I. FUERZA PUBLICA Y PUEBLO


Frente la plaza de la Artillería, en San José, el Gobierno ha disuelto a tiros una de las muchas manifestaciones populares de solidaridad con la huelga de brazos caídos. Es cerca de la media noche del martes veintidós de julio, de mil novecientos cuarenta y siete y dos cadáveres, un herido de gravedad, y varios leves son el saldo trágico y el testimonio acusador del abuso de la fuerza pública en poder de políticos inescrupulosos y funcionarios venales.

Juan Morales ha visto caer los heridos y ha esperado la llegada de las ambulancias de la Cruz Roja que los transportan al San Juan de Dios. Con los ojos desmesuradamente abiertos por la incredulidad y el miedo se ha acercado a los muertos: uno yace de espaldas en la esquina opuesta al Banco Nacional; el otro está tendido veinticinco varas al Oeste, sobre la media calle.

Como obedeciendo a una consigna, los compañeros de hace sólo un instante están callados. El silencio es solamente interrumpido de tarde en tarde por las voces de la policía, acantonada en el cuartel y en la calle del Congreso:

-Alto ¡Devuélvase!

Se impide el paso. Se obliga a todo el mundo a devolverse bajo la amenaza del máuser y la ametralladora de pecho.

Más tarde, al no poder conciliar el sueño, Juan Morales trata de recordar los acontecimientos de los últimos días. Comprende que vale la pena fijarlos claramente en la memoria, pues, como cada uno de manifestantes del lunes y del martes, sabe que está viendo momentos importantes en los cuales cada persona es como la gota de una gran marejada. Es que en determinadas ocasiones, el pueblo pareciera escuchar una voz al conjuro de la cual toda la angustia, todo el dolor y la sed de justicia se canalizan en una dramática necesidad de acción. Y cuando el pueblo actúa la historia acelera su ritmo y sus páginas más brillantes quedan escritas con sangre generosa de víctimas heroicas.

El domingo veinte de julio, sorpresivamente, los militares habían sometido Cartago al terror. Al salir la gente de los teatros, tomando los más el rumbo a la Avenida Central para hacer la acostumbrada ronda, había sido atacada súbitamente por la policía, armada hasta los dientes, que salía de lugares estratégicos previamente ocupados, como las bodegas del Ferrocarril del Norte, el parque Jesús. Jiménez y las de la Iglesia Parroquial. Sin distingos de ninguna naturaleza, mujeres, y hombres, ancianos y niños fueron objeto de una persecución encarnizada, cruel y violenta. Como los cartagineses hicieran frente a la fuerza pública, desarmando a varios policías, las autoridades consideraron llegado el momento de hacer funcionar ametralladoras de pie instaladas con anterioridad. Los ciudadanos que estaban en la Avenida Central, el Parque Principal y las cercanías del Banco de Crédito Agrícola, hubieron de soportar el fuego sostenido de esas armas, además de las ráfagas de ametralladoras de pecho disparadas por la oficialidad.

Con bombas lacrimógenas y disparos de ametralladoras se obligó al público a desalojar los sitios de reunión, para ser atacado al salir por la policía. La furia oficialista llegó a tal grado, que fueron agredidos el Juez Civil de la Provincia y un Magistrado Suplente en ejercicio.

Como el ataque obedecía a un plan preconcebido, la policía se dio a la búsqueda de los jefes de la oposición, tarea que no resulto difícil, pues los dirigentes estuvieron junto al pueblo en los momentos de peligro. Casi ninguno se libró de la violencia desencadenada y casi todos fueron víctimas de bárbaras flagelaciones.

