Anecdotario don Pepe

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En Boston y Nueva York

En 1922, José María Figueres Ferrer le dijo a sus padres que quería irse a estudiar y a trabajar a Estados Unidos. La reacción familiar fue negativa, pero a pesar de eso lo hizo.

Como era menor de edad, se dejó el bigote, se trajeó debidamente y mintió sobre su edad con tal de obtener el pasaporte.

Así llegó a Boston, ciudad en la que tomó cursos libres de ingeniería en el Instituto Tecnológico de Massachussets, fue lector asiduo de la Biblioteca Pública y se ganó el pan como supervisor de romanas eléctricas en la Salad Tea Company.

En Nueva York, durante el día, hacía traducciones al inglés y viceversa. Durante la noche, cursó dicción inglesa, fonética y, en su cuartito de hotel, continuaba sus lecturas de clásicos europeos.

Al año de haber salido de Costa Rica, le escribió a su padre Mariano que no le enviara más el cheque en dólares, porque ya ganaba lo suficiente para comer. Sin embargo, el médico no le hizo caso, así que don Pepe empezó a devolverle los giros con la leyenda: “Ya había dicho que no necesitaba nada”.

Don Pepe y Casals

Alberto Cañas recuerda que “lo más lindo” que vivió a la par de don Pepe fue acompañarlo a él y a Francisco Amighetti a visitar al célebre chelista Pablo Casals, en Puerto Rico.

“Fue muy hermoso ver a Casals acompañando al chelo a don Pepe, quien cantaba canciones populares y de cuna oriundas de Cataluña. Durante toda una tarde fui testigo de ese encuentro entre dos bravos. Fue algo único”.

Amante del teatro

En la campaña electoral de 1969, el director teatral español Estebal Polis se encontraba montando Romeo y Julieta de Shakespeare. Don Pepe, amante del dramaturgo inglés, ordenó que compraran cuatro funciones de la obra y que repartieran las entradas entre el pueblo, porque pensaba que sería una lástima que la gente común y corriente no pudiera disfrutar del espectáculo.

Después hubo problemas administrativos, porque la Contraloría General de la República se negó a reconocer ese gasto.

Gustos literarios

Don Pepe fue muy exigente en sus gustos literarios. Siempre dijo que él no perdía el tiempo leyendo un libro que no tuviese al menos 50 años de haber sido escrito.

“Costó muchísimo ponerlo a leer a García Márquez. Decía que podía haber obras que, al cabo de diez años, nadie leería más y que había que esperar a que pasara el tiempo y que otros dictaminarán qué servía y qué no…”, recordó Alberto Cañas.

“Yo le regalé El coronel no tiene quién le escriba, pensando en que era lo más adecuado para él, pero nunca supe si lo leyó”.

Indudablemente, don Pepe era un devoto de los clásicos y se sabía de memoria interminables poemas de Rubén Darío, Bécquer y Gaspar Núñez de Arce, pero también admiró a “clásicos” locales, como Carmen Lyra, Carlos Luis Fallas y Joaquín Gutiérrez.

Don Pepe y la historia

Durante varias décadas de intensa relación intelectual, Guillermo Villegas Hoffmeister le preparó a don Pepe no menos de diez cuestionarios sobre la guerra civil, con la esperanza de que Figueres iniciara la redacción de sus memorias sobre el 48.

“No quería hacerlo por no referirse a esos acontecimientos, porque pensaba que se abrirían viejas heridas y que iba a maltratar a mucha gente”, recordó Villegas.

Por fin, en 1985, el presbítero Benjamín Núñez lo llamó y le comunicó que don Pepe se había decidido a emprender “su última lucha” y lo que llegaría a ser su último libro; pero más por presión de sus allegados y excitativas internacionales.

El volumen, que terminó llamándose El espíritu del 48, se inició con el título Fusiles y luceros, que siempre prefirió Villegas.

A pesar de su enorme cultura, don Pepe nunca tuvo un afán historicista ni se preocupó por documentar sus administraciones o sus vivencias de la guerra civil.

De hecho, sus pocos archivos personales, así como gran parte de la documentación oficial de las administraciones Calderón Guardia y Picado -archivada por el Ejército de Liberación Nacional en “La Lucha”, tras la victoria de 1948- se ha perdido irremediablemente.

En México

En el exilio de México, don Pepe empezó a conspirar contra el gobierno de Calderón Guardia. Hizo envíos frecuentes de armamento, pero generalmente fueron requisados en Costa Rica.

Luego, a costa de su comodidad económica, empezó a hacer contrabandos de una cerámica mexicana extraordinariamente frágil. En medio de los platos y de las tazas, se ocultaban los fusiles. En Costa Rica, los inspectores temían el quebradero y dejaban pasar las cajas sin examen.

Pero fue descubierto en México. Un general azteca lo llamó y sin mayor preámbulo le anunció que, a cambio de $20.000, se olvidaría del asunto.

Don Pepe volvió a su humildísimo apartamento del Distrito Federal, cubierto de pesadumbre, y le contó todo a su esposa, Henrietta Boggs. “Todo lo perdimos. Mañana volvemos a empezar”, le dijo, mientras se estrujaba la cabeza, en un gesto que le era característico.

Trujillo lo mandó a matar

Don Pepe fue el más odiado adversario de “la Internacional de las Espadas”, que en los cincuentas formaron temibles dictadores como Trujillo, Somoza, Batista y Pérez Jiménez.

Este último tirano venezolano cayó en 1958 y la principal radio clandestina del movimiento insurreccional funcionó en “La Lucha”.

“Toda su vida, don Pepe fue un guerrillero. Su profesión fundamental fue la de conspirador”, expresa Guillermo Villegas.

De hecho, Trujillo “lo odiaba a muerte” y varias veces envió a sus sicarios a matarlo.

Corridos y sinfonías

Las versiones sobre los gustos musicales de don Pepe son contradictorias. Algunos, como don Guido Sáenz, aseguran que la música clásica era su preferida. Otros más bien se inclinan por las canciones populares y hasta por la música ranchera.

En ocasiones, Figueres recordaba una tonada ranchera que había aprendido en 1920 y que aún lo hacía vibrar “Un tímido pajarillo una noche, llegose a refugiar en mi ventana…”.

Otra vez, don Pepe confesó que había visto incontables veces la película “Allá el Rancho Grande” y que se sabía completa la pieza “Tu ya no soplas como mujer”.

“Yo estoy seguro que entre un buen corrido de la Revolución mexicana y las Cuatro Estaciones de Vivaldi, don Pepe se quedaría con el corrido”, insiste Guillermo Villegas.

Hombre sencillo

Don Pepe se confesó siempre como un hombre de campo. Sus manos “se sentían como las de un hombre, forjadas a punta de trabajo”. Nunca fue persona de fiestas ni de recepciones; ignoraba las mínimas normas de protocolo y etiqueta.

Fue un caudillo del estoicismo, frugal en la comida y en la bebida. No fue un abstemio, pero bebía muy poco: “Un eremita, de cuando en cuando, vino o brandy”, como recuerdan sus amigos.

