Esta comedia no es divina

Figueres en la radio

Capítulo 17

Figueres en la radio

La noticia que traía el periódico era alarmante: como unos días atrás un barco de la Compañía Bananera que estaba anclado en Limón había sido alcanzado por un torpedo que -según decíanprocedía de un submarino alemán, y habían muerto en el accidente 23 trabajadores, en San José se organizó una manifestación de protesta el 4 de julio de 1942 y las masas enardecidas, después de vociferar contra los nazis, emprendieron una ola de destrucción y saqueo contra los almacenes y tiendas que eran propiedad de alemanes e italianos, por ser éstos aliados de aquéllos en la guerra.

Los que organizaron el alboroto no pudieron después calmar los ánimos de quienes se aprovechaban de la situación creada para apoderarse de toda clase de mercadería. La verdad es que aquello fue un robo realizado con la tolerancia de las autoridades, que nada hicieron por impedirlo.

Cuando avanzada la noche algún jefe de policía dio orden de proceder contra los revoltosos, ya era tarde. Las calles estaban llenas de sacos de harina rotos, de botellas de vino y licores que bajaban por los caños, de perfumes también diseminados por las aceras. Aquello fue un desperdicio imperdonable, en un país donde hasta el azúcar estaba racionado por las limitaciones que imponía la guerra.

Hacía días se venía entrando en cierto estado de descomposición.

Corrían rumores de que el gobierno entregaba a sus amigos las obras públicas por medio de contratos sin licitación y las planillas de los ministerios aumentaban con el ingreso de amigos y familiares del Presidente, que en ciertos casos no servían para nada. Había quienes recibía sus giros de pago en la propia casa, sin haberse presentado a trabajar. En las últimas elecciones de medio período para elegir diputados, los fraudes se realizaron con gran descaro y cinismo, y aquel Dr. Calderón Guardia que había llegado al Poder en hombros de una popularidad aplastante perdía y perdía adeptos y comenzaba a coquetear con el Partido Comunista.

Unos días después, apareció en los periódicos un aviso en el que se invitaba al público a escuchar por Radio América Latina las palabras de un señor que tenía unas fincas allá por Santa María de Dota, y que se llamaba don José Figueres. Nadie lo conocía. Federico, al leer el aviso, solamente recordaba ese apellido porque una hija de doña Oliva de Zamora se había casado con don Antonio Figueres, al parecer, hermano del orador que se anunciaba.

El discurso de don José comenzó ponderado, haciendo un análisis de la situación que se estaba viviendo y, aunque redactado en términos de gran altura, lo cierto es que a lo largo del mismo se iba tejiendo una vehemente crítica a los hombres del gobierno.

A la mitad del programa irrumpió en la emisora un grupo de policías y el jefe de ellos, agarrando a don Pepe fuertemente por el brazo, le arrebató el micrófono y pidió a los otros que se lo llevaran para la ambulancia que afuera esperaba. Don Pepe, al ver aquello, lo último que dijo y que todavía se escuchó por los radios fue: «Lo que este gobierno tiene que hacer es irse.»

Esa noche y algunas otras más tuvo que dormir en un calabozo.

Al cuarto día lo sacaron, lo pusieron en un avión y lo mandaron para El Salvador con 150 dólares en la bolsa. Este fue quizás el peor error que cometió Calderón Guardia; no sabía con la tuza que se estaba rascando.

Desde el tiempo de los Tinoco no se veía un exilio en Costa Rica.

La gente había vivido desde entonces tan acostumbrada a la paz y al respeto que aquella torpeza del Presidente conmovió a la opinión pública y la llenó de indignación.

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