Esta comedia no es divina

La marcha fantasma

Capítulo 40

La marcha fantasma

Días antes el Ejército de Liberación Nacional había organizado movimientos que nadie sabía: el grueso de las tropas desfilaría la noche del 10 de abril en fila india hacia Cartago, por entre montañas y fincas, cruzando hasta el cerco militar que les había tendido el gobierno. Las armas pesadas irían cargadas a lomo de nula y todos aquellos participantes que venían en silencio fueron los protagonistas de lo que después se denominó con el nombre de «la Marcha Fantasma». Fue una marcha de muchos hombres y una muchacha: Eliette Zamora.

De camino hubo varios contratiempos: Marcial Aguiluz se perdió con las bestias que cargaban la artillería pesada y el propio Figueres tuvo que ir a buscarlo, porque era el que mejor conocía aquellos terrenos. También al amanecer tuvieron que esperar el paso de una nube que los cubriera mientras cruzaban un potrero descubierto. Todos esos imprevistos atrasaron la entrada a Cartago por 24 horas.

Mientras tanto, dos aviones, piloteados por el Macho Núñez y Pillique Guerra y cargados de soldados, habían llegado al aeropuerto de Limón. Allí los integrantes de la tropa, dentro de la nave aún con los motores en marcha, se tiraban al campo y pronto lo controlaron totalmente. Luego avanzaron hacia el centro de la ciudad y después de unos cuantos tiroteos callejeros, el cuartel se rindió.

En los encuentros, el Ejército de Liberación tuvo sólo una baja, pero muy valiosa: en una de las refriegas entregó su vida a la patria Rolando Aguirre Lobo, un muchacho de Heredia que fue, por su valentía, uno de los artífices de la victoria. A su memoria se erigió después en los alrededores de Quepos un cantón que lleva su nombre: el cantón de Aguirre.

El Plan Clavel y el Plan Magnolia habían comenzado. Figueres ya dominaba los alrededores de Cartago y el centro de Limón, pero el gobierno aún tenía muchos hombres sobre las armas.

Las tropas gobiernistas que habían ido a dominar la sublevación de Limón fueron rechazadas por los rebeldes y a su regreso intentaron un ataque por el lado de Paraíso, en donde también fueron derrotados.

En San Isidro del General había muerto el General Tijerino, un nicaragüense que sabía milicia y estaba al servicio del gobierno. Al enterrarlo se le rindieron honores por cuanto había respetado la vida de algunos prisioneros y se había comportado como un pundonoroso militar de carrera .

El gobierno continuaba enviando tropas por el sur porque consideraba que si retomaba San Isidro, el resto sería fácil para capturar a los rebeldes. En realidad, logró apoderarse de San Isidro; pero cuando lo hizo, ya Figueres dominaba en Cartago y Limón.

El ejército gobiernista vio la jugada que le habían hecho, pero no desfalleció por eso. Valientemente se vino a dar la pelea en Cartago y a la altura de El Tejar se encontraron ambos ejércitos para protagonizar la pelea más dura y sangrienta de toda la revolución. Una batalla que duró todo el día; al caer la noche los soldados gobiernistas emprendieron la retirada por el lado de Coris para buscar la forma de llegar a San José. Muchos muertos de ambos bandos quedaron tendidos en aquella plaza.

En Tres Ríos todavía quedaban tropas del gobierno y Carlos Luis Fallas intentó, al mando de un grupo de camaradas, un asalto por el sector de Llano Grande; pero ya el Ejército de Liberación se había hecho muy grande y tenía la moral muy alta: era invencible. Fallas tuvo que desistir de su intento y retirarse.

Una decisión heroica del Coronel Roberto Tinoco Gutiérrez fue la de tomar un vehículo blindado y disparando ametralladoras por ambos lados logró pasar el retén de los rebeldes en Ochomogo y entrar a punta de bala por las calles de Cartago, para hacerse cargo del cuartel, que estaba rodeado.

Ese cuartel era uno de los problemas difíciles que tenía el Ejército de Liberación Nacional: estaba lleno de prisioneros muy valiosos cuyas vidas había que proteger y ahora, bajo el mando de Tinoco, sería más difícil doblegarlo.

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