“Para él, un banquete era un muslito de pollo o el pescado. La montaña lo había hecho así. Comía lo que come cualquier costarricense. Era muy avenido: arroz, frijoles, una ensaladita. El plátano frito con leche era su adoración”.

A pesar de ser un mal bebedor, Alberto Cañas recuerda que, en 1963, se encontró en Estados Unidos a un inglés de origen costarricense que aseguraba que en 1921 don Pepe era dueño de “la mejor saca de guaro del país”.

“Don Pepe siempre me negó esto, pero Cornelio Orlich, su socio en el negocio, me lo confirmó”.

Como el mismo Figueres decía con frecuencia: “A uno le inventan cada verdad”.

Gonzalo Fació, quien fue canciller de don Pepe en su última administración, relató que durante ese período la mejor casa vitivinícola de Francia le dio una recepción a Figueres.

El anfitrión era el “rey de la champaña” y le ofreció a don Pepe lo mejor de su cava centenaria. El costarricense desdeñó la espumante copa y con voz agria dijo: “No quiero. A mí que me traigan una Coca Cola”.

Se cuenta que don Pepe se burlaba de su fama de abstemio y que acotaba: “¿Quién dice que yo no tomo? Esa es una calumnia que me levantó Otilio Ulate”.

El político

Todos los íntimos de Figueres aseguran que “Don Pepe nunca fue un político, sino un estadista”.

“Don Chico Orlich fue realmente el político y el hombre que estuvo detrás de Figueres”, aseguró uno de sus amigos.

“Don Chico, como dicen, lavaba y le sobraba jabón y espuma. Don Pepe decidió que Orlich tenia que ser Presidente y don Chico resultó mejor que él”.

Para un amigo de ambos, don Chico “cumplió un papel muy importante a la par de don Pepe, porque lo refrenaba mucho y, mientras vivió, impidió que gente rara se acercara a don Pepe. Por eso es que, en su última administración, Figueres se desbocó”.

Odios y querencias

Don Pepe odiaba a la gente que “hablaba en difícil” y le tenía tirria a expresiones como “problemática” y “parámetro”.

En 1948, en plena guerra civil, el famoso General Ramírez -de quien se asegura que jamás disparó un tiro- se dirigió a don Pepe:

– General Figueres…

– ¿Sí, General Ramírez?

– El enemigo se acerca por el flanco derecho en una operación tenaza.

– ¡Qué chanchada!, no le entiendo nada a este viejo -le dijo don Pepe a uno de sus colaboradores. En eso, apareció un campesino y a grito pelado le dijo a Figueres:

– Don Pepe, los mariachis están en la tranquera de Olegario.

– Ahora sí…

Alberto Cañas, quien relató esta anécdota, explica que don Pepe hablaba “como se habla en Los cuentos de mi Tía Panchita, porque era un lenguaje muy campesino, pero de los años veinte. A la vez, era muy culto, porque se crió en San Ramón”.

El último gran odio de don Pepe fue Ronald Reagan, el ex presidente de Estados Unidos.

Sin embargo, cuando Reagan visitó el país y un diputado socialista interrumpió su discurso en el Teatro Nacional, don Pepe expresó: “Nunca falta un borracho en una vela”.

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Una vez, después de una reunión con periodistas, uno de ellos le interrogó:

—¿Qué fue lo mejor del encuentro?

—El almuerzo, respondió Figueres.

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Alguna vez comentó a los periodistas que lo entrevistaban sobre si había escrito o no un discurso al prófugo financista norteamericano Robert Vesco: “es preferible que yo redacte las proclamas a ese hombre, antes que éste se las escriba al Presidente”.

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En una oportunidad, Figueres invitó a un almuerzo navideño a los periodistas. En ese entonces estaba promoviendo la olla de carne y la incaparina para la alimentación de las familias de escasos recursos. La comida fue precisamente eso: olla de carne enlatada y un refresco de incaparina.

Quizá molesto, un diarista en tono mordaz le expresó que el refresco estaba muy bueno, que si le podía dar la receta para así alimentar a su perro.

—”Si se lo da al perro podría morirse”, contestó el entonces presidente.

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En el curso de una polémica con el columnista de La Nación Enrique Benavides -ya fallecido- sobre los criterios económicos y administrativos de Figueres, éste le envió una carta al primero donde se refiere “al ilustrado autor del Crimen de Colima (del libro, no del crimen)”.

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Don Pepe visitó la zona de San Ignacio de Acosta, acompañado por miembros de diferentes cámaras patronales. De un momento a otro quiso señalar algo importante, y entonces exclamó: ¡cámaras vengan! Los representantes patronales de inmediato se le acercaron; pero, muerto de risa, Figueres les dijo que a quienes había llamado era a las cámaras de televisión para que hicieran unas tomas.

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Las siguientes anécdotas de don Rodolfo Cerdas fueron recopiladas por Camilo Rodríguez Chaverri.

Don Pepe me llamaba a la una o dos de la mañana y me decía, “Rodolfo, ¿qué está haciendo?”

-Diay, don Pepe, ¿qué voy a estar haciendo? Durmiendo.

-Es que vamos a estar en la casa de Luis (Burstin). Vamos a abrir un vino.

Mi esposa, Marjorie, y yo nos poníamos la ropa y nos íbamos.

Era muy interesante. Hablaba de los libros que estaba leyendo.

Uno le preguntaba, don Pepe, ¿usted ha leído a García Márquez?

Se volvía y decía, “yo no pierdo el tiempo con los escritores nuevos. Sólo leo clásicos. Hay que leer quince escritores nuevos para encontrarse con uno bueno. En cambio, con los clásicos uno no pierde el tiempo”.

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En una de esas reuniones que teníamos con don Pepe, le comenté que me acababa de enterar de la candidatura presidencial de don Óscar Barahona Streber. Don Pepe estaba aspirando a la presidencia, de nuevo.

Se volvió y me dijo,

-No importa. Don Óscar se monta en una yegua recién parida, y se devuelve la cría.

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Una vez, mi papá, fundador del Partido Vanguardia Popular, estaba conversando con don Pepe, en La Lucha y le reclamó las muertes del Codo del Diablo. Mi papá considera que esas muertes fueron asesinatos, y que no eran necesarias en el contexto de las circunstancias de aquel momento. Él le reclamaba a don Pepe que no hubiera condenado aquellos hechos.

Don Pepe se puso de pie, se fue a ver por la amplia ventana de su casa, y le dijo, sin mirarlo,

-Es mi maldita manera de entender la amistad.

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Estaba en una reunión, con estudiantes, dirigentes y representantes de lo que se llama “fuerzas vivas”. Todos hablaban de la importancia del diálogo, y de ponerse de acuerdo.

Don Pepe estaba callado, y en un momento dado, se vuelve y les dice,

-Está muy bien que dialoguemos muchachos. Dialoguemos, dialoguemos. Pero al final, ¿la opinión de quién es la que manda?

