Esta comedia no es divina

Porvenir incierto

Capítulo 34

Porvenir incierto

Comenzaba el año de 1948 y en el campo de la política la situación era incierta. Muchos rumores circulaban por la calle: que el pacto entre la oposición y el gobierno no sería respetado; que se preparaban grandes fraudes como en 1944 y que finalmente, si don Otilio Ulate ganaba la contienda, el gobierno no le entregaría el Poder. Augurios de guerra se sentían por todas partes.

La dirigencia de la oposición en Heredia estaba actuando en forma tenaz en el campo civil para ganar las elecciones de febrero; pero nadie hacía nada para prepararse en caso de que hubiera necesidad de acudir a las armas para defender el esperado triunfo del Partido Unión Nacional.

Se sabía ya que tanto en Cartago como en San José y en Puntarenas se estaban organizando cuadros de muchachos dispuestos al sacrificio, con tal de hacer respetar la voluntad popular mayoritaria.

Una tarde en Heredia se reunieron, en el club del partido opositor, Jorge Paniagua, Mario Sáenz, Manuel Esquivel y Federico Bogantes para estudiar la posibilidad de integrarse a las reservas que ya estaban recibiendo preparación militar. Se pusieron en contacto con San José y al día siguiente llegaron al club, para las primeras Instrucciones, Max (Tuta) Cortés y Víctor Alberto Quirós quienes, además de hablar sobre el planteamiento estratégico, dejaron algún dinero para comprar armas.

Federico logró conseguir cuatro revólveres, uno de los cuales le fue comprado a doña Oliva de Zamora, viuda del Dr. Santiago Zamora, recientemente fallecido. Doña Oliva le encargó a Federico que, si fuera posible, le devolviera aquella arma una vez que todo hubiera pasado, pues era un recuerdo de su marido que deseaba conservar.

Un día se recibió una llamada telefónica de San José: Federico y sus compañeros debían presentarse en la bomba de gasolina de un señor Murillo en Cartago. Allí los esperaba Piquín Garro y junto con él partieron hacía una finca ubicada en Paraíso; se trataba de los primeros entrenamientos en tiro al blanco y manejo de diversos tipos de armas. La finca quedaba por un caminillo bastante escondido para que no se oyeran las detonaciones de los entrenamientos. Ahí fue donde Federico supo por primera vez lo que era disparar con un máuser. Había una media docena de muchachos haciendo lo mismo.

Para uno de los primeros días de enero, se preparaba una excursión a Las Juntas de Abangares con el propósito de acompañar a don Otilio, quien tendría una gran reunión de plaza pública en ese lugar. Había mucho entusiasmo entre los dirigentes y vecinos de Heredia y varios se habían apuntado a ir: don Arturo Araya y doña Mencha, don Milo Murillo y algunas de sus hijas, y además los miembros del recién nombrado comité para la defensa del triunfo electoral.

El viaje era largo, pues la carretera aún sin pavimentar llegaba hasta La Irma y de ahí en adelante había que seguir por caminos de tierra y sin puentes hasta Las Juntas.

Federico tenía gran interés en ir; no sólo porque no conocía sino porque allá esperaba encontrarse con Estelia Esquivel, Dora Salazar y Angela Aguilar, quienes habían sido sus compañeras de estudios en la Escuela Normal y de las que guardaba muy gratos recuerdos.

¡Largo fue aquel viaje; todo el día metidos en un autobús lleno de polvo y con ese calor!

Pero valía la pena. Al entrar se notaba mucho entusiasmo; muchas banderas de azul y blanco y gran cantidad de hermosos caballos montados por los jinetes más diestros y las muchachas más bonitas del pueblo, esperaban a don Otilio para escoltarlo en el desfile hasta la calle principal, en donde se había colocado la tribuna.

¿Y aquella muchacha de pantalón azul y camisa blanca que encabeza el desfile? ¿Quién es?

-Magdalena Meckbel -contestó doña Mencha de Araya, que la conocía.

-¡Ah! -fue todo lo que pudo balbucear Federico, y se quedó mirándola mientras pasaba.

Después de los discursos, Estelia Esquivel invitó a Federico a comer en su casa y, según decía éste más tarde, ese día ni don Otilio comió mejor que él.

-¡Gracias, Estelia!

Por la noche lo que había era un baile dedicado al candidato y a su comitiva. Federico aprovechó un descanso de la orquesta para acercársele a don Otilio, quien estaba rodeado por varios vecinos del lugar que deseaban saludarlo y manifestarle su adhesión.

