cosas que pasaron, Juan Morales percibe con íntima emoción el palpitar del pueblo, su fe, su heroico afán de sacrificio, su ternura y su fuerza.

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