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Un día, estaban discutiendo con don Pepe un grupo de sindicalistas. Él les explicaba por qué no se podía subir los salarios al punto que ellos querían, y ellos le contestaban que “las bases” por aquí, y “las bases” por allá. Parecía que no iban a decidir por “las bases”. Entonces, don Pepe se encanfinó y les dijo,

-¿No es cierto que ustedes son los dirigentes? Pues si son los dirigentes, ¡dirijan!

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Anécdotas de Oscar Saborío

Cuando la lucha de tendencias entre Miguel Barzuna y Rodrigo Carazo, yo estaba con Miguel, por lo que un día me pidió que lo acompañara a una reunión con don Pepe Figueres, Yo le aclaró a Miguel que no era santo de la devoción de don Pepe, pero él insistió, motivo por el que lo acompañé.

La reunión era en el centro colón, en un saloncito destinado a esos fines.

Cuando Miguel y yo llegamos, ya don Pepe se encontraba sentado en la cabecera de la mesa, lo saludamos y él me preguntó quién era yo (como yo sabía que una manera que tenía don Pepe de bajarle el piso a alguien era esa) le contesté, me preocupa don Pepe veo que los años lo están golpeando y ya no conoce a la gente. Muy bravo me contestó “Usted siempre con sus malacrianzas”, pasado ese momento Miguel y don Pepe conversaron de política una media hora, al irnos don Pepe nos despidió sonriente y cariñosamente.

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Cuando fuimos atacados en diciembre del 48 en Puerto Soley, el comandante de los dos pelotones que componía la tropa, señor Eladio Álvarez Urbina ordeno la rendición, fuimos hechos prisioneros y trasladados al Campo Mate de Managua, donde permanecimos unos pocos días.

A nuestro regreso en el aeropuerto de la Sabana me entero de que mi cuñado Bernal Vargas Fació había perecido en el combate, lo que me impactó grandemente, del aeropuerto nos trasladaron a casa presidencial a una entrevista con don Pepe Figueres, entre los que nos había ido a recibir y nos acompaño a casa presidencial estaba mi hermano Manuel Enrique. Don Pepe preguntó porque estaba tan nervioso, a lo que contestaron que me acababa de enterar de la muerte de mi cuñado, don Pepe dijo, lleven a ese muchacho a la casa que es lo que él necesita, fue así como mi hermano me llevo a casa.

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Cuando lo de Llorona (en Corcovado) fuimos Frank (Marshall) y yo a hablar con don Pepe y don Chico Oriich, para explicarles que traeríamos armas de Cuba, (armas que nos enviaba Fidel en respuesta a las que nosotros le habíamos enviado cuando estaba en la Sierra Maestra) para invadir Nicaragua al cumplirse el mes de los fallidos desembarcos de Olama y Mollejones. Don Pepe nos dijo que contáramos con él en lo que pudiéramos necesitarlo.

Fue Marcial Aguiluz el que coordinó con Fidel el envío y Manuel Enrique (piyique) Guerra se fue a traerlas. El problema que se presentó fue que, mientras se desembarcaban las armas, la arena de la playa de Llorona se secó, por lo que hubo que esperar a que fuera nuevamente mojada con la marea. En el interín un avión comercial de Lacsa informó de que había aterrizado, seguramente de emergencia un avión en Llorona.

Eso puso en alerta al Gobierno de don Mario Echandi, nosotros nos enteramos de los preparativos para enviar una lancha a Llorona, pues teníamos pinchada la línea de teléfonos que tenía el Gobierno con el Resguardo Fiscal y con la Comandancias de Provincia.

Se dispuso salvar las armas, pero no tener ningún enfrentamiento bélico con el Gobierno. Así las cosas movimos la gente de San Isidro del General para que recibiera las armas, para en avioneta sacar las armas a ese lugar, ya que la cantidad no nos permitía traerlas todas a Lindora donde Muñeco Araya trasladó una cantidad importante.

Frank definió irse a Llorona en avioneta, para personalmente hacerse cargo del operativo, yo le dije “Frank no te vallás si no llevás a alguien importante de Liberación, pues nos pueden dejar botados”, pero Frank siempre se fue.

Como al irse Frank me había dejado a cargo, yo mandé a llamar a Carlos Gamboa, quién era el segundo del grupo de ex combatientes, separados de Figueres y que lideraba Frank.

Carlos informado del ofrecimiento de don Pepe, definió que le pidiéramos a don Pepe, que la Reserva del PLN actuara creando disturbios, para entretener a la gente del gobierno mientras nosotros sacábamos las armas, por lo que definimos ir a hablar con don Pepe, que en ese momento se encontraba en casa de su hermana con su cuñado Cornelio Orlich.

En la casa de don Cornelio nos recibió don Pepe a Carlos y a mí, yo le expuse la situación y le pedí la colaboración de la reserva, a lo que me contestó que no podía acceder, yo le recriminé diciéndole que estaba ahí por que él nos había ofrecido ayuda, a lo que me contestó que lo que yo pedía era un cheque en blanco y que la ayuda la había ofrecido en lo personal y que lo que yo le pedía no era personal, era como jefe de partido, lo que era diferente. Yo indignado le grité: Lo que pasa es que usted es un viejo cabrón, que tiene dos caras una para ofrecer y otra para quitarse, don Pepe se volvió donde Carlos y le preguntó que pensaba él a lo que Carlos le contestó que mejor no decía nada, inmediatamente partimos, los sucesos de Llorona son ampliamente conocidos y no me voy a referir a ellos.

Yo en ese tiempo trabajaba como vendedor en FACO y sin que hubiera pasado más de dos meses de lo anteriormente narrado, don Franz Amrhein, el dueño y un hombre muy especial, me dijo que había estado don Pepe en busca de una planta eléctrica grande, y que había convenido con él, el que yo lo visitaría en La Lucha al día siguiente. Yo le conté a don Franz lo que había pasado y que yo no podría ir, que iba a ser una bronca, don Franz me dijo, vaya tranquilo don Pepe lo va a recibir bien, de eso no se preocupe.

Como donde manda capitán no manda marinero, me fui a cumplir la orden de don Franz, estaba seguro de que don Pepe me iba a recriminar.

Me recibió amablemente, pocos días después le vendería una planta grande, que tenía la Deutz nueva en Perú, ya que la empresa pesquera que la había comprado, había quebrado, por lo que el precio fue muy favorable.

También le vendí ocho equipos de riego para Santa Elena, cuando los equipos llegaron unos pocos meses después, don Pepe me dijo, ya ve, tengo tres años de tratar de que STICA, me diseñe los equipos de riego y no logré nada, con usted, ya lo ve, ya estamos regando.

Como corolario a lo anterior, la planta llegó acompañada de unos planos de los cimientos, pero don Pepe dijo que los alemanes eran unos botaratas, por lo que redujo el hierro y el concreto con un diseño que él hizo, a los pocos días los cimientos cedieron, por lo que la planta tuvo una torcedura que obligó a una importante reparación y esta vez, don Pepe si dejo que usaran los planos de los cimientos de los alemanes.