-Don Otilio, ¿Ud. está al tanto de los movimientos que se hacen en la clandestinidad para preparar la revolución?

-Sí, sí estoy al tanto -dijo don Otilio-; eso está en manos de Figueres pero cuenta con todo mi respaldo.

En esos momentos se acercó también Magdalena a saludar al candidato y Federico aprovechó la oportunidad para presentarse y de paso invitarla a bailar.

Casi todo el baile disfrutó de su compañía y como a la una de la mañana, cuando ya los músicos comenzaban a guardar los clarinetes, Federico le ofreció acompañarla hasta la casa, a lo cual ella accedió gentilmente.

Muy contento iba al sentirse tan bien acompañado; sin embargo no bien habían comenzado a caminar cuando tuvo el desconsuelo de saber que la casa de Magdalena quedaba apenas a unos treinta o cuarenta metros del salón de baile. ¡Salado!

Un día se recibió una llamada telefónica de San José: Federico y sus compañeros debían presentarse en la bomba de gasolina de un señor Murillo en Cartago. Allí los esperaba Piquín Garro y junto con él partieron hacía una finca ubicada en Paraíso; se trataba de los primeros entrenamientos en tiro al blanco y manejo de diversos tipos de armas. La finca quedaba por un caminillo bastante escondido para que no se oyeran las detonaciones de los entrenamientos. Ahí fue donde Federico supo por primera vez lo que era disparar con un máuser. Había una media docena de muchachos haciendo lo mismo.

Para uno de los primeros días de enero, se preparaba una excursión a Las Juntas de Abangares con el propósito de acompañar a don Otilio, quien tendría una gran reunión de plaza pública en ese lugar. Había mucho entusiasmo entre los dirigentes y vecinos de Heredia y varios se habían apuntado a ir: don Arturo Araya y doña Mencha, don Milo Murillo y algunas de sus hijas, y además los miembros del recién nombrado comité para la defensa del triunfo electoral.

El viaje era largo, pues la carretera aún sin pavimentar llegaba hasta La Irma y de ahí en adelante había que seguir por caminos de tierra y sin puentes hasta Las Juntas.

Federico tenía gran interés en ir; no sólo porque no conocía sino porque allá esperaba encontrarse con Estelia Esquivel, Dora Salazar y Angela Aguilar, quienes habían sido sus compañeras de estudios en la Escuela Normal y de las que guardaba muy gratos recuerdos.

¡Largo fue aquel viaje; todo el día metidos en un autobús lleno de polvo y con ese calor!

Pero valía la pena. Al entrar se notaba mucho entusiasmo; muchas banderas de azul y blanco y gran cantidad de hermosos caballos montados por los jinetes más diestros y las muchachas más bonitas del pueblo, esperaban a don Otilio para escoltarlo en el desfile hasta la calle principal, en donde se había colocado la tribuna.

¿Y aquella muchacha de pantalón azul y camisa blanca que encabeza el desfile? ¿Quién es?

-Magdalena Meckbel -contestó doña Mencha de Ara ya, que la conocía.

-¡Ah! -fue todo lo que pudo balbucear Federico, y se quedó mirándola mientras pasaba.

Después de los discursos, Estelia Esquivel invitó a Federico a comer en su casa y, según decía éste más tarde, ese día ni don Otilio comió mejor que él.

-¡Gracias, Estelia!

Por la noche lo que había era un baile dedicado al candidato y a su comitiva. Federico aprovechó un descanso de la orquesta para acercársele a don Otilio, quien estaba rodeado por varios vecinos del lugar que deseaban saludarlo y manifestarle su adhesión.

-Don Otilio, ¿Ud. está al tanto de los movimientos que se hacen en la clandestinidad para preparar la revolución?

-Sí, sí estoy al tanto -dijo don Otilio-; eso está en manos de Figueres pero cuenta con todo mi respaldo.

En esos momentos se acercó también Magdalena a saludar al candidato y Federico aprovechó la oportunidad para presentarse y de paso invitarla a bailar.

Casi todo el baile disfrutó de su compañía y como a la una de la mañana, cuando ya los músicos comenzaban a guardar los clarinetes, Federico le ofreció acompañarla hasta la casa, a lo cual ella accedió gentilmente.

Muy contento iba al sentirse tan bien acompañado; sin embargo no bien habían comenzado a caminar cuando tuvo el desconsuelo de saber que la casa de Magdalena quedaba apenas a unos treinta o cuarenta metros del salón de baile. ¡Salado!

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