Tan enconada fue la persecución; tan inhumano el ataque de la fuerza pública, que a nadie extrañó el que no se respetase ni la puerta venerable del Hospital Max Peralta, en donde los cirujanos se vieron obligados a improvisar una sala de operaciones, ya que los gases de una bomba lacrimógena habían tornado irrespirable el ambiente en la sala de cirugía. Aquellos que en la calle cercana al hospital esperaban por noticias, de los heridos, fueron desalojados por las autoridades, ametralladora en mano. Al día siguiente en Cartago no sólo se hizo el recuento de heridos y pérdidas; se tomó nota de las personas que habían actuado en contra de la ciudadanía, para un ajuste de cuentas que se adivinaba cercano. Y se hizo también un balance de la situación. Pudo confirmarse entonces que el plan de ataque había sido elaborado de antemano en San José y que habían participado, además de los policías de Cartago, destacados elementos de la capital, entre ellos el propio Edecán del Presidente de la República, quien llegó a Cartago en el momento del ataque en un carro blindado, e impartió órdenes para perseguir a los oposicionistas.

Las funestas predicciones que los cartagineses habían venido haciendo desde muchos días atrás, quedaban confirmadas por la trágica realidad. Se pudo entender entonces por que se mantenía en la Comandancia a un militar arbitrario; por qué el envío de tropas y armas de San José; por qué la actitud desafiante de los funcionarios de la Comandancia. Se supo entonces por qué la noche anterior al atropello las autoridades, vestidas de civil y a las órdenes de un comunista, provocaban abiertamente a los miembros de la oposición, alardeando de su bandería calderonista. Se pudo entender también el por qué, con el nombramiento del Comandante de Plaza, se había reiniciado una era de violencias y arbitrariedades; por que el cuartel de policía se había convertido en un centro de política caldero-comunista y por que a todas, horas y especialmente por la noche, visitaban la institución destacados elementos de los partidos del Gobierno. Se tuvo la convicción entonces de que todo era parte de un plan para amedrentar al sector de opinión oposicionista y perdió importancia el hecho escandaloso de pocos días atrás, cuando el Comandante lanzó a la calle varios piquetes de policía al mando de un civil, hampón de varios líos judiciales, con el fin de provocar a los ciudadanos, atropellándolos luego.

Sin embargo, el intento de las autoridades para amilanar a un pueblo de bien probada rebeldía tuvo un resultado contrario a lo previsto por los provocadores, pues inmediatamente después del brutal atentado, la oposición cartaginesa se declaró en huelga de brazos caídos, propuesta a mantenerse en tal estado hasta que fuese encontrada una fórmula satisfactoria que garantizase la seguridad y la vida. Se dispuso un paro general de actividades que comprendió, desde el Banco de Crédito Agrícola hasta el más humilde de los tramos del mercado. Los profesionales cerraron sus oficinas y fueron paralizados los transportes. Al mismo tiempo, todas las entidades públicas y privadas de la ciudad dirigieron al Presidente de la República encendidos mensajes de protesta, en los cuales lo responsabilizaban por lo ocurrido y por lo que pudiera ocurrir y le notificaban la actitud de huelga unánimemente adoptada.

A pesar de la prohibición del Presidente de la República quien alegó que un acto de esa naturaleza quedaba comprendido en las prohibiciones del Código Electoral, los comités directivos del partido oposicionista convocaron para una manifestación que debía efectuarse a las cinco de la tarde del lunes veintiuno de julio. No se tomó en cuenta la objeción presidencial, pues el acto era cívico y no político: Cartago había sido sometido al terror y sus habitantes se habían enfrentado valientemente a los rifles, las ametralladoras, la cincha y los gases lacrimógenos de la policía. La oposición de San José estaba en el deber de hacer patente su solidaridad con los cartagineses y de hacerles, sentir que estaba dispuesta a compartir con ellos su suerte.

Minutos antes de la hora señalada la gente empezó a afluir al punto de reunión, llenando en pocos minutos la explanada de La Soledad. La manifestación constituyó un alto testimonio de fervor cívico y el pueblo mostró en ella la decisión de hacer que se respetasen sus derechos.

Frente al Diario de Costa Rica la multitud aplaudió a los ciudadanos que pronunciaron discursos desde los balcones del periódico. Y como el Jefe de la Oposición se encontraba fuera de San José se le esperó hasta las primeras horas de la noche, en que de regreso, improvisó una pieza oratoria para felicitar al pueblo por su resolución y recomendarle proceder con cordura.

-La oposición -dijo- tomará siempre decisiones firmes a base de la necesaria reflexión.

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