Carlos Manuel Vicente

Dr. Carlos Ml. Vicente C.

Ex ministro Gobernación
Ex diputado Asamblea Legislativa

Lo que más le costo aprender a don Pepe

Cada vez que tenía oportunidad, pasaba por don Pepe, para dar una vuelta en automóvil, me gustaba conversar con él y constatar lo consistente de su pensamiento a pesar de la edad.

Un día le comenté que el paso por el Ministerio de Gobernación fue una verdadera universidad, a lo que me respondió: “Eso es cierto”. Yo le agregué, y a usted don Pepe que tres veces se graduó de Presidente, que fue lo que más le costó aprender.

Meditó un poco y luego me dijo; “Hacerme el chancho”.

Don Pepe lloró

Faltaban pocos días para que se cumplieran los seis meses, en que se debe dejar la función pública, si uno desea optar por un puesto de elección popular.

En la mañana, cuando leí el periódico La Nación, me encontré con unas declaraciones mías, que yo no había dado, en el sentido que tal día dejaría el Ministerio de Gobernación para optar por una diputación.

Don Pepe me llamó muy extrañado al pensar que yo había dado esas declaraciones sin haber consultado con él antes.

Le aclaré que el más extrañado era yo, porque nunca las había manifestado.

Entonces acató: “Esas son cosas de Daniel” y lo llamó inmediatamente.

Dichosamente todo se aclaró, Daniel aceptó: “Si, yo di esas declaraciones a nombre de Carlos Manuel, porque si no lo hago así, él no renuncia y yo lo necesito en mi Fracción Legislativa”.

Aclaradas las cosas, acepté la renuncia que no había solicitado, seis meses antes de que concluyera el mandando de don Pepe.

“No se me vaya en blanco, yo convoqué un Consejo de Gobierno especial para despedirlo”, me dijo don Pepe.

Llegaron todos los compañeros ministros, don Pepe con el nudo en la garganta explicó el motivo de esa convocatoria especial.

Nota aparte, merece recordar un lindo y emotivo discurso de Chalo Facio, que me llegó tan hondo que casi podría repetirlo de memoria. Narró una por una mis obras en el viejo y abandonado ministerio, que terminó con estas palabras: “Don Pepe, usted le entregó a Carlos Manuel, un ministerio modelo del siglo pasado y hoy él le entrega un ministerio de último modelo.

Todos los ministros se levantaron para despedirme, el último fue don Pepe, que con los ojos llorosos me dio un abrazo de padre, de hermano o de gran amigo, que me hizo llorar a la par de él.

El hombre que no llora al ver llorar
un amigo, no es hombre y yo soy hombre

¿Por qué se me escondió?

Unas semanas antes de las elecciones de 1970, yo tenía muy claro que don Pepe ganaría las elecciones por más del 50%.

Nosotros habíamos hecho una campaña muy austera, no gastando más del 80% de lo que nos correspondería de la Deuda Política.

Estaba muy preocupado porque a Transportes se le había adjudicado una suma insuficiente de dinero.

En vista de ello, le expuse al Comité Político de Campaña, la conveniencia de ampliar la emisión de los bonos de la Deuda Política, para llevarlos al 100% de lo que según yo, nos correspondería de esa deuda.

La reacción del Comité fue muy negativa. No aceptaron aumentar esa emisión.

Yo me calenté y al final de la reunión le dije a don Pepe: “Ya yo hice mi trabajo, usted va a ganar por un buen porcentaje, pero por torpeza de su Comité Político, va a obtener de tres a cinco diputados menos, de esos que salen por subcociente o sobrante mayor”

Le dije que me iba a Golfito porque allá era más útil salvando votos.

Al día siguiente de mi llegada, don Pepe me llamó, para decirme que ya habían aceptado el aumento de la deuda, -de seguro lo decidió él solo- y que ya había descontado esos bonos con Bruce Masís y que alquilara cuanto “chunche” hubiera disponible para aumentar la votación.

Así lo hice, mis cálculos fueron correctos, don Pepe obtuvo el 53% y sacó 32 diputados.

Terminado el trabajo electoral, me fui a Palmar Sur, a Finca 8, de la Compañía Bananera, no sé si a esconderme para no presionar a don Pepe o a descansar.

El mandador de la finca me traía muy temprano los periódicos para que estuviera al día. Pero, un día llegó despavorido a decirme que don Pepe me buscaba. Salí a encontrarlo y señalándome con el dedo me dijo: ¿Por qué se me esconde? Quiero que sea mi Ministro de Gobernación, de Hacienda o de Planificación, y venga conmigo para que atendamos la cola de gente que me visita.

Pero, antes me sentenció: “Si usted no hace nada y se limita a cobrar el giro, me tendrá de enemigo, pero usted se muere y a los ocho días nadie se va a acordar de usted; pero, si usted quiere renovar ese Ministerio, va a tener mucha oposición de gente que no produce nada, a todo se oponen y nada se les ocurre, pero su labor si se recordará por mucho tiempo. Lo que usted decida tiene mi apoyo”.

En esa oportunidad don Pepe llegó acompañado del Dr. Burstin, del Dr. Inocente Alvarez y de su chofer el Coronel Bravo; con ellos, un poco apretado, me regresé a San José. Comencé a atender gente, filas interminables de liberacionistas que llegaban a felicitar a don Pepe o a pulsear un “hueso”.

Tamal con Contreau

Un 31 de diciembre, a primeras horas de la tarde, fui a buscar a don Pepe para saber como se preparaba para el Año Nuevo. No estaba en la casa.

Pensé de inmediato que se había ido a esconder en “La Lucha” para pensar como decía él.

En esas circunstancias, le ponía doble candado al portón y daba estrictas órdenes al guarda, para que no dejara pasar a nadie.

Sin embargo, me fui para La Lucha, me brinque la cerca por un sitio que yo conocía, y entré a la casa. Allí estaba don Pepe, leyendo un voluminoso libro, sentado en la silla de su escritorio.

Don Pepe, le llamé. Me volvió a ver, un poco extrañado, y me dijo: “Cómo hizo para entrar”, le contesté: “Tenga seguridad que no fue por el portón”. Se sonrió y agregué: “Si esta muy ocupado me voy para que siga devorándose ese libro titulado “El sitio de Stanlingrado”

No, quédese y se dirigió a la sala de su casa, tomos unos leños y encendió la chimenea y conversamos por horas. Cuando noté que estaba oscureciendo le dije: “Don Pepe, me voy, no me gusta manejar de noche y quiero ver como le está yendo a Olguita con la tamaleada”

Un momentito, no se vaya, quiero que pruebe un tamal de La Lucha. Se dirigió al refrigerador, sacó el tamal, lo calentó y me lo sirvió.

Antes de comenzar a saborearlo, me preguntó: “¿Y con qué comen el tamal en su casa? Le contesté, cuando no hay plata, con agua dulce y cuando hay, con vino tinto. Espere un momentito, no se lo coma, le voy a traer vino, de uno que seguro debe ser muy fino, porque me lo regaló Mario Echandi.

