Esta comedia no es divina

Se abre la Universidad

Capítulo 45

Se abre la Universidad

Federico y varios compañeros suyos de bachillerato se sintieron felices el día que la Universidad de Costa Rica anunció la apertura de los cursos lectivos. Se habían perdido dos meses y los estudios durante ese año serían más duros por esa razón; sin embargo, estaban dispuestos a salir adelante con una carrera académica que empezaría de inmediato.

El primer día de clases fue un gran alboroto; los alumnos de años superiores esperaban a los novatos armados de tijeras y en la mejor disposición de no dejar un cabello en su sitio. Perera se resistió, pero siempre lo pelaron y Joaquín Rivera prefirió devolverse para su casa, pues era profesor de música en un colegio y no quería llegar a hacer el ridículo ante sus alumnos. Federico pensó que era inútil oponerse y dejó que los improvisados barberos se dieran gusto con sus hermosos colochos.

Al día siguiente, las cosas fueron más serias. Profesores y alumnos se encontraron en las aulas para conversar sobre los programas de estudio que se iniciarían de inmediato y los libros que se deberían adquirir.

Aquellos profesores serían los primeros guías de esa muchachada que esperaba llegar un día a coronar su carrera de ingeniería civil: Carlos Ulate, Douglas Soto, Miguel Ángel Herrero, Jorge Aragón, Fernando Rojas, Arturo Tinoco, quien además de enseñar inglés era el decano de la Escuela, y el Padre Humberto Rodríguez, que ilustraba a los alumnos sobre la filosofía, especialmente en la parte que corresponde a la metafísica, tendrían a su cargo el curso lectivo de 1948.

Bueno, ¿y para qué le sirve la metafísica a un ingeniero? ¡Ah! La metafísica entrena el cerebro para pensar y un ingeniero tiene que pensar mucho.

Una semana después ya estaban en exámenes de álgebra con el profesor Carlos Ulate, y el debut: ¡qué debut!, Federico y más de la mitad de sus compañeros sacaron un cero. Ocho días después hicieron otro examen y sacaron otro cero, y quince días después se ganaron otro cero.

Federico se animó a discutirle al profesor su calificación: consideraba que parte del examen estaba bien aunque el resultado final estuviera equivocado, y algún valor debería dársele a lo que estaba bueno, pues un cero era para alguien que no hubiera hecho nada.

El profesor olímpicamente le respondió que un ingeniero no tenía derecho a equivocarse y que además, mucha de la gente que llegaba a esa escuela no tenía capacidad para ejercer esa profesión.

Federico se fue pensando: «De manera que este … (expresión reprobada por la censura) cree que yo no puedo llegar a ser ingeniero.» Y en un gesto de cólera hizo un bodoque de papel con la hoja del examen y lo tiró al basurero.

Entre la enseñanza secundaria y la universitaria existía una gran laguna; no había continuidad y mientras los profesores de la secundaria eran pedagogos, los profesores universitarios eran quizás buenos profesionales, pero sin ninguna noción sobre métodos de enseñanza.

Así, los alumnos sufrían un gran desequilibrio y de los cien que se habían matriculado, después del tercer examen quedaron solo sesenta.

Conforme avanzaba el curso, el pelo iba creciendo y la asistencia disminuyendo. Al finalizar el año solamente quedaban unos veinticinco y al comenzar los exámenes finales en diciembre de 1948 …

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