Esta comedia no es divina

En la Embajada de México

Capítulo 42

En la Embajada de México

Mientras tanto, la batalla se había trasladado al campo diplomático y en la Embajada de México, el Padre Núñez y el presidente Picado discutían y discutían para llegar al cese de las hostilidades.

El Padre Núñez defendía la tesis de rendición incondicional, que era la que sustentaba Figueres; y don Teodoro pedía que el cambio tuviera lugar dentro de las normas constitucionales y que se respetaran vidas y haciendas y no se ejercieran represalias contra los participantes del gobierno en la revolución. Manuel Mora, por cuenta del Partido Comunista, exigía que se mantuvieran las conquistas sociales del Código de Trabajo y el Seguro Social.

Después de muchas discusiones y alternativas, se llegó a la conclusión de que don Teodoro Picado y el primero y segundo designados a la Presidencia renunciarían, entregando el poder al tercer designado que en ese momento era el Ing. Santos León Herrera. Este finalizaría el período constitucional integrando el gobierno con un gabinete revolucionario: José Figueres en Relaciones Exteriores y Seguridad, Fernando Valverde en Gobernación, Alberto Martén en Hacienda, Francisco Orlich en Fomento, el Dr. Raúl Blanco Cervantes en Salubridad Pública y Bruce Masís en Agricultura.

Para que este cambio no resultara muy violento, el presidente Picado, en uno de sus últimos actos oficiales, nombró al Lic. Miguel Brenes Gutiérrez como Secretario de Estado en el despacho de Seguridad Pública, en reemplazo de su hermano René Picado, quien había acumulado mucha mala voluntad en su contra por sus últimas actuaciones.

Un personaje que no se podía dejar por fuera en estos últimos arreglos era el Lic. Manuel Mora, por ser el jefe del Partido Comunista y por contar éste con más de mil hombres en armas. Por esta razón fue que el Padre Núñez, muy hábilmente, concertó una entrevista entre Mora y Figueres a altas horas de la noche en El Alto de Ochomogo, estableciendo todas las providencias del caso para la seguridad de ambos. Allí se habló mucho y se tomaron acuerdos que no trascendieron, para efectos de la rendición final.

Mientras tanto, el Presidente Picado y don Paco Calderón Guardia, hermano del Doctor, dando los últimos aleteos, pidieron ayuda militar a Somoza, y las fuerzas nicas intentaron una invasión por la zona norte.

Esto irritó los ánimos de los embajadores que de buena fe buscaban una solución en la Embajada de México, y don Teodoro fue llamado. para que rindiera una explicación. Don Teodoro intentó una justificación muy pobre y finalmente comprendió que todo estaba perdido; pidió entonces a Somoza que se olvidara del asunto y e fue a preparar su equipaje para el exilio.

El día 19 de abril de 1948, el Presidente de la República y el Presbítero Benjamín Núñez con plenos poderes del Ejército de Libernctón Nacional, firmaban el documento que ponía fin a las hostilidades y entregaba transitoriamente la Secretaría de Guerra al Lic. Miguel Brenes Gutiérrez, para evitar la violencia en el traspaso de las armas.

Existió otro documento en el cual, a solicitud de Manuel Mora, el nuevo gobierno se comprometía a respetar las Garantías Sociales.

A última hora se suscitó una situación que ponía en peligro todo to acordado: Manuel Mora, en la misma Embajada de México, fue Informado por Amoldo Ferreto de que los comunistas no estaban dispuestos a deponer las armas si no se les garantizaba su participación en la Nueva Constituyente y el nombramiento de mentalidades progresistas dentro del próximo gobierno.

Para calmar los ánimos, Manuel Mora tuvo que acudir a todo su Ingenio, presentándole al Padre Núñez un documento extra que le debería firmar, en el cual se satisfacían en parte las demandas de los comunistas. El Padre, colocado en aquella encrucijada y haciéndole saber a Mora que no estaba autorizado para firmar eso, con la complicidad del mismo don Manuel, le dibujó el nombre al pie y lo entregó a sabiendas de que era únicamente para evitar la masacre final que hubiera significado tener que tomar por la fuerza la ciudad de San José.

A la habilidad y coraje de este par de costarricenses, Manuel Mora y Benjamín Núñez, le deben la vida todos aquellos que hubieran muerto en esa última batalla que nunca sucedió.

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