Se fue a su habitación, donde tenía escondido entre sus camisas, la botella de ‘vino’ que le había regalado Mario.

Tomó un vaso de casco y me lo sirvió hasta la mitad del vaso.

Yo no encontraba la forma de quitarle la idea de verme comer el tamal de La Lucha y saborearlo con el vino tinto, que no era tinto sino contreau.

Me lo comí todo, nunca me había comido un tamal tan feo, era masa con un poquillo de cerdo y simultáneamente bebiendo contreau de Mario, que venía en una botella de porcelana blanca con dibujos muy bonitos en azul.

Cuando terminé de comerme aquello, que solo por ser calentado y servido por don Pepe, esperé un momento, para levantarme de la mesa.

“¿Un momentito, adonde va?”

“Voy a mi casa a comerme otro tamal con la vicentada”

Espéreme un momentito, yo me voy con usted a pasar el Año Nuevo con la Vicentada, quienes querían y veían a don Pepe como un abuelito.

Así escuchamos las doce bombetas del Año Nuevo, pero algo le dictó su corazón porque dijo: “Ya pasé el Año Nuevo con ustedes, ahora me voy a ver como la pasó Mariano”.

Me queda en el tintero el cuento que me contó Mario Echandi, de la caja de Contreau, que le regaló a don Pepe, el día de su cumpleaños.

El Contreau, don Pepe Y Mario Echandi

Un buen día, entré al Club Unión, y allí estaba Mario Echando rodeado de un buen grupo de leales echandistas.

Me atreví a irrumpir en aquel grupo -tan echandista-, para decirle a Mario: “Yo me bebí una botella de Contreau que vos le regalaste a don Pepe”

El se sonrió, -qué se yo cuantas cosas le pasarían por su mente- pero, acto seguido me dijo: “Te voy a contar el cuento del Contreau”

“Don Pepe, llamó unas cuantas veces a mi casa, yo no estaba, pero la empleada me daba el recado, pero yo no le di importancia porque pensé que era una broma de Chalo Segares o de Oscar Collado. Pero un día, me pescó y me dijo: ‘Mario te habla Pepe Figueres, te he llamado varias veces, pero vos nunca estas en la casa’.

“Bueno don Pepe, aquí estoy, que se le ofrece”

“Hablar con vos, porque vos y yo somos responsables de la Costa Rica que hoy vivimos, en paz, con honorabilidad electoral y me siguió relatando el cambio habido en nuestro país.

Don Pepe y don Mario trabajaron juntos en la campaña de Otilio Ulate.

Y nos hemos distanciado por cosas de la política. Yo creo que debemos hacer las pases para darle un ejemplo a la juventud.

Mario contestó muy emocionado.

“Sí don Pepe, ¿qué quiere que haga?”

“Mira Mario, yo cumplo años el 25 de setiembre, venite a mi casa a comerte una tajada de pastel, que todos los años me regala Teresa Merayo”

“Don Pepe, no me parece oportuno, usted va a estar con todos sus amigos y quién sabe que cara van a poner”

“No, te venís a las doce en punto y disfrutaremos viendo esas caras”

Don Pepe, ese día estaba viendo el reloj y cuando faltaban unos minutos, salió a esperar a Mario, -quien fue muy puntual-

Don Mario y don Pepe subieron juntos y amigables ante la cara de susto de los presentes, que hay que destacar que se mostraron muy contentos con la llegada de Mario.

Luego, Mario siguió con el relato.

“Pensé, don Pepe me invitó a su cumpleaños, ¿qué le voy a regalar?”

En eso se acordó, que cuando fue Presidente, inmediatamente después de don Pepe, había ordenado hacer una minuciosa investigación en la Casa Presidencial, para hacerle un escándalo a don Pepe. No encontraron nada, todo estaba en orden, si se extrañó que en la bodega hubiera una caja con botellas de Contreau vacías.

Don Mario dice que pensó: “Don Pepe dice que no toma, seguro se lo mete con Contreau en las noches y eso es lo que le voy a regalar en su cumpleaños, en esa feliz reconciliación.

Don Pepe no se la tomó, me la tomé yo, con un tamal en su finca La Lucha.

El guayabo

Faltaban pocos días para las elecciones cuando don Pepe me llamó para decirme que la dirigencia mariachi de Grecia, se estaba organizando.

Muy de mañana me fui para Grecia y el tiempo me dio para visitar a los dirigentes liberacionistas y de la Unidad, así como a personalidades, a algunos amigos personales.

Como a las cuatro de la tarde ya había formado criterio, no había “tal culebra de pelos”. Eso sí mis amigos quedaron resentidos al considerar que yo había dudado de la honorabilidad de ellos, lo que no era cierto, pero si necesario para formar criterio.

Regresé a San José a eso de las 7 de la noche, en los precisos momentos en que don Pepe estaba pronunciando su discurso en la Plaza Pública de Goicoechea, exactamente en el costado norte de la Iglesia.

No me explico como me divisó entre tanta gente, por estar yo en la parte de atrás de la manifestación, por haber llegado tarde.

Cuando me divisó interrumpió la armonía de su discurso, para decirle a la multitud: “Miren quien está ahí, Carlos Manuel. Carlos Manuel venga aquí a la tarima para que salude a este gran grupo de liberacionistas”

Me abrí campo ante la multitud, subí a la tarima y acompañado por don Pepe saludé a los asistentes. Don Pepe siguió con su discurso interrumpido y en el momento que creyó pertinente me preguntó: “Averiguó algo de ese fraude que me dicen están preparando” “No don Pepe, no hay intento de fraude, los dos partidos se están preparando para el día de las elecciones”.

La multitud comenzó a inquietarse por la interrupción del discurso y tal vez con mi presencia, que francamente no venía al caso.

Don Pepe reinició su discurso con las siguientes palabras y una voz muy pausada y seria.

“Me acaba de comunicar Carlos Manuel, que se está preparando un pavoroso fraude electoral, pero desde aquí les digo que no nos vamos a dejar, que vamos a pelear. “Ustedes todos deben armarse de un palo de guayabo y rajarle la cabeza al primero que intente un fraude”

La tónica de la campaña cambió, se dio una mística sin igual, los muchachos siguieron asistiendo a las plazas públicas con su “palo de guayabo” y con ganas de rajarle la cabeza al primero que intentara un fraude.

El grito de guerra se simplificó en una palabra: “guayabo”.

Yo me quedé paralizado, al observar aquel líder aplicando el conocimiento de la psicología a sus partidarios, les hablaba en su idioma, con sus matices y dándoles aliento para que lo acompañaran sin vacilar.

“Viva don Pepe, vivan sus hombres…

¡Ah cosas las de don Pepe!

Veinte anécdotas contadas por el exdiputado y exministro José Rafel Cordero Croceri, editadas a partir de su libro “¡Ah cosas las de don Pepe!” por Camilo Rodriguez Chaverri.

Una aspirina

Durante los primeros días del inicio de la Revolución de 1948, se libró en San Cristóbal Sur de Desamparados, uno de los más fieros combates. El pequeño contingente que comandaba don Pepe fue prácticamente barrido por las fuerzas que el gobierno de don Teodoro Picado había enviado para sofocar la rebelión. Don Pepe, en medio del desastre que se produjo, mantuvo la calma y buscó refugio en uno de esos grandes tubos de concreto que se emplean en la construcción de desagües principalmente, y que de casualidad se encontraban a la orilla de una calle en espera de ser usados. Junto a él se sentó un bravo muchacho desamparadeño, del famoso grupo de don Domingo García y don Carlos Gamboa. El muchacho, preso de lógico nerviosismo, fue afectado por un fuerte hipo.

Don Pepe era consciente de que si era capturado se terminaría ahí el movimiento revolucionario. Preocupado por el ruido que pudiera provocar su compañero de armas, recurrió a una de sus inteligentes argucias y al nivel más bajo de voz que pudo, le dijo cerca del oído:

-Mire compañero, siempre ando con una pequeña pastilla y estoy decidido a tragármela en el momento en que seamos descubiertos. Pero como la Revolución me necesita, como su indiscutible jefe no me queda más camino que pedirle a usted que se sacrifique por la patria.

Acto seguido le entregó la pastilla. El valeroso muchacho, sin pensarlo mucho, se la tragó de un solo golpe, y de inmediato, como por arte de magia, el hipo desapareció.

De esta manera, no fue capturado el gran caudillo y la Revolución se salvó.

¡En realidad lo que le había dado era una simple aspirina!

El héroe desamparadeño, fallecido hace algunos años, se llamó Jorge Romero.

Blanquear

Rolando Fernández fue su secretario privado por mucho tiempo. Cuenta la siguiente anécdota: antes de ocupar el puesto de manera oficial, en Casa Presidencial, había trabajado con don Pepe en su casa de Barrio La California, cerca de la antigua Cantina La Luz. Le cedió una pequeña oficina que daba a un patio exterior. Cierta tarde llegó a visitarle Don Pepe, quien lo buscaba personalmente cuando necesitaba que le atendiera algún asunto de urgencia. Al llegar, se quedó mirando la ventana, abrió las persianas y dijo, “Rolando, es mejor que busque otro lugar, porque aquí fácilmente lo pueden blanquear”.

Olla de carne

Se acostumbraba que el Presidente asistiera a las celebraciones del día patrio de las diferentes misiones diplomáticas acreditadas en el país. Como no gustaba de platos extraños, acostumbraba ingerir un poco de “olla de carne”, que era su comida favorita, antes de asistir a algún acto de esa naturaleza.

En cierta ocasión le fue ofrecida una recepción en la Embajada de la República de Argentina, cuya representación estaba a cargo de una distinguida dama, quien se mostró muy solícita con su connotado visitante. Le acompañó a la mesa principal, donde había suculentas viandas, entre ellas un delicioso plato de canelones. Don Pepe, con la mayor cordialidad, rechazó el ofrecimiento. Al percibir la congoja de la anfitriona, le dijo que no se preocupara porque él con cualquier galletita de soda quedaba satisfecho.

Pelota

Muchos muchachos que participaron en el 48, pasaron a ocupar altos cargos. Uno de esos muchachos fue Rodolfo Solano Orfila, a quien le decían “Pelota”, lo que le molestaba muchísimo.

Siendo ministro de Obras Públicas, don Chico Orlich, Rodolfo Solano ocupa un alto cargo en ese ministerio.

Una vez, los trabajadores del MOPT que laboraban bajo el régimen de planillas, realizaron un paro en demanda de mejoras en sus salarios. El muchacho del cuento se puso al frente del movimiento, y le dijo a los dirigentes que le aseguraran a sus compañeros que todo se iba a resolver dada su amistad con don Pepe.

Con tan buenos augurios, se organizó una marcha hacia la Casa Presidencial. Don Pepe salió a recibirlos, y después de escuchar sus quejas, les dijo,

-Miren, muchachos, no se preocupen por los problemas que me vienen a plantear. Dichosamente, en el ministerio donde ustedes trabajan ocupa un alto cargo un joven a quien apodan “Pelota”. Es una persona muy inteligente, por lo que estoy seguro que les encontrará una solución oportuna.

La muchacha del ministro

Don Pepe era un pésimo fisonomista. Durante su primer gobierno, formó parte de su gabinete un joven ministro que había contraído recientes nupcias con una bella joven. Como se acostumbraba entonces, don Pepe realizaba frecuentes reuniones informales con los ministros a las que asistían las esposas.

Aunque este tipo de reuniones nunca fueron de su agrado, don Pepe asistía y se aprendió los nombres de las compañeras de todos sus ministros.

Para el acostumbrado saludo de Año Nuevo que se ofrece al Cuerpo Diplomático, la joven pareja llegó y lo primero que hicieron fue saludar al presidente.

Al rato, don Pepe se encontró en uno de los pasillos al joven ministro, y con mirada maliciosa, le dijo,

-Dígame, ministro, ¿de dónde sacó esa muchacha tan bonita que anda con usted?

El apellido

Había en Cartago un eterno aspirante a diputado que se metía en cualquier actividad a hacer méritos político electorales.

En una ocasión se presentó un problema con los productores de papa, quienes reclamaban mejores precios para su producto, y pedían la presencia del presidente Figueres.

De inmediato se apersonó el candidato del que hablamos, y se comprometió a conseguirles una cita con el mandatario. Así lo hizo, a través de un viejo dirigente del partido.

El candidato vino a la reunión con el presidente y se puso en primera fila. El hombre no se cambiaba por nadie.

Posó junto al mandatario para las fotos de la prensa y se esforzó por robarse el show.

Don Pepe se enteró de sus intenciones, por lo que al despedirse le dio la mano, y hablando fuerte, para que todos lo escucharan, le dijo, “hasta luego, Monterito”.

El asunto es que ese no era su apellido, por lo que don Pepe no dejó muy mal ante sus acompañantes.

Pepe Tacones

Aunque una buena cantidad de grandes figuras de la historia han sido de baja estatura, para don Pepe resultó un complejo difícil de disimular. Usaba botas con tacones más altos, por lo que sus adversarios aprovecharon para colgarle el mote de “Pepe Tacones”.

Pocas veces asistía a las recepciones, porque decía que en esas actividades lo único que se hace es beber guaro. Cuando iba, era porque lo obligaban a atender rígidas reglas protocolarias. En una de esas ocasiones, después de un corto lapso, pidió a su anfitrión la venia para retirarse. Por esa época acostumbrada usar sombrero, como lo hizo siempre de joven. Al buscarlo, lo encontró colgando de una de las perchas más altas de la paragüera que se encontraba a la salida de la residencia. Al darse cuenta que el sombrero estaba fuera del alcance del presidente, el embajador corrió a recogerlo y se lo entregó cortésmente. Al despedirse, don Pepe le dijo,

-Sírvase recibir mi agradecimiento por las finas atenciones de que he sido objeto y además por molestarse al alcanzarme el sombrero. Pero le ruego tenerme presente para cuando se le caiga algún objeto al suelo, para venir a recogérselo.

Cuba libre

Meses antes de la caída del dictador cubano Fulgencio Batista, Don Pepe fue invitado a la inauguración del edificio del Palacio Municipal de la ciudad de Cartago. Al acto asistió el Cuerpo Diplomático. Al embajador cubano le correspondió sentarse al lado del mandatario.

Por ese tiempo, se había popularizado en el país un cóctel conocido como “Cuba libre”, mezcla de gaseosa con ron.

A la hora del brindis, alzó don Pepe la copa vacía, como acostumbraba hacerlo, por lo que el embajador cubano se apresuró a preguntarle por qué no brindaba con algún licor en su copa, a lo que don Pepe le contestó,

-Yo sólo brindaría con Cuba Libre.

Sobre un polvorín

La finca “La Lucha sin fin” fue siempre sitio de reunión de luchadores por la libertad que deambulaban por estas naciones en busca de ayuda para derrocar a los regímenes espurios que tiranizaban a sus pueblos. Durante la primera etapa de la Revolución Cubana, durante la dictadura de Batista, llegó a Costa Rica un grupo de exiliados, encabezados por el Comandante Hubert Mathos.

Lo primero que hicieron fue dirigirse a la histórica finca para entrevistarse con don Pepe, quien les recibió con el interés que merecían aquellos valientes luchadores. Al poco rato de iniciada la reunión, los hizo pasar a uno de los galerones aledaños a la casa, para conversar con mayor privacidad.

Al llegar, se sentaron sobre unos sacos de yute y unos cajones muy deteriorados. En nombre del grupo, Mathos le pidió a don Pepe un lote de armas que se decía que estaban escondidos en algún lugar de la finca.

Don Pepe, que ya había escuchado las lamentaciones por la dictadura de Batista, y los ruegos por ayuda, con la mayor tranquilidad le dijo,

-No se preocupe por las armas. Ustedes están sentados sobre ellas y pueden llevárselas.

Procedieron a abrir cada una de las cajas y con sorpresa comprobaron que habían permanecido sentados sobre un verdadero polvorín.

En calzoncillos

Don Pepe casi siempre tuvo a su lado a su fiel amigo, el licenciado Gonzalo Solórzano, quien fue su Secretario de la Presidencia, lo que ahora se llama Ministro de la Presidencia.

Un día que iba a llegar un diplomático a presentar sus cartas credenciales, Don Gonzalo estaba muy preocupado por la tardanza de don Pepe para vestirse tal como lo exigía la ocasión. Por esta razón, le llamaba a cada momento por el intercomunicador. Cansado del asunto, don Pepe decidió presentársele tal y como se encontraba en ese preciso momento: en puros y simples calzoncillos.

Don Gonzalo se quedó estupefacto al verlo, y don Pepe le dijo,

-Me vine así porque usted me dijo que no había tiempo de esperar.

Catrín

Los esfuerzos que sus asistentes tenían que realizar para que don Pepe estuviera listo para cualquier acto protocolario resultaban sofocantes, y más cuando su estado anímico no era el más conveniente.

Contaba el periodista Jorge Arguedas Truque, quien en una de sus administraciones sirvió el cargo de Secretario de la Presidencia, que después de que vencieran todas esas dificultades, don Pepe debió esperar en su oficina a un distinguido visitante, lo que le puso aún de peor talante. El circunspecto diplomático se presentó luciendo sus mejores galas y en la solapa de su traje tenía una serie de condecoraciones.

A don Pepe le cansaban esos actos. Los consideraba insulsos, y sin algún fin práctico. No encontraba la manera de iniciar la conversación, por lo que sólo se le ocurrió preguntarle,

-Idiay, embajador, ¿adonde va tan catrín?

Declaratoria de guerra

Durante su segunda administración, Don Pepe decidió poner en cintura a la United Fruit Company, con el objeto de que dejara más beneficios al país, pues ya tenía más de medio siglo de explotar nuestras tierras. Se les exigió pagar un 50 por ciento de impuesto de renta en lugar del 30 por ciento que pagaban hasta entonces.

Los personeros de la compañía opusieron fiera resistencia, con el apoyo del gobierno de Estados Unidos. Amenazaron con abandonar los cultivos y con dejar el país. No faltaron los serviles que pusieron el grito al cielo por el peligro que significaba para la economía.

Un periodista, que apoyaba la posición de la compañía bananera, en son de burla le dijo al presidente que, conocida su posición tan radical, por qué no le declaraba la guerra a Estados Unidos.

Don Pepe le contesto,

-Me parece muy interesante lo que usted sugiere. Pero lo grave no es eso. Lo que me preocupa es pensar que haríamos si les ganamos la guerra.

La pluma

Cuando don Pepe tenía que recorrer el país en una de sus campañas, prefería alojarse en la casa de uno de sus partidarios de confianza.

Durante la campaña de 1953, en la que se enfrentó al acaudalado empresario Fernando Castro Cervantes, en una gira que realizó por Guanacaste, don Pepe se alojó en la casa de habitación del exdiputado José Ángel Jara, en Las Juntas de Abangares.

Al día siguiente, cuando iba por el cruce conocido como La Irma, don Pepe le pidió a su amigo Jara que se devolvieran porque había dejado olvidada su pluma. Al llegar a la casa, se dirigió a la habitación que había ocupado la noche anterior. Después de correr el colchón, dijo “aquí está”, y les mostró su reluciente arma calibre 45.

EL curandero

Siendo embajador en Colombia, recibí la visita de don Pepe. Una noche, después de una recepción oficial, me atacó un profundo dolor de estómago. don Pepe diagnosticó una aguda gastritis y ordenó que se me diera un vaso con leche. Su remedio casi me manda al hospital puesto que el dolor se agravó muchísimo. Al día siguiente acudí al médico y resultó que era un ataque de amebas. Cuando se lo reclamé, como en broma, ante su versión de la venta de anteojos que hacía a los campesinos de La Lucha, se limitó a decirme,

-En La Lucha, yo lo que hacía era ayudar a que la gente viera mejor. Pero en su caso, el tonto fue usted al hacerme caso. Yo nunca le he dicho que sea curandero.

Administración Figueres

A los pocos meses de iniciada su tercera administración, Don Pepe asistió a un acto en la Universidad de Costa Rica. Los muchachos estaban divididos en dos bandos, unos a favor y otros en contra. Al llegar al predio, los muchachos que lo adversaban lo recibieron con una fuerte silbatina. Algunos le lanzaron fuertes improperios. Don Pepe perdió el control y le lanzó un fuerte golpe a un muchacho de la Facultad de Medicina. La noticia conmovió al país y le dio la vuelta al mundo. ¡Un presidente agredió a un estudiante!

A los años, siendo aquel estudiante ya un profesional, se encuentran de nuevo. Le dice,

-Don Pepe, seguro usted no se acuerda de mí, Yo soy aquel estudiante del incidente en la universidad. Como consecuencia de aquel golpe, tuve que ponerme un puente en mi dentadura.

Don Pepe se quedó viéndolo, y le contestó,

-Dígame, ¿y no le puso al puente “Administración Figueres”?

El General Volio

Un día quedaron de encontrarse Don Pepe y Doña Marina Volio, hija del legendario General Jorge Volio en La Lucha, debido a que ella requería algunos datos de él para una investigación que realizaba. m Doña Marina se trasladó en su vehículo a la Zona de los Santos. Al llegar, preguntó por don Pepe y un trabajador le dijo que posiblemente se encontraba en alguna de las plantas procesadoras de la fibra de la cabuya, que se hallaban en el bajo.

Al acercarse a una de las fábricas, pudo ver al propio Presidente Figueres todo cubierto de aceite, mientras trataba de arreglar algún desperfecto. Ella siempre había creído que lo que se decía de esas aficiones de don Pepe era pura demagogia.

Al notar su presencia, don Pepe salió a recibirla, la paso adelante y la llevó a su casa, donde les habían preparado un almuercito.

Don Pepe habló con largueza y entusiasmo del General Volio, y confesó que fue uno de sus más grandes inspiradores para llevar adelante la reforma social y económica en que estaba empeñado.

Después de escucharlo, doña Marina le reclamó porque, a pesar de que decía que admiraba a su padre, durante sus gobiernos y a partir de 1948 se le había perseguido muchísimo.

-Usted perdone, Marinita, por lo que voy a decirle, pero eso que usted me reclama es cierto, y se debió a que su padre era el único mariachi que tenía los güevos bien puestos.

Los pantys

Un día, un grupo de periodistas interrogó a don Pepe y le cuestionó sus aventuras revolucionarias en contra de dictaduras latinoamericanas y el costo de la vida.

Uno de los periodistas le increpó diciendo,

-Si quiere un ejemplo, le puedo dar uno. Los pantys que usan las mujeres han subido una barbaridad.

Don Pepe guardó silenció unos segundos, y chispeando los ojos, le contestó,

-¿Y qué quiere que haga yo, que le baje los pantys a todas las mujeres?

El boxeador

El ex Presidente de Venezuela, Doctor Luis Herrera Campins, en el ejercicio del poder, realizó una visita a Costa Rica con el fin de atender una invitación oficial que le extendiera el Presidente de la República Rodrigo Carazo. Al llegar a San José, expresó su deseo de visitar a don Pepe pues se enteró de que estaba hospitalizado.

Llegó a la Clínica Bíblica, donde estaba esperándolo don Pepe. Al verlo en la puerta, se irguió como pudo sobre su almohada. Don Pepe convalecía de una operación de cirugía facial. Estaba cubierto de vendas. Al mirar la cara de susto del mandatario venezolano, sin darle tiempo a que lo saludara, le dijo,

-No se preocupe, Presidente, que el “otro” quedó peor.

La pitonisa

El Año Nuevo de 1988 se recibió con malos augurios de una conocida pitonisa que predijo muchas calamidades, pestes, terremotos y la muerte de uno de los expresidentes de la república.

Por esos días, don Pepe había experimentado serios quebrantos en su salud, por lo que tuvo que ser hospitalizado en dos ocasiones.

Alguien le preguntó que si se había enterado de la predicción hecha por la pitonisa, a lo que, ni lerdo ni perezoso, se apresuró a responderle,

-Sabe amigo, no estaba enterado de ese cuento de la adivinadora, pero ahora sí que usted me ha llenado de preocupación, ya que en los últimos días he visto muy pálido a don Mario Echandi.

La pensión

Ya en el ocaso de su vida, se enteró don Pepe que el Presidente en ejercicio, Oscar Arias Sánchez, Premio Nobel de la Paz, había propuesto que se le declarara Benemérito de la Patria.

Cuando le preguntaron los periodistas, se limitó a decir,

-La vaina es que, como a los beneméritos les dan una pensión, tendrían que buscarme ahora una muchachona bien guapa, para tener a quien dejarle la mía.

—o—

Anécdotas del escritor, periodista, abogado, ex ministro, ex diputado y ex embajador Enrique Obregón, originalmente publicadas en una edición especial de la revista Ventanario sobre el centenario de don Pepe.

Cuando yo estaba de embajador en Madrid, llegó a visitarme don Pepe y le pregunté si quería café o una copa de vino, y me respondió:

-Desde luego que una copa de vino. Eso de que yo no tomo es un invento de Otilio Ulate para desprestigiarme.

Le serví, además, en un pequeño platito, unas almendras. De pronto noté que se estaba asfixiando. No podía respirar. Una cascarita de las almendras se le había quedado pegada y no la podía expulsar ni tragar. De inmediato salté, lo levanté de la silla, y haciéndole presión fuerte desde atrás, sobre el estómago, logré que la tirara. Se quedó un rato sin hablar, pálido, como con un ligero desmayo. Yo estaba sentado al frente, mirándolo con preocupación. De pronto me preguntó: ¿cuántos pares de zapatos tiene usted?

-¿Cómo dice?, le respondí sorprendido.

-¿Qué cuántos pares de zapatos tiene usted?

-Tres, le dije casi sin creer lo que me estaba preguntando.

Entonces me comentó: “pues le sobran a usted dos pares de zapatos. Nunca he entendido para qué una persona quiere mas de un par de zapatos”.

—o—

Para una campaña política, recorríamos con don Pepe el cantón de Pérez Zeledón y, por el camino, se nos unía más gente. Al atardecer, ya muy cansados, llegamos a un conocido restaurante de San Isidro de El General. Eramos como setenta personas. Llegó un salonero y comenzó a anotar lo que cada uno deseaba del menú que se nos presentó. Don Pepe, al darse cuenta de lo que sucedía, manifestó,

-Miren muchachos, este salonero durará mas de una hora anotando el pedido de cada uno de ustedes y luego las cocineras tardarán dos horas preparando la comida.

Después se volvió a el salonero, y le despachó lo siguiente:

-No. Borre usted los pedidos y anote arroz con pollo para todo el mundo.

—o—

Don Pepe tenía una obsesión por la siembra de arboles. “Hay que reforestar este país, devolverle a la naturaleza lo que le hemos robado”, decía a cada rato. Y, entonces, ideó una forma de sembrar: todos los árboles en fila, de este a oeste, para que el sol penetre entre las filas y los árboles crezcan más fuertes y saludables. Estaba hablándonos de este tema en una charla ocasional, en la sede del partido, y yo le comenté…

-Don Pepe, yo creo que usted está equivocado. ¿Cuándo ha visto usted a la naturaleza sembrar los árboles en fila?

-Pues mire usted, si alguien aquí está equivocada es la naturaleza. Lo que yo estoy diciendo es lo lógico. Algún día se demostrará que yo tengo la razón. Alguien me dijo que los ríos no se devuelven, y yo demostré que si pueden hacerlo.

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